Bitácora diplomática: en Mogadiscio 50 años después

¿Qué circunstancias habrán impedido que, en cincuenta años de relación, ningún diplomático mexicano hubiera viajado a Mogadiscio llevando las cartas que lo acreditan como embajador ante la República Federal de Somalia?  A pesar de la revisión de archivos y las muchas explicaciones que tantos años de inestabilidad ofrecen, el hecho es que una primera presentación en este 2025 tiene un significado político importante y una carga emocional que amerita reconocerse.  

Las coincidencias contribuyen a ello. La presentación de estas cartas credenciales ocurre exactamente 50 años después, mismo día, del establecimiento de relaciones, es decir, el pasado 6 de agosto del presente. En esa misma fecha, pero de 1975, se emitió en ambos países el comunicado que iniciaba la relación. Nuestro Archivo Diplomático de la SRE guarda varios telegramas del entonces Embajador de México en Estados Unidos, José Juan de Olloqui, al Director en Jefe, Manuel Tello. Ahí se expresa el acuerdo logrado en las entrevistas con su contraparte somalí, Embajador Abdullahi A. Addou. Por esa vía, solicita que se informe al secretario Emilio Rabasa el especial beneplácito que conlleva la aceptación del gobierno somalí y de su entonces presidente Siad Barre para el establecimiento de estas relaciones.

Hoy corresponde a la Embajada de México en Etiopía llevar esta relación en concurrencia, pero en aquel inicio se decidió que ello recaería entre las muchas responsabilidades de la Embajada mexicana en Tanzania, abierta desde 1973 en la entonces capital tanzaniana Dar es-Salaam (lamentablemente México cerraría esa Embajada en 1980). No está de más mencionar que el establecimiento de estas relaciones con Somalia se dio apenas días después de que el presidente de México visitara el vecindario: justamente Tanzania. En julio de 1975, Luis Echeverría conoció la ciudad en construcción, Dodoma, que pasaría a ser la capital que el presidente en aquel entonces, Julius Nyerere, soñaba con gran vitalidad para descentralizar el poder y fomentar el desarrollo del interior de Tanzania.

La gira del 75 a África de Luis Echeverría terminó incluyendo únicamente Senegal, Tanzania, Argelia y Egipto. Guardó un enorme simbolismo en busca de prestigio y liderazgo internacional. Se centró en cerrar acuerdos educativos y de cooperación, y sustentó genuinamente mucho de lo que serían las bases para consolidar a México como un país solidario en todo su significado con las luchas de liberación africanas y con el desarrollo entre países del sur.

Como una memoria fascinante que da a entender la avanzada que se desplegaba en esos años hacia África, se cuenta con un oficio que el entonces Director General de la Cancillería, Embajador Raúl Valdés Aguilar (posteriormente nombrado Embajador Eminente) dirigiera el 27 de mayo de ese 1975 (apenas dos meses antes de la gira) al Embajador José Juan de Olloqui.  Le informa la “instrucción superior” de iniciar gestiones para establecer relaciones con una pléyade de países: Alto Volta (hoy Burkina Faso), Camerún, República Centroafricana, Congo, Costa de Marfil, Chad, Dahomey (ese año cambiaría su nombre por Benín), Gabón, Guinea Bissau, Gambia, Kenia, Liberia, Libia, Madagascar, Malawi, Mali, Mauritania, Nigeria, Níger, Sierra Leona, Somalia, Sudán, Togo, Uganda, Zaire (hoy República Federal del Congo) y Zambia.

