Felipe Sánchez Reyes

El primer amor se cruza en tu camino y no te percatas de ello, sino hasta más tarde, después de otras experiencias amorosas. El primer amor jamás pasa al olvido, permanece grabado en una parte minúscula de tu corazón y de tu memoria. El primer amor resulta imborrable.

Ese año yo tenía ocho años, cursaba el tercer grado y me situaba en el segundo salón de la única primaria de mi pueblo. A ella acudían niños descalzos o con huaraches de las poblaciones aledañas, cuyo trayecto duraba una hora de camino para asistir a clases y otra de regreso. La antigua escuela, vista por la calle de afuera, era una pared larga con dos ventanales para filtrar la luz y el aire matinal; al centro, el portón de madera por la que todos ingresábamos antes de las ocho de la mañana para formarnos en hileras, por grupos en el patio; luego continuaba la pared con cuatro ventanales hasta colindar con los terrenos de caña de tía María.

Vista por dentro, desde el patio escolar, estaba compuesta por una puerta de madera rústica, de mezquite sin pintar; un portón por donde ingresábamos y salíamos, donde se filtraba la luz del día y nos resguardaba del intenso sol; y dos puertas más. En total, tres grandes puertas con seis ventanales que resguardaban tres salones contiguos de adobe, cubiertos con cal.

En todos ellos se colocaban al frente, al costado izquierdo, la mesa del profesor junto a la puerta y enseguida el pizarrón de cemento fino, pintado de negro; y al centro, tres filas, cada una con diez pupitres o mesabancos para dos personas: arriba con una ranura en la parte externa, para colocar el lápiz; y, abajo, una cavidad para introducir nuestros útiles escolares. En el primer salón se impartían los cursos de primero y segundo grados; en el otro, los de tercero y cuarto; y en el último, los de quinto y sexto.

La escuela tenía un enorme patio, donde todos los niños jugábamos durante el recreo. Éste colindaba, por fuera, con una calle larga, aplanada, donde se efectuaban las carreras de caballo en las festividades: una punta llevaba hasta la casa de Pablo Cariño y la otra, al río y al Barrio de San Rafael; y, por dentro, con los terrenos de caña de tío Chote Cordero y tía María Reyes. Junto al de ésta había un mezquite enorme, viejo, cuyas ramas llegaban a la azotea de la escuela, por las cuales subíamos, bajábamos y recibíamos regaños de maestros y familiares: “¡Bájate, escuincle, que te vas a caer! ¡Si te caes, te rompes la madre! ¡Vas a ver, te voy a acusar con la María!”. En ese patio, los lunes por la mañana, antes de ingresar al salón, hacíamos los honores a la bandera y cantábamos el himno nacional; y en las festividades escolares: concursos de declamación y oratoria, los ensayos y bailes de niños.

En tercer grado yo me sentaba con mi primo Cheo en la tercera banca, de la fila de en medio del salón, frente al maestro. Estábamos concentrados, realizando en las hojas rayadas de nuestro cuaderno, los ejercicios de multiplicación que anotó el profesor en el pizarrón. Cuando de repente empezó a rodar de mano en mano entre los compañeros de nuestra hilera una pequeña nota doblada, a la que no di importancia, pues ya antes habían circulado otras solicitando la difícil tarea.

De pronto, sentí el golpe ligero del codo de mi primo en mi costado izquierdo: “Te envían esto”. Lo tomé, guardé y seguí concentrado en los ejercicios, bajo la mirada escrutadora del maestro, amigo de mi abuelita, la maestra. Luego sentí otro codazo en el mismo sitio y su cuchicheo: -“¡Que lo abras y lo leas!”. –“¿Qué dices? –“Me dijeron las dos chicas de la fila junto a la ventana que lo abras y lo leas”. –“Ah, ya te entendí”. Abrí la hoja doblada con nueve palabras escritas sobre unas líneas con errores de ortografía, sin mostrársela a mi primo, la leí y me la guardé en el bolso trasero del pantalón: “¿Nos vemos en el recreo? Quiero platicar contigo. Adela”. –“Qué dice, mano”. –“Que les pase las respuestas de matemáticas”.

