La palabra cáncer pesa. Es de plomo. El día que Donald Trump, con pretenciosidad insólita, bautizó el 2 de abril del 2025 como el “Día de la Liberación”, yo recibí allá en mi soledad africana la noticia de mi cáncer. Trump dijo que ese era “uno de los días más importantes en la historia estadounidense”. Celebró una ceremonia en el jardín de rosas de la Casa Blanca repartiendo aranceles al mundo sobre una tabla de datos sin justificación comprensible para nación alguna; igualmente bizarra para los especialistas más destacados del comercio y la economía.
Yo aprendí que el nombre cáncer pesa más en el espíritu que en el cuerpo, pero que nunca se conocerá su verdadera fuerza en tanto no se averigue a profundidad sobre su apellido y sus rostros ocultos: tipo de células, lugar en el cuerpo, nivel de progreso, aislamiento o no, estudios hechos, planeados, futuros, indispensables y superfluos.
Durante los siglos XIX y principios del XX, África estuvo inextricablemente ligada a experiencias reales y ficcionales sobre la enfermedad. Si bien el continente había fascinado durante mucho tiempo a los exploradores, comerciantes y aventureros, también representaba un entorno de recóndito peligro para sus visitantes de fuera por su arista inmunológica. Las enfermedades de África —malaria, enfermedad del sueño, fiebre amarilla, disentería e innumerables otras— plantearon desafíos extraordinarios a esos esfuerzos externos, engreídos y dominantes, a menudo resultando fatales o agobiantes como esa piedra sobre el alma.
El día que el Centro de Diagnóstico ONCO Patológico de Addis Abeba, curiosamente ubicado en la calle Suiza y junto a una gasolinería, me entregó el papel de tinta violeta, quizá yodada, confirmando la presencia de un linfoma B de células pequeñas, me dio por evadirme pensando en David Livingstone, el gran explorador y misionero escocés. Me sentí cruzando un umbral de temores desconocidos y me imaginé culpable de esa extraña correlación:
En el último año de vida del misionero Livingstone, lo abatió un daño acumulado que las enfermedades tropicales causaron tras su prolongada estancia en África. Nada relacionado con mi caso, por supuesto. Tantas cosas han cambiado desde entonces. Pero debo decir que, para llegar a mi diagnóstico de linfoma, mi cuerpo pasó por la experiencia de la medicina etíope de nuestra época. Otro tema, otro lance.
Y debo aclarar que la primera estación de ese periplo abierto para el diagnóstico de mi cáncer fue —oh que fortuna maravillosa— la presencia de un auténtico gurú o sherpa local: el doctor Binyam Geremew, un joven médico, formado en la Universidad de Gondar, y practicante en los poblados aledaños del sur de la capital del país. Llegó a mi casa acompañando a otro médico etio-cubano que yo había contactado antes. Revisó la lesión y me convenció de inmediato de subir a su auto para buscar un análisis preciso. “No, esto no se opera hasta saber qué es”.
Para abril de 1873, cuando Livingstone tenía justamente sesenta años; mi edad exacta ahora, su cuerpo se deterioraba de múltiples maneras. En las entradas de su diario, días antes de su muerte, el 1 de mayo, Livingstone escribió sobre un “flujo de sangre constante” que relacionó con hemorroides y un dolor intestinal agudo tan intenso que lo incapacitaba para caminar. La causa exacta de la muerte de Livingstone sigue siendo desconocida —los registros no son lo suficientemente precisos—, pero lo que está claro es que, tras treinta años de exposiciones haciendo frente a enfermedades parasitarias e infecciosas africanas, su cuerpo simplemente dejó de funcionar.
Yo por mi parte, y en compañía de mi nuevo amigo y médico, llegué a unos Arsho Medical Laboratories que se ubican en un cruce multicarretero del sureste de la ciudad que los lugareños llaman Megenagna, lo que significa algo así como “gran lugar en donde todo se une”. Ahí, un portero de casi dos metros, rodeado de una multitud de enojados y gritones, nos dijo: “hoy no…, hoy no hay agujas; y no hay estudios”. Sin sentirse contrariado, Binyam decidió llevarme al hospital más cercano, mientras yo ya me había convertido, entero y esperanzado, en su cordero en una nueva expedición africana.
