Invidencias creativas

¿No somos moradores de una entelequia patria que bien podría insertarse en la metáfora de sociedad que describió José Saramago en su sobrecogedor Ensayo sobre la ceguera? Recordemos que a través de la brutal alegoría de la convivencia que plasmó Saramago, se nos invita a aceptar la responsabilidad que implica vivir con los ojos abiertos en un mundo en el que se sobrevive haciéndose de la vista gorda ante las atrocidades y aberraciones que lo pueblan; y lo mismo podríamos decir con respecto a vivir con los oídos abiertos dentro de una urdimbre social tejida por sordos que sí oyen. Cómo negar que cada vez se nos vuelve más difícil conservar la salud auditiva, que es también salud mental, frente a la violencia acústica que se enseñorea en el entorno. Ya no basta con suspender vigilias ni enloquecer vacíos, la carroña acústica asfixia al aire y destempla el hábitat dejando inermes a quienes intentamos protestar. Pero no es momento de incidir en la angustia colectiva, sino de propiciar algún destello de esperanza. Imágenes de muerte inauguran alboradas y alaridos clausuran ocasos. ¿No debemos elevar entonces el espíritu hacia regiones donde la luz comulga con el sonido? ¿Por qué no rememorar a esos seres que doblegan sus impedimentos aferrándose a la pasión por su quehacer cotidiano? ¿No han existido músicos ciegos como el compatriota Meza León que sí consiguieron trasmutar sus penumbras exteriores en armoniosas celebraciones de vida? ¿Por qué no prestarles oído a sus afanes para convertir nuestras propias tinieblas en talismanes contra el desasosiego?…

En un carruaje pintado con miles de ojos, el charlatán Taylor abandona el reino de Sajonia por órdenes del Rey, quien atestigua sus felonías. Interrumpe su previsto peregrinaje para regresar a su patria donde no duda encontrar más incautos. Incidentalmente, otro músico sajón avecindado en Londres atraviesa por una acelerada pérdida de visión. Se fija la fecha de la onerosa cirugía poco después del estreno de su oratorio Sansón para el que toca a tientas el clave. Muchos se conmueven con el aria Total eclipse, no sun, no moon, all dark que entona el héroe bíblico después de que le arrancan los ojos, pues caen en la cuenta de la dolorosa proyección que se opera en escena. Para el músico no puede haber mayor desgracia que quedarse ciego y se resiste a oír las voces de alarma con respecto a los embustes del médico. Taylor se yergue victorioso cobrando por su falta de escrúpulos y Gëorg Friedrich Händel sobrevive el resto de su existencia en el eclipse total preanunciado en su oratorio.

Sobre sus alas ha compuesto piezas para piano, canciones, obras de cámara e himnos, aunque debió de valerse, durante un largo periodo, de amanuenses para la escritura de sus pensamientos musicales. Nadie inventó para él una tabla para componer y tardaría mucho en aprender por sí mismo cómo plasmar sus melodías en el sistema Braile (de hecho, es él quien logra importar a México la primera imprenta Braile y quien edita, durante más de tres décadas Desde las sombras, la primera revista para ciegos ‒y también videntes‒ del país). Es parte de una realidad nacional a la que conjura con el alma enhiesta. En su composición más reciente, un Adagio religioso,[1] intenta hacer las paces con un Dios ausente o, por lo menos, distraído. ¿Cómo pudo permitir que su madre confundiera los frascos de desinfectante oftálmico y de yodo para aplicarle con toda la inconsecuencia de su amor materno las gotas que habrían de condenarlo a la ceguera perpetua?…  


[1] Se invita a la audición del mismo en la interpretación del Alauda Ensemble que dirige desde el violín el autor de este texto (URTEXT DIGITAL CLASSICS, 2001)