En la poesía peruana, Pablo Guevara ocupa un lugar muy especial. Aunque en una entrevista[1] él mismo haya declarado que era un poeta sin generación, la mayor parte de la crítica lo ubica en la generación del 50, junto a otros grandes poetas como Jorge Eduardo Eielson, Carlos Germán Belli, Javier Sologuren, Blanca Varela, Francisco Bendezú, Washington Delgado, Alejandro Romualdo, etc. A pesar que los frecuentaba y se considerase el hermano menor, se resistía a pertenecer a dicha generación y hasta se mostraba bastante crítico: “Yo creo que la generación del 50 enseñó a hacer poemas buenos, pero dejó de hacer los poemas que hicieron los poetas anteriores a ella. Es decir, dejó de hacer poemas como Adán, como Westphalen, como Moro o como Vallejo.”[2]
Nació en Lima en 1930. Además de poeta fue un destacado ensayista, profesor universitario y cineasta. Entre sus obras publicadas tenemos: Retorno a la creatura (1957), Los habitantes (1963), Crónica contra los bribones (1967), Hotel del Cuzco y otras provincias del Perú (1971). Después de tres décadas aparece con La colisión, Ópera marítima en cinco actos (1999), conjunto de cinco libros (Un iceberg llamado poesía; En el bosque de hielos; A los ataúdes, a las ataúdes; Cariátides; y Quadernas, quadernas, quadernas), con el primero de ellos precisamente ganó la VIII Bienal de Poesía Premio Copé de 1997, aunque anteriormente ya había obtenido otras importantes distinciones como en 1954 cuando le otorgaron el Premio Nacional de Poesía o el Premio Internacional Ciclo de Ensayo en 1987.
Con Un iceberg llamado poesía, Pablo Guevara emerge nuevamente en la poesía peruana y produce en ella una fuerte colisión. Para ello recurre a la metáfora del Titanic, que representa a la sociedad; y al iceberg que representa a la poesía, como una fuerza de choque que revela la precariedad y banalidad de nuestra existencia.
El poemario está dividido en tres partes. Se inicia con una secuencia narrativa en la que se presenta al ostentoso Titanic que cruza las aguas frías del Atlántico dirigiéndose de Southampton a Nueva York, pero frente a las costas del mar de Terranova en Canadá se choca contra un iceberg y en menos de tres horas queda completamente hundido, ante el asombro y estupor de los pasajeros sobrevivientes que intentaban arribar al Nuevo Mundo.
Antes del hundimiento, en la segunda parte, el poeta da cuenta de las grandes y lujosas fiestas que se hacían en el barco. Lo más selecto de la sociedad hacía gala de sus riquezas y echaba por la borda todo aquello que pudiera causarle aburrimiento. “Eran de los más histéricos consumidores de todos los placeres”[3]. En plena diversión nadie avizoraba que estaban llegando “por fin a su puerto final o hacia su perdición”[4].
