El noruego salió como bala. Lo siguió el diplomático mexicano. A eso fue, a correr.
Pero a pesar de su convicción, cargaba una cara… una cara que hay que molestarse: cara inocultable de desconcierto. Tras ellos, vendría la pléyade de nacionalidades: chinos, güeros, rojos y negros; rusos, árabes y holandeses con algún distintivo para mostrar frente a las masas etíopes. Erigiendo el cariño por su país. Esa fue la salida de la Gran Carrera de Addis 2024, famoso evento del noviembre etíope, que invita a todos los diplomáticos a sumarse a una fiesta. Así que… a correr.
Algunos pocos entre ellos, avanzaban con intención de mostrarse atléticos y en forma. Otros se reunían ahí por el gusto, tan sólo, de estar presentes. Evitando sofocarse en las calles selectas de Addis Abeba, caminarían despacio la distancia que mejor les pareciera. Podrían quedarse en un café; desistir, llamar a un chofer o un amigo e irse temprano a sus aburriciones del fin de semana. Canadá, Nueva Zelandia y dos americanos de rango menor se distinguían con ganas. Un chargé d´affairs de Japón y la segunda secretaria de Luxemburgo decidieron hace la prueba juntos. Brazo con brazo… Sonreían.
Apenas 100 metros adelante, vino la realidad. El carril especial para diplomáticos se unía ineludiblemente con la calle principal, la avenida Ras Mekonen, ahora en manos —y bajo los pies— de los corredores locales: 51 mil etíopes ataviados con camisa amarilla; una cifra de espanto. Es una de las carreras más tumultuosas del mundo. La organiza, entre otros, el dos veces medallista de oro en Juegos Olímpicos, Haile Gebreselassie, apoyado por otras renombradas gacelas de fama atlética mundial. Etiopía es de corredores y para corredores. Su gente simplemente corre.
Gebreselassie y sus amigos estrellas, unidos en lo alto de un puente peatonal, habían dado un banderazo de salida; señal que el mexicano no escuchó. Tras ella, los competidores de elite se habían lanzado en estampida. Zapatillas voladoras que parecen flotar sin disturbar el sueño del pavimento aun sereno y en silencio. Querían romper los 28:13 minutos, el record de la prueba. Tras ellos, avanzaría la hecatombe que zigzaguea vibrante… la marabunta amarilla.
El mexicano pierde de vista al noruego. Lo ha devorado la marejada de pueblo gritón, apestoso, jadeante. Es el olor rancio del sobaco dejado en un lánguido añejamiento. A la par de su trote, muchos asustan el aire imitando monos gelada como silbatos agudísimos machacados por el chasquido de una tijera. El juego de gritos y respuestas —quizá una risotada ocasional— seguirá imparable durante toda la carrera. De pronto, dos competidores con zancos, tan altos como los pasos a desnivel, distraen al diplomático mexicano. Ellos gritan también como monos desde arriba. Un desquiciado, abajo, pretende lograr la distancia con aletas y visor de buzo.
El mexicano sabe que se comienza a correr despacio o la carrera habrá de cobrárselo. Todos lo manuales serios para una preparación adecuada en carreras de medio y largo fondo recomiendan, sobre todo, controlar ese punto preciso: la arrancada, los gritos, la desmesura. En este caso, los primeros kilómetros son en descenso. Invitan a apresurar la marcha. Es una paradoja: entre mejor se entrena, mejor se siente el cuerpo. Propone fácil romper el programa y acelerar. La razón fría, el autocontrol, deben superar ese fantasma que habita en un rincón de la cabeza exaltada. Pero el cuerpo pervierte al alma durante las primeras zancadas: “estás corriendo increíble, ¿por qué no intentas un mejor tiempo? Inténtalo: alcanza al noruego… Tras él”. Solo se tienen unos pocos kilómetros para equivocarse y regresar al trote programado; si no se corrige, la carrera será dolor.
