El Alma sonora de Rusia

«В России всё — душа; а душа, как вечность, не имеет меры.»
«En Rusia todo es alma; y el alma, como la eternidad, no tiene medida.»
Vasili Rozánov

Vasili Rozánov (1856–1919), pensador y escritor de la Edad de Plata rusa, fue un agudo observador de la vida espiritual y moral de su país. En sus obras, cargadas de paradojas y reflexiones íntimas, buscó atrapar lo inasible del “alma rusa” en frases que combinaban lirismo y aforismo. Este epígrafe resume su visión: en Rusia, todo —la historia, la fe, el arte, incluso la vida cotidiana— está atravesado por la dimensión del alma, y el alma, como la eternidad, no puede medirse ni encerrarse en definiciones.

Explicar qué es el espíritu ruso es adentrarse en un territorio que no cabe en fórmulas secas ni en definiciones académicas. Es una experiencia que se revela en su historia, su arte, su fe y, de manera singular, en su música. Rusia no se comprende con la lógica lineal de Occidente: su camino es circular, a veces errático, pero siempre cargado de sentido, movido por una misión interior que trasciende lo material. En su cultura, la belleza y el sufrimiento conviven; el dolor no es solo herida, sino también vía hacia la redención.

Los compositores rusos, desde Glinka hasta Rajmáninov, han plasmado en sonidos esta visión del mundo: una fusión de pasión y misticismo, de raíz popular y anhelo cósmico, que hace del alma rusa algo irrepetible y distinto. Explicar el espíritu ruso es, además, una tarea necesaria, sobre todo ahora, cuando el conflicto con Ucrania y Occidente ha agudizado los prejuicios y multiplicado las voces que juzgan. Rusia es incomprendida, mirada con recelo, convertida en culpable antes de ser escuchada, porque no confiamos y no queremos comprender al otro.

No es una verdad que pueda encerrarse en estadísticas ni definiciones. Hay que buscarla en la música que resuena como un eco ancestral, en la pintura que captura su alma, en el arte que entrelaza historia y destino. El espíritu ruso no se mide, se siente: es un relámpago que atraviesa los siglos, una herida abierta que sangra y a la vez ilumina. Es oración y desafío, lágrima y tempestad. Allí donde otros buscan fórmulas, Rusia ofrece misterio; donde otros proclaman certezas, ella siembra preguntas. Y ese misterio, indómito y ardiente, es lo que la hace incomprendida, temida, pero también fascinante.

Piotr Yákovlevich Chaadáev (1794–1856), en sus Cartas filosóficas, veía a Rusia como una civilización incomprendida: capaz de errar y extraviarse, pero siempre portadora de una misión histórica profunda. El espíritu ruso no camina por la línea recta del progreso occidental; traza círculos misteriosos, se sumerge en el caos para renacer, guiado por una vocación espiritual que atraviesa los siglos.

En la tradición rusa —como en la persa o la china— la historia no es una marcha triunfal, sino un campo de batalla del alma. El sufrimiento colectivo no se evita: se vive, se atraviesa, se convierte en materia de transformación. Así lo entendieron Dostoievski y Blok, Chaadáev y Vrúbel; así lo hicieron sonar Glinka, Músorgski, Prokófiev y Chaikovski. En ellos, el renacimiento nace precisamente del caos, y la lucha interior se convierte en arte, en búsqueda de un sentido más alto. El caos no es ajeno: es parte del alma.

Occidente, desde la Ilustración, ha tejido otra narración. Allí, el tiempo es flecha que avanza: del oscurantismo a la razón, del desorden al orden. El progreso se concibe como un ascenso continuo, paso a paso, hacia una perfección planificada. Lo espiritual se confina al ámbito privado o se reduce a un símbolo. La idea de que un pueblo o una nación pueda tener una misión espiritual histórica se considera arcaica, peligrosa o nacionalista. En esa mirada, el caos no es semilla ni camino: es un enemigo que debe ser dominado por la ley y la razón.

