Hace doce años leí Cómo ser europeo de Cees Nooteboom. Hoy vuelvo a ese libro como una forma de homenaje tras su reciente muerte. No era un libro que buscara; llegó a mis manos sin intención previa, pero con la sensación de haber encontrado algo esencial. Es una colección de ensayos y conferencias donde reaparecen los grandes temas que atraviesan su obra: la libertad como experiencia personal, el viaje como forma de conocimiento y, por encima de todo, la lectura como acto fundamental de libertad. Entre todos, uno me impresionó de manera particular: “Encuentro con una mayúscula”. Me impactó tanto que me tomé el trabajo de transcribirlo para compartirlo con mis amistades, como si al copiarlo pudiera prolongar su efecto.
En ese texto, Nooteboom imagina la visita de la letra mayúscula “L”. La Accademia della Crusca le ha pedido que elija una palabra en su lengua que represente la libertad y que comience con esa letra. La escena es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente simbólica. La letra no es un signo muerto, sino una presencia viva que lo interroga, que lo obliga a definirse. El escritor duda entre dos verbos esenciales en su vida: caminar y leer.
Caminar significa viajar. No el simple desplazamiento físico, sino el acto de exponerse al mundo, de abandonar el lugar propio y aceptar la incertidumbre. Nooteboom empezó a viajar muy joven, sin dinero ni equipaje, movido por una necesidad que no era económica ni práctica, sino existencial. Viajar era su forma de escapar de los límites visibles e invisibles de su origen, de comprobar que el mundo era más vasto que cualquier frontera.
Leer, en cambio, representa otro tipo de viaje: el interior. Es el acceso al pensamiento, a la memoria de otros, a la experiencia acumulada de la humanidad. “Aquella noche tuve tiempo para reflexionar”, escribe. “Con lo de caminar no me refería naturalmente al sencillo acto que inicié en 1935 a base de caerme e incorporarme, sino al hecho de viajar, que ha dominado mi vida. Pero hay otra actividad, con la que empecé justo después de la Segunda Guerra Mundial, que ha determinado igualmente mi vida: la de descifrar signos secretos y traducirlos a la realidad que designan”.
Finalmente, se decide por el verbo leer. Y al hacerlo, explora su etimología en las antiguas lenguas germánicas, donde leer significaba originalmente recoger, escoger, seleccionar. Leer es elegir. Y elegir es ejercer la libertad. Cada libro escogido es una afirmación silenciosa de la autonomía del espíritu.
Pero el texto va más allá de la experiencia individual. A través de su diálogo con la letra “L”, Nooteboom introduce una reflexión más amplia, que hoy resulta inquietantemente actual. Existen, dice, lectores de muchos libros y lectores de un solo libro. Y cuando una civilización se basa en un único libro y excluye a los demás, la libertad comienza a estrecharse. No es una afirmación abstracta. Es una advertencia histórica.
Vivimos en una época que, paradójicamente, dispone de más información que ninguna otra en la historia, y sin embargo muestra signos crecientes de empobrecimiento intelectual. Las posiciones se endurecen, las opiniones se vuelven identidades, y las identidades, fronteras. Los algoritmos sustituyen la curiosidad; nos muestran aquello que confirma lo que ya creemos y ocultan lo que podría contradecirnos. La pluralidad aparente encubre una uniformidad invisible. Cada grupo vive dentro de su propio sistema cerrado de certezas.
La polarización no es solo política. Es también cultural, intelectual, emocional. Consiste, en el fondo, en la renuncia a leer, a entender al otro.
En este contexto, la defensa de la lectura que hace Nooteboom adquiere una dimensión nueva. Leer no es acumular información ni consumir textos con rapidez. Es aceptar la complejidad. Es habitar temporalmente otra conciencia. Es reconocer que el mundo no se agota en nuestra experiencia inmediata. El lector que escoge un libro distinto, una voz distinta, resiste la tentación de la simplificación.
Leer es, en ese sentido, un acto silencioso de resistencia.
Nooteboom evoca la figura de Erasmo, quien creía que los pueblos podían comprenderse si leían los libros de los otros. Es una idea antigua, casi ingenua en su aparente sencillez, pero profundamente significativa. Porque leer al otro es reconocer su humanidad. Es admitir que ninguna verdad es absoluta, que toda certeza puede ser ampliada.
