Uno.
Como yo mismo soy un escritor que produce desde una región muy específica, lejos de los centros culturales y literarios, siempre he tenido afinidad por obras que entran en el dudoso cajón de lo “regional” y “local”. Me gustan los libros que se rebelan contra la etiqueta y la primera impresión de lectura. Además, tengo presente que sí autores reconocidos como Sergio Galindo o Juan Vicente Melo, en su momento fueron tachados sin más de “regionales”, ¿qué podría decir de otros con menos proyección?
El tema me inquieta. Los libros “regionales” son obras en las que poco importa el tiempo y sus corrientes estilísticas sino el cómo transforman una narración en asuntos plenos de condición humana. Alfredo Leal Cortés y su novela Desde el río, publicada en 1965, lo mismo que Roberto Olivera Unda, que publicó La arboleda del fin del mundo cuando ya contaba con noventa y cuatro años (en 2012) son de esos escritores que debieran ser solo escritores sin importar el adjetivo “local”, aunque en los hechos por desgracia así lo sea.
De ahí la intención de proponer una lectura de Clima templado, novela de Alejandro Ariceaga (1949-2004) que vaya más allá de los temas que solo, se supone, deben interesar a los de casa. Por supuesto, es una gran historia que trata sobre una región y por ende, sobre una ciudad, Toluca. Pero no la capital del estado de México, ni un ambiente cerrado para contar una historia, sino un proyecto plenamente literario que echa mano de recursos sutiles, crudos, bien construidos en la palabra, además del componente autobiográfico oculto en la ficción.
En el estudio introductorio a la bella reedición que el Fondo Editorial del Estado de México hizo en 2021, José Luis Herrera Arciniega apunta que el problema de Clima templado es que se ha leído solamente como la crónica del “viejo Toluca” en la que, los lectores más inmediatos solo observaron la soberbia genealogía de la ciudad y sus habitantes.
Al igual que el académico, pienso que Clima templado supera efectivamente las barreras del localismo para abrir una literatura más ambiciosa en la que lo regional es por supuesto una clave de lectura. A fin de cuentas, lo auténticamente regional es el anhelo de encontrar y ganar universalidad. Además, un lugar, una dignidad, una Voz. Lo regional, quisiera subrayar ahora mismo, es tan solo un elemento de la literatura. Por otro lado, ¿qué escritor famoso e importante en la historia de las letras no lo ha hecho contando una historia bien enclavada en un lugar específico? Los catálogos de Impedimenta, Capitán Swing o Cabaret Voltaire, ¿no se regodean de promocionar autoras y autores cuyas historias son sobre todo locales?
Dos
Alejandro Ariceaga nació en 1949 justamente en Toluca. Fue uno de los grandes animadores del medio literario toluqueño que alcanzó su primer esplendor entre los sesenta y ochenta del siglo pasado. Escritor y periodista de la vieja guardia, Ariceaga me hace pensar en el chiapaneco Marco Antonio Carballo por la precisión con que ambos usaron la palabra, atentos a crear vitalidad dentro de sus historias y no solo teclear laberintos o ideas. En el toluqueño por otro lado, vibra su biografía; de orígenes modestos, la educación que obtuvo la fue construyendo de forma autodidacta junto a la gran “universidad” que eran las mesas de redacción de los periódicos de antaño. En sus fotografías se ve al hermano mayor de la tribu que salió a conquistar la ciudad. Aunque subjetivo, lo que acabo de mencionar resulta sumamente importante en horas determinantes: el hombre de pueblo, humilde, sin doctorados, que no viene de las élites, que no es “güero” se gana a pulso su lugar en el aparato cultural.
Y más: logró echar las bases del mismo aparato cultural del estado de México.
Tres
La novela cuenta los sucesos de una vecindad del primer cuadro de Toluca en el que La Madrina, uno de los más bellos personajes que existen en la literatura, dispensa sus yerbas de olor, sabiduría y magia. Es una historia de todo tipo, lo mismo de educación sentimental que de perfiles psicológicos. Ésta se desdobla en todos los personajes, conectados por la ciudad que funciona como un sistema solar cuyo eje es la Madrina. Aunque con más exactitud, es un artefacto no exento de maravilla como la esfera armilar.