Entré al hospital Lancet, serpenteando otra multitud de mujeres, ancianos, niños, señores encorvados, todos sonrientes; por igual afectos a ese mostrar gentil de dientes blanquísimos que al empellón y el codazo. Pronto descubrí que la extraña arquitectura del lugar surgía del abrazo, lleno de improvisaciones, entre dos edificios: uno de nueve pisos y un hermano menor de unos cuatro niveles desfasados en alturas y estilos. Sus conexiones eran ramificaciones y puentes horizontales unidos en épocas y con materiales muy disímbolos. Uno de los cruces atravesaba lo que fueron unos baños. Las regaderas estaban canceladas, pero sin eliminar coladeras o tubos cerrados con tapones de tuerca gruesa. El pasillo se convertía así en el check-point de un distópico videojuego. Yo seguía los pasos de Binyam.
Lo más notable de ese hospital es que su sistema de cómputo cumple con una modernidad indiscutible. Ya registrado el nombre del extranjero que acaba de llegarles (yo), la confusión sucumbe y cada sala, médico o enfermera en cualquier rincón del lugar sabe la identidad del paciente, los antecedentes, los estudios hechos y las nuevas instrucciones. Sin embargo, el sistema de pago es lo contrario —quizá en ello radiquen las prioridades del lugar; primero sanar y luego cobrar—; de otro mundo y otros tiempos, soportado en la más omnipresente confianza. Cada servicio lo pago siguiendo ciegamente a Binyam hasta lograr la atención de la recepcionista central quien, tras oír el nombre del tratamiento, literalmente arranca una esquina de una hoja de papel ya mordida cientos de veces, y apunta una cifra en tinta roja. Con ese diminuto trozo de papel, el paciente va a la caja y paga: puede ser un análisis general de sangre cuyo costo equivale a $30 dólares o una consulta con el especialista en hematología que no supera los $20.
Esperando la realización de una ecografía, noto que me rodean ocho letreros genéricos escritos todos en amhárico sin traducción asequible. Sus estéticas grafías, llamadas fideles, reiteran mi dependencia y admiración por Binyam. Las salas de espera están repletas; los pacientes y sus familiares abarrotan las pocas sillas afuera de puertas sin numeración alguna. La forma de saber qué turno corresponde es por vía de la gentil pregunta que mi sherpa hace a los presentes. “¿Quién es el próximo?” “¿Y luego, quién?” “¿Y?” “Entonces yo soy el quinto; aquí espero”.
Decía que aún no sabemos si la muerte de Livingstone tuvo como última causa la malaria, la disentería, el parasitismo intestinal, una hemorragia o la combinación de todas. Lo que es cierto es que el África subsahariana se había cobrado una renombrada vida europea, la de una voz antiesclavista única, polo opuesto del más salvaje e irredento de los colonizadores, Henry Morton Stanley (Bula Matari). Eso de Bula Matari se traduce como “Rompepiedras” y era el nombre que recibió entre los lugareños del Congo. Stanley fue quien encontró a David Livingstone el 10 de noviembre de 1871 en Ujiji, cerca del lago Tanganica, en la actual Tanzania, y supuestamente soltó la flemática frase: “¿Doctor Livingstone, supongo?” Algo que no aparece en su diario de la época considerando que las dos páginas que seguían directamente al registro del primer avistamiento de Livingstone fueron arrancadas. Livingstone, por su parte, tendía más bien a relatar la reacción de su sirviente, Susi, quien exclamó: “¡Viene un inglés! ¡Lo veo!”
Resulta lastimero que Stanley, el atroz destructor de vidas del Congo en nombre y beneficio de la extracción de caucho para el rey de Bélgica, Leopoldo II, murió tan tranquilo, treinta años después, en su casa de Richmond Terrace, Londres.
Finalmente llegamos a la conclusión que ofrece el hematólogo. Es definitiva: debo hacérseme una biopsia… Y ahora. Eso me sorprende poco; la medicina etíope es echada para adelante, rápida, al grano. Lo realmente especial es que Binyam averigua con una llamada la viabilidad de un cirujano del piso cuatro que responde algo que me traducen como: “sí, el cirujano tiene la próxima hora disponible”. “¿Solo una hora?”
