Felipe Sánchez Reyes
Con esta segunda entrega, el autor continua develando a Jesús Gadea, escritor mexicano poco conocido nacional e internacionalmente. Es la saga a su colaboración de primavera, en la cual comparte su particular visión de una obra donde el erotismo es un elemento primordial.
Gardea es un excelente estilista, similar a Julio Torri, que emplea un lenguaje hermético, poético, frases cortas y de poca acción, donde se deleita con las palabras, las coge, las azota y las destripa como Octavio Paz en su poema, las reduce a su significado real y evita la adjetivación innecesaria, como las flechas que dispara Eros a la joven hermosa.
La joven está acostada, desnuda, tendida boca abajo sobre el sofá de satín marrón. La rubia y larga cabellera oculta su rostro, los ojos fulgurantes y senos blancos. Ella posa y atesora sus rizos rubios del pubis en el sofá, para no cegar con sus rayos solares los ojos, ni incendiar el rostro de su amado, pues allí crepita su mayor deseo de hacer el amor. El amado, de pie detrás de ella y con la bata puesta, acaricia con su mirada el cuerpo desnudo y armonioso de líneas y volúmenes perfectos, que le ofrece como a un dios.
La cámara y los dedos de él se detienen en cada poro de su piel, la recorren de abajo hacia arriba y su pilosidad brilla ante el haz de luz. Él roza la piel fresca con las yemas de sus dedos itifálicos, índice y medio de su mano izquierda. Desde la curva del talón los desliza pausadamente por la pantorrilla, la hendidura de la rodilla y la explanada del muslo amplio. Alcanza la cima levantada del glúteo combado y desciende en picada por la línea curva. Llega a una depresión de misterio insondable. Antes de ascender por la espalda se detiene. Toca la puerta del paraíso. Ella vibra, arquea su espalda, se estremece, surge una bandada de placeres y entreabre sus piernas en triángulo delta…Esta es la pareja que representan Marcelo Mastroianni (Giulio) y Nastassja Kinski (Francesca) en la película de Alberto Lattuada, Cosi come sei (1978).
En el filme Eros flecha primero a la joven hermosa en el jardín paterno, se le introduce y esconde tras sus ojos. Luego ésta, con su belleza fresca, mirada sensual y labios provocativos, cautiva al hombre maduro que termina entre sus brazos en la habitación semi oscura de un hotel, logrando así el cometido de Eros. Eros, hijo de Hermes y Afrodita tiene aspecto inocente, pero es tirano y salvaje: su mirada abrasa; sus palabras son dulces y acres; sus labios venenosos y sus besos terribles confirman la opinión del poeta griego, Teognis: Eros tuvo como nodrizas a las locuras que lo amamantaron.
De igual modo él dibuja una mujer desnuda, rubia, con rostro en éxtasis, labios arrobados y larga melena que cae en cascada sobre la piel de su espalda, cintura, y se posa en sus glúteos ebúrneos. Su pierna derecha es enrollada desde el pie y el tobillo por un reptil que se extiende y circunda su muslo, cadera amplia, vientre, monte pubiano, hombro izquierdo, cuello y posa su cabeza lánguida sobre el seno derecho de ella. Ella alarga y detiene con su mano derecha el cuerpo pesado de la serpiente, con la otra la sostiene en alto, con su hombro, cuello y mejilla rubios aprisiona y acaricia la cabeza de pitón junto a su seno; al fondo está el paraíso terrenal. Ésta es la imagen de Lilith, la primera esposa de Adán, que pintó Jhon Collier en 1892, similar a la mujer independiente, cuyo cuerpo irradia sensualidad del siguiente cuento que se desarrolla en el verano: “Las luces del mundo” [1] del chihuahuense Jesús Gardea.
Un hombre entra a desayunar al restaurante de la plaza del pueblo, atendido por una mujer joven de cuerpo sensual. Antes de terminar su desayuno es interrumpido por dos niños que pintan un dibujo en el piso de la plaza, para que él le complete unas alas. De improviso inicia la lluvia torrencial y la mujer lo invita a guarecerse en su restaurante. Él se sienta en una silla junto a ella y se quita la camisa húmeda, ella se frota sus brazos desnudos para manifestar frío y terminan en el cuarto del restaurante, teniendo relaciones sexuales. Las descripciones acerca de las caderas de la mujer y de su monte de Venus resultan poéticas, líricas, como lo veremos a continuación.
