Atmósfera e intimidad de la MBP

Uno

Es una música que muy pocas veces tiene desperdicio. Porque no sólo es una música sino una sonoridad. Una cartografía, una cosmografía de ritmos y melodías que como debe ser, se arraigan en la matriz de su propia cultura. Alguna vez platicaba con amigos que la música brasileña suena invariablemente a Brasil. Pero cuando uno supera el lugar común (ese que oculta las sorpresas en cuicas, silbatos, cavaquinhos y carnavales) se sorprende de cómo esta cultura musical ha logrado ensamblar como pocas una infinita variedad de sonidos de los más diversos confines del mundo. Los ensambles, la instrumentación y la experimentación formal con sonidos, disonancias y ritmos universales siempre los he encontrado magistrales en esta música (por caso, Novelnohovo y Ney Matogrosso que tienen innegables sonoridades orientales y jazzísticas, y Marisa Monte, una sonoridad de música de cámara), de manera que no, esta música suena a muchas otras cosas y al mismo tiempo solo a ella misma.

Como puedo perder fácilmente la ruta de este texto, pensaba que algunas metáforas podrían servir como ancla. Por ejemplo, hablar de los colores implícitos en cada propuesta. Pero eso justamente habla de los prejuicios carnavalescos y rítmicos, porque ya oído con atención, el color que evidentemente predomina es el místico e indefinible de la saudade. Y eso también es caer en otro juego del lugar común sobre la nostalgia que baña a esta musicalidad surgida en el sur del continente. Ante semejantes callejones sin salida, creo que me resulta más honesto decir que es una música de oxímoron que logra poner gran belleza y alegría en los temas tristes; en las cadencias nostálgicas está la vitalidad. Disfrutarla no requiere de tantas palabras, por eso, para el que ha escuchado la también llamada MPB (música popular de Brasil), el asunto del idioma pasa a ser el último de los temas o inconvenientes.

Pero sigo pensando en sí tendrá algún color definitorio. Ese que consigue resaltar la belleza latente en la grisura. No es una pregunta fácil, no tiene respuesta de hecho, pero en algunos performance de Marisa Monte, cabe una hipótesis: se trata simplemente de un barrido penetrante de luz blanca, la que te despoja de ideas y te pone frente a una propuesta seria y profundamente artística.

Dos

La época de internacionalismo para la música brasileña sucedió a finales de los años cincuenta del siglo pasado. Pero no como un producto cultural en solitario sino más bien, como una propuesta más dentro de toda la explosión artística del enorme país amazónico.

Contra la definición enciclopédica, la bossa nova no sólo es la interpretación “moderna” de la samba y la fusión con el jazz, sino un producto cultural dentro de un proceso intenso y riquísimo de la cultura moderna de América Latina. Detrás de una “forma nueva” está el ansia de lograr una expresión artística propia, personalísima, amplia. Detrás inmediato está el modernismo (recordar que la capital planificada, Brasilia, fue fundada recién en 1960) la antropofagia, el movimiento concreto, el cosmopolitismo de Rio; la poesía concreta, el arte contemporáneo, el tropicalismo. En algunos casos, por qué no, el durísimo signo de vivir bajo un poder dictatorial. La represión militar encontró que los lenguajes de la juventud siempre van pasando relevo y de las consignas y manifestaciones tuvo que ocuparse en censurar obras de teatro y letras de canciones que ponían el dedo en la llaga, así que vale la pena decirlo, esta también fue una música revolucionaria, la protesta del arte sobre las milicias, la rebelión cultural del continente.

Por si todo lo anterior fuera excesivo, en esta música también pesan las ventajas de un país multicultural que no se arredra por tener como eje las diferencias y las regiones. Rio de Janeiro-Sao Paulo; el riquísimo sur y el empobrecido norte (que en sí mismo es una metáfora de todas nuestras culpabilidades y delirios occidentales); el sertón y la selva, los extranjeros y los negros, la playa y la agricultura. De manera que decir que solo es una “forma nueva” me parece pobre e injusto. Definirla por el contrario una tarea casi imposible, por lo que desde ahora vale decir nuevamente, se tiene que escuchar. Te gusta o no te gusta, pero no puedes dejarla pasar como algo inadvertido.

