Aquella mañana de 2007 vencí mis últimas inhibiciones y tomé el teléfono para comunicarme con don Vicente Leñero. Quería pedirle consejo, aún a sabiendas de mi impertinencia, sobre un proyecto melodramático que arrastraba de tiempo atrás y que, por más esfuerzos que invertía, no acababa de satisfacerme. Para mi sorpresa, una vez que le expliqué el motivo de mi llamada, me dio cita de inmediato. El lugar sería el café anexo a la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) ubicado en la colonia San José Insurgentes, del D. F. Nadie hubiera podido predecirme la magnitud de la deuda que estaba a punto de contraer, ni la trascendencia que adquiriría el acercamiento a su persona. Tampoco habría podido adivinar lo grata y educativa que podría resultar una charla con él.
Antes de acudir al encuentro releí su obra de teatro La noche de Hernán Cortés para tenerla fresca al momento de la plática. De hecho, el valeroso tratamiento que había plasmado del conquistador ‒lo había retratado con toda su cauda de ambivalencias sin ahorrarse sus facetas de individuo soez, lascivo y delirante‒ me había incitado a buscarlo con miras a un intercambio de ideas donde, pensaba yo, podrían derivarse sugerencias que me ayudarían a mejorar los diálogos de los personajes históricos del libreto operístico que me desvelaba. Hurgué también en lo que había quedado de la biblioteca paterna en busca de otros libros de su autoría para leer los que alcanzara, a manera de cátedra indirecta sobre el arte dramático. Para mi regocijo hallé más de una decena de volúmenes, casi todos dedicados, por su puño y letra, a mi padre. Por azar, el primero que tomé fue el ejemplar de La mudanza que editó Joaquín Mortiz en 1980.
Lo leí de un tirón, quedando francamente abatido por la desesperanza que impone la obra leñeriana. Una pareja clasemediera se cambia de casa, y conforme se desarrolla la mudanza, salen a flote sus desavenencias y resentimientos. De pronto, de un baúl recién traído emerge un grupo de desarrapados que, al final, asesina a la pareja. La metáfora futurista me pareció nítida, pero me llamó la atención que, dentro de las acotaciones teatrales, se requiriera la presencia de un violinista anciano y que su actuación fuera precedida por una frase críptica que decía: “Nada sabe su violín y todos los sones toca…” En fin, había material de sobra para un sabroso interrogatorio.
El día de la cita me acicalé, amén de asegurarme de llevar conmigo la obra sobre Cortés que quería que me autografiara, el texto que pretendía someter a su escrutinio, un discman portátil con una maqueta sonora de mi proyecto y algún presente. Elegí un disco compacto con algunos estrenos que realicé junto a mis alumnos del Conservatorio y algunos colegas solidarios. Pensé que iba a agradarle y, con extrañeza me vislumbré relatándole las peripecias que habían precedido su grabación.
Los dos hicimos alarde de puntualidad, volteando a ver el reloj que marcaba las 10:30 A. M. en punto, de aquel miércoles 13 de junio de 2007. Don Vicente eligió una mesa adyacente a la ventana para poder fumar a sus anchas. Café para los dos y en mi caso una rebanada de pastel. Después de las salutaciones y las remembranzas de rigor ‒desfiló un iracundo anecdotario sobre los nefastos funcionarios que dirigen la cultura‒ procedí con mi perorata. Su atención se hizo completa, habituado como estaba a prestar su oído de maestro para aspirantes a dramaturgos y guionistas. Sobre la petición de que le echara un ojo a mi libreto no puso reparos y prometió darme algún veredicto en un par de semanas. Me reiteró que habría de leerlo con sumo interés.
Para apuntalar aún más los postulados que, según yo, mi propuesta melodramática debía enarbolar, saqué los audífonos del discman y lo conminé a que, ahí mismo, me diera un parecer de la música que llevaba preparada. En ella se escuchaban algunas de las arias que Vivaldi había compuesto para su dramma per musica “Motezuma” a las que yo me había permitido cambiarles la letra ‒en función de una lectura más apegada a los hechos históricos‒ traduciéndolas después al náhuatl clásico y al maya peninsular.