Tal vez por eso es tan difícil comprender el “alma rusa” y lo que significa ser ruso. Y tal vez por eso el diálogo entre civilizaciones se rompe antes de empezar: porque Occidente pretende imponer su orden, su medida, su control, a un mundo más vasto, más poblado y diverso que sus propios límites. A ello se suma la arrogancia, el desprecio hacia otras maneras de vivir, de creer, de vestir; un desprecio que, a fuerza de repetirse, se confunde con civilización.

El resultado es un monólogo de poder, no un intercambio de miradas. No hay escucha, solo sentencia; no hay reconocimiento, solo condena. Así se levantan muros invisibles, más altos que cualquier frontera: muros de prejuicio, de soberbia y de miedo. Y mientras no se derriben, el diálogo entre civilizaciones seguirá siendo una palabra vacía, un eco que nunca llega a convertirse en voz compartida.

Lo resumió Fiódor Tiútchev en un cuarteto inmortal, que aún hoy recorre la memoria de Rusia:

Y si este espíritu ruso encuentra su voz más pura en la música, el primer en darle forma fue Mijaíl Glinka, quien convirtió en sonido la identidad de una nación.

En busca del significado: Mijail Glinka (1804-1857)

 Se le considera el primer músico clásico ruso. Antes de él hubo algunos compositores, pero ninguno alcanzó proyección internacional.

Su ópera Ruslán y Liudmila, estrenada en 1842, está basada en el poema homónimo del poeta ruso por excelencia, Aleksandr Pushkin.

En la corte del príncipe Vladímir de Kiev se celebran las bodas de su hija Liudmila con el valiente guerrero Ruslán. Durante el banquete, la joven desaparece misteriosamente: ha sido raptada por el temible mago Chernomor. El príncipe promete la mano de su hija a quien logre rescatarla. Ruslán emprende un viaje heroico atravesando tierras fantásticas y enfrentándose a pruebas mágicas. Recibe la ayuda del mago Finn y combate contra rivales que también desean la gloria de salvar a Liudmila. Tras vencer a Chernomor y destruir su poder, rompe el hechizo que mantenía dormida a la princesa y regresa con ella a Kiev, donde se celebra la unión.

Esta ópera constituye la primera piedra angular del nacionalismo musical ruso y marcó un antes y un después. Inspiró a toda una generación —Borodín, Rimski-Kórsakov, Balákirev y Músorgski —. Glinka impregnó la partitura de melodías del folclore ruso (danzas eslavas) y ecos orientales (tártaros mongoles). Al incorporar ritmos populares, creó un lenguaje musical genuinamente ruso y consolidó la idea de que la música podíay debía— expresar el “alma rusa” con sus propios códigos.

Así, Ruslán y Liudmila no es solo una ópera: es un viaje sonoro al corazón de Rusia. En sus compases se entrelazan el brillo de las cúpulas ortodoxas y el polvo de los caminos, el murmullo de los ríos y el fragor de la batalla, el hechizo de los cuentos y la nostalgia infinita de la estepa. Es la Rusia que no se explica con la razón, la que vive en la memoria de su pueblo y en la voz de su música.

Les invito a escucharla, no solo como obra musical, sino como un retrato vivo de un espíritu que atraviesa siglos. En esas notas palpita la misma fuerza que, décadas después, encontraría una voz distinta y poderosa en Modesto Músorgski: un músico que llevó el realismo, la historia y el alma popular rusa a su máxima expresión.

El Alma Desnuda: Modesto Musorgskiy (1839-1881)

En la constelación de la música rusa, Músorgski es la estrella más indómita. Talento brillante y desconcertante, se erige como la antípoda de Chaikovski: donde este es refinamiento y lirismo, aquel es aspereza y verdad desnuda.

Ilia Repin, que retrató al músico apenas días antes de su muerte, captó en su lienzo una mezcla de pasión y desconsuelo, de fuerza y fragilidad, de entrega absoluta al arte. “Su música es la esencia misma de Rusia”, escribió el pintor.