El oficio aclara que solo habría “disposición” para establecer embajadores residentes en los casos de Kenia, Nigeria y República de Zaire (el resto tendría que ser atendido por diversas vías). Pide asimismo una estrecha colaboración con el entonces representante ante Naciones Unidas, Alfonso García Robles, para desplegar este esfuerzo orientado a multiplicar rápidamente las relaciones con los nuevos países africanos. Con reconocimiento a lo inédito y arrojado de la decisión, el oficio aclara también que “se perfeccionará el esquema de concurrencias una vez que se tenga a la vista diferentes elementos, tales como historia, afinidades culturales y lengua, nivel de desarrollo, etc.” Añade enfáticamente que, en breve, “el Presidente Echeverría llevará a cabo visitas de Estado a diferentes países de África e Irán, y vería con mucho agrado la posibilidad de incluir en este recorrido a Kenia y a Nigeria”. Luego menciona su ruego para que el Embajador de Olloqui “se sirva sondear la posibilidad de que los Gobiernos de estos países extiendan una invitación”. En la planeación de la gira se pensaba que podría incluirse a Kenia entre el 16 y el 19 de julio y a Nigeria entre el 22 y el 25.  Finalmente, no se les visitó.

Llegar a Mogadiscio con ese conjunto de datos en mano para el diálogo con el presidente de Somalia, Hassan Sheikh Mohamud, fue retribuyente y marco el reencuentro con un espíritu de cordialidad que honraba la historia y algunas motivaciones que aún están vigentes 50 años después; una historia aun vital. Fue una carpeta con los documentos más significativos y sus traducciones, información atractiva y menciones al deseo denodado de México por abrir un amplio campo de colaboración con África. El agradecimiento del presidente y una plática llena de posibilidades se detonaron rápidamente. Otro tanto ocurrió con su ministro de Exteriores, Abdisalan Abdi Ali Dhaay.  Incluso, el hecho ya había abierto puertas importantes desde el diálogo preparatorio con su Embajador en Addis Abeba, y ese espíritu de reconocimiento a la efeméride permeaba en el propio aeropuerto entre un grupo funcionarios somalíes que esperaban con especial entusiasmo al pequeño grupo de Embajadores que los visitaban.

Somalia, inmersa en terribles dificultades, tiene para los que llegan un mensaje único, consensuado en cada boca: “el país está de regreso”, afirman. Atienden con ese espíritu de recuperación de una presencia perdida lo que hoy les significa esta visita; también protegen a los recién llegados con cierto apuro en cada paso, debido a los inminentes signos de tensión que acarrea la espinosa situación nacional, expresada por la acción, frecuente, asesina y perturbadora, del grupo terrorista Harakat al-Shabaab al-Mujahideen (“la Juventud”) que acecha constantemente la capital.

La paradoja entra en juego cuando se usa una camioneta para el traslado de los distinguidos visitantes desde la escalinata del avión hasta el Salón VIP del Aeropuerto Internacional Aden Adde; un trayecto de apenas 60 metros. Por contraste, el trayecto de ese Salón, abundante en sillas doradas y funcionarios ávidos de complacer, hasta el hotel reservado para las personalidades a no más de 200 metros, se realiza a pie. Para ello, hay que cruzar una pequeña puerta metálica que se abre a un mundo insólito de guardias de seguridad, camionetas y tanquetas.

Y en ese parte de Mogadiscio reina la paz. Los visitantes aún no han visto nada. En cada metro de la ciudad, la seguridad lo es todo; por el momento nos avasalla ese desplante de guardias y vehículos de guerra, omnipresente en la zona “securizada” que rodea al aeropuerto. Son dos o tres kilómetros de bloqueos, militares, “cascos azules”, alambre de púas trepando cada muro, cada poste. Son cadenas de equipo pesado militar colocado en cada avenida y en cada puerta, incluyendo el despliegue de barcazas acorazadas hacia el Océano Índico que bordea al sureste las pistas de aterrizaje.

Al-Shabaab nació en 2006 como una facción radical juvenil de la Unión de Tribunales Islámicos y ya ha tenido antes, en su mano, el control de Mogadiscio y de gran parte del sur de Somalia. Aprovecha constantemente la fragilidad del gobierno central somalí para ganar áreas rurales, cobrar impuestos y administrar justicia a su modo. Su ley ha sido el terror y desde el primer vistazo a la ciudad se siente lo que alguna vez definió Brian Jenkins: “el terrorismo es el teatro del miedo”.

