Camino hacia la fosa común (Universidad Autónoma Metropolitana – Azcapotzalco, 2023) es un conjunto de textos literarios que Memo Bautista escribió para ganarse la vida en el periodismo.

En los aciagos días que vivimos, cuando no podemos arrojar de nuestras vidas la sangrienta herencia de Felipe Calderón y sus secuaces, han proliferado las crónicas que dan cuenta de los crímenes derivados del narcotráfico. Pienso en Marcela Turatti, Diego Enrique Osorno y Jesús Lemus, pero la lista es larga y los tres mencionados llegaron a mi mente  porque  son escritores que reportean; o reporteros que hacen literatura. La denuncia y el carácter combativo no les son ajenos.

Al escribir estas líneas sobre Memo Bautista la figura de Emiliano Pérez Cruz no se apartó de mi mente. Él vivía de hacer crónicas que pronto brincaron de los diarios y revistas y se acomodaron en  libros. Hoy Emiliano es conocido como escritor, no como periodista. Me parece que éste será el destino de Memo.

Sus crónicas que giran alrededor de la muerte señalan  la intención de hacer un volumen unitario y no un amontonadero de textos. La intensidad que las atraviesa como una corriente eléctrica quiere hacerlas material  literario. Y, naturalmente, lo consigue, porque Memo sabe crear tensión dramática. Cuando muestra las tribulaciones de sus protagonistas, el lector los siente como personajes literarios; y eso es terrible porque llegamos a ver como literatura el dolor muy real del prójimo.

La muerte aparece en el oficio de un embalsamador, en el de una rezandera y en las tareas del rescatista que saca los cuerpos triturados  de las vías del metro, aunque también entrega ternura en el amor de una pareja de teporochos,  en los jóvenes que entierran mascotas y en la familia que hace calaveritas de azúcar.

Para lograr una crónica, Memo se mete a una funeraria, se sienta con un teporocho en la banqueta, va a un panteón para compartir la comida con los sepultureros o viaja hasta la sierra de Guerrero para hablar, con la intuición de un antropólogo, de un desaparecido. Tiene estómago para buscar historias escalofriantes pero también para enaltecer al buscador de fosas clandestinas, que abandonó todo para encontrar el cuerpo de su hermano secuestrado.  Y tiene oído para consignar el coloquialismo de diferentes grupos: teporochos,  sepultureros y embalsamadores, aunque también acierta al elegir  fragmentos de canciones para apuntalar los textos.

Memo sabe buscar la información en el corazón de Tepito y entre los mezcaleros de la sierra de Guerrero; persigue el drama humano pero también la revelación sorprendente. Quién imagina que, en la plancha del embalsamador, los párpados y labios quedan sellados con Kola Loka?

Estas crónicas, que trazan puentes entre lo urbano y lo rural, tienen  lo que José Revueltas llamaba una chingamucita, esto es, un  señalamiento social que, sin ser el objetivo principal, las enriquece.

La pandemia ha sido benévola con Memo, porque le abrió la puerta de la escritura literaria. [ C ]