Mientras arriba del barco, en los grandes salones de baile, la gente se divertía a lo grande “¿Qué pasaba en las otras cubiertas? ¿Qué comían si comían? ¿Qué bebían si bebían?”[5], se pregunta el poeta. Y después del choque “¡Abajo! Fue tan grande el encontronazo / tan poco suave – sutil o considerado / al fondo todo fue tan bestial tan sin formas tan sin buenos modales” y “¡Arriba en cambio! Todo fue tan pronto disimulado.”[6]
En la tercera parte, el poeta explora más detenidamente la metáfora del barco donde el agua entra inconteniblemente “como una hemorragia al revés”[7], es decir, “de afuera a adentro para no salir más”. Ese barco es la sociedad que va entrando en un proceso de descomposición. Es la Europa de las primeras décadas del siglo XX que se desangra a sí misma y ve en el Titanic a su Arca de Noé; es una sociedad que trata de “reunir lo mejor de un Viejo Mundo sin renovaciones / a un Nuevo Mundo que quería inventarlo todo de nuevo…”[8] Es una sociedad caótica que sólo vive un simulacro de felicidad. En torno a ese caos la literatura aparece como una edificación de mármol y cristal, desde donde “se podía vivir en libertad y contemplar la modernidad”.[9]
Pablo Guevara llama al Titanic “el primer barco posmoderno”[10] y en esa medida en su libro también encontramos los rasgos típicos de la posmodernidad, o más bien una crítica a ella. Desde el punto de vista formal, por ejemplo, la característica posmoderna que salta a la vista en este poemario es la intertextualidad, en la medida que recurre a otros textos para lograr su armazón final. En ese sentido, los versos de Ezra Pound, César Moro, André Bretón, Eielson, Rilke, Westphalen, Vallejo, Rimbaud, Artaud, Mallarme, Joyce, no solo aparecen como epígrafes a sus poemas, sino que van de la mano con el sentido mismo del poemario. Además, hay una clara referencia al lenguaje cinematográfico sobre todo al de Luis Buñuel[11]. Igualmente, cuando se refiere a las ciudades latinoamericanas recurre a los datos proporcionados por el Instituto de Estudios Demográficos.[12] Marco Martos anota que Guevara “trabaja sus poemas bajo el supuesto de que existen vasos comunicantes, corrientes secretas entre las distintas formas literarias que sólo muy aproximadamente podemos llamar géneros, aun cuando esa proteica masa literaria ostente todavía el pabellón de la lírica”.[13]
La posmodernidad proviene del abordaje que hace del aspecto social, y lo más interesante es que hace la crítica desde la misma posmodernidad. En una entrevista precisamente declaró que “El problema es que siempre se habla tan poco de lo social que casi no existen referentes para hacerlo inteligible … cuando hablo de lo social me refiero a una constante social que está hirviendo y de repente meto ahí mi cucharón, saco algo, lo paladeo, y eso me parece que está bien y eso es lo que escribo.”[14]
En el poemario de Pablo Guevara, el barco transporta un albedrío que colisiona con la poesía. Es el Titanic que como una stultifera navis “se desliza por un paisaje delicioso, donde todo se ofrece al deseo, una especie de Paraíso renovado, puesto que el hombre no conoce ya ni el sufrimiento ni la necesidad; y sin embargo, no ha recobrado la inocencia”, nos dice Foucault[15]. En su poema “¿Barco fantástico?”, Guevara escribe: “no lo olvidemos un barco es la sociedad / y el mar es un caos universal”[16], y luego en otro poema agrega: “Y de pronto apareció por ahí ese maldito iceberg / llamado Poesía o Literatura o Aburrimiento o lo que fuera / con la única condición precisa de no devenir en Aburrimiento / ni por un instante…”[17]. Se produce el choque fatal. [ C ]
[1] Alonso Rabí do Carmo, “Poesía de choque. Entrevista a Pablo Guevara” en El dominical, 18 de julio de 1999.
[2] Idem.
[3] Pablo Guevara, Un iceberg llamado poesía. Lima, Ediciones COPÉ, 1999, p.55. Todas las referencias posteriores son a este libro.
[4] idem. p. 69.
[5]idem., p. 55.
[6] idem., p. 33
[7] idem, p. 95.
[8] idem p. 86.
[9] idem p. 92
[10] idem p. 29
[11] idem p. 101
[12] idem p. 93
[13] www.educared.edu.pe/estudiantes/literatura/pabloguevara
[14] Enrique Hulerig, “Pablo Guevara: la partitura del caos”, en Quehacer p.113.
[15] Michel Foucault, p. 40
[16] Pablo Guevara, p. 87
[17] Pablo Guevara. 41

Narradora, ensayista e investigadora. Docente principal del Departamento Académico de Literatura y Lingüística de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), Perú. Investigadora RENACYT. Doctora en Ciencias Sociales por la UNSA. Ha publicado libros y artículos en revistas internacionales. Autora del libro de cuentos Objetos de mi tocador (2004). rnunezp@unsa.edu.pe
