La distancia entre la ciudad de Bonga, región de Kaffa, y el pequeño pueblo de Chiri es de 27 kilómetros. Recorrerla toma una hora; y eso que en la primavera la carretera está bastante bien. En época de lluvias, ese camino es un tobogán de sorpresas, derrapajes y peligros. Hoy, el asombro abunda también: un saludo sonriente, un toro desvariando, repetidas peticiones de aventón, gallinas enloquecidas, un elegante etíope que se encamina a la iglesia en su traje de gala con valencianas enlodadas, una curva asesina con piedra aguda en el escampado, pitidos antes de tomarla, un tronco de árbol que los lugareños cortaron sin pensar que caería sobre el camino. En fin: la selva.
Cuatro hermanas de la las Misioneras Eucarísticas de Jesús Infante y Nuestra Señora de Fátima han decidido seguir una vocación como misioneras en Etiopía. Visitarlas implica un viaje largo y salvaje, pero es una bendición: de Addis Abeba se toma un tembloroso avión Bombardier Q400 de doble hélice hasta Jimma, ciudad que anda entre las diez más populosas del país pero que apenas supera los 200 mil habitantes. Luego se viaja a Bonga cruzando el Río Goheb, frontera entre la región de Oromía y Keffa, el territorio donde nació el café. Ahí las familias de babuinos se atreven a dormir a media carretera o a corretear camionetas para exigir una banana. Finalmente, como en un trayecto espiritual o inserto en novela de Conrad, se incrusta uno en el temible camino que pone a prueba la resiliencia inacabada: a rebotar en una ambulancia propiedad de la Clínica de Salud de Chiri; hospitalito limpio, eficaz y muy decoroso que han establecido nuestras hermanas mexicanas encajadas en un iracundo infinito de montañas.
Sí, esa ambulancia es su principal activo. Transforma a las hermanas en samaritanas realmente indispensables, en sanadoras fuentes de esperanza; les otorga la magia y la aceptación. Más allá de atender diarreas, partos, malaria, desnutrición, incluso casos de VIH, la principal de sus funciones es discernir si el adolorido, la parturienta, el herido con machete, tiene un caso tan grave y si su mejor opción es trasladarlo de inmediato hasta el hospital más cercano: llevarlo al inicio de la terracería, a Bonga. Ellas hacen el recorrido cuatro o cinco veces por semana (a veces a oscuras) retando la mirada directa del demonio.
— Una vez me quedé sin frenos, aquí mismo, en esta bajada— me relata Azucena, Susy para sus cercanos, diestra y dicharachera como camionera del Coroico —. Intenté de todo, el freno de mano, el claxon, la sirena… Nada funcionaba. La hermana Gloria venía conmigo y abrió la ventana para sacar el cuerpo y gritar “¡no brakes, no brakes! Nadie le entendía, pero se había convertido en la sirena: sus gritos nos abrieron varios cruces. Y luego…, nos amparó el señor… Cuando ya nos íbamos contra esas piedras, la ambulancia se paró en seco. Así, de golpe. Me pongo en Sus manos y siempre me ampara.
Azucena se ha volcado ya dos veces en la ambulancia, con pacientes y sin ellos. El Señor, asegura, le ha enviado grupos de hombres buenos que la han devuelto con todo y ambulancia al camino, que incluso han llegado como ejército celestial a ahuyentar a otros hombres que le querían hacer mal mientras yacía, de lado, accidentada. En esa ambulancia, que es resultado de los ahorros y donaciones de su congregación, caben tres personas adelante. Después de dos curvas mis huesos se encajan irremediablemente contra mi esposa que resiste estoica; pero mis pensamientos están realmente con el joven etíope, traductor, asistente, handyman, enfermero, que nos acompaña metido en la cabina trasera, recostado quizá en la camilla de los enfermos, y que de seguro estará rebotando como badajo en un cascabel.
— Etiopía te recibe, con los baches abiertos—, bromea la hermana Susy quebrando el volante. Ella tiene un alma infinita para enfrentar las sorpresas. Su halo ha crecido tanto que literalmente abraza enteras las montañas del Simien. A partir de ahí, su conversación es un cúmulo interminable de simpatía e inteligencia.