Hoy, cuando la velocidad sustituye a la reflexión, cuando el fragmento sustituye a la continuidad, cuando la reacción sustituye a la comprensión, la lectura se convierte en una forma de lentitud deliberada. En un espacio donde el pensamiento puede respirar.
La letra “L” le dice finalmente que leer es un círculo: leer es escoger, pero para poder escoger hay que leer.
En esa circularidad se encierra una de las definiciones más precisas de la libertad. La libertad no es un estado que se posee de una vez y para siempre. Es un ejercicio continuo. Una práctica. Un hábito del espíritu.
Quizá por eso ese texto, leído hace doce años, no ha perdido su vigencia. Al contrario, hoy lo comprendo mejor. En un mundo cada vez más inclinado hacia las certezas inmediatas, la lectura sigue siendo uno de los pocos espacios donde la libertad no es una consigna, sino una experiencia real. [ C ]
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ENCUENTRO CON UNA MAYUSCULA
Cees Nootebom
Traducción: Inés Ortíz
Uno nace pelirrojo o castaño, en el siglo XX o en XV, y pronuncia un discurso ante la Accademia della Crusca en Florencia, y del cesto con las veintiséis letras con las que se compusieron MacBeth, Ulises, María Esturardo o El Quijote cae la letra “L”, que en italiano es la primera letra de la palabra “libertad”, aunque no así en mi lengua.
Era verano, un caluroso día de julio, y yo estaba en mi isla. De pronto entró volando en mi casa esa letra “L”, tan inevitable como ser pelirrojo o como mi año de nacimiento: 1933. La “ele”, con la que llevo manteniendo una relación más o menos íntima en su forma múltiple –de letra minúscula, de entrometida y apresurada cursiva, de lambda griega despatarrada y de mayúscula que a la vez quiere ser cifra-, se sentó frente a mí en su forma mayúscula. Imagínensela, ha sido creada para esta postura, y yo tengo unas sillas españolas rústicas bastante rectas. Al entrar, se detuvo unos instantes en el vano de la puerta con toda su sencillez vertical a la que llamamos injustificadamente minúscula, aunque sentada poseía la dignidad del énfasis, lo que confirió a nuestra primera entrevista un aire de solemnidad pero también de examen. Además, iba ataviada con un severo Elzevir holandés, carácter tipográfico que le daba un porte calvinista.
Las letras, como saben, hablan todas las lenguas, y por ello esta “L” hablaba un neerlandés impecable, con un deje parecido al de nuestra reina, que, créanme, no puede ser más bonito. Pero mi “L” no había venido a divertirse.
-¿Ha comprendido usted bien lo que le ha encargado la Academia?- me preguntó-
-Creo que sí –contesté-. Me piden que busque una palabra en mi lengua que represente la idea de libertad y que empiece por usted.
-¿Y? ¿Ya ha encontrado alguna? –preguntó en tono inquisitorial.
Nunca me ha sentido muy cómodo en los exámenes.
-En honor a la verdad, todavía estoy dudando –le dije-. Hay dos palabras en mi lengua que han sido importantes en mi vida, pues ambas me han ayudado a encontrar la libertad.
-¿Y qué clase de palabras son esas? ¿Sustantivos?
-No, verbos.
Se produjo un silencio.
-Me gustaría saber qué vendrá detrás de mí –dijo finalmente la “ele”.
-Lo comprendo –contesté-, pero concédame un tiempo de reflexión.
-Así que tiene usted que elegir entre dos verbos. Los sustantivos expresan los conceptos mucho mejor, ¿no cree?
-Piense en el verbo zijn (ser) objeté, ligeramente irritado-. Toda la filosofía se fundamenta en ese verbo. Heidegger lo escribe incorrectamente con una “S”, como seyn, pero su significado es esencial, acuérdese de essere…
-La “S” y la “Z” no son mis colegas favoritas –repuso la “L” poniéndose en pie-. Bien, le concedo a usted un día para pensárselo. ¿Existe en esta isla una biblioteca decente donde pueda dormir esta noche?
-Hay una biblioteca pública –dije-, pero va a parar de todo, también periódicos y esas cosas.
-No puedo permitirme ningún capricho, mi función es servir.
