Fue en un lejano invierno, entre 1983 y 1984, cuando la profesora Liudmila Ivánovna Kuptsova, maestra de ruso en la facultad preparatoria, nos llevó a visitar la Galería Tretiakovskaya. Muchos de nuestros docentes, en aquellos años, solían abrirnos las puertas del alma rusa llevándonos a museos, conciertos y bibliotecas.
La Tretiakovskaya estaba por cerrar. El edificio parecía respirar una última vez antes del silencio: tablones de madera improvisaban pasillos entre salas en penumbra, y el eco de nuestras pisadas se perdía como en un laberinto. Recuerdo a Atanasio —compañero de curso y amigo entrañable hasta hoy— deteniéndome frente a tres figuras que habrían de marcarme para siempre: El Demonio Sentado, El Demonio Volador y El Demonio Caído, todos ellos obra de Mijaíl Vrúbel.
«Perdemos la memoria de las palabras, pero no las emociones», escribe Amin Maalouf. Aquella visita fue para mí el umbral de una admiración profunda por Vrúbel y, más aún, por la pintura rusa.
Durante años la galería permaneció cerrada. Cada viaje a Rusia traía consigo la espera de su reapertura. Recuerdo la emoción del regreso: salas restauradas, luminosas, colmadas de historia. Quien visite Moscú y quiera comprender el alma rusa debe ir a la Tretiakovskaya, fundada por Pável Tretiakov y diseñada por Víktor Vasnetsov. En diciembre de 2021, una gran exposición rindió homenaje a Vrúbel, confirmando su lugar como uno de los grandes visionarios del arte ruso.
Mijaíl Aleksándrovich Vrúbel (1856–1910), nacido en Omsk en el seno de una familia militar, fue una figura singular del simbolismo ruso. Abandonó los estudios de Derecho para ingresar en la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo. Su estilo, profundamente personal, escapó a las normas académicas: absorbió influencias bizantinas, góticas y renacentistas, y anticipó las rupturas del siglo XX. La restauración de los frescos medievales de la iglesia de San Cirilo, en Kiev, lo vinculó de manera definitiva con lo espiritual y lo mítico.
Su obra es amplia, pero la figura del Demonio, inspirada en el poema de Lérmontov, lo acompañó durante toda su vida. En ella encontró un símbolo de la dualidad humana: caída y ascenso, belleza y tormento. Sus últimos años estuvieron marcados por el deterioro mental y la reclusión; murió casi ciego en 1910, incomprendido por muchos de sus contemporáneos.

Mijaíl Vrúbel — El Demonio Sentado (1890)
La melancolía del espíritu ante la belleza absoluta. El demonio como alma pensante, no como mal.

Mijaíl Vrúbel — El Demonio Caído (1902)
Tragedia sin redención. La mirada que enfrenta el límite último de la existencia.
Con él, la pintura dejó de imitar la realidad para convertirse en símbolo y revelación. Fue un monumentalista del espíritu. No representó el mundo: lo reinventó. Sus Demonios no son personajes; son preguntas, un diálogo con lo eterno, con aquello que precede y excede la existencia.
Solía aclarar que confundían sus demonios con el diablo. Demonio proviene del griego daímōn: espíritu, fuerza intermedia. No encarna el mal, sino el alma. En el Demonio Sentado no hay sufrimiento moral, sino anhelo de belleza absoluta; en el Demonio Volador, la angustia de quien busca y no encuentra; en el Demonio Caído, dolor verdadero: un umbral hacia una atmósfera inmensa y desgarradoramente bella.
Pero el alma rusa no permanece indefinidamente en el grito ni en la tensión del combate interior. Tras el vértigo, busca silencio; tras la herida, distancia; tras el demonio, paisaje. El mismo espíritu que en Vrúbel se enfrenta al abismo de sí mismo, en otro momento se detiene ante la inmensidad del mundo y escucha. No es una negación del dolor, sino otra forma de comprenderlo. En ese tránsito —del desgarro interior a la quietud ante lo eterno— se abre la obra de Isaac Levitán.
Entre las pinturas que más me han conmovido se encuentra Sobre la paz eterna (Над вечным покоем), realizada entre 1893 y 1894. Levitán transforma la naturaleza en meditación sobre la eternidad, el tiempo y la fragilidad humana. El paisaje no describe: revela.


Isaac Levitán — Sobre la paz eterna (1893–1894)
El silencio del paisaje como meditación sobre el tiempo, la muerte y la eternidad.
Yo también navegué por el Volga, a mediados de los años ochenta. Recuerdo la vastedad de los campos, las cúpulas que emergen como oraciones sobre el agua, el horizonte cargado de memoria. Sueño con repetir ese viaje hoy, con otra mirada: más serena, más consciente del paso del tiempo, más atenta a lo que el paisaje calla.
En Levitán se siente esa quietud interior: la certeza de que la vida es apenas un instante suspendido ante la inmensidad. En una carta a Pável Tretiakov escribió:
«…en ella estoy yo por completo, con toda mi psique, con todo mi contenido interior».
No pintaba paisajes, sino estados del alma. El cielo es plegaria; el agua, espejo del espíritu.
En Sobre la paz eterna toda calla. El viento, el lago, el horizonte. Solo queda la intuición de que la belleza verdadera pertenece a lo eterno. Frente a ese silencio comprendemos la medida de nuestra existencia: una chispa breve ante el universo infinito.
El arte ruso es una fuente inagotable de estremecimiento. No busca ser decorativo, sino revelador. Desde los iconos de Andréi Rubliov hasta Vrúbel y Levitán, la belleza no embellece la realidad: la interroga. Y, sin embargo, qué poco se lo conoce en Occidente. Reducido a clichés o cancelado por coyunturas políticas, se olvida que rechazar la cultura rusa es renunciar a una parte esencial de la sensibilidad humana.
Contemplar una pintura es un ejercicio del alma. Un mismo lienzo, visto en distintos momentos de la vida, revela nuevas luces y sombras. Hoy regreso a la Tretiakovskaya y al Museo Ruso de San Petersburgo con una mirada distinta: menos ansiosa, más consciente del tiempo.
Entre el demonio de Vrúbel y el silencio de Levitán no hay contradicción, sino camino. En uno, el alma rusa se enfrenta a su abismo; en el otro, aprende a callar ante lo eterno. Ese tránsito —del grito a la contemplación— no ofrece consuelo fácil, pero sí una forma de verdad. Quizá ahí, en esa tensión sostenida entre desgarramiento y quietud, el arte ruso nos devuelve una pregunta esencial: cómo seguir siendo humanos cuando el alma se mide con lo infinito. [ C ]

Historiadora (Magister en ciencias históricas) de formación; emprendedora y empresaria florícola.