Este cuento se desarrolla después del desayuno y los elementos que refuerzan el erotismo son el verano, la atmósfera del lugar, el lugar mismo, sus acciones, su cuerpo o atributos sensuales y su centro todopoderoso.
La acción se ubica durante un verano lluvioso que los obliga a encerrarse en el cuarto del restaurante y a estar juntos uno del otro. La atmósfera en que acontece la historia: uno, es una mezcla de olor de hogar, pan y café, recién hechos, en el restaurante; dos, la lluvia que los moja y obliga a encerrarse en el cuarto del restaurante, el rumor de la lluvia y el perfume del agua que los envuelve, similar al cordón umbilical; tres, los brazos desnudos de ella que se frota a causa del aire húmedo, él que se desabrocha y quita la camisa mojada; y cuatro, ella que siente que la lluvia la abre en gajos, se esponjan sus caderas y surge su deseo sexual por él.
Los elementos eróticos que refuerzan el relato, los conforma el lugar: el restaurante y la habitación, la placita y la lluvia. El restaurante simboliza el alimento nutricio, y la habitación, el deseo y la pasión de ellos; ambos son lugares cerrados que se identifican con lo maternal y el estado fetal. La placita es el centro del pueblo, similar al centro poderoso de ella, el origen de toda existencia y convivencia comunitaria, el espacio sagrado, el eje del mundo, el centro femenino que abriga, proporciona calor y origina el universo.
El agua de la lluvia es símbolo del principio femenino, eterno y sabio, está asociada al principio, al útero universal, a las aguas de la fertilidad y de la fuente de la vida que lavan y regeneran sus cuerpos. La lluvia se considera el esperma de un dios del cielo enviado a la madre tierra para fecundar y producir frutos, es la fuerza vital que hace fertilizar y florecer los ríos y frutos, la atmósfera y los cuerpos de ellos. Por tanto representa el poder inseminador y la fertilidad de la naturaleza, de los campos y de los seres humanos, como lo refleja la siguiente cita: “Viene la tormenta. […] Un perfume de agua los envuelve.
Ella siente de pronto sus caderas como una fruta. Una naranja de contenidos jugos (p. 395). […] Ella siente que el agua de la lluvia la abre en gajos. Gime imperceptiblemente. […] Mis caderas se esponjan (p. 397).” De manera que la lluvia es el líquido seminal y el rumor de la lluvia es el canto, la voz de la madre.
En primer lugar, ella es una maga-sacerdotisa o diosa madre fértil que domina y apacigua la tormenta: “La mujer voltea las palmas de las manos hacia la luz. El agua se detiene (p. 397)”. Cuando voltea las palmas de las manos, que representan su poder y fuerza magnética, ella aleja de la sociedad, el mal, las desgracias y tranquiliza la tormenta. Porque con sus palmas adelante, aseveran Hans Biedermann y Cooper [2] , implora un favor divino: esta postura orante o posición de rezo, es la más antigua y natural. Por tanto, ella es una maga, una mujer de luz: “Se desabrocha la blusa. Enceguece al hombre el súbito esplendor de la carne. -Anoche no estaba usted así de blanca. -Compañía de muertos […] muertos andando por el aire (p. 391).
En segundo lugar, es una mujer independiente, porque es la dueña del restaurante del pueblo, y mira directa a los ojos del otro sin intimidarse. Es firme y decidida, porque le cobra sin miramientos el desayuno al hombre, y es una mujer fiera a quien le molestan los hombres delicados y poco viriles, “El hombre se desabrocha la camisa para quitársela. – Huele usted a nardos. -¿Le desagrada? -No sólo que no me gusta el hombre que huela a flores (p. 396)”.
