Una enseñanza de Vida *

Angélica Arreola Medina

Cuando era niña y la mandaron a dar de comer a los pollos, Gloria Ruth, llevada por la curiosidad, decidió abrirle el vientre a uno de ellos, por ello recibió regaños y manazos de su madre; ahora refiere que desde entonces ya le interesaba el área médica.

Nació en Milpa Alta, una población rural, ubicada al sur del entonces Distrito Federal, colindante con el estado de Morelos y algunas poblaciones del Estado de México como Jilotepec y Chalco.

Sus padres eran campesinos, por  eso, ella y su hermana Ofelia, dos años mayor, crecieron con muchas carencias. Tenía colgada en la pared de su casa una foto en blanco y negro, que ya parece color sepia, de su grupo de primaria, donde escondía los pies bajo la falda “para que no se viera que estaba descalza”, decía aún con tristeza.

Su madre decidió ayudar a la manutención de la familia, para lo cual sembraba y flores y tenía árboles frutales que luego vendía en el mercado; gracias a esto Ofelia y Gloria pudieron ir a estudiar a la ciudad de México. La distancia las obligó a vivir en casa de tíos, y compañeras. Fueron tiempos difíciles, pues, aunque su madre les llevaba alimentos para que las trataran bien, la mayor parte del tiempo pasaban hambre.

Finalmente, las hermanas terminaron sus carreras, Gloria, Enfermería y Obstetricia en la Universidad Nacional Autónoma de México, y Ofelia, la de Maestra, en la Escuela Normal. Ambas, empeñadas en salir de la pobreza.

Otra razón motivó a Gloria a estudiar enfermería: Cuando tenía un año, no había luz eléctrica en el pueblo y se alumbraban cosn velas y le cayó por varios minutos cera caliente de una vela en la cara, esto le dejó severas cicatrices que provocaban la burla de sus compañeros en su infancia y juventud. así que pensó acercarse a especialistas que la operaran; pero, como era propensa a una mala cicatrización, nunca lo logró.

La carrrera de Obstetricia, que es el ejercicio de la partería, se dice que es casi tan antiguo como la humanidad. De acuerdo con las características del alumbramiento, la mujer siempre ha necesitado asistencia durante este proceso; dicha ayuda generalmente la proporcionaban las mujeres cercanas  a la familia.

Sin embargo, la profesionalización data -dicen algunas fuentes- desde finales de la Edad Media, donde se da cuenta de las primeras mujeres que hacían curaciones y atendían a las mujeres que daban a luz.

Con el devenir del tiempo, las parteras adquirieron destrezas manuales y un desarrollo del sentido del tacto sobre la anatomía femenina y el feto dentro del útero, siendo ellas, en muchos casos, las únicas personas cercanas y con posibilidades para atender a otras mujeres en el trabajo de parto.

Mientras estudiaba, Gloria trabajó como auxiliar de enfermera en el Hospital Infantil de México, después como pasante de enfermería en el Hospital General Gastón Melo, más tarde en el Hospital Colonia de Ferrocarriles Nacionales de México y finalmente, en el Hospital la Raza del Seguro Social; aquí fue jefa de servicio del área de Ginecobstetricia, con lo que obtuvo mucha experiencia.

Recuerda que los turnos de trabajo en el ejercicio de la enfermería eran difíciles e impredecibles: mixtos, nocturnos, muchas veces salía de trabajar de madrugada. En una ocasión un hombre se la quería llevar, arguyendo a quienes podrían ayudarla que era su esposa, por fin, una pareja en un automóvil le creyó y la puso a salvo; otras tantas, debía soportar las obscenidades de hombres que la sorprendían al salir del hospital.

También relataba que una ocasión estuvo a punto de claudicar ante el intenso trabajo, pues debía atender de 10 a 12 partos por turno, además de la preparación de cesáreas y legrados; y ante la  la caótica situación de las salas obstétricas y la manera como eran tratadas las mujeres: incluso con regaños y sin respeto, pues entraban y salían médicos, camilleros, mozos, cuando éstas estaban en posición ginecológica. Ahora se sabemos que eran víctimas de violencia ginecológica.

Cuando Gloria Ruth conoció a su esposo en el Hospital Colonia, entonces ubicado en la Colonia San Rafael, tuvieron gemelos, vivieron un tiempo cerca de ahí, pero resultaba difícil atenderlos, pues ambos trabajaban todo el día; decidieron entonces regresar a Milpa Alta.

Con lo aprendido en la escuela de obstetricia y en los hospitales ejerció fundamentalmente el oficio de la partería en su pueblo natal. Al principio acudía a las casas de las mujeres en trabajo de parto que la mandaban buscar; sólo había dos médicos en el pueblo, pero los maridos y luego las propias mujeres se hallaban más cómodas si las atendía una mujer, quien, además, parecía resolver los casos que se les complicaban a las parteras tradicionales. Se convirtió entonces en una partera con conocimientos médicos.

