¿Acaso se ha dicho que Lázaro era un monje?, ¿acaso piensas que era un santo?, no por cierto. Había que verlo en Betania antes de su muerte y de su tragedia recorriendo calles polvosas y buscando agua en los aljibes como cualquier otro vecino. No tenía nada particular, ni siquiera un aura mística o uno de los carismas que señalan a los hombres espirituales. Era más bien, pedestre y soez. Vestía como cualquier otro betanita, una túnica de lana burda sujeta con un cordel mugroso; su barba era ensortijada y ligeramente canosa. Como todos se sobaba los pies al término de las intensas jornadas de trabajo, que betanita y todo debía de matarse en el trabajo o se moría de hambre.
Así que era de lo más común verlo dormitando en los poyos, echando camorra con otros canallas locales o bien, visitar furtivamente una casa a las afueras, camino del Jordán, donde un mercader fenicio ofrecía los dátiles que lograba tener el que mejor pagara por ellos –los dátiles por supuesto son metáforas, que entienda el que pueda—.
Lázaro caminaba todos los días y no ponía demasiada enjundia en ello. El árido paisaje de ese lugar, con un pequeño olivar en el norte, unas inmensas piedras calizas al sur y un horizonte infinito de dunas y arenisca no sólo eran su universo sino su propio desdoblamiento. Lejano y árido, pero una vez alcanzadas las riberas del Jordán pecaminoso y presto a las simonías.
Pese a todo era solícito. Con todo, buen hombre.
Así pasaban sus días. Guardaba un rebaño de su concuño que lo zahería con bastante malevolencia diciéndole que, si no fuera por él, Marta y toda su familia se morirían de hambre. Lázaro se exasperaba, quería matar al concuño, pero en el fondo sabía que era cierto, ante lo que agachaba la mirada y calmaba sus furores asesinos. De hecho, Lázaro era el hombre más tranquilo del mundo, el que no se mete, no agrede y no dice nada de nadie. Debido a ello, el pueblo murmuraba que el rabí debía de estar un poco botado por elegir de entre todas las opciones, la casa de Lázaro.
En ese punto es preciso decir dos palabras. A Lázaro en realidad le gustaba mucho escuchar al joven carpintero, pero le enojaba profundamente que se apareciera sin avisar, como si fuera su acreedor o rentista. El rabí era un gran hombre, puede que un santo, pero no contaba que una legión de seguidores podía poner en aprietos cualquier logística. Había que escanciar jarrones, barrer los patios, colocar esteras, retirar el rebaño y hacerse de palabras con esa pequeña tropa que exigía todo: un poco de aceite para mi niño, si me permite pasar a su baño, si me dejara amarrar mi burro aquí en su pesebre. Era molestísimo y, además, les costaba un ojo de la cara, a ellos es decir, porque sabido era que el rabí y su pequeña tropa de alumnos eran más pobres que su ropa. El único consuelo del cansado Lázaro era oír al rabí. Eso compensaba todo, porque escuchar al amigo, Lázaro emprendía una caminata más acuciosa en su interioridad.
Su vida transcurría pues sin mayores altibajos hasta la nefasta mañana de su tragedia.
Esa mañana se vio inmerso en un espacio tan desmesurado que no tenía una referencia concreta para ubicarse. De golpe desaparecieron los macizos calcáreos, los yerbajos y las manadas de cabras que sus vecinos solían encargarle. Sin saber bien a bien porqué de esa condición cayó en cuenta que no requería pensar en el lugar donde se encontraba sino más bien, encontrar a alguien que pudiera dar testimonio de su andar en el cielo.
¿Cómo supo que estaba en el cielo?, me dirán airados y escandalizados los teólogos y otros porfiados estudiosos. La respuesta no la saben, ni siquiera yo que lo conocí, puede que mucho menos el rabí. ¿Quién podría saberlo? Lázaro tan solo quiso caminar como todos los días, pero al saltar de su estera ya no había espacio ni lugar, sino una inmensidad carente de precisión, ni intangible ni ilusoria sino presencial. Un ámbito de su corazón.
—¡Hey! ¡Mira! Estoy en el cielo –comenzó a gritar—.
Y Lázaro, a punto de rendir su testimonio particular siente una fuerza indefinible doblarlo por las rodillas. El golpe lo tira al suelo (es decir, al inefable suelo del ámbito celestial). Siente que cae sin detenerse, sin poder meter las manos, absorbido por la sinergia de los cuerpos cósmicos a lo largo de campos gravitacionales que van clamando en su caída ¡Lázaro!, ¡Lázaro!, ¡Lázaro!, y lo atolondran, porque todas las caídas son inenarrables pero no infinitas. Luego vino el golpe decisivo de cosa seca en una tabla de madera: en un cajón.
Entonces la Voz.
Mientras caía Lázaro la escuchaba como susurro, pero al dar el golpe final sonó tal cual: fuerte, santa, inmortal. No le invitaba, aunque tampoco se diría que le exigía. Lázaro daría cuenta después, en sus memorias inéditas, que fue como si al sobrevenir la enunciación, las cosas en efecto se hicieran reales.
— ¡Deja de caer!
— ¡No Señor!, que yo quiero seguir allá arriba.
Pero la Voz, perentoria, fue omnipotente.
— ¡Lázaro!, ¡camina!
Al tercer día veía al mundo como si estuviera detrás de un cristal sucio e infame; todo le parecía falso, vano, carente de vida. Primero se restregó los ojos con agua de pozo y se puso cuantos remedios le proveían los comerciantes de Judea, pero luego, resignado, supo que sus ojos estaban enfermos y no había manera de componerlos, tal no había modo de volver a observar la intensidad de colores que forman la vida.
— ¡Lázaro! –le dijo la constreñida Marta, puesto que María abandonó cualquier intento de persuasión bien pronto—, hermano querido. ¡Estos son los colores de la realidad! Y para convencerlo le ponía enfrente una pluma de cuervo, una caña blanquísima y aún llegó a convencer a una muchacha núbil que le mostrara el indefinible y exquisito color de sus pechos. Pero Lázaro siguió obstinado.
— No hermana. Estoy enfermo. Este mundo es gris y apesta. Los colores están aguados y agradezco tu tiempo y tus ganas de ayudarme, pero no lo podrías comprender. ¿Cómo podrías si no has visto los colores del cielo? ¡Yo que estuve en el cielo…! Y comenzaba un lamento tan insoportable que primero fue su familia, pero al paso de las semanas fue expulsado de su casa y condenado a caminar lo más lejos posible de Betania. A cuantos le pararan en los caminos les repetía incesantemente que había estado en el cielo, que había visto los colores de la realidad, que el mundo que creían conocer era una sombra ni la mitad de grandiosa de lo que sus ojos habían visto; que estaba enfermo, que por favor alguien le atravesara con una espada porque no quería seguir viviendo.
Lázaro: se convirtió en el portavoz de lo exquisito y lo inenarrable. Algunos dicen que fundó una secta.
Yo solo te puedo sugerir que camines como Lázaro.
Recuerda que es el padre de todos los poetas. [ C ]
Otras Colaboraciones del autor

MARIO ALBERTO SERRANO AVELAR. Escritor, historiador y cronista. Autor de varios libros, el más reciente “Amecameca” (FOEM, 2020). Ha ganado diversos premios por su trabajo literario, de los que destaca el “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Cultura del Estado de México en la categoría de novela (2017) y el Premio Internacional “Ana María Aguero Melnyczuk a la Investigación” (Buenos Aires, 2020). Parte de su trabajo literario ha sido publicado en México, Estados Unidos, Venezuela y Argentina.