Felipe Sánchez Reyes
El estilo de Felipe Sánchez Reyes está enfocado en autores que, a pesar de su prolífica obra, no son plenamente reconocidos por sus contemporáneos y críticos. Así, él se ha dedicado a compartirnos algunos fragmentos de su vida con esos creadores. Esta ocasión refiere a un autor cuyas pasiones incluyen, la selva, el bolero y la novela negra, entre muchas otras.
I
Tú y yo fuimos dos ríos que nacieron del aguacero que cayó de la misma nube en la Facultad de Letras. Tú te formaste con las primeras lecturas de tu hermana en el pueblo de Tacuba; yo con las primeras letras que me enseñaron mi mamá y mi abuelita en un distante poblado. Luego ambos estudiamos en distintas Preparatorias de la UNAM: tú en la 1, yo en la 9, y acudimos a la misma Facultad de Filosofía y Letras, pero en turnos diferentes: tú, por la mañana, estudiabas Letras Hispánicas; yo, por la tarde, Letras Clásicas. Sin que jamás coincidiéramos en el “aeropuerto” o la biblioteca de la Facultad, porque ya trabajabas como maestro en la escuela primaria del Metro Pino Suárez, mientras yo sólo me dedicaba a estudiar.
Después ambos ríos confluyeron en 1978 en el mismo plantel: CCH Azcapotzalco, como docentes del tercero y cuarto turnos: tú impartías Taller de Lectura y yo Latín. Nos conocimos en nuestra primera reunión en la Academia de Talleres, con el otro profesor novato: Arturo Espinoza, tu compañero de banca en la Facultad. En ese momento, una parte del profesorado de nuestra área provenía de la Normal de Maestros, otros de nuestra Facultad de Filosofía y Letras. El único escritor que tuvimos en el área, antes de ti, fue Jorge Tenorio que ya había publicado dos novelas y un libro de Redacción, pero su luz no brilló, pronto se apagó y dejó de escribir.
Hasta ese momento, los docentes de nuestra Área de Talleres jamás habíamos acudido a la promoción de una obra. Tú fuiste el primero que nos invitó a la presentación de tu libro, El cuento policial mexicano (1982), editado por el crítico literario Emmanuel Carballo, en su editorial Diógenes. Ese día nuestra coordinadora del área, Luz María Velázquez, asumió su función: nos organizó, nos fuimos en distintos coches y acudimos contigo a la cantina La Guadalupana, que se halla en pleno centro de Coyoacán. Allí te hizo un dibujo el pintor Vicente Rojo que te entregó como recuerdo de esa noche. Esa fue la única ocasión que se presentó el libro de un colega del plantel, ni antes ni después se presentó otro libro de alguien de nuestra área.
Para entonces, tú ya habías dejado de dar clases en la escuela primaria de la Secretaría de Educación Pública, ubicada entre la Merced y Pino Suárez, y trabajabas como tú mismo afirmas, como un “cautivo de las minas de cal”. Por la mañana en la Universidad Pedagógica Nacional, donde te examinaron Carlos Montemayor y Arquímedes Caballero, ganaste una plaza para enseñar Redacción; por la tarde en ese plantel, obtuviste otra plaza.
Por la noche llegabas a tu casa, te ponías frente a tu máquina Olivetti de rodillo, colocabas una hoja en blanco, dispuesto a escribir. Enseguida se te agolpaban las palabras en la mente y las ordenabas, fluían y redactabas tu reseña literaria que al día siguiente debías entregar en la revista Tiempo de Martín Luis Guzmán o en el Uno más uno en la sección literaria que dirigía Huberto Batis. Así, desde entonces, te hiciste de la disciplina del periodismo literario en diarios y revistas.
Por eso en el plantel, siempre te veíamos leyendo un libro en las jardineras o tomando notas en tu salón, para luego redactar tu reseña semanal y publicarla en revistas literarias, mientras llegaban tus alumnos. Claro que si ellos decidían “matar clases”, tú aprovechabas ese tiempo para terminar tu reseña. Por eso, para no perder tu valioso tiempo de esa época, pocas veces acudías a las reuniones de área o a los cursos para profesores.