Músorgski es, quizá, el más ruso de todos los compositores rusos. En su obra laten el desasosiego y el dolor por la historia de su patria, junto con la intuición de su porvenir. Sus contemporáneos lo acusaron de diletante, incapaces de reconocer que su oído estaba sintonizado con un siglo que aún no llegaba. Sus armonías abruptas, sus formas no académicas y su uso pionero de la politonalidad en Cuadros de una exposición —mucho antes de Prokófiev o Stravinski— lo convierten en un compositor adelantado al siglo XX, incluso al XXI.

Entre sus obras, la ópera Boris Godunov encarna de forma magistral su visión musical y su sentido de lo trágico. El zar gobernó en un periodo crítico de la historia rusa y fue acusado del asesinato del heredero al trono; el rumor popular lo convirtió en “zar asesino” y le atribuyó todos los males del país. La historia, sin embargo, ha demostrado que no tuvo relación con aquel crimen.

La ópera es una obra de profunda tragedia, dolor y pesar: transmite el sino y la fatalidad del zar, que queda sumido en la más absoluta soledad, pierde la razón y finalmente la vida. El pueblo, verdadero protagonista coral, anuncia la rebelión campesina que estallará unas décadas después (la de Pugachov) y da voz a los yurodivy, esos “locos santos” que, en la tradición rusa, encarnan la verdad desnuda frente al poder. El tañido de las campanas —símbolo de fe, de Estado y de destino colectivo— atraviesa la obra como un presagio; Rajmáninov lo retomaría más tarde con igual intensidad.

Si Glinka fundó el lenguaje musical ruso, Músorgski lo llevó a un territorio más áspero y humano. No buscó espejos de leyendas remotas, sino retratos directos del pueblo: su habla, sus penas, su dignidad. Rechazó las fórmulas occidentales para crear una música nacida del idioma ruso, del pulso de la historia y de la vida cotidiana. En él, las melodías parecen hablar tanto como cantar.

Integrante del legendario “Grupo de los Cinco” —junto a Balákirev, Borodín, Cui y Rimski-Kórsakov—, Músorgski contribuyó a cimentar una escuela libre de servilismos hacia Europa occidental. En sus obras conviven la épica y la intimidad, la historia y la leyenda. Desde los vastos frescos sonoros de Boris Godunov hasta la galería pictórica de Cuadros de una exposición, su música respira al compás de la tierra rusa: áspera, majestuosa, inquebrantable.

Les invito a escuchar un fragmento de la ópera

Cuadros de una Exposición

Apenas la escuché hace 40 años, primero en la radio y luego en la televisión soviética, me atrapó. Logró llevarme de la mano para recorrer la exposición a través de la música, como si pudiera ver los cuadros mientras sonaban las notas.

Entre las obras más singulares de Músorgski, Cuadros de una exposición ocupa un lugar especial. Nació en 1874 como una suite para piano, concebida como homenaje a su amigo, el arquitecto y pintor Víktor Hartmann, fallecido prematuramente. No es simplemente una sucesión de piezas musicales: es un recorrido sonoro por una galería imaginaria, donde cada cuadro cobra vida en la música.

El hilo conductor es la Promenade, tema-camino del propio compositor, que enlaza los cuadros, cambia de carácter según la impresión del lienzo anterior y convierte al oyente en caminante dentro de la galería.

Cada pieza retrata un cuadro distinto:

  • Gnomus: un gnomo grotesco.
  • Il vecchio castello: melancolía medieval.
  • Tullerías: bullicio infantil.
  • Bydło: carreta polaca de grandes ruedas que avanza con pesadez.
  • Ballet de los polluelos en sus cascarones: escena ligera y juguetona.
  • Samuel Goldenberg y Schmuÿle: orgullo y humildad en contraste.
  • El mercado en Limoges: voces y colores de una plaza francesa.
  • Catacumbas (Sepulcrum romanum): descenso sonoro a la penumbra de las criptas, donde Hartmann aparece como guía espectral.
  • La cabaña sobre patas de gallina (Baba Yagá): bruja del folclore ruso en una carrera vertiginosa.
  • La gran puerta de Kiev: final majestuoso, resuenan campanas como símbolo de grandeza nacional.