En este punto vuelvo sobre la recomendación de Herrera Arciniega de no caer en la tentación de hacer una lectura en extremo localista. Es evidente que hay un pretexto muy íntimo de los lugares donde el autor vivió y de la ciudad que fue creciendo junto a él. Pero Clima templado no es como El diablo en Tlayacapan de Rafael Gaona (1994), novela que coquetea con la monografía, la crónica novelada o el ensayo con albur, en donde se ha conseguido paladear la esencia de un pueblito como el que le da título al libro. En Ariceaga las descripciones e impulso del narrador no solo registran: ponen el dedo en la llaga, el ojo en la paja, el humo del cigarro echado en la cara del espectador que timorato solo se ha acercado a escuchar una historia.
El narrador que en buena medida es el alter ego de Ariceaga, camina, define, castiga, critica, y en conjunto hace exactamente lo que un texto en extremo parroquiano no se animaría a hacer jamás: hablar mal de la amada población, fustigar sus errores, poner al descubierto los afeites y trucos que simulan su belleza, en suma, denunciar que el pretendido cosmopolitismo y modernidad no son sino las máscaras de un pueblo raso donde aún llegan a verse cacas de mula.
Cuatro
Ariceaga fundó instituciones culturales como el suplemento Vitral y el Centro Toluqueño de Escritores, en su momento una si no es que la principal plataforma para impulsar la literatura capitalina. Su obra efectivamente es como el parteaguas entre la literatura empírica que se hacía en peñas y casas de personas ilustradas, y el momento donde una persona ya se puede asumir como escritor profesional. Solo que, si se observa atentamente, como en todo asunto cultural, lo que privó y en buena forma se mantiene es el centralismo. Escritoras y escritores del vasto territorio estatal, en los límites con Guerrero, Querétaro o Morelos, difícilmente pudieron acceder a estas plataformas ubicadas en la capital. Entonces, el mismo Ariceaga espolea contra dicho centralismo visto desde la pretensión aristocrática que Toluca sufre endémicamente.
Antes de convertirse en capital, el estado de México tuvo tres: la ciudad de México (el primer gobernador, Melchor Múzquiz despachaba en el segundo piso del Palacio Nacional), Tlalpan y Texcoco. A partir de 1830 cuando los poderes se trasladan a Toluca, comienza la urgencia por erigirse en la Provincia por excelencia. Valga un símbolo absoluto: entrando al Paseo Tollocan, el viajero que proviene de la ciudad de México observa un arco suntuosamente decorado cuyo lema me ahorra explicaciones: “Toluca es la provincia y la provincia es la patria”
Clima templado ubica sus acontecimientos en ese lugar que anhela ser la patria chica, en el año de 1951 como lo dice el mismo autor. Casi el momento de su nacimiento. El contexto son las administraciones de los gobernadores Alfredo del Mazo Vélez (1945-1951) y Salvador Sánchez Colín (1951-1957) que construyeron la metrópoli definitiva, la capital simbólica de un proyecto político de largo aliento. Una suerte de Leningrado en miniatura que congregó los torrentes de todos los órdenes de la vida y los dirigió monolíticamente durante más de medio siglo. La modernidad que impulsaron requería nombres, desde luego, pero no fue hasta 1985 cuando el gobernador Alfredo del Mazo, hijo, oficializó el gentilicio mexiquense que hasta hoy día se usa exhaustivamente en documentos y políticas públicas y privadas. Y no hay un anacronismo en lo anterior: hubo tres gobernadores Del Mazo, abuelo, padre e hijo.
En medio del progreso, la cultura y el trabajo, emblemas literales de la Gran Capital moderna, Ariceaga nos hace ver que esa ciudad a la que por supuesto ama y por ende, puede criticar con cariño, está cimentada en lo rural y será complicado despojarla de sus pobres vestiduras. Así por ejemplo, el conglomerado que aspira a metrópoli moderna con sus nuevas avenidas, edificios restaurados y casonas como la vecindad-protagonista, que luego serán oficinas de gobierno, también es la suma de permanentes obras negras y muchos pequeños pueblos adheridos a ella como pólipos. [cfr p. 55]
Para mayor ejemplo la Catedral, joya definitiva del Centro Histórico que comenzó en el papel, pues primero hubo diócesis y luego sede episcopal. Su conclusión se posterga desde 1867 y justo en el 1951 de la narración es cuando se supone, comenzará la etapa definitiva que sin embargo se dilatará en una serie de señalamientos y pretensiones que sabiamente, Ariceaga deja pasar de largo.
Se detiene en cambio en lo ínfimo. Nos hace oír el trajín de las obras, el golpe de marro, el crujir de los andamios, su presencia a medias en el mismo primer cuadro de la ciudad que construye su propia mitología obcecadamente, tanto que ni siquiera para en la presencia del que debería ser su guardián natural, el Volcán.