Sólo te dabas un poco de tiempo para marcharte por la tarde con tus amigos de juerga: el comendatore Francisco Rizo, párroco ex prófugo de la Universidad de Lovaina, Bélgica; tu compadre Rafael Castro y Gerardo Galván de matemáticas. Recuerdo muy bien que, un fin de año, con el aguinaldo del CCH y de la Pedagógica compraste tu casa en la unidad del Rosario, de aquí al lado.
II
Primero estudiaste en la Escuela Nacional de Maestros de la Ribera de San Cosme, luego en la Prepa 1. En 1974 ya eras estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el turno matutino. Allí, Huberto Batis, el maestro temido de Letras Hispánicas en la Facultad después de preguntar a ti y a tus compañeros de grupo que alzaran la mano quienes habían leído El Quijote de la Mancha, y correr a los que no lo habían leído, te propuso entrevistar a José Revueltas.
Te proporcionó el número telefónico del escritor y, después de varias visitas fallidas en su casa que terminaban en copas, le hiciste la entrevista unos días antes de morir el 14 de abril de 1976. La publicaste el 10 de abril de 1978 y apareció en 1981 (Torres, pp. 191-197), en el libro de Proceso, titulado, Los escritores. Así te convertiste en su seguidor y devoto.
El día de su fallecimiento le dedicaste un danzón en el cabaret King Kong que se localizaba junto al Teatro Blanquita, y escribiste tu tesis sobre Revueltas. De este modo, Huberto Batis te descubrió como escritor, te lanzó, con miedo y sin salvavidas, al universo de las Letras, te introdujo en el mundo del periodismo en el que te has quedado por más de 40 años y, por Batis publicaste tu tesis de licenciatura, Visión global de la obra de José Revueltas (1985), como libro en la UNAM.
III
En la primera mitad de los ochenta, escribiste tu tesis de maestría que más tarde publicaste en 1991 como libro, Esta narrativa Mexicana, en la editorial Leega, de la cual te convertiste en asesor del editor Marco Antonio Jiménez Higuera, al que sugerías los libros que debía publicar. En este libro efectúas (Torres, 1991, p. 7) “una selección de los autores que, a tu juicio, eran los mejores y representativos de diversas corrientes” de la narrativa mexicana de los ochenta.
En ese libro valoras por primera vez la obra de escritores que más tarde serán consagrados como: Ignacio Solares y Armando Ramírez, los narradores del desierto como Gerardo Cornejo y Jesús Gardea, Ricardo Elizondo y Daniel Sada; Luis Arturo Ramos y Hernán Lara Zavala, Silvia Molina y Aline Pettersson, Agustín Ramos y Paco Ignacio Taibo II, Luis Zapata y Severino Salazar, Alberto Ruy Sánchez y Enrique Serna.
Para ese momento tú publicabas en revistas y acudías como crítico literario a los congresos, organizados por la Universidad de Xalapa, donde te hiciste amigo de los escritores Alfredo Pavón, Edmundo Valadés, Luis Arturo Ramos y otros más. Allí coincidiste con Oscar Mata, escritor, investigador y profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco (UAM-A). Cuando éste te invitó a trabajar en la UAM, no despreciaste la oportunidad, concursaste por una plaza de carrera, la ganaste y te quedaste allí de manera definitiva por más de treinta años. Por eso le agradeces y afirmas en tu libro, “Óscar Mata me sacó del arroyo académico del CCH, en uno de los congresos literarios en Xalapa, para llevarme a trabajar a la Universidad Autónoma Metropolitana, misma que triplicaría mi sueldo, me daría tiempo para seguir estudios de posgrado, y publicaría algunos de mis libros”.
Así en 1988, te obligaron a elegir entre tus tres plazas: el CCH, la Pedagógica o la UAM. Por eso nos abandonaste y te fuiste a la UAM-A. Como tuviste más tiempo libre, realizaste tus estudios de doctorado sobre la música popular y la narrativa latinoamericana. Le solicitaste a tu maestro y escritor boricua, José Luis González, que fuera tu asesor frente a un comité que no creía que se pudiera escribir sobre un tema barriobajero.