-Lo sé, pero ¿qué le parece la catedral? Hay ahí unos misales enormes, magníficos. Dispondría usted de un espacio.
-Tal vez –repuso la “L”, y se encaminó hacia la puerta-. Reducida de nuevo a su estado de minúscula resultaba mucho más simpática.
-¿Me permite participar de su dilema? –preguntó de pronto.
-Mientras no me influya usted, no tengo inconveniente –contesté-. La cuestión está entre caminar y leer, camminare y leggere en la lengua de la Academia.
-Lo primero lo practicó usted antes de lo segundo.
-Así es. Pero, después de lo segundo, lo primero lo practiqué de otra manera. Y hemos quedado en que usted no me influiría.
Caminar y libertad, pensó la “L” en voz alta. Y luego, leer y libertad, yo diría que…
Aquella noche tuve tiempo para reflexionar. Con lo de caminar no me refería naturalmente al sencillo acto que inicié en 1935 a base de caerme e incorporarme, sino al hecho de viajar, que ha dominado mi vida.
Pero hay otra actividad, con la que empecé justo después de la Segunda Guerra Mundial, que ha determinado igualmente mi vida: la de descifrar signos secretos y traducirlos a la realidad que designan.
Me pregunté cuándo había empezado a leer de verdad. En el seminario de los franciscanos y los agustinos leí a Cicerón y Ovidio, Platón, Jenofonte y Homero, de modo que ya me había adentrado en el Parnaso antes de conocer las periferias, arrabales, parques y desiertos de la literatura contemporánea. Más adelante envidié a escritores como Proust, Borges y Nobakov por hallar en las bibliotecas de sus padres todos los tesoros con los que se alimentarían el resto de su vida. En mi casa no había libros, a mí me tocó descubrirlo todo solo, libros y mundo. Los monjes me enseñaron a leer, eso sí, y les estaré eternamente agradecido por ello. Pero la relación entre la lectura y min propia vida –una literatura que no fuera de mármol, sino que tuviera que ver conmigo mismo y con el desconcertante mundo que me rodeaba- no la descubrí hasta más tarde.
Son procesos que no empiezan un día determinado, aunque sí creo que puedo indicar el año: 1953. Fue el año en que decidí descubrir el mundo en autostop, sin equipaje y sin dinero. Tenía diecinueve años, y eché a caminar, literalmente. Pero también fue el año en el que leí por primera vez a Sartre y a Faulkner. Lo recuerdo porque siempre apuntaba la fecha en los libros que compraba. Sanctuarya de Faulkner, L’Existentialisme est un humanisme de Sartre, los dos en su lengua original, A saber que comprendí de ellos entonces, pero de una cosa estoy seguro: aquel año, viajando y leyendo, abrí la puerta de mi libertad. Desde entonces no he dejado de caminar y no he dejado de leer.
Al año siguiente me hice escritor, o mejor dicho, escribí un primer libro y desde entonces todo el mundo me llamó escritor. A veces casi lamento que fuera así, y no sólo porque sucediera demasiado pronto. Borges afirmó en cierta ocasión que leer es una actividad mucho más edificante que escribir, y aun cuando él escribió un considerable número de obras –lo que tal vez invalida en parte su afirmación-, creo que entiendo lo que quiso decir. El escritor jamás conocerá la libertad absoluta del lector espontáneo que sólo es lector. No empleo este sólo con intención despectiva, todo lo contrario. El lector que sólo lee por leer es el único verdadero lector. Los escritores leen con rapacidad, en realidad son incapaces de leer sin pensar en la escritura. Algunos escritores leen como espías industriales, otros como amantes celosos. Comoquiera que sea, son lectores corrompidos, muy lejos de esa figura luminosa platónica, el lector ideal soñado, la prolongación viva, natural y única de cada libro: aquel que reescribe el libro siempre de nuevo sin preguntar nada al escritor, que ya ha entregado sus palabras.