El hotel se llama Decalé, curioso nombre para el mejor y más seguro hotel de la ciudad donde los personajes distinguidos esperan adormilados para salir o entrar al país. Es un moderno y amable entorno, con diseños de muy buen gusto, que contribuye al contraste. No deja de ser una genuina caja fuerte de cinco pisos. En su lobby, conviven una elite de emprendedores somalíes, el paso ágil y confiado de la elegante Embajadora de la Unión Europea ante Somalia, ella residente, que saluda con desparpajo mientras avanza veloz a una reunión, o un numeroso grupo de forzudos hombres del Cáucaso, corte militar, que desayunan pertrechados en una tercera parte del restaurante.

La visita al Ministerio de Exteriores y a la Villa Somalia, ese emblemático edificio de la época colonial italiana, diseñado con mucha distinción hacia 1936 y que ahora ha pasado a ser un complejo fortificado donde trabajan el presidente, el primer ministro y asesores, significa sendos trayectos que invocan por igual la sorpresa que una cándida simpatía por el pueblo de esta dolida nación. Esos viajes se hacen en camionetas blancas blindadas. Las ventanas gruesas y tendientes a la opacidad son la vía para intentar registrar los detalles de “la ciudad de los bloqueos”. En las cercanías del aeropuerto, de los hospitales y los edificios públicos, no hay zaguán, entrada o bocacalle a la que se pueda acceder directamente: todo es en zigzag entre barreras colocadas para desacelerar cualquier vehículo. Todo impone un reto al radio de giro y a los amortiguadores de las camionetas.

Mogadiscio ofrece la mejor gama de especímenes posibles de barricadas de concreto en altura y espesor. Es también la ciudad de las “plumas” de grueso calibre manipuladas por militares de la ONU o locales, ataviados con duros y sofocantes chalecos antibalas. Ellos sudan mientras atienden sus puestos frente a un caótico tráfico donde lo especial, lo diferente, tiene preferencia a gritos y amenazas ente enjambres de triciclos motorizados. Estas motos con carcasa amarillenta son el medio de transporte del somalí promedio, llamados bajaj por la empresa india que los fabrica con un enorme éxito en toda África.  

El presidente y sus ministros, todos, evitan hablar de Al-Shabaab. Se sabe que la capacidad del grupo terrorista para ejecutar ataques asimétricos continúa desafiando la seguridad urbana. Es sintomático estrechar la mano tranquila y fuerte de un presidente, académico y educador prestigiado, hombre de maneras parsimoniosas y gentiles, de palabra sabia, que tan solo en marzo salvó ileso el quinto atentado en su contra, este con artefacto explosivo dirigido a su convoy. La conversación se entabla entre gente ávida de tratar los temas de cooperación e inversiones, que menciona resoluciones multilaterales de variados tipos y del apoyo internacional. En mucho, ese es su única fuente de alivio. Apenas dos meses antes, un ataque suicida en un centro de reclutamiento militar dejó 13 muertos, incluyendo reclutas y civiles.

La satisfacción por las buenas conversaciones políticas se acompaña de algunas sutilezas de un país con enorme precariedad, pero no menos energético. En su compleja estructura burocrática, no hay espacio para el desmayo: los oficiales van y vienen apurados con libros de visitantes distinguidos, oficios, instrucciones, susurros. Como buena nación musulmana, las mesas de los salones de espera sostienen exóticos jarrones de filos dorados, llenos de dulces; mal sitio para un diabético porque las bebidas que ahí se hallan son coloridas latas de refresco con etiquetado en árabe que, supongo, no estarán, en ningún caso, por debajo de las 270 kcal. Abundan ofertas de té shaah soomaali con mucha azúcar y acompañado de polvo de jengibre: esta raíz es la llave hacia todo alimento en Somalia y se le adjudica enorme poder medicinal.