— Acá, la culpa es siempre del chofer— quiebra de nuevo el volante para evitar unos niños y comenzamos a entender. En la curva, ante la irrupción de un burro, en el atropellamiento, en el desbarrancamiento…, la culpa es siempre del chofer. La hermana estuvo a punto de ir a la cárcel por atropellar una gallina durante una emergencia nocturna. Volaba con un herido, con los familiares y la angustia atiborrando la ambulancia; todo aquello a puro rebote entre piedras desgajadas, zozobrando entre el lodo. No se podía detener a ver qué onda con la gallina. Pero de golpe, la pararon los parientes, amigos, curiosos, y entre ellos los dueños de la gallina. Prometió atenderlos al regreso. Dicho y hecho; cuando volvía del hospital todos estaban ahí para cobrarle el animal o meterla a la cárcel. Se salvó de la prisión por ser simpática con los policías: las gallinas vuelan, los convenció; su aparición aquí o allá es cosa del destino divino.
En Chiri hay una cárcel de animales. Con laminas acanaladas de dos metros por lados, puerta adosada con bisagras de mecate, se ha erguido una suerte de corral junto a lo que sería la presidencia municipal. Burros, vacas, chivos y uno que otro toro imponente son los internos frecuentes. Es la vía para arreglar cuentas. El principal delito local es que el burro de Kebele (típico nombre etíope) se metió al huerto de Temesgen (otro nombre frecuentísimo) a hacer tropelías. Procede entonces arrestar al burro, y no a Kebele, para que el propio Kebele se vea en la necesidad de recuperarlo y arreglar el lío con un resarcimiento aceptable para las partes, incluida la autoridad.
A unos metros de la cárcel de animales está la cárcel de los humanos. Misma tecnología de lámina para las paredes. Se distingue porque han alzado una lámina sobre ellas a manera de techo. La hermana me aclara que, con una patada, cualquiera se podría escapar de ahí. Pero las religiosas, que visitan con frecuencia a los internos en su labor de medicina preventiva, saben por propia voz que a nadie le hace ningún sentido escapar. Aquí, todos los conocen y todos saben que estaban encarcelados. No hay a dónde ir. Solo alguna mujer que se defendió de la violencia del marido mutilándolo, asesinándolo…, ésa sí tiene que emprender el camino lejos… a otra región.
— Y ¿qué es lo más difícil que ha enfrentado?
— Uy, si yo le contara. Creo que fue la bronca con el anterior administrador de la clínica. Cuando llegué me ordenaron apoyar con las cuentas y quedé bajo las órdenes de un señor etíope de acá que hacía de las suyas. Pues los números no cuadraban y poco a poco le fui marcando que así no podía ser. Se enojó. Hizo todo por destruirme, amenazas, cartas al obispo, hasta dijo en el pueblo que yo era la que les había traído el COVID. Me los echó a todos encima. Pero yo me hacía la prueba vez tras vez, y siempre, con ayuda del Señor, salía negativa, aunque estuviera tosiendo… En cambio, a él le salió positivo, incluso cuando no tenía síntomas. Se le revertió su maldad.
Ya en el pueblo, Azucena se acerca a un niño y le habla dulce en un amhárico que tiene visos de canción. Se trata de un chiquillo que hacía tiempo se había acercado a la Clínica a pedir comida. Las hermanas no dan limosna así no más. Para cuidar a los enfermos, lavar ropa y hacer el jardín, sobra el trabajo. Así que ellas le dan los quehaceres a los chicos para que se ganen la comida que necesitan. Este pequeño no se ha parado por la clínica en algún tiempo y ella lo reprende con ese tono que, a pesar de la rudeza del amhárico, suena a bromas y juegos. También la hermana se detiene unos minutos para saludar a la derecha a un erguido hombre que parece centinela junto a una choza grande destajada por lo que pareciera un hachazo enorme por garra de dragón. Se saludan, hablan entre muchas sonrisas, y me sorprende de nuevo el nivel de la monja en esa lengua semítica intrincada, llena de fonemas impronunciables y gramática intratable.
— Mi amhárico es de apache —responde Azucena cuando la halago—. No estoy diciendo más que cosas como “cuándo”, “casa”, “tú”, “construir”. Porque él es nuestro nuevo administrador. Sustituyó al que me quería hacer el mal. Lo triste es que hace unos meses se le vino un árbol encima de la casa. Por eso la está reconstruyendo, poquito a poquito. Nos pidió prestado, como 20 mil birrs (equivalen a unos $180 dólares). ¿Y de dónde vamos nosotras a sacar 20 mil para prestarle? Yo le presto poquito de mi bolsa.