El diplomático mexicano no está informado sobre la prueba. Solo entiende que la raza etíope es única. Están hechos para devorar terreno con ese vibrar de las manadas de ñalas exhibiendo sus elegantes zancadas. Recibió su paquete de participante apenas dos días antes; increíblemente económico; sólo costó 10 dólares. Contenía carta de inscripción, una camiseta amarilla canario, el número 504 con detector electrónico, un pase para la zona exclusiva dedicada a diplomáticos y organizadores, y algo de publicidad sobre turismo en Etiopía. Incluía ese indispensable panfleto sobre próximas carreras. Fuera de una marca de refresco azucarado, anunciado múltiples veces, ninguna información sobre alimentos y bebidas energizantes y supersaludables como es costumbre en estas pruebas. Esos productos no se consiguen en el país y los atletas de Etiopía dependen de un licuado a base de “beso” (cebada casera tostada en polvo). Lo mezclan con miel, hierbas y, en algunos casos, leche. Tampoco contenía algún consejo sobre cómo acercarse a la zona de salida, la cantidad de corredores, la forma en que se otorgarían los resultados, nada.
Para el kilómetro dos, el mexicano reconoce varios francotiradores en las azoteas contiguas. Parecen almenas movedizas, grises. Cabecean fatigadas y se apoyan, mano sobre mano, en sus rifles CS/LR traídos de China. Piensa en la seguridad que debe preservarse en un evento con una monumental cantidad de gente. El país tiene grupos rebeldes, guerra interna, terrorismo. En el edificio de enfrente, el mexicano reconoce otro grupo de francotiradores. Platican y revisan aburridos sus celulares. Recuerda lo difícil que le fue ingresar a la zona de la explanada Meskel, la gran plaza de la Cruz y punto más céntrico de toda Etiopía, para encontrar su sitio entre los diplomáticos a fin de estar listo a la salida. Lo detuvieron 4 retenes, checaron con cuidado y escasez de humor cada uno de los detalles: su número, su pase VIP, su identificación, su gorra donde lucía una pequeña bandera mexicana con los colores verde blanco y rojo y el escudo nacional. Incluso metieron mano a su cangurera de cintura con unos pocos billetes locales horriblemente desgastados. El mexicano no sabe si esos billetes llegarán intactos a la meta o se diluirán al contacto con su sudor.
Kilómetro cinco, media carrera… Le llega otro empellón; han sido ya muchos. Más de lo común. Quizá lo merecía por tratar de cortar camino por la acera derecha. A lo largo de la prueba serán 20 de estos empujones. No los contará, pero no está exagerando. Los etíopes son físicos. Se muestran con brazos, olores, gritos. No ceden una calle, un resquicio que consideran suyo. También son muchos, muchísimos. Las abejas en un enjambre tupido saben que volarán aporreando sus alas contra las compañeras del panal. Es normal. No por ello pelean. Los empellones no afectarán el entusiasmo: la invitación a diplomáticos y muchas otras personalidades, se realizó pensando que se trata de un convivio. Es prueba de amigos. No hay mejor cosa que hacer. Permite recorrer las pocas calles aceptables de una ciudad destripada por el proyecto más ambicioso de construcción de anchas avenidas que llevarán el título de “corredores maestros”.
Otro empellón. Intercambio de sonrisas. Viene la primera subida. Ahora puede ver con mejor perspectiva al frente. Lo aterroriza el infinito río de gente amarilla: “el Nilo amarillo” nace allí; también hiede. El rufo rancio de la gente se incrementa a un nivel de escándalo. Amenaza estallar como lo haría el gas propano. Es un río de energía latente: se vive, se escucha, se mete al cuerpo. De nuevo, gritos de mono. Un río avasallador como las montañas y nubes de este país. Una serpiente de infinitas escamas asciende retorciéndose. El mexicano recuerda que la famosa exploradora Rosita Forbes llamó “monstruosas”, por magnificas, las bellezas monumentales de Etiopía. Ella consideró que las rocas en las montañas Simen eran las piezas de ajedrez que dejaron los dioses cuando se aburrieron de jugar.