Tres

La época de gloria como ya se dijo, estuvo entre los años cincuenta y setenta del siglo pasado. Pero pocas musicalidades permiten una relectura de los viejos maestros en favor de una renovación estilística. Por eso es que ese tono tan característico sigue perpetuándose, como si viviéramos en un eterno presente de modernidad. Que los músicos profesionales lo expliquen mejor, pero en tanto movimiento musical, subyace un experimento formal por seguir profundizando las sonoridades de las que hablaba al inicio. Nuevos ensambles, timbres y fusiones vienen y seguirán llegando, lo pienso en la evolución de un artista como Caetano Veloso que nacido en 1942, ha pasado por distintas colaboraciones y experimentos, pero afincado a una base común le permite seguir explorando y expandiendo la musicalidad brasileña.

Existen, luego entonces, sus grandes dioses, como Tom Jobim, Joao Gilberto o Vinicius, pero también sus profetas que como no sucede por ejemplo con la música mexicana, saben dialogar con sus mayores y refrescarlos.

Yo no pensaría entonces que hay covers sino un vaso comunicante y correspondencias. Porque esta música, también es importante subrayar, ante todo es poesía. Por eso se puede escuchar a Cartola, a Martinho da Vila, a Paulinho da Viola, a toda la Velha Guarda da Portela en voces jóvenes y cada nueva propuesta mantiene intacto el poder expresivo, la belleza rotunda de sus letras y la fuerza de la interpretación original.

Es, entonces, una música en plena evolución que “suena a Brasil” pero sigue creciendo cincuenta años después: “nosotros digerimos sus ecos y sus sensaciones, y todo un aprendizaje que nos dejaron sus grandes músicos en esa transformación armónica, melódica, rítmica y una forma de interpretar”, dice Toquinho en medio de un concierto y recalca “la bossa nova no es una canción ni una forma de hacer canción. La bossa nova es una atmósfera musical, es una manera de tratar una canción”.

Cuatro

Esta música es extensa y a veces inabarcable porque también tiene huecos que pese a todo lo anterior, son patrimonio casi exclusivo de su propia cultura. En la película Aquarius (2016, director Kleber Mendonça Filho) Clara Bragança, interpretada fabulosamente por Sônia Braga, es una crítica musical jubilada que vive en un departamento atestado de discos. Cada momento de su vida está marcado por la música y sus referencias, por las historias que guardan y por lo que provocan el ser interpretadas de nuevo. Entonces, como también sucede con el cine de Bollywood, Clara escucha de pronto canciones que parecen solamente decirle algo a los propios brasileños, momentos en los que parece que nuestra indiscreción por oír propuestas es como un verdadero pecado y de las que si esperamos poder extraerles algo, necesitaremos algo más que una reproducción muchas veces repetida.

No obstante, tales momentos serían los menos, porque el conjunto es redondo y universal. Que cada quien haga su lista. A veces de protesta, a veces traducida con mejor o peor calidad (Jobim hecho bolero: quizá; Roberto Carlos: empalagando innecesariamente las baladas) es un tronco sólido del que todo músico local busca cobijo y raja leña.

Voy finalizando para dejar que usted busque su propia selección o playlist. Pero antes de cerrar, resulta parte del encanto el saber que es una música que sigue poniendo mucha atención en la calidad vocal, en cada pista los intérpretes brasileños confirma lo obvio pero que en esta modernidad se olvida: la voz también es un instrumento que debe tocarse con maestría. Y esa belleza vocal (canal de la belleza poética) barre las diferencias idiomáticas: Maria Creuza, Marisa Monte, Arnaldo Antunes, Elis Regina, Djavan, Celso Fonseca, Ney Matogrosso, Eliane Elias, Maria Bethania, Casuarina, . El idioma no importa, importa la sensibilidad.

Eso, en estos tiempos, significa muchísimo. [ C ]