Azucena es la más movida de las hermanas; sabe de las finanzas, de trámites municipales para ampliar la clínica, de cantar con su guitarra canciones de alegría y alabanza hacia el Señor, de sembrar piñas, de ahuyentar a los monos que se roban las guanábanas y de toda la historia de la aparición de la virgen ante los niños en Fátima que nos relata en detalle con citas bíblicas a la par de imágenes juguetonas y dobles sentidos. También es la que sabe dónde se consigue el diésel, cuándo hay que cambiar las llantas, las rutas a Jimma y hasta Addis Abeba a donde conduce la ambulancia dos o tres veces por año. Lo ha hecho sola, en un trayecto larguísimo que toma todo el día y donde los policías y otros atrevidos la detienen varias veces para ver que no ande traficando con café.
Sus hermanas son la paz: Clotilde es médico y ya supera los 70 años, es diestra manipuladora de un aparato de ultrasonido. Se centra en los partos. Quiere terminar ahí…, que la entierren en Chiri. La hermana Zuly es un ser profundamente religioso; ella nos acompañó a la pequeña capillita, tres por tres metros, donde descansan cuatro sillas infantiles giradas para que no apunten directo al altar. Asoman oblicuamente hacia un relicario plateado y, de reojo, hacia la estatua hermosa de la señora de Fátima elevada en una esquina. Con ese acomodo, se sabe que sus rezos son los de una comunidad de “todos parejos” y sin jerarquía: una iglesia en su sentido original. Finalmente la hermana Gloria es la más callada, lleva apenas seis meses en Etiopía y se está adaptando: su reto es eso de comer ingera mañana, tarde y noche. Todos coincidimos: la ingera, especie de larga tortilla hecha con harina de teff, única de Etiopía, y que, además de un escondido sabor amargo, tiene la consistencia de un hotcake extendido, vence los estómagos occidentales con su lenta digestión. Gloria dice que si metes la ingera al horno y la tuestas un poco pasa a ser una galleta buena para levantar unos frijoles y se puede comer mejor.
— La otra bronca que tuve fue en Addis Abeba, cuando andaba arreglando los papeles de mi residencia —Azucena recuerda esto más en confianza, al regreso, cuando es evidente que sus hermanas no la escuchan—. El mal no está acá en la montaña, acá hay mucha inocencia, muchos problemas, sí, pero en general todos ignoran la maldad; esa que se aparece seguido en las ciudades y con las personas que se creen más “como nosotros”. A veces sufrimos más con el gobierno que viene y nos pide supuestamente prestados los antibióticos que tenemos y no nos los devuelve, o nos obliga a visitar más weradas (distritos) de los que podemos cubrir, algunos tan aislados que implican tres o cuatro horas andando por los senderos.
En sus visitas al Ministerio, un burócrata pervertido intentó tenderle una trampa a la monja. Después de mil intentos fallidos para avanzar para que le sellaran sus papeles, este hombre la mal guio hasta una oficina aislada en un cuarto piso del edificio. Ella no averiguó si la trampa era para beneficio de ese sujeto o de un jefe sumido en la oscuridad de una oficina cuyos detalles no logró distinguir. Salió por fuerza, manoteando, arañando, empujando a todos los que intentaron detenerla. A veces así se las gastan en estos lugares porque saben que la persona, blanquita, así con sus velos, no tiene donde quejarse y le pueden negar los trámites. La hermana Azucena nos insiste en que no tiene sentido levantar una queja. En cambio, reitera: “a mí, a mí, Él me protege”.
La pregunta final se la hizo mi esposa:
— Si hay tanto que ayudar, tanto que hacer y tanto dolor por curar en nuestro México, ¿por qué venir tan lejos a un punto escondido en la selva del sur de Etiopía? ¿Por qué?
— Es una vocación; no todos estamos hechos para esto. Se nos llama, desde arriba, y hay algunos que tenemos ese destino, ayudar más allá, no solo donde nacimos, en el mundo… Es la vocación.
Acompañar a las hermanas de Jesús Infante y Nuestra Señora de Fátima en un día de mil y más desafíos, tanto pequeños como ingentes, que a ellas las colman de vida, también me llena las alforjas con su saber. Ahí está puesta la vocación que cruza fronteras. Azucena atrapa el mundo y lo lleva entero a su pequeña mano con una frase, con su vocación. Las hermanas están en uno de los sitios más remotos del mundo y lejos de ser pequeñas, se vuelen, en un instante, poseedoras del Todo.
Yo mañana, saldré a trabajar también. [ C ]

Diplomático y novelista mexicano, especialista en literatura mexicana del siglo XX y actual Embajador de México en Etiopía y Observador Permanente ante la Unión Africana. Es licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro y doctor en Literatura por El Colegio de México y maestro en Estudios Diplomáticos.