La fuerza de Cuadros de una exposición radica en que no describe los cuadros de manera literal, sino que traduce su atmósfera y carácter en música. Es una obra profundamente visual, que convierte al oyente en caminante y testigo. Músorgski logra que la música sea pintura y la pintura, música.
Décadas después, Maurice Ravel la orquestó con colores sinfónicos; pero la crudeza de la versión pianística conserva la voz directa de Músorgski: sincera, ruda, profundamente rusa.

Les invito a escucharla:

En sus óperas aborda grandes temas de la historia rusa:

  1. El Periodo Tumultuoso (Смутное время) — inicios del siglo XVII.
  2. El cisma de la Iglesia ortodoxa y el inicio del reinado de Pedro el Grande.
  3. La rebelión de Pugachov — segunda mitad del siglo XVIII.

Músorgski murió joven, no solo a causa del consumo de alcohol, sino porque sufrió en carne propia las desgracias y tragedias del pueblo ruso. No fue un caso único: pintores como Savrásov y poetas como Esenin, Blok o Maiakovski tampoco soportaron ese peso insoportable de dolor colectivo. Fue el primero en mostrar los secretos ocultos del alma rusa: miedos, visiones, alucinaciones. El dolor apasionado —sentimiento muy ruso— que sentía por el destino de su país lo condujo a la muerte; intentó defenderse a la manera rusa, pero sucumbió. Falleció en la más profunda soledad, pobreza y olvido, y sin embargo trascendió: aún hoy su música es parte esencial del repertorio universal.

Si en Músorgski la historia y la voz del pueblo se hacen tragedia coral, en Serguéi Rajmáninov esa herida se repliega hacia la memoria y la intimidad: campanas, elegía y nostalgia marcan el cierre del gran ciclo romántico ruso.

Serguéi Rajmáninov cerró el gran ciclo del romanticismo ruso. En su música, el espíritu ruso se volvió nostalgia, elegía y memoria: un último canto a la belleza antes de que el siglo XX impusiera su vértigo y sus rupturas.

El último romántico: Serguéi Rajmaninov (1873–1943)

Su música sonaba fuera de época. Los románticos habían abierto el alma de las personas: «el instinto, los sentimientos, nunca se equivocan». También eran solitarios, soñadores, propensos a la ensoñación. Aunque el romanticismo musical se desarrolló entre 1820 y 1900, Rajmáninov —que vivió gran parte de su vida en el siglo XX —habitó fuera de tiempo. En su obra, junto a la armonía, la paz y la calma, laten también la tristeza, la tragedia y el desaliento.

Era capaz de expresar una intimidad lírica que parecía susurrada al oído. Ahí están su Elegía, el Romance – Aquí se está muy bien. Máximo Gorki, que lo escuchó de cerca, dijo de él: «Как хорошо он умеет слышать тишину»Qué bien sabe escuchar el silencio.

A los 19 años compuso el Preludio en do sostenido menor, su obra más célebre. En la música rusa, las campanas son más que un efecto sonoro: memoria, rito y símbolo. En Rajmáninov se vuelven estructura, capaces de evocar lo festivo, lo solemne o lo fúnebre; abren y cierran ciclos, marcan transiciones emocionales y conectan con la liturgia ortodoxa. En él, este timbre dejó de ser simple color folclórico para convertirse en voz de Rusia: grave, luminosa y eterna.

El psiquiatra ruso-estadounidense Immanuel Velikovsky escribió que en este preludio está presente «el conflicto entre el destino fatalista, en sus sonidos sombríos, y las melodías claras y lastimeras, en un intento de disipar el desaliento con un llamado de campanas».

Ese sino trágico reaparece en su Sinfonía n.º 1, cuyo estreno en San Petersburgo fue un fracaso que lo sumió en tres años de depresión y silencio creativo. Saldría de esa sombra con el Segundo concierto para piano, convertido ya en un maestro. Nikolái Medtner escribió entonces: «С первого же колокольного удара чувствуешь, как во весь рост поднимается Россия»Desde el primer golpe de campana sientes cómo Rusia se eleva en toda su magnitud.

Este concierto es un símbolo de Rusia: desaliento, luz y calma a un tiempo.