Absorbido por el flujo sonoro que le llegaba por esa vía, su rostro dibujó una sonrisa y sus pupilas se dilataron. No imaginaba que las lenguas indígenas pudieran acomodarse dentro de un edificio melodramático del Siglo XVIII y que resultaran tan bellas como vehículo canoro.[1] Supe ahí que, si bien don Vicente no era un apasionado de la ópera, si era un amante empedernido de la zarzuela. Me contó con un halo de nostalgia en el semblante, sus andanzas madrileñas a la caza de las mejores representaciones que ofrecía el Teatro de La Zarzuela en los meses que residió en la capital hispana, así como sus imperdibles tandas dobles en el Teatro Arbeu de la Ciudad de México. Ante mi estupefacción por esa veta desconocida de su personalidad, no tuvo empacho en recitarme, en proeza memorista: “En la feria de Marchena / estas alhajas yo merqué, / pa ayudarme en la faena / de aguardar a mi morena / y de hacerme yo valé. / Negras cochas resguardan su hoja / firme y bien templá. / Y los muelles que la armaban / al abrirse pregonaban / su bravía calidá… cuales coplas de una zarzuela de Francisco Alonso que le encantaba.[2] Y luego otras de Ruperto Chapí extraídas de La revoltosa.
Por si eso no bastara, soltó de pronto una exclamación de asombro pues reparó en las coincidencias, contándome que habían sido, precisamente las Cuatro Estaciones de Vivaldi, el Otoño y el Invierno en especial, aquellas que había elegido para cerrar con música su obra de teatro La visita del ángel. El personaje central, el abuelo de la obra, ponía un LP en la escena, y se disponía a escuchar los conciertos vivaldianos con todo el placer acumulado que le seguían ofrendando; y con ellos como fondo, la muerte se lo llevaba en el estado de gracia que habían propiciado las inmarcesibles melodías del cura veneciano. Si para él hubo asombro, yo quedé boquiabierto.
En ese punto, con las afinidades musicales como directrices del diálogo, creí oportuno preguntarle sobre la reciedumbre anímica que se requiere para no decaer las innumerables veces que los obstáculos surgen en el horizonte y su respuesta fue tajante: “uno sólo debe sentarse a escribir para estar bien con su conciencia, todo lo demás sale sobrando.” Asentí de cuerpo entero y más aún, cuando mencionó, sin la menor huella de desencanto, la lucha acérrima de sus obras de teatro para escenificarse puesto que en incontables ocasiones habían sido sancionadas y encarpetadas. Esa era la tónica de nuestro país y era preferible encauzar las energías propias hacia lo que a uno le provocaba mayor placer. Para él la aventura literaria sin fin y para mí, así se atrevía a ponerlo, el amor por los sonidos como escudo contra la estupidez y la vacuidad reinante. Si yo afirmaba ser un músico honesto, los enfrentamientos contra mi propia conciencia estética habían de ser mi pan cotidiano.
Ya para despedirnos saqué el disco que llevaba preparado y se lo entregué sin preámbulos, mas don Vicente manifestó curiosidad por su contenido. Le llamó la atención un compositor que desconocía: Enrique Espín Yépez.[3] ¿Quién era? ¿Qué cosa eran los pasillos y porqué figuraban junto a Bach y Manuel M. Ponce? Hube entonces de ilustrarlo y, sin haberlo pretendido, me escuché narrándole las desventuras y los ásperos vericuetos que el fonograma padecía desde que nos habíamos atrevido a grabarlo. Su comentario fue invariable: “eso le pasa a todos los mexicanos que se niegan al sometimiento”. Guardándolo en su bolsillo me aseguró que también se daría un tiempo para escucharlo con el debido detenimiento.
‒Oiga, don Vicente, y ya que en estas estamos, hágame el favor de dedicarme su “noche cortesiana”, pues debo decirle que la he gozado en todos sus planteamientos y…, sin darme espacio para los elogios tomo una pluma consignando en sus páginas: “Para Samuel Máynez Champion, hijo del gran amigo que fue su padre. Con mi admiración y mis mejores deseos para la realización de su esfuerzo (también la noche de Motecuhzoma II está en juego) Con agradecimiento por su confianza. Leñero, junio, 2007”
Leí con emoción la dedicatoria y lo abracé largamente. Quedamos en reunirnos pronto y yo le prometí que iba a tenerle lista una propuesta musical para la ejecución del violinista miserable cuyos sones habían de acompañar la debacle social por él intuida. Si así había de ser, que fuera lo menos traumática posible, como la muerte del abuelo y como la que nos espera a los que todavía no pertenecemos a las hordas de desposeídos.
‒Juega, me dijo desde lejos…
Fue así que transcurrido el tiempo pactado, volví a comunicarme con él, enterándome, para mi futuro deleite, que ya había evaluado mi libreto y que me había escrito una misiva con sus comentarios. Una vez más la cita se fijó en el café de la SOGEM, lugar que cariñosamente llamaba “mi casa”. Puntuales ambos, el saludo contenía ya un germen de afecto suscitado por las afinidades descubiertas y las lecturas emprendidas. Afable y jovial, don Vicente inició la plática diciendo que, en general, la definición psicológica de mis personajes estaba resuelta y que los diálogos le habían parecido certeros, aunque tenía dudas con respecto a la efectividad del prólogo que me había sacado de la manga. En su parecer podía ser prescindible, amén de que con su inserción se corría el riesgo de alargar una obra ‒mi reelaboración, en claves mesoamericanas, de la ópera Motezuma de Vivaldi‒ que, de por sí, era demasiado extensa. Frente a ese argumento creí importante aclarar que la ópera vivaldianaoriginal tenía una duración cercana a las cinco horas y que con las adecuaciones que yo proponía se reducía a la mitad (había omitido el Da capo de las arias y había eliminado los recitativos).
