El cuento en Arequipa tiene una larga y rica tradición. Francisco Ibáñez es considerado el primer cuentista con Cuentos de mi tierra (1885). En 1908, Francisco Mostajo publica Pliegos al viento, con relatos de estructura definida y narrador omnisciente. Vladimiro Bermejo edita El cuento arequipeño (1958), destacando Tic-Tac de Gastón Aguirre. En 1972, Max Neira introduce la ciudad de Lima como nuevo espacio literario. En el siglo XXI, los jóvenes narradores adoptan una estética posmoderna, mientras que los mayores abordan temas históricos, identidad, desarraigo y crisis existencial, incluyendo preocupaciones sociales y ambientales.
En este marco, hay que situar el libro El dios del silencio (2023) de Fernando Rivera, escritor mollendino quien en la década de los noventa ya se dio a conocer como un narrador que tenía un hábil manejo y una gran vocación por la literatura. Por ello en 1992 ganó el primer puesto en el concurso El cuento de las mil palabras de la revista Caretas. Más adelante publicó su primer libro de cuentos Barcos de arena (1994) y sus novelas Invencible como tu figura (2005) y Ustedes que jamás vieron mi muerte (2016). El libro El dios del silencio, publicado por la editorial Aletheia, está compuesto por siete cuentos, en los cuales el autor hace gala de la maestría en el arte de la escritura del relato breve e incursiona en nuevos temas y también introduce nuevos espacios en su narrativa.
El dios del silencio es un libro circular, uno que se muerde la cola, ya que el cuento que abre el libro y el otro que lo cierra presentan como parte de los escenarios a la selva peruana. Pero además hay otro elemento importante, que es el desplazamiento de los personajes a diferentes espacios, principalmente de EEUU hacia el hemisferio sur, o a otras latitudes, lo cual denota cierto desarraigo que se trasluce en la vida de los personajes. Así, por ejemplo, en el cuento “Pez niño”, donde dos hombres regresan a su lugar de origen, un lugar portuario, uno de ellos dice:
—¿Qué pasa cuando vuelves y no has vuelto? —dijo de pronto—. Cuando llegas a un lugar y no estás en él. Cuando te subes a un barco, pero sigues caminando en tierra. O cuando avanzas por calles y avenidas, pero tienes al mar rodeándote el cuerpo.
Otro asunto a destacar es que en varios cuentos se desprende una preocupación por la naturaleza, por los seres vivos no humanos, los animales. En particular, en el cuento “Operador de sonar”, donde un veterano de guerra, que tiene unas con manos como las de un saurio, relata sus experiencias como marino, quien junto a sus compañeros de un submarino disparan un torpedo a una ballena creyendo que se trataba de un submarino ruso o chino, o cuando otro par suyo mata a cientos de palomas en un día por pura diversión. Igualmente en el cuento “Entre perros”, donde los personajes atropellan a un perro vagabundo sin mayor problema, mientras que una hermosa perra afgana, traída especialmente desde Rusia, es transportada con todos los cuidados en espera de otro perro afgano que llegará más adelante a hacerle compañía. O el cuento “El dios del silencio”, donde uno de los personajes que es llevado desde las alturas de Apurímac hasta lugares recónditos de la sierra de Nevada en EEUU, a cuidar las alpacas, y pide que le traigan un pavo real para que lo acompañe en medio de esa absoluta soledad, y al que cuida como a un ser humano.
Esta incursión por espacios fuera de Arequipa, aunque esta siempre está presente en la narrativa de Fernando así como el mar de Mollendo, permite afirmar que este libro es uno de los primeros del ámbito arequipeño, que muestra un claro compromiso ético con la naturaleza, con el medio ambiente, lo cual visto desde la ecocrítica trasluce una conciencia ecológica y una recuperación de cosmogonías ancestrales. Es precisamente su cuento “El dios del silencio”, el que más directamente nos traslada a esa selva verde, a sus guardianes, a la muerte inminente que se producirá cuando esta selva desaparezca. Por ello, el protagonista de este cuento, aquejado por una enfermedad terminal, regresa a su lugar de origen dejando su vida cómoda en California, y se interna en una cueva de la selva, donde años atrás encontró fardos funerarios junto con su hermano de sangre Kasén, ya muerto, y donde “Se acurruca junto a las tumbas de la cueva como un objeto de arcilla más.” El dios del silencio es una hermosa pero a la vez una catastrófica metáfora de la vida y su indisociable compañera: la muerte.
La publicación de este importante libro de cuentos abre una nueva ventana al panorama literario de este hemisferio sur, con una maestría en el manejo del lenguaje, con un evidente dominio de las técnicas narrativas, y sobre todo, con una vocación literaria puesta a prueba, lo cual consolida a Fernando Rivera como uno de los mejores narradores que ha dado luz a nuestra región y país. [ C ]
Otras Colaboraciones de la autora

Narradora, ensayista e investigadora. Docente principal del Departamento Académico de Literatura y Lingüística de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), Perú. Investigadora RENACYT. Doctora en Ciencias Sociales por la UNSA. Ha publicado libros y artículos en revistas internacionales. Autora del libro de cuentos Objetos de mi tocador (2004). rnunezp@unsa.edu.pe