Rajmáninov escribió:

Esas campanas reaparecen en obras como Primera suite para dos pianos – “Lágrimas”,   cuyo eco perduró incluso después de que el campanario fuera destruido durante la Segunda Guerra Mundial. De no haber sido por Rajmáninov, no conoceríamos el sonido de esas campanas. Su catálogo despliega un amplísimo espectro: las campanas festivas de esa misma suite; los cascabeles protectores del Preludio en sol sostenido menor, op. 32 n.º 12; y la gravedad solemne del Poema sinfónico Las campanas.

En 1917 emigró, convirtiéndose en un exiliado exitoso. Pero la tristeza y la nostalgia lo envolvieron, y su creatividad se resintió: en 25 años compuso solo seis obras —el Cuarto concierto para piano, la Rapsodia sobre un tema de Paganini y las Danzas sinfónicas, entre ellas— y no volvió a escribir un solo romance. Daba numerosos conciertos, que disfrutaba, pero atravesó una nueva crisis creativa:
«Уехав из России, я потерял желание сочинять. Лишившись родины, я потерял самого себя…»Al partir de Rusia, perdí el deseo de componer. Al quedarme sin patria, me perdí a mí mismo. Para el exiliado que ha perdido sus raíces musicales, sus tradiciones y su tierra natal, no queda deseo de crear; no le queda otro consuelo que el silencio indestructible de unos recuerdos que nada puede turbar.

A diferencia de Prokófiev o Stravinski, no pudo crear lejos de su raíz: Rusia era su musa. «Возможно, это потому, что я чувствую, что музыка, которую мне хотелось бы сочинять, сегодня неприемлема…»Tal vez sea porque siento que la música que me gustaría componer hoy no es aceptada… Aprecio poco a quienes renuncian a la melodía y la armonía para sumergirse en una orgía de ruido y disonancias que se convierten en un fin en sí mismo.

Cuando las pasiones del vanguardismo se calmaron, su música volvió a ser escuchada como un refugio. Velikovsky lo expresó con claridad: “Su música nos ayuda a sentir y comprender la belleza del frágil mundo en el que vivimos”.

Y quizá ninguna definición de música sea tan precisa como la que él mismo dejó escrita:

La voz de Rajmáninov, cargada de nostalgia y del tañido profundo de las campanas, se apagó lejos de su patria. Con él parecía cerrarse una era en la que la música rusa latía todavía al ritmo de la tradición espiritual y del alma popular. Sin embargo, mucho antes de ese ocaso, otro compositor había tendido ya un puente entre el lirismo íntimo y la amplitud orquestal, entre la sensibilidad rusa y el refinamiento europeo: Piotr Ilich Chaikovski.

El destino hecho Música: Piotr Ilich Chaikovski (1840-1893)

Después de Rajmáninov, cuya obra fue un refugio tardío del romanticismo, el camino nos conduce inevitablemente a Piotr Ilich Chaikovski. Si Rajmáninov elevó la melancolía a un arte, Chaikovski convirtió el destino en el núcleo dramático de su música. Figura mundial, el más conocido y, a la vez, el más europeo de los compositores clásicos rusos, en sus partituras se libra siempre el enfrentamiento entre el hombre y su fatum. La voluntad del destino, implacable, impide la felicidad; sus sinfonías, desde la primera hasta la “Patética”, se alzan sobre ese cimiento trágico.

Chaikovski, Skriabin y Rajmáninov fueron herederos del romanticismo ruso, pero en Chaikovski esta herencia adquiere una “nota de quebrantamiento” (изломанность), un lirismo roto que oscila entre la ternura y el abismo.

Fue el primer graduado del Conservatorio de San Petersburgo y, más tarde profesor en el de Moscú por invitación de Nikolái Rubinshtein (su hermano Antón fundó el de San Petersburgo).

Algunos compositores lo criticaron, acusándole de no ser “lo suficientemente ruso”, “el elemento nacional no siempre se le da a Chaikovski”, decía Stásov. Esta crítica se inscrbía en el gran debate intelectual del siglo XIX entre западники (occidentalistas) convencidos de que Rusia debía seguir la senda de Europa, y славянофилы (eslavófilos), defensores de la singularidad espiritual de Rusia. No era solo una disputa teórica, sino un drama interior: entre la atracción de lo ajeno y la fidelidad a lo propio; entre el impulso de abrirse al mundo y el deseo de guardarse en el misterio de su alma. De aquel debate nacería buena parte de la literatura, la filosofía y la música que hoy reconocemos como profundamente rusa.