Te titulaste de Doctor en Letras por la UNAM con tu tesis, La novela bolero latinoamericana, que publicaste en 1998 en la UNAM. Pero, como el grado de Doctor se ha deteriorado actualmente por tanto impostor que no lee, escribe, publica ni sabe nada, prefieres que tus alumnos de la Maestría en Letras de la UAM Azcapotzalco te llamen, no Doctor en Letras, sino “enfermero o camillero” de la Literatura Mexicana.
En la UAM-A fuiste Coordinador de la Especialización en Literatura Mexicana y de la Maestría. Actualmente coordinas a ambas y desde 1998 eres investigador del SNI (Nivel II). En la UAM has desarrollado toda tu obra crítica, has publicado más de diez libros y convivido con otros escritores. La UAM fue la plataforma que te catapultó al ámbito nacional de las Letras. Eres un crítico reconocido y respetado por todos tus compañeros de banca y escritores de tu generación, como Enrique Serna, Vicente Quirarte, Gonzalo Celorio, Hernán Lara Zavala, Ignacio Solares, Alberto Ruy Sánchez, Bernardo Esquinca, Bruno Estañol y nuestros finados Armando Ramírez, Severino Salazar, Gerardo Cornejo, Ricardo Elizondo y otros más.
IV
Como investigador has publicado en seis vertientes de las Letras, porque como afirma el escritor estilista Julio Torri (1996, p. 57), amigo de Alfonso Reyes, “¡Qué fuerza la del pensador! […] que se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor de filones y no mísero barretero [que explota la misma mina]”. Una vertiente tuya es la creación literaria, con tu libro de cuentos, publicado por la Universidad Veracruzana, Ciudad al norte (1987), y Mis adioses, (actualmente en la imprenta de la UAM-A). Otra vertiente es la de promotor de la obra de tus amigos escritores, a quienes has entrevistado o reseñado sus obras: Ramón Rubín y Rafael Bernal; del norte: Ramón Rubín y Herminio Martínez, Jesús Gardea, Gerardo Cornejo, Ricardo Elizondo Elizondo, Daniel Sada, Severino Salazar; de Xalapa, Raúl Hernández Viveros, Luis Arturo Ramos; del D.F., Enrique Serna, Armando Ramírez, Alberto Ruy Sánchez, Ignacio Solares, Agustín Ramos, Eduardo Antonio Parra, Javier Garcia-Galiano, Agustín Monsreal y Emiliano González.
A esto se sumó, la música afroantillana, con La novela bolero latinoamericana (1998), Yo no olvido al año viejo (1998) y A la sombra del palmar (2003). Y posteriormente la crítica de la literatura mexicana: Visión global de la obra de José Revueltas (1985), Esta narrativa mexicana (1991), La otra literatura mexicana (1994). Además de la literatura de la selva, que te llevó varios años conseguir y leer los libros que abordaran la selva de Latinoamérica: desde los autores mexicanos que tratan la selva de Chiapas hasta la Amazonia brasileña y que titulaste, Del infierno verde al paraíso perdido, aún inédito.
Finalmente, la literatura policiaca en México, donde eres el investigador más prestigiado por tus libros: El cuento policial mexicano (1982), Muertos de papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana (2003), El que la hace…¿la paga?. Cuentos policiacos latinoamericanos (2006). Más el que preparas, donde vinculas la literatura policiaca con el narcotráfico.
V
En 1982, cuando eras, afirmas, un oscuro profesor del CCH-Azcapotzalco, recibiste una inusual llamada de Emmanuel Carballo en la dirección de este plantel, el crítico por antonomasia que por el auricular te dijo esto: “Voy a dirigir el suplemento El Gallo Ilustrado, del periódico El Día, y quiero preguntarle si quiere colaborar conmigo”. Sin pensarlo dos veces, aceptaste la invitación para colaborar con el mejor crítico del país, acudiste a su casa de Contadero, en Cuajimalpa, donde tuviste tu primer coctel con periodistas y escritores reconocidos.