Si bien esas mesas han sido apenas el primer toque de genuina vida somalí, los retornos en la camioneta blindada dan oportunidad para una conversación más relajada —misión cumplida— con el elegante y dicharachero director de Protocolo del país. Se pueden mencionar ahora cosas sorprendentes y agradables: la Pastelería Alemana de Mogadiscio, por ejemplo, que a juzgar por sus pinturas muy logradas en el muro blanco de la entrada, asegura productos deliciosos. No falta una gama asombrosa de changarros dedicados a la venta de celulares, la compostura de computadoras y otros electrónicos; una que otra peluquería donde apenas cabe el cliente y un peluquero que difícilmente podrá extender sus codos para trasquilar. Se siente, entre amarrones, brincos sobre los camellones y frecuentes desvíos para esquivar montañas de cascajo, una vida cotidiana familiar efervescente, tan luchona como tradicional, y en constante adaptación.

Los cantos desde las mezquitas se afanan contra el bullicio y muchas mujeres salen sin empacho a vender, comprar, reunirse y trabajar: hablan despreocupadas por teléfono bajo su abaya. Sorprende que más de la mitad de los autos, al igual que camiones y destartaladas camionetas de reparto, tienen el volante a la derecha. Sus conductores la sufren diario en un desquiciado tránsito donde se “ordena” —es un decir— que la circulación sea por el lado derecho. Ante la pregunta de si ello se debe a la cercanía con Kenia, donde se maneja a la izquierda y donde viven dos millones de somalíes (10 % de su población), el director de Protocolo aclara que no: “esos vienen desde Japón porque la legislación permite la entrada de vehículos japones de segunda mano”. De inmediato la marabunta de bajajs nos recaptura.

Después de dos días de vivir en la caja fuerte, autos blindados y un hotel de cinco estrellas con escasísimas ventanas, resulta muy deseable tener la oportunidad de una escapada. Los empleados del hotel invitan a subir al quinto piso, a encontrar un agradable café, con todo tipo de bebidas y admirar la ciudad desde las alturas. Casi toda visión de Mogadiscio está afectada por una falta de transparencia. En esa terraza del quinto piso del Hotel Decalé, todo se encuentra circundado por cristales densamente rayados por la acción irredenta de las tormentas de arena: Mogadiscio se vuelve azuloso, pixelado.

Apenas ha permeado la oportunidad de probar el arroz somalí, se llama bariis iskukaris. También dan a conocer la carne suqaar y un pan que llaman canjeero. Mejor ha sido la invitación a una cena, igualmente resguardada por guardias tan severos como sonrientes, donde hizo su número una cantante finísima de qaraami y un hombre que entona esa misma música tradicional con capacidad circense para modular, alargar, subir y bajar en una escala de sonidos que es mucho más sofisticada que la nuestra cromática.

Cerca del final, aun cuando se siente que todo ha estado bien en esta bella caja fuerte, pero a fin de cuentas “caja”… y “muy fuerte”, el Embajador de Ghana, quien también presentó sus credenciales, convence a una empleada del hotel para que nos ayude con una breve fuga. Hay ansia por conocer algo más. La chica es una keniata que trabaja y vive en el compound del hotel, aeropuerto y alrededores. Ella se atreve a sacarnos; a cruzar unas rejas altas con custodios que discuten acaloradamente con los próximos viajeros somalíes que tienen que mostrar documentos y boletos de avión para aproximarse a la terminal. Pero todo en Somalia termina por ser familiar. La empleada del hotel los saluda, les sonríe, les pide permiso para salir y para facilitar nuestro regreso “en un rato”. Los guardias se lo conceden con revires de sonrisas indescifrables.