¿Qué es Rusia? ¿Oriente u Occidente? ¿Europa o Asia? La pregunta sigue vigente hasta hoy.

A las críticas, Chaikovski respondía:

Chaikovski absorbió la herencia de Schubert, Mozart, Beethoven y Glinka. No se alineó con ninguna de las corrientes musicales rusas de su tiempo: siguió su propio camino. Para él, la materia fundamental de la creación musical no fue la historia ni la épica rusa, sino el drama espiritual del ser humano.

«Отсюда особая лирическая интонация, теплота и проникновенность мелодизм».
“De ahí brota esa entonación lírica singular, cálida y profundamente expresiva, que convierte la melodía en un soplo del alma”.

Su identidad rusa era absoluta, y nadie mejor que él podía expresarla:

Y aunque viajaba con placer al extranjero, siempre volvía a lo esencial:

Para Chaikovski, el paisaje ruso era más que un escenario: era fuente de un sentimiento casi místico, capaz de volverse música:

Paisaje. 1895. de Isaac Levitan (1860-1900)

El secreto del alma rusa: Evgueni Onegin

Compuesta entre 1877 y 1878 sobre la novela en verso de Pushkin, “Eugene Onegin” es la ópera más íntima y representativa de Chaikovski. No es un drama heroico, sino un retrato de pasiones y pérdidas.

La célebre Escena de la carta de Tatiana revela la ternura y la entrega del amor juvenil; el aria de Lenski:Куда, куда вы удалились/весны моей златые дни? – ¿Adónde, adónde se han alejado, oh días dorados de mi primavera?  condensa la nostalgia y el destino fatal. La soledad y la renuncia «одиночество и несчастность recorren la obra: el honor se impone al deseo.

No se trata solo el presentimiento de la muerte, sino el eco de una condición más amplia: la separación de lo amado, la imposibilidad de consumar los sueños, el aislamiento espiritual que acompaña al destino trágico. En Onegin, esta atmósfera envuelve también a Tatiana, cuya confesión sincera desemboca en el rechazo y en una vida de renuncia. Esta renuncia es muy rusa, en primer lugar, está el honor.

 La ópera entera respira esa tensión: la soledad y la desdicha como símbolos del alma rusa, capaces de convertir la intimidad en drama universal. El desenlace muestra la imposibilidad de recuperar lo perdido.

Con esta obra, Chaikovski unió la herencia europea con la sensibilidad rusa, dando voz al drama espiritual de su tiempo: el amor no realizado, la memoria y el destino. “Eugene Onegin” es, en suma, la ópera del alma rusa.

Escena: la carta de Tatiana

Cuarta Sinfonía: La voz del destino 

Escrita en 1877, en plena crisis espiritual, la Cuarta Sinfonía fue la primera sinfonía rusa concebida como drama psicológico. En ella aparece con claridad el enfrentamiento entre el hombre y el destino.

Esa melancolía desgarradora que atraviesa a los personajes —la imposibilidad del amor realizado, el peso del destino, la soledad que se vuelve más honda cuanto más se busca la plenitud— es lo que siente el genio. La vida de Chaikovski estuvo marcada por el fatum. Lo describe en una carta a von Meck:

¿Cómo alcanzar la felicidad si el hombre no lo logra? En la carta a su mecenas, que le permitió dedicarse por completo a la composición, da la respuesta: ir hacia el pueblo.

El final de esta sinfonía utiliza una canción popular rusa «En el campo se erguía un abedul». Es una de las canciones folklóricas rusas más conocidas, de carácter lírico y melódico, que evoca la naturaleza rusa a través de la imagen del abedul (берёза), árbol profundamente simbólico en la cultura eslava. El abedul suele representar la feminidad, la pureza y, al mismo tiempo, la melancolía de la tierra natal. El héroe de Chaikovsky no puede luchar con el destino, enfrentarse al destino, solo puede resignarse a convivir con él. 