Dada la oportunidad, el servicio de cirugía se detona sin que yo tenga que pasar por el ritual del pago previo con papelito arrancado y cifra expresada en tinta roja. Me llevan al —quizá lo sea, quizá no— quirófano. Paredes descarapeladas, apenas una puerta aparte del tumulto de pacientes, olor a desinfectante, un lavabo con fuga, lámparas fallonas. El cirujano reconoce sonriente a Binyam. Fue su maestro en Gondar. Se abrazan, indagan sobre sus respectivas familias. Se ponen al día mientras se esterilizan bisturí y otros utensilios. El cirujano invita a Binyam a ser su ayudante. “Si usted así lo desea”, entiendo que responde él con enorme respeto y agradecimiento. Hay caravanas entre ellos. El cirujano le señala la caja de las mascarillas y los guantes quirúrgicos, justo junto al lavabo donde Binyam lava afanosamente sus manos.
Ahora me viene a la mente el nombre de Richard Burton. Encargados en 1857 por la Royal Geographical Society para localizar el manantial originario del Nilo —un misterio geográfico que había desconcertado a los exploradores durante tanto tiempo—, Burton y su acérrimo rival, John Hanning Speke, se embarcaron en una expedición que pondría a prueba tanto su resistencia como su relación. La expedición en sí misma se definió rápidamente, no por el logro cartográfico, sino por la devastación causada por las enfermedades africanas. Se dice que sus diarios, correspondencia, informes médicos y registros administrativos pasaron a ser los cimientos para que los organismos europeos, inadaptados a África, enfrentaran su retraso inmunologico.
En el quirófano del Lancet, tengo la fortuna —o la desdicha— de que los lentes de Binyam, invitado a operar y ser anestesista de ocasión, reflejan como fino espejo cada movimiento sobre mi cuerpo. Han optado por dormir únicamente una parte reducida para abrir la piel con una tajada de unos tres centímetros y extraer tres conos de tejido enfermo, del tumor. Siento que van muy profundo; cinco o seis milímetros, siento que es mucho más. La maniobra es veloz. Pronto cosen con hilo de sutura del que se absorbe solo, me ponen de pie y me mandan, ahora sí, a visitar por enésima ocasión a la recepcionista de la planta baja para que indique el pago a realizar. Ningún dolor que comentar; ni físico ni crematístico. El valor del trabajo quirúrgico se calcula en alrededor de $120 dólares.
Richard Burton era un hombre extraordinario desde cualquier punto de vista; como una figura del Renacimiento. Había emprendido una peregrinación ilegal a La Meca disfrazado de musulmán, hablaba con fluidez —se dice— más de veinte idiomas y sus intereses académicos se extendían a ámbitos que escandalizaron a la Inglaterra victoriana. Sin embargo, incluso su formidable intelecto y su considerable constitución física resultaron insuficientes contra las enfermedades tropicales. Sufrió un colapso infeccioso que lo incapacitó temporalmente y lo apartó de la exploración activa. Ese período crucial coincidió con los descubrimientos de Speke, lo que dio lugar a agrias disputas entre ambos sobre quién había identificado la verdadera fuente del Nilo. El conflicto de personalidades se vio exacerbado por las circunstancias de la enfermedad: Speke afirmaba que había realizado sus propios descubrimientos geográficos mientras Burton se recuperaba de una fiebre, y esta tensión empañaría su relación para el resto de sus vidas.
Después de haber pagado, subo escaleras, cruzo puentes, recorro una selva de pasillos oscuros y claros, consultorios improvisados y regreso al piso cuarto del hospital. Me espera la preparación de la muestra que deberá ser llevada al Centro de Diagnóstico ONCO Patológico. El frasco que la contiene es estéril, profesional, y de clara manufactura hospitalaria. Sin embargo, la forma de asegurar su inviolabilidad es un simple guante plástico de cirujano que lo contiene y sobre el cual una enfermera anuda obsesivamente los dedos elásticos. En el hospital no tienen etiquetas que garanticen que llega sin haber sido abierto, así que los nudos, veinte o treinta, garantizan que nadie llega al frasco sin desgarrar el guante. El cirujano nos recuerda que, para salir, debo tener en mano el “Pase de salida”. Sí, un salvoconducto que imagino similar a eso que pedían los groseros maleteros de los hoteles de Acapulco en los años ochenta.
