Montezuma en Estados Unidos

Más allá de asonancias, en el estado de Colorado de la Unión Americana, existe un condado titulado en honor del afamado Montezuma, el mandatario indígena ultimado en 1520. No es de sorprender que las asonancias continúen y que el condado citado esté supeditado al de Cortez. Así simplifican la historia nuestros cuestionables vecinos. Así, como en la figura retórica que en el asonar hiere al oído, ultrajan con su ignorancia. Así, con el desparpajo propio de simios y urracas, se apoderan de lo ajeno aunque, no debe omitirse, ponen por delante el omnipotente dólar  ‒o bien el armamento‒ con el que sustentan su infeliz poderío.

Pero no abundemos en lo consabido y expliquemos el origen de la localidad en entredicho. Montezuma County fue fundado en 1889 como parte de un movimiento a gran escala tendiente a consolidar la identidad de los norteamericanos blancos. Unas ruinas pertenecientes a un asentamiento de indios navajos fueron descubiertas en el parque nacional de Mesa Verde, dándoles la idea de atribuírselas al único pueblo originario que, según sus cálculos, había tenido un pasado de fácil incorporación a su dudosa estirpe. De forma análoga, ya traspuesta la frontera con New Mexico, se encuentra el poblado de Aztec, al que también le arrogaron una procedencia mexica. ¿Podía ser de otra manera, dada la especial afición del estadounidense por adueñarse de lo que se le antoja, pueda o no comprarlo? ¿Es de extrañar que al paso del tiempo a muchos moradores de los poblados aludidos les resulte natural decir que Moctezuma no nació en México y que su desventura inició al abandonar los Estados Unidos?[1]

Por descabellado que suene, ese es el nivel de desinformación que impera en el país vecino. El yanqui típico cree, por ejemplo, que la esclavitud se debió a una cuestión orgánica, ya que en la escuela le dijeron que ningún blanco soportaba el calor de las plantaciones. Cree también que su expansión territorial fue un asunto de amistad entre naciones, pues ni Francia, ni España, ni Rusia, ni México sabían qué hacer con tantas hectáreas que nada más les causaban problemas. Asimismo, le inculcaron que los nativos de “piel roja” constituían una raza degenerada reacia a civilizarse, por ende, su aniquilamiento y reclusión en las reservaciones fue lo más piadoso que pudo hacerse. Y lo mismo vale con respecto a su relación con el resto del mundo. Se asume como árbitro de la “concordia” universal y sus saqueos son justificados como la cuota obligada que genera la exportación de su “democracia”.

¿Podría haber una correspondencia musical con lo expuesto? Claro que sí. Veamos el tamaño del entuerto que, huelga decirlo, vibra en sintonía con el adoctrinamiento propagado por James Monroe en 1823, en el que se decretó la prohibición de coloniajes europeos en América, para facilitar que los norteamericanos pudieran imponer los suyos en el continente. Justo en 1847, en el clímax de la invasión yanqui a México, se publicó en Boston una marcha intitulada Montezuma de la autoría de Herbert Barrus. ¿No es sintomática la sincronía? Por pueril que parezca, ¿no es un intento de alentar con música el triunfo de su milicia por las tierras otrora dominadas por un personaje al que pretendían hacer pasar como suyo? A pesar de lo absurdo, el enredo prosiguió. Dos años después, en enero de 1849, se estrenó en Philadelphia la marcha Montezuma de Gustave Blassner. Con ella se celebró el regreso de las tropas que posibilitaron la anexión del codiciado territorio. Más adelante se “compuso” el himno de los Marines. Su letra confirma la aberración:[2] From the Halls of Montezuma to the shores of Trípoli, We will fight our country´s battles…

Hacia 1885, cuando la doctrina Monroe había cobrado fuerza, Frederic G. Gleason completó su ópera Montezuma[3] como parte de su labor al frente de la American Patriotic Musical League, cuyo objetivo era la difusión de música inspirada en temas “nacionales”. La pregunta es obligada. ¿De qué música nacional podía tratarse? De ninguna todavía, eran tentativos dispersos para construirse una imagen sonora congruente con sus ínfulas. Para conseguirla tendrían que orquestarse acciones de mayor envergadura, como la fundación del National Conservatory of Music y la American Opera Company, amén de la erección de grandes teatros y el surgimiento de agrupaciones sinfónicas de relieve. Si se trataba de dinero no había de qué preocuparse, había para ese entonces un suficiente número de millonarios dispuestos a blanquear sus fortunas a través de mecenazgos para la promoción lucrativa del arte.