Allí, a cada colaborador le preguntó qué tema de la literatura nacional dominaba, a ti te encomendó un suplemento antológico y monográfico, dedicado al cuento policial mexicano que le entregaste a la semana siguiente. Meses después, al entrar a la librería del Palacio de Bellas Artes, tu mirada sorprendida se detuvo en un libro blanco que, en su portada, tenía una pistola con forma de encendedor, en cuya llama se consumía una abeja. Esa grata sorpresa se transformó, poco a poco, en coraje, porque era el suplemento periodístico que tú habías preparado y que Carballo, sin preguntarte nada, lo convirtió en una de las antologías temáticas que publicaba en su editorial Diógenes.
Compraste varios ejemplares y llamaste a Emmanuel para preguntarle por qué no te había avisado. Él, sin dar importancia al asunto, te citó en su casa de Cuajimalpa y te pagó con un cheque firmado por él, que nunca has cambiado y que guardas en casa, como recuerdo del pago por tu primer libro. Ese fue tu primer libro, al cual nos invitaste a la presentación, y del cual te comparto el recuerdo.
Como consecuencia de esta antología, Enrique Llouvet te invitó a colaborar en su excelente revista Comunidad Conacyt y, como también él dirigía Revista de Revistas, de Excélsior, te pidió que redactaras una plana semanal sobre literatura policiaca que te ayudó a conocer a más autores y asistir a las tertulias que organizaba tu admirada escritora de novelas policiacas, María Elvira Bermúdez, en su casa de la colonia Roma.
Por ello, cuando había algún congreso de literatura mexicana, siempre te pedían una ponencia sobre literatura policiaca, hecho que te permitió asistir, en 1986, a la fundación de la Asociación de Literatura Policiaca, que catapultó, desde La Habana, a Paco Ignacio Taibo II. Con las reseñas de estos textos, preparaste tiempo después tu libro, Muertos de papel (2003).
Tres años más tarde preparaste el libro policiaco, El que la hace… ¿la paga? (2006), una antología que apareció al mismo tiempo en doce países. Luego, en 2008, la Secretaría de Educación Pública eligió este libro, para incorporarlo a la serie Los Libros del Rincón, imprimió 244, 500 ejemplares y los repartió en todas las bibliotecas de las secundarias del país. Pero como la Editorial Cidcli no te avisó, ni tuvo la cortesía de enseñarte un ejemplar, ni te dio un peso del dineral que obtuvo por ese libro, te molestaste, acudiste a derechos de autor y lo único que conseguiste fueron 10 ejemplares del libro, en obsequio.
En contraparte, tu larga trayectoria como crítico literario te ha permitido obtener dos premios: el Premio de Periodismo Cultural INBA/Delegación Cuauhtémoc, 1988 por Narradores mexicanos de fin de siglo; y el Premio Internacional de Ensayo Alfonso Reyes 1997 por La rebambaramba (Monterrey, Nuevo León).
VI
Desde que nos integramos a ese plantel de educación media-superior, tú has practicado los dones del dios Apolo: la escritura e inteligencia, la sabiduría y sensibilidad. Después me invitaste a impartir clases en la UAM-A, donde convivimos durante seis años, hasta que obtuve, en un concurso, mi plaza de carrera en el CCH, y abandoné la UAM. Desde que ingresamos a este plantel, hemos sostenido una amistad cordial y fraterna, literaria y familiar. Compartimos la comida, el vino y café en restaurantes y cantinas del centro de la ciudad, acompañados con la charla grata y alegre de amigos escritores.
Ahora me resulta grato saber que tus libros e ideas han llegado a otros países, que éstos se encuentran en bibliotecas extranjeras, donde son consultados por investigadores de la literatura mexicana y perdurarán por siempre. Esa es la trascendencia de tu trabajo y de tus ideas. Al final, recibiste el fuego de Prometeo y la sabiduría de Apolo, te transformaste en una voz crítica de la literatura mexicana y recibiste los Premios. Conquistaste la crítica literaria y tornaste victorioso al seno donde naciste tú con tus hermanas, para defender tu autonomía e identidad personal. Retornaste a la antigua vecindad del pueblo de Tacuba, que aún guarda voces y fantasmas, ecos y vivencias de tu infancia. Barrio del que fuiste ajeno un tiempo, pero ahora regresas orgulloso a reencontrarte con tus amigos escolares de la infancia.