Don Vicente reparó entonces en que pretender captar la atención del gran público por más de dos horas era sumamente arduo, sobre todo, tratándose de una propuesta concebida para un auditorio híper selecto.
‒Ese es, precisamente, el meollo del asunto, le respondí, basado en el convencimiento de que la música de Vivaldi es apta para todo público; y es más, agregué, yo me arriesgaría a confirmar, como sostiene el célebre comunicador Benjamin Zander, que “el mundo entero la ama, salvo que todavía no lo sabe…”
Una sonrisa franca iluminó su rostro, dándome espacio para redundar. Si la gente no acudía en tropel a escuchar música de concierto no era porque le desagradara sino porque la desconocía, pero Vivaldi era un gancho infalible. Su accesibilidad era total, sin importar el estrato educativo y cultural del aficionado en ciernes. Y precisamente por ello creí que un prólogo haría las veces de una charla introductoria para públicos ajenos al fenómeno teatral. Su inclusión era obligada si quería sensibilizarse al espectador con lo que habría de venírsele encima ‒la caída del mandatario tenochca que arrastró consigo la deblace indígena‒, inmediatamente después. Por razones obvias, habría de tenerse en cuenta la calidad del actor que lo declamara, pues siendo defectuosa sería contraproducente. Motivo por el cual había tenido en mente a Damián Alcázar, anticipando la calibración perfecta que le imprimiría a cada sílaba.
‒Si era Damián, repuso, entonces montaría sobre caballo de hacienda pero, ¿estaba yo seguro de que estaría dispuesto a fungir como un descendiente de Moctezuma dentro de una tragedia musical pensada, no para actores, sino para cantantes?… De eso no había duda, pues ya en otra ocasión Damián había accedido a hacer algo juntos, además de que, enfaticé, nos preciábamos de ser buenos amigos. Inclusive, para ir sobre seguro ya le había enseñado el libreto, y me había manifestado su adhesión completa con la causa.
La causa, la de reivindicar al noveno Señor de Tenochtitlan de cara a la versión oficial de la historia, no le extrañó. Al contrario. Mucho sabía don Vicente de los prejuicios que se ciernen sobre los personajes fundacionales de nuestra cultura. No era fortuito que se hubiera enfrascado en la revisión del propio Hernán Cortés a quien, lo sabíamos de sobra, se le odia y se le encomia por igual. De nada servía que se nos siguieran presentando a nuestros héroes, o a nuestros villanos, como a seres inamovibles en su papel histórico si no se contemplaban, sin ambages, los defectos inherentes a su humanidad, siempre falible y siempre en esbozo de llegar a ser. Para eso estaban los prodigios de la escena, y para eso también podía prestarse la ópera, como vehículo idóneo de las relecturas y recreaciones de ese acontecer que llevamos dentro y que, aunque nos pese, nos sigue deformando.
En ese punto de la conversación, don Vicente tuvo el inolvidable gesto de relatarme, en estrecho paralelismo con lo que ahora nos ocupaba, que él también había dudado sobre la manera de abordar al conquistador y que por ello mismo había buscado, después de agotadoras lecturas, la venía de un experto como lo era José Luis Martínez, su principal biógrafo mexicano. En su propia experiencia, había sido complicado convencer al eminente historiador sobre la necesidad de crear un personaje cuajado de claroscuros, dubitativo, lúbrico y falaz. De hecho, había encontrado reticencias de su parte y sólo después de largas conversaciones había conseguido que aceptara que la imagen cortesiana que arrojaban los documentos era tiesa, y que, sólo un creador como Leñero había estado a la altura para ofrecer otra posibilidad de enfoque. Lo que a Martínez en un principio le había parecido ligero y superficial, a la luz de la dramaturgia, se había transformado en una imagen más viva y más cercana del personaje, por ende, más verosímil.