            Al salir al recreo, me fui con mis amigos a jugar, nos divertimos y me olvidé de la cita. Regresamos al aula pero, como pasó otro primo a resolver el problema de matemáticas en el pizarrón y su respuesta no coincidió con el resultado correcto, el maestro se molestó con todo el grupo, nos puso nueva tarea y nos acechaba con su férrea mirada. Nuevamente sentí otro golpe, bajé la mirada y, sin ser visto, debajo de la mesa me entregó en mano mi primo el segundo mensaje: “Me gustas mucho. ¿Quieres ser mi novio? ¡Tu enamorada!”.

Volteé a mirar hacia el lugar de las dos que cuchicheaban, se reían, mientras ella me miraba con sus ojos radiantes, el profesor interceptó su mirada y la castigó por distraerse y no avanzar en su tarea. Por la tarea y concentración con que la realizábamos, el tiempo se fugó por el ventanal, se fue a pasear a la calle, a mirar las faldas y piernas de las chicas y regresó cuando sonó el silbato, para terminar la clase. Anotamos la tarea del pizarrón, cerramos los cuadernos, tomamos nuestras cosas y salimos corriendo por el portón abierto a la calle, para jugar canicas.

Cuando estaba tirando mi canica contra la del otro, pasó ella con su hermana. La miré de reojo, me detuve mirándola y me hice el tonto: -“Qué tanto la miras, te toca tirar la canica”, me dijo el otro. Ella siguió caminando con su hermana mayor -iba en quinto y era novia de mi primo Guillermo-, mirando hacia atrás, mientras la otra la jalaba del brazo para que no se detuviera y caminara más aprisa.

            Al otro día, mis compañeros me empezaron a bromear, a burlarse de mí y a apodarme como a ella: “la Chicharrita”. Antes de salir nuevamente al descanso, me envió otro mensaje con mi primo: “Te espero en el mezquite. Te traje un dulce para que nos lo comamos juntos. Tu novia”. Al salir, los otros andaban conmigo y en cuanto la vieron sola en el árbol, me empujaron entre bromas y risas, me llevaron y me plantaron frente a ella.

Entonces sus amigas, al verla rodeada de nosotros, llegaron, se apostaron a su lado para defenderla y enterarse del chisme. Yo me concreté a estirar mi mano, saludarla sin mirarla a los ojos y a marcharme corriendo, bajo las frases y risas burlonas de mis compañeros: “¡collón, le tienes miedo!, ¡no seas marica!, ¡si no está tan fea!, ¡si no te gusta, préstamela un ratito!”. Atrás quedaron sus voces y burlas, me escabullí como alma que lleva el diablo entre los grupos de chicos que jugaban y me fui a esconder a otro salón, para que no dieran conmigo. Mientras, ella se quedó triste entre sus compañeras que la elogiaban por enfrentar de una vez a su chico.

Terminó el descanso, tornamos al salón, yo seguía cohibido con ella y Cheo, con su experiencia de noviazgos, me aconsejaba y consolaba. Regresó el maestro, anotó en el pizarrón el ejercicio de caligrafía que repetiríamos en nuestros cuadernos. Yo ya iba a la mitad de la hoja, cuando arribó otro mensaje, el último que recibí a esa edad, en ese curso: “¡Ya no eres mi novio! ¡Regrésame mis mensajes! ¡Te detesto por miedoso y collón! ¡¡Tu ex novia!!”.

Cuando terminó la clase, la esperé en la salida de la puerta para explicarle mi reacción y decirle que ella también me gustaba y que deseaba ser su novio. Pero la vi salir sin percatarse de mi presencia, del brazo de su hermana que traspasaba el portón, y caminaban aprisa las dos figuras esbeltas.