Entre Pedro Tapia (traductor de lengua griega de la Odisea), tú y Severino me impulsaron a escribir, a publicar mis primeros artículos y libros en editoriales prestigiadas, y a adquirir, como Alfonso Reyes, la disciplina de la escritura. Con ustedes tres, “Entendí que si quiero ser escritor, afirma Shakespeare en la película El último acto (2018), si quiero hablar a otros y por otros, debo hablar por mí primero. Buscar en mi interior. Considerar el contenido de mi propia alma y de mi humanidad. Y si soy sincero conmigo mismo, lo que sea que escriba, será verdad, porque hablo desde lo más profundo de mi corazón”. Con ustedes tres descubrí que la escritura es femenina, porque se arraiga a la tierra, a la tinta y a la hoja, a la mirada y a la lengua.
Al principio dije que fuimos dos ríos que nacieron del mismo aguacero que cayó de la misma nube en la Facultad de Filosofía y Letras, porque estamos hechos de la misma materia pulcra que las gotas de agua, y nuestra corta existencia cada día está envuelta en lágrimas salinas, desde el origen hasta el final de nuestras vidas. Al final, como Odiseo, tú te acostarás en la ribera, al pie de la acacia con flores amarillas, donde todas las noches duerme la negra diosa Calipso, la calipigia. Ella se despojará de sus prendas blancas, te mostrará su oscura piel y cuerpo afrodisiaco, te envolverá y arrullará entre sus brazos y caderas azabaches.
Gracias, mi querido Vicente, no el Doctor, sino el “enfermero de la literatura mexicana”, por brindarnos parte de tu tiempo para fomentar la lectura, como en otro tiempo lo hicieron con nosotros nuestra familia femenina y nuestros maestros de la Facultad.⌈⊂⌋
Fuentes-.
Branagh, Kenneth (2018). All is true o El último acto. Reino Unido.
Torres Medina, Vicente Francisco (1981). “José Revueltas: la muerte es un problema secundario”, Los escritores. México: Proceso, pp. 191-197.
Torres Medina, Vicente Francisco (1982). El cuento policial mexicano. México: Diógenes.
Torres Medina, Vicente Francisco (1985). Visión global de la obra de José Revueltas (1985). México: UNAM.
Torres Medina, Vicente Francisco (1987). Ciudad al norte. México, Universidad Veracruzana
Torres Medina, Vicente Francisco (1991). Esta narrativa mexicana. México: Leega.
Torres Medina, Vicente Francisco (1994). La otra literatura mexicana. México: UAM-A.
Torres Medina, Vicente Francisco (1998). La novela bolero latinoamericana. México, UNAM.
Torres Medina, Vicente Francisco (1998). Yo no olvido al año viejo. México, Mandala Editores.
Torres Medina, Vicente Francisco (2003). Muertos de papel. Un paseo por la narrativa policial mexicana. México. CONACULTA.
Torres Medina, Vicente Francisco (2003). A la sombra del palmar. México: CONACULTA.
Torres Medina, Vicente Francisco (2006). El que la hace… ¿la paga? Cuentos policiacos latinoamericanos. México: CIDCLI.
Torres Medina, Vicente Francisco (2020). Mis adioses. México UAM-A.
Torri, Julio (1996). Tres libros. México: FCE.

Puebla, 1956. Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Es coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM y es profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco), donde imparte las materias de Griego y Taller de Lectura y Redacción. Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019), Pétalos en el aula. La docencia, lecto-escritura y argumentación (UNAM-CCH, 2018), Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Ha colaborado en las revistas, Tema y Variaciones de Literatura, Texto Crítico, Liminar, La digna Metáfora, CambiaVías, Eutopía y Poiética.