El musico que quiso salvar al mundo: Aleksander Skriabin (1873-1915)

Cuando el destino parecía haberse dicho por completo en Chaikovski —entre honor, renuncia y canto popular—, la música rusa volvió la mirada al cielo: Aleksander Skriabin quiso transfigurar ese dolor en éxtasis y esa memoria en revelación, proyectando el alma rusa hacia el infinito y buscando en la música no solo un espejo del espíritu, sino un medio para transformarlo y salvar a la humanidad.

Si Glinka había abierto el camino y Músorgski había desnudado la herida del pueblo, Skriabin llevó esa búsqueda más allá de la tierra, hacia las alturas del espíritu y del espacio. No quiso cantar la voz popular como lo hacían otros, sino revelar un mensaje universal: la música, creía, podía salvar a la humanidad.

Compañero de conservatorio de Rajmáninov, fue su opuesto absoluto. Rajmáninov componía música enraizada en la tierra; Skriabin aspiraba a alcanzar el cosmos. Hijo del Siglo de Plata, en él ardían ideas profundamente rusas: la rebelión contra Dios (богоборчество), el mesianismo y la convicción de un propósito trascendental.

En sus primeras obras se percibe la huella de Chopin —preludios, mazurcas, conciertos para piano—, pero pronto apareció su obsesión por el éxtasis, cristalizada en el Poema del éxtasis: un impulso sonoro constante, una exaltación del espíritu que se proyecta hacia el infinito.

“La música permite cambiar el mundo, mejorarlo; el ser humano puede crearse y recrearse a sí mismo.”

Con Prometeo o Poema del fuego, unió música y luz en un experimento de sinestesia adelantado a su tiempo.

Su proyecto más ambicioso, Misteria, soñaba con una obra total —música, palabra, aromas, luz, danza, arquitectura— que debía interpretarse una sola vez, en un templo del Himalaya, durante siete días, con la participación de toda la humanidad. Quería que esa experiencia fuera el impulso para un renacer espiritual del planeta.

Su muerte fue tan insólita como su vida: un simple grano en el rostro se infectó y, en apenas quince días, apagó su existencia a los 44 años. No dejó variaciones de cantos populares, pero trascendió como símbolo del cosmismo ruso, esa visión que veía al ser humano como cocreador del universo, llamado a trascender la Tierra, vencer la muerte y poblar el espacio. Unía ciencia, mística y arte en una sola misión: perfeccionar la vida y devolver al cosmos su sentido divino.

En la música, Skriabin encarnó también el simbolismo en su grado más alto: un arte tejido de signos y correspondencias que enlaza lo visible con lo invisible.

Boris Pasternak, uno de los grandes poetas ruso-soviéticos, escribió sobre él:

“Тяга Скрябина к чрезвычайности чисто русская, ибо ничто не может быть признано самим собой, не превосходя себя.”
La inclinación de Skriabin por lo extraordinario es netamente rusa, pues nada puede ser reconocido como tal sin superarse a sí mismo.

El alma rusa no se deja medir ni encerrar: se reconoce en un lamento convertido en canto, en una soledad que se vuelve música. Glinka abrió el camino con la pregunta por el sentido; Músorgski desnudó la herida del pueblo; Chaikovski transformó el dolor íntimo en un destino compartido. Después, Skriabin quiso elevar ese fuego hacia la luz del éxtasis, y Rajmáninov lo envolvió en la nostalgia infinita de la memoria.

En todos ellos late la misma verdad: la música rusa no es un adorno cultural, sino el espejo de un espíritu que se resiste a la derrota. El fatum puede oprimir, pero la melodía lo transfigura. Y en esa transfiguración, la Rusia de ayer y de hoy se reconoce a sí misma: doliente, invencible, luminosa, renaciente. Una Rusia soberana y poderosa, que sobrevive y se transforma.

¿Quién mejor que Esenin y Blok para poner el broche final?

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Fuente: Ciclo de conferencias de Aleksandr Velinovski, 2024.