En los tiempos de los exploradores, descubrir las diferentes reacciones entre los cuerpos europeos enfermos, en contraste con lo que vivían los locales y otros viajeros remotos, permitió un conocimiento más efectivo de las enfermedades y fue clave para definir tratamientos. Por ejemplo, el guía africano Sidi Mubarak Bombay, guía de gran fama, había sobrevivido periodos de esclavitud y viajes cruentos de África Oriental a la India. Desarrolló una inmunidad adquirida y ventajas para supervivir. Sobre su ejemplo, las empresas coloniales —alemanas, británicas, francesas, belgas o portuguesas— decidieron observar más a los lugareños y a los más inmunes para planear servicios médicos, protocolos de higiene e, incluso, atroces investigaciones in-situ con locales, en su intento por preservar la salud europea.
Las iniciativas de investigación en África Oriental llevadas a cabo por el propio bacteriólogo alemán Robert Koch, el que dio con el bacilo de la tuberculosis, ejemplifican la rápida sofisticación de la medicina tropical como disciplina; lo siguieron Inglaterra y Francia con sus respectivos centros de medicina tropical colocados en sus capitales. Koch emprendió una serie de investigaciones de campo entre 1897 y 1907 en África y otros países australes. Se centró en la peste bubónica, la malaria y la enfermedad del sueño, las tres enfermedades más devastadoras en los territorios coloniales. Sin embargo, aun cuando avanzaba a pasos agigantados, el personal colonial europeo seguía siendo víctima constante de la revancha africana.
A mi regreso a la zona de recepción del hospital Lancet, con el esparadrapo en la pierna, me espera una agradable sorpresa. Pido el afamado “Pase de salida” y, al recibirlo, se me devuelven en efectivo $4,000 birrs, la moneda local, que equivalen a $50 dólares. ¿Por qué? Binyam me explica que mi pago inicial era tan solo un depósito. La cirugía se ha reportado más sencilla de lo esperado. Su costo se valora menor y el hospital no duda en devolver de inmediato el sobrante.
Así que Binyam tiene todo listo para que dejemos el hospital donde hemos pasado alrededor de 10 horas cubriendo un check-up bastante completo: consulta general, medición de signos vitales, aspirado con jeringa del tejido, análisis preliminar y análisis con contrastes, un ecograma buscando cualquier otro ganglio enfermo, tamaños inadecuados de hígado, páncreas, pulmones, corazón, consulta con hematólogo, entrada a quirófano para una biopsia y el trabajo de un cirujano (maestro de Binyam) que extirpó suficiente tejido y lo preparó para su envío a patología. El costo total no ha superado los $250 dólares. El lugar ha sido una inmersión en los túmulos, las sonrisas, los empujones, las lenguas —además del amárico saltan aquí y allá el oromo, el somalí, el tigriño y quizá el árabe—; todo el ambiente de un videojuego diseñado con arquitectura cacariza para unir momentos distantes del tiempo remoto y la modernidad venidera.
Estoy cansado, el dolor comienza. Falta alcanzar el centro oncológico antes de que cierre. El lugar queda al otro lado de la ciudad y Binyam maneja como bólido. Yo trato de descansar en su diminuto Renault 12 que imagino de mediados de los noventa. He leído que la experiencia de la enfermedad del sueño (tripanosomiasis africana humana) fue particularmente ilustrativa respecto a la vulnerabilidad de los cuerpos europeos en contraste con la resistencia de los pacientes africanos. Cuando las epidemias de la enfermedad del sueño estallaron a principios del siglo XX, las potencias coloniales respondieron estableciendo estaciones de investigación y campos de cuarentena —como el famoso Campo de Bugala—.