Insumisa hija de Lilith que no se deja dominar, no está destinada al placer del hombre, ni desempeña su rol tradicional, sino subvierte el orden establecido en la sociedad, pues no acepta órdenes, al contrario lo corre, “–No recibo órdenes […] –Nunca. […] La mujer se sacude la melena. –Usted prometió que hoy se iría temprano si había aire soplando en el llano. Y lo hay. -Por decir algo le dije. –No importa. Yo ya no lo quiero más aquí. – Váyase. […] -Esta noche regresaré. -No. Nadie va a recibirlo (pp. 390-391)”.
En tercer lugar es libre, porque ella decide cuándo y con quién tener relaciones sexuales, sensual, “Se desabrocha la blusa. Enceguece al hombre el súbito esplendor de la carne (p. 391)”, y toma la iniciativa en su relación sexual, “la mujer toca, con una mano tibia, el pecho del hombre (p. 397)”.
Ella es la primera mujer del mundo, la diosa madre que prodiga placer a sí misma y a su pareja. Es la antigua Lilith, creada de la inmundicia y sedimento, la que seduce a los hombres que sueñan, la que se monta a horcajadas, la que “consideraba ofensiva la postura recostada que Adán exigía. ´¿Por qué he de acostarme debajo de ti? -preguntaba-. Yo también fui hecha de polvo, y por consiguiente soy tu igual´. Como Adán trató de obligarla a obedecer por la fuerza, Lilith, airada, se elevó en el aire y lo abandonó [3] ”. Igual que aquella, ésta posa su mano en el pecho de él, se satisface y luego lo corre de su casa. Posee los atributos sensuales de una Afrodita calipigia, griega: joven opulenta con rasgos maternales (senos, caderas), pero sin deseos de tener hijos, porque es independiente y libre como una amazona. Tiene la belleza física de una mujer fértil y fecunda, en la que el autor se detiene al describirla y disfruta placenteramente cada detalle. Su melena, atributo de su feminidad, manifiesta su fertilidad, su fuerza vital y alegría de vivir, ligadas a la voluntad de triunfo.
Sus pechos blancos exhiben la opulencia, simbolizan su poder cósmico nutritivo como el de la gran diosa madre Artemis polymastos (la de muchos pechos) de Efeso que posee “el cuerpo cubierto de enormes pechos en forma de huevo” [4] , y la luz de ellos le producen placer al hombre, “Se desabrocha la blusa. Enceguece al hombre el súbito esplendor de la carne (p. 391). […] De rato en rato, el hombre evoca los albeantes pechos. Todas las lámparas, todas las luciérnagas juntas, no darían tanta luz como la mujer esa mañana (p. 392)”. Acerca del seno, el sexólogo Gérard Leleu afirma que “el seno remite a la primera experiencia erótica, a las primeras emociones y excitaciones del hombre. El seno es el paraíso recobrado; la amante, la madre que revive. El hombre toma el pecho que le daba su madre” [5] .
Sus muslos, que son el soporte de su anatomía, expresan la fuerza, el esplendor de su carne y el amor por su cuerpo, “La caricia del soplo en los muslos le está floreciendo en los pechos y la garganta a la mujer. Le hubiera gustado encontrarse desnuda. Para el aire. Para el sol (p. 391)”. También sus caderas amplias hacen alarde de su exuberancia, de su ritmo al andar, de su aroma joven y de su fecundidad:
Cuando se retira, él se le queda mirando las caderas. Con ellas golpea dulcemente el aire y los aromas del lugar. […] Las caderas de la mujer se mueven con ritmo profundo, acentuado. […] Vistas por enfrente, las caderas de la mujer tienen mayor amplitud. […] Ella siente de pronto sus caderas como una fruta. Una naranja de contenidos jugos. […] Ella siente que el agua de la lluvia la abre en gajos. […] Mis caderas se esponjan (pp. 392-397).