Antes de abordar lo concerniente al conservatorio y la compañía de ópera es menester que concluyamos con la zaga del tlahtoani en Norteamérica. En concomitancia con el nacimiento de los Musicals de Broadway, en los albores del siglo XX, se escribieron más obras, igualmente grotescas. En 1903 Humphrey Stewart presentó en San Francisco su música incidental para la obra de teatro Montezuma. En 1906 Charles Troyer apeló a la ilusión para componer su “canción nativa” The coming of Montezuma, en la que incorporó ritmos aztecas ¿…? En 1912 y 1924 vieron la luz los engendros The Mask of Montezuma de George Colburn y Montezuma comes de Harvey Loomis, respectivamente. Éste último, cual sumiso alumno de Antonin Dvořák, se convirtió en impulsor del falaz “indigenismo” yanqui.

No fue sino hasta el advenimiento de la Segunda Guerra cuando Roger Sessions propuso disminuir la acumulación de patrañas. Pensó en una ópera Montezuma, que se basara en la Historia Verdadera de la Conquista de Bernal Díaz del Castillo mas, como era de esperarse, a ningún teatro norteamericano le interesó. A punto del abatimiento, después de 22 años de tocar puertas, Sessions se contentó con que su ópera se estrenara en Berlín, cantada en alemán. Su estreno acaeció en 1964.

La iniciativa tenía que provenir de una potentada, una tal Mrs. Thurber que, harta de poseer lo superfluo, supuso que los tiempos estaban maduros para echar a andar el “nacionalismo” musical americano. Construidos en Nueva York los edificios que habrían de albergar al National Conservatory y a la American Opera Company, nada más faltaba disponer de algún músico insigne para dirigirlos. Por advenedizos, era obvio que no podía pensarse en conciudadanos. Tschaikovsky fue convencido de cruzar el Atlántico, para estrenar en 1891 el Carnegie Hall y la Thurber intentó persuadirlo de que se quedara en los U. S. para secundar sus planes. El eminente ruso soportó un par de meses la vida en la urbe de hierro pero salió huyendo a pesar de las parcelas de dinero que trataron de endilgarle. Dejó escrito que los norteamericanos eran gente extraña… No obstante el rechazo, la ricachona se empecinó, por sugerencia de Tschaikovsky en cooptar a otro europeo. Dvořák fue elegido. El tímido bohemio no supo cómo contener a la mujer que se ofreció a quintuplicarle el sueldo que recibía en Praga. Decisión ardua, aunque rebosante de promisión. Cobrado el depósito por el primer encargo (La cantata Bandera americana), Dvořák aceptó la dirección, en 1892, del flamante conservatorio, echándose a cuestas la quimérica empresa de construir un nacionalismo musical derivado de la cultura indígena. ¿Cuál? ¿Acaso la expropiada a los descendientes de Montezuma?…. Al cabo de 3 años de nostalgias y trabajo,[4] el agotado maestro escapó de la oquedad del American Way of Life para regresar a su patria con el espíritu hecho jirones y los bolsillos repletos de dólares. 

La American Opera Company que debía impulsar la creación de óperas en inglés sobre temas autóctonos, sobra decirlo, quebró en poco tiempo. Quedó en su lugar un tropel de asonancias que horadan el destino de una migración interminable. En sus filas reverberan sueños y se adormecen conciencias. [ C ]


[1] Una encuesta realizada en 1993 por el Board of County Commissioners reveló que un 44.62 % de los habitantes asumía que Moctezuma II había nacido en su condado y que después había emigrado al sur.

[2] Su tema melódico fue sustraído del “Dueto de los Gendarmes” de la ópera Geneviève de Brabante de Jacques Offenbach. La fecha exacta del plagio convertido en himno no ha podido determinarse aún.

[3] La obra nunca se estrenó y su manuscrito está custodiado por la Newberry Library de Chicago.

[4] Se sugiere la audición de su American Quartet o de su New World Symphony,