Ciudad nueva, vieja de golpe, Toluca queda definida no con monumentos ni obras espectaculares sino por la pertinaz lluvia de borra blanca que Ariceaga hace aparecer una y otra vez a lo largo del libro, una nieve sintética que convoca a los fantasmas de la modernidad, la transformación, en suma, a las quimeras.
Cinco
La Toluca de Clima templado es una ciudad que aún puede recorrerse caminando. De Guelatao, dice el novelista, al centro. Como en los viejos pueblos, aún se siente el peso de “los cuatro vientos” que marcan los caminos o minúsculas carreteras a los rumbos cardinales, Valle de Bravo, Ixtlahuaca, Morelia, la ciudad de México.
Es en el centro donde sucederá gran parte de la novela, un espacio como ya se dijo antes, en construcción, donde se levantan las mínimas fábricas, las clases sociales, el tianguis, la vecindad; el inolvidable inglés Mr. Cartwright y las salvíficas cantinas.
Vuelvo sobre las lecturas “regionalistas”. Más allá de la remembranza de los tiempos que se han ido, leemos una historia donde las tradiciones campean con sigilo y densidad que se antojan inmutables, pero sin que apenas se den cuenta de que están apareciendo los símbolos y templos de los nuevos tiempos. Entonces, la tradición no liga al lugar, la tradición se desliga y usualmente se adapta a los nuevos tiempos, olorosos y puede que sempiternos: el olor de la fábrica, el ruido del acero inoxidable, la gritería que sale de los cines y sobre todo, el inevitable invento que anuncia una época: los vasitos de plástico y los pantalones de mezclilla.
Seis
Más arriba digo que Alejandro Ariceaga me recuerda a Marco Antonio Carballo, pero por supuesto también tiene sus genealogías propias. Usualmente se le vincula con La Onda por afinidades electivas. Ariceaga de hecho sí fue amigo de José Agustín, pero su obra no solo está plegada a una corriente específica. También podría pertenecer al estilo de escritores como Armando Ramírez, J.M. Servín, Gerardo de la Torre o a su casi contemporáneo y paisano Eduardo Osorio, pero en lo inclasificable, como siempre, está también una buena señal de genio. La obra alejandrina, como también llamó a su trabajo, puede entrar en los terrenos de lo fantástico, de la crudeza, de la crítica social y el terruño. El fondo es, insisto, la capacidad de construir una historia potente, llena de vida, entrañable.
Eso lo logra con toda la caracterización de La Madrina, pero alcanza su plenitud con Martín, el desengaño y la realidad. El caminante, el bebedor inveterado, el seductor pertinaz que, a pesar de sus esfuerzos, jamás alcanza sus deseos.
Martín es por otro lado el pretexto para dar parte a la corriente profunda de la novela, la que ocupa todo el capítulo intermedio (cfr. p. 89 a la 93), el más vanguardista de la novela, movimiento polifónico que renuncia a cualquier forma de redención, incluyendo la política, la autoayuda de los Alcohólicos Anónimos sugerida con guiños, o la que llega por vía de la magia. Porque si hay clases sociales, comerciantes, inmigrantes, campesinos, la Madrina despachando en su cuarto a cuantos la requieran, también hay una huelga y un amor imposible. Todo en el mismo vértigo que provoca una caminata que quiere abarcar la ciudad completa, en el lenguaje que surge cuando uno va pensando en todo lo que fue, cuando el recuerdo convertido en estampa, a cada paso que damos mutan en un despliegue melancólico de los sentidos.
Libro fundamental, Clima templado es esa invitación a no dejarnos llevar por las etiquetas y entrar al espacio entrañable entre el libro y la idea escrita, entre el narrador y nosotros sus lectores, a captar el fluir incesante de la vida. [ C ]
Clima templado se puede descargar legal y gratuitamente en este enlace: https://foem.edomex.gob.mx/libro/clima-templado-ciudad-tan-bella-como-cualquiera

MARIO ALBERTO SERRANO AVELAR. Escritor, historiador y cronista. Autor de varios libros, el más reciente “Amecameca” (FOEM, 2020). Ha ganado diversos premios por su trabajo literario, de los que destaca el “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Cultura del Estado de México en la categoría de novela (2017) y el Premio Internacional “Ana María Aguero Melnyczuk a la Investigación” (Buenos Aires, 2020). Parte de su trabajo literario ha sido publicado en México, Estados Unidos, Venezuela y Argentina.