Le despierta otro empellón: este lo ha propinado él a una corredora. Una joven excepcional por su grueso cuerpo: redondito. En Etiopía la finura de rasgos y el cuerpo esbeltísimo, muchas veces esquelético, es tan mandatorio como tener nariz, como respirar. Nadie escapa de la flacura famélica. Ella es diferente, de piel afro y cabello crespo, pero quizá extranjera. Se cruzó como esperando un impulso en su espalda ante una cuesta que es más agreste de lo esperado. El mexicano resiente también la subida. Jadea. Ha corrido demasiado rápido. Kilómetros superados a un ritmo de 5:10 o 5:15 minutos. No es su ritmo. No tiene edad para ese nivel de esfuerzo. Hay que reducir la velocidad. Ahora se gana un empujón en la espalda de un corredor gritón. Le sonríe, le saluda. Ambos ríen.
Al final de la cuesta, su reloj informa que el kilómetro seis lo hizo en más de siete minutos. La subida es atroz. Continúa. Silencia a las masas que ascienden. No más gritos de mono, solo el ahogo rítmico de una enorme branquia colectiva. El pez está fuera de su agua. Él se siente un poco ridículo. A su derecha pasan saludando el japones y la de Luxemburgo: codo con codo, tienen una cara de felicidad inaceptable en esa cuesta. Por puro orgullo se ve obligado a acelerar. Buscando su espacio entre la masa de gente se gana otros dos empellones. Piensa en un concierto de música Punk donde aventarse contra el prójimo es parte del disfrute.
La Gran Carrera de Addis Abeba reserva los últimos dos kilómetros para un prolongado descenso. Euforia de unos y otros. Ocurre en una avenida espaciosa con un tren ligero al centro. Esa obra fue construida entre 2011 y 2015 por el China Railroad Group Limited. Ahora ya solo le quedan dos o tres trenes servibles. Un etíope espera 50 minutos para poder tomarlo. La gente prefiere caminar, quizá correr. Ahora 51,000 personas inundan la avenida alrededor del tren: parecería un enjambre de hormigas superando un esqueleto seco de lo que alguna vez fue un conejo.
El entusiasmo regresa al diplomático mexicano. Hará un buen tiempo. La meta está a la vista. Todos a su alrededor sacan sus celulares y se disponen a filmar su propia llegada. Él piensa en hacerlo también. Con el celular en la mano alcanza una zona semi-alfombrada en plástico grueso. Ahí se erige un inflable enorme con la palabra “Finish” (parece también escrita en amhárico). Cruza y detiene su cronómetro. Tiene que parar en seco. Bajo esa sombra, la marabunta se ha detenido y forma un atascadero de cuerpos y sudor. El olor ya no es molesto, es costumbre. En cambio, la necesidad de tomar un “selfie” bajo el inmenso letrero de “Finish” le motiva. Se rinde al impulso egocéntrico. No puede avanzar. Levanta el aparato. No percibe que a sus pies ha quedado un letrero de 30 centímetros de alto de alguno de los patrocinadores. Al retroceder un poco, tropieza. Cae. Su celular resuena contra el piso aun sostenido entre sus dedos que ahora sangran. También hay sangre en su rodilla. El celular aun funciona, solo el protector muestra una telaraña de líneas.
Los etíopes son muy gentiles para ayudarlo a levantarse. No es para menos: es un extranjero que está aprendiendo los modos de una carrera masiva en la ciudad. Le alcanzan su gorra pisoteada, lo guían, le indican por dónde. Gracias a ello, recoge su medalla de participante que ha completado la prueba, su botella de agua. Ahora encuentra el camino a la zona de diplomáticos. Varios soldados lo saludan. Busca curioso a los francotiradores. Están en posición de disparo. Agazapados como cochinillas o erizos, han dejado de ser humanos: son la artillería robótica de las propias azoteas donde se mimetizan con fierros y letreros.
Al llegar a la zona reservada, lo reciben el noruego, el japonés y la de Luxemburgo. El primero hizo un tiempo de 45 minutos. Una maravilla. Felicidades. Él revisa su propio tiempo: 52 minutos. Mucho mejor de lo que esperaba; increíble para su edad y la falta de entrenamiento serio. “Tendrás un premio”, le dicen. “¿Y eso, por qué?”
Le explican que hay premios para los tres primeros lugares e, igualmente, para la rama femenil. Él es el tercero entre los hombres. Preferiría irse: le duelen las manos heridas, la rodilla. Lo convencen de ir a preguntar a los organizadores. Accede. Una joven hermosa de chamarra azul con letras que se intuye que dicen “Etiopía” en amhárico carga unos papeles garrapateados con descuido. Ellos preguntan sobre los resultados y ella afirma en inglés tosco:
—Primero Noruega, segundo Japón, tercero Italia.