Sin agotar del todo la veta histórica ‒hablaríamos todavía del cúmulo de óperas diseñadas abyectamente para enaltecer a Cortés y a su misión “civilizatoria”‒, para don Vicente llegó el momento de recordar que había escuchado el disco compacto y que su selección de obras lo había entusiasmado. El intermezzo de Ponce tenía, en su maravillosa brevedad, el potencial para considerarse como una de las obras más bellas de la música mexicana. Y lo mismo podía decirse sobre la insólita producción del ecuatoriano Espín Yépez, cuyas composiciones habrían de colocarse como piedras de toque del repertorio latinoamericano. ¡Era en verdad una pena que no se difundieran con la asiduidad que merecían y que las políticas educativas vigentes optaran por ignorarlas![4]
Penoso era, igualmente, que la producción teatral de don Vicente no se mantuviera en cartelera y que tan a menudo hubiera suscitado vetos. El caso de La mudanza, por ejemplo, venía a cuento para evocar su accidentado tránsito hacia las contadas puestas en escena de las que había sido objeto. En su decir, ella lo había sacado de una sequía literaria que se había prolongado un lustro y con su escritura, reiteró, había dado un paso en su oficio de dramaturgo, lanzándose hacia la concepción de un teatro metafórico y simbolista. Empero, recordó ahí que Margarita López Portillo, la otrora máxima autoridad en materia de espectáculos, le había espetado que escoger obras mexicanas era muy difícil, pues casi todas eran sórdidas y carentes de alegría, casi todas terminaban con muertes y desgracias. ¿Cómo podía caber La mudanza en la programación estatal si su mensaje no transmitía las cosas positivas que el gobierno promovía y si no era apta para reanimar la esperanza del pueblo? ¿Por qué nada más lo negro? ¿Por qué?
Con esa tónica en el aire aproveché para decirle que, a pesar de mis esfuerzos, no hallaba aún las tonadas justas que el violinista miserable de su obra habría de tocar en escena, como preludio del asesinato de los protagonistas principales. Había hurgado en la literatura para violín de la posguerra encontrando opciones, mas ninguna todavía adecuada para lo que se requería. Era algo triste, según la acotación teatral, y después había de convertirse en una música festiva, ideal para alborotar a las hordas de miserables… Con los audífonos de un discman le hice escuchar un fragmento que llevaba preparado[5] cuando, al improviso, se coló del exterior el solitario son de un músico callejero. Tocaba un clarinete destemplado y con las piernas sacudía unos cascabeles.
Escuchamos con atención y nuestras miradas se sintonizaron. ‒Quizá algo parecido a eso, ¿no es cierto?… Quizá sí, pero envuelto el sonido en un halo de desesperación aún más marcado. ¿Más marcado aún, cuando veíamos al pobre hombre que a duras penas tenía fuerza para inflar los carrizos y cuando veíamos a sus hijos correr en busca de las limosnas que, de todas maneras, no servirían para saciar su hambre?…
Los tristes sones nos ensimismaron negándonos la posibilidad de despedirnos con elocuencia. Vivíamos en un país sitiado por la miseria y pretender ignorarla era un pecado capital que debíamos asumir sin dilaciones. Mucha razón tenía don Vicente
[1] Se sugiere la audición de un aria encomendada a Motecuhzoma II. Audio 1: Samuel Máynez/Antonio Vivaldi. Aria Cecepatica nezzo de la ópera Motecuhzoma II. (Guillermo Ruiz, barítono. Sonatori de la Gioiosa Marca y Alauda Ensemble. Francesco Fanna, director. Live Recording. Teatro Hidalgo, México, D. F. Diciembre de 2009)
[2] Se trató de la zarzuela Curro el de Lora. Audio 2: Francisco Alonso – En la feria de Marchena de la zarzuela Curro el de Lora. (José Julián Frontal, barítono. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. Juan de Udaeta, director RTVE MUSICA, 2007)
[3] Se sugiere la escucha de uno sus pasillos ecuatorianos. Audio 3: Enrique Espín Yépez – Pasional. (Samuel Máynez Champion , violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 1999)
[4] Audio 1: Enrique Espín Yépez – Pasillo ecuatoriano en mi menor para violín. (Samuel Máynez Champion, violinista y director. Alauda Ensemble. Sin Marca, 1999)
[5] Se trató de lo siguiente. Audio 2: Erwin Schulhoff – Andante cantábile de la Sonata para violín solo. (Daniel Hope, violinista. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2007)

Ciudad de México,1963. Estudió en el Conservatorio Nacional de Música de México, en la Escuela de Música de la Universidad de Yale, en el Conservatorio Verdi de Milán y en la Academia Chigiana de Siena. Es Doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Sus creaciones incluyen la obra de teatro Antonio Lucio, la música de Dios y la Cantata escénica Un ingenioso Hidalgo en América. Es también autor de una reelaboración en claves mexicanistas de la ópera Motecuhzoma II de Antonio Vivaldi y actualmente trabaja en la cantata Cuitlahuatzin.