Esos perímetros no eran las instituciones humanitarias que sugería la retórica colonial, sino lugares donde los pacientes africanos eran sometidos a tratamientos experimentales como el del cruel atoxil, un ácido arsanílico, menos tóxico que el propio arsénico; pero arsénico, al fin y al cabo. Muchos pacientes africanos, tras aprender por experiencia que tal sustancia solo producía un beneficio temporal, mientras que causaba efectos secundarios graves como la discapacidad visual, intentaron arriesgadas escapatorias a pesar de los intentos de las autoridades coloniales por mantener su control mediante el aislamiento y algunos incentivos materiales.
La comprensión europea de las enfermedades tropicales estaba profundamente entrelazada con la ideología racial. Los exploradores y colonizadores británicos de la época solían creer ingenuamente que ciertos estimulantes, en particular el alcohol, podían proteger sus cuerpos blancos de los efectos de las enfermedades. Se afanaban por esa protección y por sus dulces efecto, lo que persistió incluso a contrapelo del avance de la comprensión científica. Los colores en la ropa, la dieta con cítricos, el respirar aire montañoso o de la costa fueron igualmente suposiciones disparatadas sobre cómo construir un escudo inmune exitoso. Sin embargo, luchaban ferozmente contra su propia confusión: la pedantería de ver el mal en lo exótico y en los aspectos supuestamente degenerados de los ambientes y los fenotipos no europeos, enfrentada a la necesidad de entender que sus cuerpos eran los débiles, los susceptibles a enfermedades ante las cuales las poblaciones africanas habían desarrollado inmunidad.
En tanto, se empeñaron en la denigración de las prácticas curativas africanas. Establecieron su posición como el monopolio de la medicina, deslegitimizaron con su discurso colonial las destrezas de origen tradicional y las prohibieron. La verdad los golpeaba a diario: el Congo Belga experimentó tasas de mortalidad europeas muy altas, especialmente entre el personal militar y minero. Llegaron a ser tan escandalosas como las de los trabajadores africanos esclavizados, mutilados, heridos constantemente, aunque los blancos tuvieran acceso a mucho mejor atención médica y alimentación.
Era evidente que, a pesar de esa denigración, el conocimiento médico africano persistía y, en ocasiones, resultaba eficaz. Solo aquellos que residieron durante mucho tiempo en África, desarrollaron respeto por el conocimiento médico africano e incorporaron sus elementos, desde preparaciones herbales hasta la cosmovisión, todo hacia enfoques híbridos que triunfarían con una valía indiscutible.
Binyam me despierta. Es el momento de entregar la muestra dentro del frasco que está dentro del guante al centro de patología. Otro lugar lleno de letreros en amárico que, gentilmente, sí tiene varias traducciones al inglés. Lo reciben con sonrisa, cobran un costo razonable, pero aclaran que los resultados tardarán. Les insisto en la urgencia porque viajo pronto —así lo he decidido— y necesito esos resultados y la propia muestra estabilizada en parafina y laminada para llevarla conmigo. Harán su mejor esfuerzo.
La paciencia, el trayecto, la aventura con mi sherpa Binyam ha valido la pena. Hoy, confieso, me encuentro ya bajo un tratamiento oncológico con alta probabilidad de éxito para resolver la enfermedad que me ha tocado enfrentar. He aprendido a quitarle mucho de su mito a la palabra cáncer, a verla a los ojos y sopesarla. Pero me importa ante todo relatar una imagen final: los papeles y muestras, resultado de un periplo moderno y curioso vivido en África, todo aquello que cargué conmigo hasta un sanatorio europeo, fueron recibidos por médicos que no dudaron en recibiros con manos abiertas. Al verlos, dijeron de inmediato: “esto está bien hecho, muy bien hecho”.
Mi regreso a África está guiado por mi más fraternal aprecio por el doctor Binyam Geremew, hombre joven de Gondar, ataviado por su sabia mirada ancestral.

Diplomático y novelista mexicano, especialista en literatura mexicana del siglo XX y actual Embajador de México en Etiopía y Observador Permanente ante la Unión Africana. Es licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro y doctor en Literatura por El Colegio de México y maestro en Estudios Diplomáticos.
