Porque la vida va en serio

Luis Miguel Estrada Orozco es escritor por vocación y lo ejerce disciplinada y devotamente. Es autor de Los tres días del gorrión, que fue distinguido con una mención honorífica en el XIX Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2022, junto con otro estupendo libro, Kolymá, de Mauro Barea, libro del cuál hablaremos en otra ocasión.

En Los tres días del gorrión Estrada Orozco nos habla de cuando la vida comienza a propinarnos sus ganchos izquierdos muy propios de la edad adulta. Este libro, sabe transitar entre el trabajo minucioso y delicado de la escritura a las duras realidades que a veces ofrecen sus historias.

Beto es el narrador de esta novela en cuatro partes, o de cuatro relatos entrelazados, como el lector quiera verlo, que giran alrededor de un episodio protagonizado por Rubén, el hermano del narrador. Un accidente, casi fatal, pero igual de funesto como lo es la imagen de un cuerpo suspendido por una soga, es el hilo conductor de este libro. No importan las razones, pero sí los motivos que se tejen al rededor.

El primer cuento, que da título al volumen, el tema profundiza en la perspectiva de un hombre cuando su familia se desintegra. En el marco idílico de un domingo familiar, Rubén regresa a la casa de sus padres, pero no como visitante acompañado de sus hijas y su esposa, sino como un huésped incómodo que lo ha perdido todo. Culpable o no, podemos acompañar a esa sombra en la que se ha convertido Rubén, y explorar a medida que avanza el relato en lo difícil del momento vital que representa una separación, tanto emocional como material.

“Plata” es el segundo relato. En él vemos el accidente desde la perspectiva de un tema que nadie quiere contar, y que sirve de marco para que Nadia indague en un episodio de la infancia de su hermano Beto, donde la duda del abuso se cierne aun en su vida de adultos. Ella, como trabajadora en una escuela, ve patrones de riesgo que le recuerdan a su hermano, los ve en un pequeño niño al que nadie defiende. Ni padres ni maestros son capaces de protegerlo de un mal, de un daño imposible de descifrar, quizá porque nadie dé cabida a que esa maldad viene de otros niños como él, de sus iguales, a quienes muchas veces etiquetamos simplemente por ser infantes como seres inocentes. Es en esa labor detectivesca, pero impotente, Nadia se abre de capa para contar sus propias experiencias. Narra cómo fue objeto de burlas por ser morena y delgada en sus tiempos de secundaria, donde la expectativa de la escuela privada mexicana que se precie de ser de élite es que todos sean de pieles blancas y posean ciertos estándares económicos. Ver cómo los prejuicios, la malicia y el daño lo ejercen sus compañeros, aunque pase el tiempo y venga el arrepentimiento, no cambia o lo hace muy poco.

El tercer cuento, llamado “Los padres pródigos”, es un profundo y largo diálogo de un padre con su hijo sobre la adultez y todos los tropiezos que tienen que pasar en ese largo camino hacia la madurez. Este cuento, que alude a la parábola bíblica en donde el padre perdona al hijo imprudente, vemos cómo se desdobla la imagen del padre que trabajó toda su vida por su familia: un día también quiso abandonar, bajarse del barco de la paternidad. Pero como el hijo de la parábola, es el padre el que regresa a pedir perdón, y recompone su decisión para ver a sus hijos crecer. A medida que el narrador nos cuenta pasajes familiares, vemos que ese retorno no es precisamente venturoso: los padres se enfrentan a pesares y rebeldías de hijos en plena ebullición de las hormonas y uno comprende, hasta cierto punto, el deseo de marcharse para nunca enfrentar esas tormentas. Es también un cuento nostálgico de cómo lentamente la juventud, un día poderosa y robusta, se va enflaqueciendo para convertirse en canas y años. También nos narra cómo siempre es posible rectificar los errores y recomponer los caminos.

En el último relato “Roca”, nos asomamos a la historia compartida de Bolos y Roca, que en sus años de juventud se miraban poderosos e invencibles. Fúricos y violentos, eran jóvenes que disfrutaban de la fuerza, pero, sobre todo, del miedo que infundían a los otros. En los campos desbordados de la juventud, hacen y deshacen a su antojo. Sus puños son el límite, pero también su condena. El cuento comienza desde el ocaso de esas juventudes: Bolos es un taxista sin futuro, y Roca, luego de salirse muchas veces con la suya, recibe los costos de su propia negligencia, al quedar incapacitado por un accidente que él mismo pudo haber evitado. Este relato explora con crudeza algunas de las decisiones de la vida que, como si de un tejido paciente e implacable se tratase, van conformando la edad adulta.

Los tres días del gorrión es un libro complejo en su armado. Si bien se lee con tersura, la técnica de andamiaje es digna de resaltar. No sólo son las historias que Estrada Orozco nos cuenta, sino cómo las entrelaza para que se lean juntas o independientemente. Es también un libro que nos hace mirar a diversas etapas de nuestra existencia: la niñez con sus temores y debilidades; a la juventud con su fuerza y arrogancia; pero también a la adultez con aquella colección de errores o aciertos. Este libro mira a la familia y a sus laberintos desde una perspectiva masculina que admite la debilidad. No se engaña en construir castillos de naipes de triunfo para esos personajes, que, como muchos en la vida real, son hombres que deben aprender a vivir con sus errores, fracasos, tropiezos y sacar, si es posible, lo mejor de ellos. [ C ]