En la lejanía distinguí las dos cabelleras largas y sus faldas de holán que se movían de un lado a otro, los zapatos con tobilleras que se perdieron en la primera esquina. Yo me quedé allí parado, perplejo. Luego reaccioné, tomé mi mochila y, cuando llegué a la esquina por donde desaparecieron, sólo vi el espejismo de sus faldas y la huella de sus pisadas que se perdieron a lo lejos en las reverberaciones del sol ardiente entre el polvo y las piedras. Entonces me dirigí triste a mi casa.

Al día siguiente llevé mi mejor atuendo a la escuela. Llegué ilusionado para ver su pequeña figura, su rostro alegre, sus ojos de miel y labios rojos. Me cansé de esperarla en el aula, mas nunca regresó, porque la tarde anterior llegó su papá en su coche y se la llevó con su familia a la ciudad. A la semana posterior regresó con un camión de carga y transportó todas sus pertenencias. Desde entonces acudí y la esperé durante cinco años en cada festividad patronal del pueblo, para declararle mi amor y solicitarle que fuera mi novia, pero jamás volvió. En seguida le pregunté a mi primo Guillermo por el paradero de su novia, la hermana de ella, pero no me dio razón.

Pregunté por ti a mis amigas, te busqué en el rocío de esa mañana, en los caminos trillados que llevan a tu casa, en el quiosco del pueblo, lleno de tus voces y pisadas, en el viento de los cerros para que me trajeran tus palabras olvidadas, en el cántico melodioso del cenzontle, en el agua cristalina del río, en las ramas y follaje del sauce llorón, en los botones del rosal, mas no te hallé. Me marché a la ciudad y pregunté por ti a otras personas, tampoco di contigo. La única vez que retornaste, fue para enterrar a tu abuelito, pero, para mi mala suerte, me enteré por Cheo ya tardé.

Contigo descubrí el primer dardo de Eros que entró sangrante en mi pecho, antes de escribirme y de buscarte. Contigo conocí el sabor amargo del alimento y la fruta. Contigo mis primeras lágrimas tibias descendieron lentas por mi mejilla, cual fino hilo de agua en la piedra. Contigo te llevaste el amanecer de mis días infantiles y mis horas fueron tristes, después de tu partida. Estaba escrito en nuestros destinos que no volveríamos a encontrarnos, pues el tiempo y la distancia mataron nuestro amor.

 Desde entonces, tú te quedaste grabada y palpitando en una parte de mi corazón. Tu amor se derrumbó, como nuestra vieja escuela de paredones de adobe en el temblor del ochenta y cinco, como la vida de nuestros maestros ya desaparecidos, como el añejo mezquite de la escuela, destrozado a punta de hachazos para leña del fogón, como nuestros abuelitos ya muertos. ¡Cierto, ya no podré oírte, pero sí mirarte, mientras la vida no borre los trazos delicados de tus letras en la hoja ante mis ojos, resonarás en mis sueños! Yo dejé el pueblo con las calles llenas de tu fantasma. Como tú, a mí también me llevaron a la ciudad y hasta ahora regresé a buscarte en la memoria, en aquel salón deshecho y renovado de la vieja escuela, en este fin de cursos.

Por eso te afirmo que el amor radica en nuestro corazón y en los sueños de hilo de plata, que enhebramos en puntos finos, para atraer al ser amado. A veces, sueño que tú regresas por el mismo camino en que te fuiste, que corres a mi lado, me tomas de la mano con tu flor de la esperanza, pero ahora yo te busco el rostro radiante, los ojos de miel, labios rojos y te beso.

Ahora puedo afirmarte que el amor de la infancia huele a flor fragante, envuelve al mundo y lo convierte en arcoíris, silba en los cánticos de las aves y vuela en sus alas en pos del otro. Desde entonces he pensado que el primer amor se cruza sólo una vez en tu camino y no te percatas de ello, sino más tarde, después de otras experiencias amorosas, como me pasó a mí en aquel tercer año de primaria.