Guy de Mauppasant

(Nota y traducción de Leandro Arellano)

La seña –del repertorio mórbido de Maupassant- fue publicado en el Gil Blas el 27 de abril de 1886, y al año siguiente fue incluido en el libro El Horla y otros cuentos, que publicó Ediciones Ollendorf en 1887.

En su Historia de la literatura francesa (Breviario No. 4, Fondo de Cultura Económica, 1948) Robert G. Escarpit señala que, como Flaubert, Maupassant es también un clásico. Lo considera el maestro de la novela corta en Francia, género por el que es más conocido, lo mismo que por sus volúmenes de cuentos.

En 1955, Jean Luc Godard basó uno de sus primeros cortometrajes, Una mujer coqueta, en esta historia de Maupassant. El 6 de julio en curso se cumplen 130 años de la muerte del escritor.

La marquesita de Rennedon duerme aún, en su habitación oscura y perfumada, sobre su vasta cama, acogedora y blanda, entre sábanas de batista vaporosa, acariciadora como un beso. Duerme a solas, tranquila, el sueño dichoso y profundo de las divorciadas.

    La despiertan dos voces que debaten ruidosamente en el salón azul. Reconoce a su querida amiga, la baronesita de Grangerie, quien disputa por entrar con la camarera, que defiende la puerta de su ama.

     La marquesita se levanta, corre los cerrojos, torna la cerradura, entreabre la puerta y asoma la cabeza, no más que la rubia cabecita, oculta bajo una nube de cabello.

     -¿Qué te hace venir tan temprano?  -dice ella-. Aún no son las nueve.

     La baronesita, nerviosa, trémula, febril, le responde:

     -Tengo que hablar contigo. Me ha sucedido algo terrible.

     -Pasa, pasa, querida.

     Entra la baronesita y se saludan. La marquesita se recuesta en tanto que la camarera abre las ventanas, llenándose de luz y aire la habitación. Cuando la camarera se retira, Madame de Rennedon pide a su amiga: < Vamos, cuéntame. >

     Madame de Grangerie rompe en llanto, derramando esas hermosas lágrimas cristalinas que hacen más encantadoras a las mujeres, y masculla sin frotarse los ojos para no enrojecerlos: < Ah, querida, es abominable lo que me sucede. No he dormido un minuto durante la noche, me escuchas, un minuto. Ve cómo late mi corazón. >

     Y tomando la mano  de su amiga la coloca en su pecho, sobre esa redonda y firme envoltura del corazón de las mujeres, que colma a menudo a los hombres y les impide continuar hacia abajo. Su corazón latía con fuerza, en efecto.

     Y continuó:

     -Me  ocurrió ayer por la tarde…a eso de las cuatro…o cuatro y media. No lo puedo precisar. Tú conoces mi departamento y sabes que mi saloncito, en el que suelo descansar, da hacia la calle de Saint-Lazare, en el entresuelo. Y sabes que tengo la manía de sentarme junto a la ventana para ver pasar la gente. Es muy alegre ese barrio, muy inquieto y muy animado. Me encanta. Pues me hallaba ayer en la silla instalada en el marco de la ventana. Estaba abierta la ventana, yo tenía la mente en blanco, sólo respiraba el aire transparente. ¡Recuerdas qué hermoso día ayer!

     De pronto advierto que del otro lado de la calle había también una mujer en la ventana, una mujer vestida de rojo. Mi vestido era malva, ya conoces mi hermoso ajuar en malva. Yo no conocía a esa mujer, una nueva vecina; arribó hace un mes, y como llovió todo el mes, no la vi en ese lapso. Pero reparé enseguida de que se trataba de una mujer ligera. Para comenzar, me contrarió que una mujer como ella estuviese en la ventana, igual que yo. Mas, a poco, me divertía examinándola. Acodada allí, la mujer observaba a los hombres y los hombres la observaban a ella. Digamos que algo los alertaba al acercarse a aquella casa y olfateaban como perros de presa. Levantaban la cabeza de pronto e intercambiaban con ella una mirada, una mirada rápida, una mirada sugerente, interrogadora: < ¿No te gustaría? >

     El transeúnte responde: < No tengo tiempo >, o bien < En otra ocasión >, o < No tengo plata >, o <  Piérdete, miserable >, decían las miradas de los padres de familia.