Aparecen los empujones de una masa de gente destanteada; es la sorpresa de los habitantes ante un aventurado extranjero de tez clara que los atraviesa como animal exótico. Pero hay éxito. Apenas unos 200 metros afuera del círculo de seguridad más cercano al aeropuerto está un mercado de puestos ambulantes y algunos changarritos de té y café. Todos intentan atraer al diplomático extranjero; sus pasos asustadizos lo delatan peor que la corbata: asustadizo e inocuo; una posible presa. La empleada del hotel es cuidadosa y recomienda mejor una tienda de objetos típicos que, con poco menos de dos metros de ancho, se alarga casi infinita hacia un nódulo iluminado por un tragaluz.

Su dueño no parece emocionado por la visita. Es un pintor y el corredor que lleva a su negocio es una extraordinaria exposición de pinturas, unas arriba, otras contra los muros y otras hasta el techo. Están a medio terminar en su mayoría y se nota que su autor les dedica su tiempo con una pasión distante, superior. No las vende. Las prefiere seguir pintando, así que sólo vende chucherías como trabajo a ratos. Aceptado su reencuentro con su papel de vendedor de artesanías, el artista se limpia las manos lentamente y muestra unas vasijas de madera labrada que se llaman dibi, buenas para acarrear leche y todo tipo de fermentados: principalmente el yogurt llamado laban. Son lindas, imposibles de llevar en la maleta.

Entre otros típicos souvenirs, llaveros e imanes, ahí se venden curiosidades de la Somalia vieja; unos escudos, algunas especies de dagas y unos bastones de mando, delgados y elegantes, hechos con la alternancia de hueso y madera. Intentan semejar el distintivo de los jefes principales de las tribus que los usan cuando se inician los rituales y las juntas de consejo. En una vitrina pequeña, destacan abarrotados los billetes antiguos somalíes que el dueño ofrece: 50, 10, cinco chelines del Bankiga dhexe ee Soomaaliya, con imágenes de plantaciones de banano, búfalos cafres, barcazas antiguas de estilo birreme y de la propia Torre de Almnara. Su valor es pequeño, pero su belleza compensa: hablan de esa voz de los funcionarios de Somalia diciendo: “estamos de regreso”.

Justamente el regreso al aeropuerto resulta tortuoso —y ruidoso—, pero ya no se siente inseguridad. Hay gritos, saludos, sonrisas y alguno que otro signo de vergüenza entre los transeúntes que temen haber fijado mucho la vista en aquel extraño que compró un bastón. El aire está lleno de otros visos que ya no tienen tufo de peligro. Su aroma es la extrañeza, que viene de lo poquísimo que nos hemos conocido con esta gente tan imposibilitada del acceso a los canales del mundo. Invoca lo mucho que hay por dialogar, por construir.

El guardia de seguridad reconoce lo pactado y nos deja regresar a la zona del aeropuerto sin pedir identificación alguna. En muchas jornadas, solo este extranjero, con semejantes rasgos, ha pasado por su reja. El agradecimiento a la chica que ha ayudado a aliviar un poco el encierro debe ser elocuente. Su sonrisa apenada no es distante del sentimiento general, lleno de paradojas, que se alberga por este país: durísimo y peliagudo el terreno, escabroso en verdad por los caminos y avenidas bloqueadas, por el miedo que generan los grupos rebeldes, pero también una cultura infinita de gente buena y caritativa, gente por descubrir. Su resiliencia y esperanza les detalla que, tal y como tienen puesta la fe, pronto algo mejor pasará.

Arriba del avión, al que me han dejado subir con un bastón de mando somalí que cualquier azafata debió confiscar, pienso si yo o algún diplomático mexicano volverá pronto. Parece que se cumplió un destino, quizá hasta se abrió una puerta 50 años después. Pido al tiempo que me permita sopesar: que en la carrera de los duendes que avanzan por el territorio irredento de Somalia corran más los que proponen palabras de progreso y menos los otros que los quieren descarrilar.  [ C ]


Alejandro Estivill es Embajador de México en Etiopía, concurrente ante la República Federal de Somalia. Presentó cartas credenciales en la capital Mogadiscio el 6 de agosto de 2025.