Posee un vientre plano, lleno de efluvios: “Las caderas encierran un vientre plano; un valle –se refiere al monte de Venus- hasta donde llega, apagado, el rumor de los ríos –los efluvios vaginales- (p. 393)”. Su vientre es una página en blanco en la que el hombre quiere saber del placer, escribir su poesía de la vida y sembrar la semilla en esa misteriosa bóveda de profundidades insondables. Acerca del vientre, el sexólogo Leleu considera que el hombre “en esta ánfora él vivió acurrucado, acunado, flotando; en esta ánfora intenta atracar, despertando los ecos del goce amplificados hasta el infinito”. [6]
Por último se encuentra el centro que exalta el autor, el centro todopoderoso, el triángulo divino de suavidad inefable, el bosque sagrado de humedad cálida, de los placeres jugosos y olores oceánicos: “Las caderas de la mujer son como un centro poderoso. Allí están mezclándose todos los ríos de la tierra. Turbios, caudalosos, pesados de murmullos y de hojas. Y encima de ellos hay una gran sombra, revuelo de confite y serpentinas (p.392)”.
Allí en sus pliegues y repliegues se sitúa la fuente de la vida, el agua del amor extraída de su carne y de su esencia, el inicio de la concepción y nacimiento del hombre. Su centro poderoso, convertido en el centro divino del dolor, del placer y de la creación, está lleno de efluvios. Allí se acumulan todas las aguas y los ríos, la fertilidad, las luces del universo y el origen del mundo.
El origen del mundo, como el principio de la humanidad, se halla en el cuerpo femenino desnudo, acostado entre las nubes blancas, flotantes, del Olimpo y de la tela. Allí permanece en reposo la carne sonrosada, el seno sublime con aréola, el ombligo como un pozo en el desierto de la piel, las caderas, dos muslos fecundos, abiertos, y los glúteos. De los glúteos asciende la hendidura oscura entre ralas yerbas que conducen al centro de la imagen, a la maleza negra del pubis. Allí reposa la hendidura sonrosada y dormida, sonriente y semi abierta. Allí nace la fuente del placer y el origen de nuestras vidas que pueblan el mundo, tal como concibió y pintó su óleo, Gustave Courbet en 1866, El origen del mundo.
Courbet en El origen del mundo pinta y retrata, y Gardea, en Las luces del mundo, describe y narra el mismo erotismo sin nombre, sin rostro, porque el cuerpo del hombre enciende y apaga las luces del mundo y, a veces, lo deja en las sombras. También en la luz y en las sombras se mueven los personajes de Gardea que no son de su sangre, sino huéspedes invitados nada más de su cerebro. De la vaciedad y de la quietud de muerte de la hoja en blanco, sólo la palabra podrá sacarlo. Él no es más que mero servidor de la palabra y de sus mundos; el arte de escribir tiene más de una pizca de irracionalidad, de instinto; la literatura se hace con sextos, séptimos y octavos sentidos, elevados, en los casos más felices, a la enésima potencia. [7]
Notas-.
[1] Jesús Gardea, “Las luces del mundo”, Reunión de cuentos, FCE, México, 1999. Esta y las citas subsecuentes corresponden a esta edición.
[2] Hans Biedermann, Diccionario de símbolos, Paidós, Barcelona, 1993, p. 381 y Cooper, Diccionario de símbolos, G. Gili, Barcelona, 2002, p. 114.
[3] Robert Graves, Los mitos hebreos, Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 59.
[4] Anne Baring y Jules Cashford, El mito de la diosa, Siruela/FCE, México, 2005, p. 382; y Manuela Dunn Mascetti, Diosas. La canción de Eva, Robinbook/Circulo de Lectores, Barcelona, 1992, p. 154.
[5] Gérard Leleu, Las caricias, Plaza-Janés, Barcelona, 1997, p. 207.
[6] Ibidem, p. 182.
[7] Lauro Zavala, Teorías del cuento III, UNAM, México, 1997, pp. 214-217.

Puebla, 1956. Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Es coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM y es profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco), donde imparte las materias de Griego y Taller de Lectura y Redacción. Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019), Pétalos en el aula. La docencia, lecto-escritura y argumentación (UNAM-CCH, 2018), Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Ha colaborado en las revistas, Tema y Variaciones de Literatura, Texto Crítico, Liminar, La digna Metáfora, CambiaVías, Eutopía y Poiética.