El primer parto que atendió en Milpa Alta, recuerda bien, fue el 19 de marzo de 1953. Llegaba por caminos de tierra o cruzando cercas de piedra, las atendía en el piso, sobre petates; casi siempre trabajando hasta el último minuto, “espéreme, nada más termino de lavar esta ropa, ahorita me acuesto”, le dijo una señora; cobraba entre 20 y 30 pesos.

Pronto no pudo acudir a todos los lugares y empezó a atenderlas en su casa. En una cama improvisada, en el piso o paseando, esperaban su turno. Poco a poco, Gloria y Pedro fueron adaptando una sala para atender los partos y una habitación para la recuperación de las pacientes y la atención del neonato que pronto fueron insuficientes. Las mujeres daban a luz y se recuperaban uno o dos días, antes de volver al cotidiano e intenso trabajo de sus casas, mujeres campesinas o vendedoras en el mercado, poco podían descansar.

Poco a poco, Gloria fue adaptando una sala para atender los partos y una habitación para la recuperación de las pacientes y la atención del neonato que pronto fueron insuficientes. Las mujeres daban a luz y se recuperaban uno o dos días; eran campesinas o comerciantes, se incorporaban rápidamente al trabajo cotidiano.

Su trabajo le hizo desarrollar una gran empatía por las mujeres, las escuchaba y daba consejos: cuando sufrían por dinero, que si el marido las golpeaba, problemas con los hijos; así, llegaron a llamarla “doctora corazón”.

Cierta ocasión le llevaron a una jovencita de aproximadamente 15 años, con un fuerte dolor de estómago, la revisó, le quitó una faja muy ceñida, fue al baño y ahí nació el bebé, ante la sorpresa de la madre.

Escuchó numerosas historias y atendió a varias jovencitas que habían sido violadas por el tío, el primo o el propio padre, esto le confesaba la madre mientras el bebé “coronaba” (asomaba la cabecita), aún con el miedo reflejado en el rostro de ambas.

Muchas pacientes le quedaron a deber, a otras no les cobraba y les regalaba el medicamento. Su madre, lo consideraba injusto, asó que iba a sus casas, pero no le abrían o le decían que no podían o simplemente no le iban a pagar, finalmente, dejó de hacerlo.

Muchas veces se encontró con familias completas por las calles, la abuela les decía a los niños “Mira tu papá, tus tíos, tú y tus hermanos nacieron ahí, con la doctora”. Tres generaciones “vieron la luz por primera vez” en su sanatorio. Atendió, por ejemplo, de la señora Eufrosina, a los 16 años, también a su hija Georgina, de 16 años, y a la hija de ésta, de la misma edad.

La doctora Ruth, como la conocían en Milpa Alta, ejerció fundamentalmente el trabajo diario de las parteras, de manera integral: desde atender el parto, prestar cuidados durante el embarazo y puerperio, aconsejar a la mujer en todo lo relativo a su sexualidad y al niño recién nacido.

“La doctora Ruth” como era conocida en el pueblo atendió más de diez mil partos. Una persona que ejerció el oficio de la partería con conocimientos técnicos obstétricos profesionales y que brindó las medidas preventivas para un nacimiento normal, la detección de complicaciones en la madre y el niño y la ejecución de medidas de emergencia.

Una nueva carretera estableció una comunicación más rápida de los pueblos de Milpa Alta con la ciudad de México, lo que trajo consigo que hubiera más médicos en el pueblo y que las mujeres se atendieran en otros hospitales. Su clientela disminuyó considerablemente, ahora se atendían con médicos generales y ginecobstetras.

Sin embargo, los discursos médicos actuales, en los que se sitúa a las parteras como subalternas, carentes de sabiduría y de conocimientos adecuados para hacer lo que las mujeres siempre han hecho, acompañar y atender los procesos de alumbramiento, fue lo que también Gloria Ruth experimentó.

“La UNAM proporcionaba una enseñanza técnica sobresaliente de la obstetricia -comenta su hijo Pedro Leonel, ahora médico- de tal manera que sus egresados podían resolver y emplear técnicas específicas cuando el niño venía de piecitos o de una manita; por ejemplo no usan “fórceps” como algunos médicos, que pueden afectar al cerebro de los neonatos”.

Actualmente el oficio de la partería, se está retomando. La profesionalización de la partería es una vía importante para que las mujeres hagan lo que siempre han hecho, ayudar al alumbramiento a otras mujeres. Sobre todo con el objetivo de no llegar a cirugías innecesarias motivadas por los intereses económicos y la comodidad de médicos y hospitales.

* El título corresponde a la biografía que escribió mi padre, sobre mi madre.