     No te imaginas qué divertido fue mirarla gesticular, exhibir su oficio. A ratos cerraba la ventana bruscamente y se veía a algún varón trasponer la puerta. Los atrapaba con facilidad. Entonces yo atendía mi reloj. Les tomaba de doce a veinte minutos, no más. Lo cierto es que me interesé por esa tarántula. Nada fea la mujer, por lo demás.

     Yo me preguntaba: ¿cómo logra hacerse entender tan rápido y tan evidente? ¿Agrega alguna seña con la cabeza o con un movimiento de mano?

     Tomé mis gemelos para observar su proceder. Era muy sencillo: una mirada en primer lugar, luego una sonrisa y enseguida un guiño tentador con la cabeza que insinúa: < ¿No subes? > Pero de un modo tan leve, tan sutil, tan discreto, que hay que tener la gracia, como ella.

     Me pregunté si yo sería capaz de repetir con gracia similar aquel ademán furtivo y sugerente, pues era en verdad un mohín agraciado.

     Me dispuse a ensayarlo frente al espejo y, querida, yo lo hacía mejor, mucho mejor. Me puse feliz y regresé a la ventana.

     La pobre mujer ya no pudo atraer a ninguno más, a nadie. En realidad no tenía manera. Con todo lo terrible que debe ser ganarse el pan de cada día de ese modo; terrible y divertido a veces, pues hay hombres con quienes una topa en la calle, que no están nada mal.

      Ahora todos transitaban por mi acera y ninguno más por la suya. El sol había girado. Pasaban unos detrás de otros: jóvenes, viejos, morenos, rubios, grises y blancos.

      Algunos muy apuestos, querida amiga, muy apuestos, tanto mejor que mi marido y el tuyo, tu exmarido, de quien te divorciaste. Bien puedes elegir.

     Y pensé: si les hago la seña ¿me comprenderán? ¿a mí, una mujer decente? Y allí tienes, que se apodera de mí un deseo insano por hacer esa seña, pero un deseo intenso, como antojo de mujer embarazada, un deseo ciego y sordo, me entiendes, irresistible. Me ha ocurrido a veces. Creo que las mujeres tenemos alma de mono. Me han dicho –un médico lo dijo- que el cerebro del mono se asemeja mucho al nuestro. Debemos imitar siempre a alguien. Imitamos a nuestro esposo cuando lo amamos y durante la luna de miel; luego imitamos a nuestros amantes, a nuestros amigos, a nuestros confesores, si lo merecen. Nos apropiamos de su manera de pensar, de su manera de decir, de sus palabras, de sus gestos, de todo. Es una tontería.

    En fin, cuando ha sido mucho mi deseo por hacer algo, siempre lo hago. Entonces resolví: voy a experimentar con uno, sólo uno. ¿Qué me puede ocurrir? ¡Nada! Nos sonreiremos y se acabó, no lo volveré a ver jamás, y si llegase a verlo y me reconoce, lo negaré. Punto.   

     Me puse entonces a elegir, quería uno impecable. De pronto vi acercase a un rubio alto y apuesto. Me encantan los rubios, tú lo sabes…

     Lo miro y me mira. Le sonrío, me sonríe. Hago la seña con sutileza y él responde < sí > con la cabeza, se encamina a la puerta y entra en mi casa. No tienes idea de la sensación que tuve en ese momento. Creí que me volvería loca. ¡Qué temor tan terrible! Imagínate que entrase donde la servidumbre, con Joseph, tan devoto de mi marido. Pensaría que yo conozco a ese hombre.

     ¿Qué hacer, qué hacer? Llamaría a la puerta en cualquier momento. Pensé que lo mejor sería salir a su encuentro y decirle que se equivocaba, suplicarle que se fuera. Tendría piedad de una pobre mujer. Me precipité a la puerta y la abrí justo en el momento en que ponía su mano en el timbre. 