El mexicano se anima: podrá irse temprano. Un italiano escurridizo le ha ganado.
Nada de eso. El corredor noruego ha iniciado una fragorosa disputa que bien podría catalogarse de querella internacional. Reclama por la justicia y la equidad entre los pueblos; por el estado de derecho; por la igualdad de las naciones. En la carrera nadie ha visto a ningún competidor italiano y todo esto es “un despojo”.
—El tercer lugar —levanta la voz aquel noruego de porte atlético invencible—, es del diplomático mexicano. Un mínimo de decencia, ¡caray!
Gracias a una breve explicación, el diplomático mexicano se entera de lo que había sido la Gran Carrera de Addis Ababa un año antes. En ella, el noruego, mismo corredor, había salido como bala, sorteado la marabunta de corredores locales, el olor y los empellones de abejas empecinadas en semejante panal. Había vencido con prestancia. 47 minutos. Sin embargo, un diplomático italiano le había disputado el triunfo diciendo que había llegado antes. La situación llegó a los insultos. Aquel italiano, un tanto fantoche, había corrido sin número, sin detector electrónico de sus avances durante cada segmento de la carrera. Esa anomalía le impedía reclamar la victoria entre los diplomáticos. Quedaba como un arribista, por muchos gestos que hiciera, por mucho que se declarara víctima de un atraco.
Un año después, el competidor noruego, afín a pelear por la justicia mundial y abogando por la legalidad en las carreras masivas de Addis Abeba, clamaba justicia para México. No podría venir de nuevo un italiano, un espurio, por muy famosos e influyentes que sean los italianos en Etiopía, a robar su triunfo al magullado diplomático mexicano cuyas manos y rodilla sangran aun copiosamente.
—¡No hubo corredor italiano! —sentenció el noruego con la firmeza de un juez—. El tercer lugar le corresponde a México…
Pero…
La hermosa etíope levanta su mano tímida y señala la mullida gorra del diplomático mexicano.
—Él es… Italia, ¿o hay error?
Poco conocedora de los emblemas de las naciones, confundida por los manchones en la gorra, la pobre muchacha del equipo organizador ha confundido la banderita mexicana en aquella prenda sucia, magullada a pisotones, con la bandera italiana. Es cosa fácil explicarle su confusión y todos contentos… bueno, el diplomático mexicano no ha podido ya escapar. Tiene que esperar lamiéndose los dedos heridos, pasando un trapo para secar la herida de la rodilla, a que llegue la ceremonia de premiación. Sube al pódium con gran sonrisa, acompaña a sus colegas noruego y japonés y hasta da una entrevista a la televisión etíope. Desde aquel pódium alcanza a ver la llegada a la meta de uno de los corredores en zancos; maravillosa sorpresa. Aunque el fatigado atleta de los zancos no alcanza a responder, él le expresa con saludos airados su admiración.
El diplomático mexicano piensa que lo suyo, acá en Addis, es tomar con precaución las carreras. A diferencia del noruego, no es hombre de trotes acelerados para superar la marabunta. Lo suyo es la disciplina, aceptar los empellones, sonreír. Como buen mexicano, habrá de pugnar por mejor organización en las cosas y esperar que eso, tarde o temprano, se logre. Cooperar. Dejar que las cosas fluyan porque cuando fluyen acarician favorablemente a los diplomáticos de rigor y paciencia. Lo suyo es tolerar. Entender, eso sí, que las heridas del camino son, a fin de cuentas, leves y nos las ganamos cuando no hacemos lo que nos corresponde. Se dijo que cuando quieras escapar de un evento, debes pensarlo mejor: esperar un poco, porque quizá la vida, la gracia que pervive entre las venas vivas de las naciones, te espera con un buen regalo para seguir adelante. [ C ]

Diplomático y novelista mexicano, especialista en literatura mexicana del siglo XX y actual cónsul de México en Montreal. Es licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro y doctor en Literatura por El Colegio de México y maestro en Estudios Diplomáticos