     Confundida y todo alcancé a decirle: < Váyase, señor, váyase. Usted se equivoca. Yo soy una mujer decente, una mujer casada. Se trata de un error, un terrible error. Lo confundí con uno de mis amigos parecido a usted. Tenga piedad de mí, señor. >

     El se echó a reír, querida, y me respondió: < Ajá, muñeca, cómo no. Ya conozco esa historia. De acuerdo, serán dos luises, no uno. Cuenta con ellos. Vamos, muéstrame el camino.>

     Me empujó suavemente y cerró la puerta. Yo estaba aterrada, pero él me abrazó, me tomó del talle y me hizo entrar en el saloncito, que permanecía abierto.      

     Luego él se puso revisarlo todo, como un evaluador y comenta: < Guapa, tu casa es hermosa, muy agradable; pero debes andar volando muy bajo para dedicarte a ventanear. >

     Yo volví a suplicarle: < Señor, váyase, por favor, váyase. Mi marido va a entrar, llegará en cualquier momento. ¡Le aseguro que usted se equivoca! >

     Pero el me replica tranquilamente: < Vamos, preciosa, basta de palabras. Si llega tu marido le daré una plata para que se tome algo en la esquina. > Cuando repara en la fotografía de Raúl sobre la chimenea, me pregunta:

     -¿Este es tu marido?

     -Sí, es él.

     -Tiene cara de pendejo. ¿Y esta quién es? ¿tu amiga?

    Era tu retrato, querida, la que te tomaste en traje de gala.

     -Sí, es mi amiga, susurré.

     -Es muy guapa, espero que me la presentes.

     El timbre del reloj marcó las cinco. Raúl vuelve a casa a las cinco y media. ¡Si aparece antes de que el otro se haya marchado…! Entonces…perdí la cabeza…por completo…pensé, pensé que lo mejor sería librarme de…comprende…y…bueno…va…y lo…no se habría ido sin ello. Entonces corrí el cerrojo de la puerta del salón.

La marquesita se echó a reír como loca hundiendo la cabeza en las almohadas y sacudiendo la cama.

     Cuando se tranquilizó, me preguntó:

     -¿Era guapo el tipo?

     -Desde luego.

     -¿Por qué te lamentas?

     -Pues porque dijo que volvería mañana…a la misma hora…y yo tengo un temor atroz. No te imaginas qué testarudo es…y voluntarioso… ¿Qué hago, dime qué hago?

     La marquesita se incorpora en su cama y reflexiona. Dice luego, bruscamente:

     -Hazlo arrestar.

     -¿Qué dices? ¿Cómo? ¿Aprehenderlo? ¿Con qué pretexto?

     -Es muy sencillo. Te presentas en la comisaría, donde declaras que te persigue un señor hace tres meses, que ayer tuvo la insolencia de entrar en tu casa y te amenazó con volver hoy, por lo que demandas protección. Te asignarán dos agentes para protegerte.

     -Pero, querida, si el habla…

     -Nadie le creerá, pues ya habrás tú alertado al comisario. Te darán la razón a ti, puesto que eres una mujer irreprochable.

     -¡Ah!, no me atrevo…

     -Tienes que hacerlo querida, de lo contrario estarás perdida.

     -Me insultará cuando lo arresten.

     -Tú contarás con testigos y lograrás que lo condenen.

     -¿Condenar por qué?

     -Por daños y perjuicios. ¡En estos casos hay que ser implacable!

     -Ah, a propósito de indemnizaciones… Hay un detalle que… me inquieta… Dejó dos luises… en la chimenea.

     -¿Dos luises?

     -Sí

     -¿No más?

     -No

     -Qué poco… A mí me hubiera humillado. ¿Y bien?

     -¿Qué debo hacer con ese dinero?

     La marquesita medita unos segundos y luego responde con voz firme.

     -Querida, debes hacer un regalo a tu marido… Es lo justo.