Lezen (leer): el vocablo poseer originariamente un doble sentido en mi curiosa y en gran parte misteriosa lengua nórdica. Según la etimología, procede de Middelnederlands, el neerlandés que se habló y escribió en la Edad Media, lesen, en sajón antiguo lesan, en antiguo alto alemán también lesan, en frisón antiguo lesa y en noruego antiguo lesa. En godo, lisan significa zamelen (coleccionar), vocablo que en el neerlandés actual ha caído en desuso. Nosotros lo empleamos ahora en su forma ver-zamelen (recoger), y en este sentido entronca con el lituano lesú, lesti: picar, en el sentido de tomar la comida con el pico. Más de un lector estará de acuerdo con ello. Se trata de saber escoger, cualidad que todo buen lector ha de poseer, aunque sólo sea porque el vocablo remite a la palabra “elección” y ésta, a su vez, a “libertad”.
El lector escoge, y lamento complicar las cosas mostrándole los entresijos de mi misterioso idioma, pero “el lector escoge” constituye en mi lengua una tautología, dado que originariamente “leer”, podría significar “el lector escoge”, pues además del significado original de “leer” como “picar”, el verbo posee otras acepciones como “escoger, doblar, leer, renunciar, enseñar, narrar, estudiar”. En el sajón antiguo se añade otro significado más, el de “recoger”, y en algunas de las otras míticas lenguas germánicas antiguas, que tanto fascinaban a Borges, ese verbo significa además “informar, narrar, leer en voz alta”. Total, que en otros tiempos, en mi lengua, no sólo se leían libros, cartas, testamentos o sentencias, sino también frutas o espigas, lo cual se hacía, a su vez, con la finalidad de separar lo bueno de lo malo, elección que, de nuevo, implicaba el ejercicio de la libertad. Voces eruditas me explican que ese significado de picar y recoger que evoluciona hacia “leer” se encuentra asimismo en le legein griego y en el leger latino, pero a mí me interesa sobre todo la idea de “recoger”. Uno recoge una cosa y no otra, uno escoge. En su Gemnia 10, Tácito se refiere a “recoger” en el sentido de “leer” cuando habla del arte adivinatorio realizado mediante varillas que se lanzaban al aire, y al caer se leían e interpretaban los caracteres rúnicos escritos con las que estaban marcadas.
El lector lee, el lector escoge. En la librería, en la biblioteca, el lector escoge un libro y no otro. El lector es libre.
-Pero tan sencilla no es la cosa –intervino la “L”.
La “L” había regresado a primera hora de la mañana, esta vez elegantemente ataviada de Bodoni. Había dormido bien, dijo, había pasado una noche magnífica en el Antiguo Testamento, si bien éste le había inspirado algunos pensamientos sombríos.
-Pero ¿cómo es eso? –le pregunté-. Es un libro maravilloso, lleno de historias extraordinarias.
-Sí, pero tú hablas de la libertad del lector. Existen (si olvidamos por un momento la angustiosa mayoría de no lectores) dos clases de lectores. Los lectores de muchos libros y los lectores de un único libro. El judaísmo, el cristianismo y el islam se inspiran los tres en un único libro. Una civilización que se inspira en un libro es algo maravilloso, desde luego. Pero si ese libro excluye a otros libros, y si, por causa de ese libro, las personas que leen o escriben otros libros son quemadas en la hoguera, como sucedía antes aquí, o asesinadas y amenazadas de muerte, como ocurre hoy, mal anda entonces la libertad. Y no hay ninguna necesidad de que sea así.
La mirada de la “L” se ensombreció.
-En la España de otros tiempos, gobernada por reyes ilustrados, emires y califas, convivieron los tres pueblos de un único libro bajo formas de unidad en la diversidad que el mundo ya no ha vuelto a conocer. Los libros de la Antigüedad clásica traducidos por los eruditos árabes supusieron un tesoro para el desarrollo del Renacimiento y de la Ilustración. A partir de entonces la civilización occidental se fue apartando de su único libro y, tras largos y graves conflictos, se produjo, en palabras de los agustinos, el paso de la Civitas Dei a la Civitas Terrena. El mundo occidental es un mundo secular, por mucho que el presidente de los Estados Unidos invoque a Dios y el Papa siga residiendo en Roma. Y tal vez peque de pesimista o simplista, pero a veces parece como si esa invisible guerra visible que se libra en el mundo fuese también una guerra entre lectores, los lectores de muchos libros, y, como víctimas inocentes, la gente que nunca lee.
La “L” guardó silencio unos instantes y luego preguntó:
-¿Y al final qué has elegido?
-Leer – le contesté, conforme a la verdad.
-Es un círculo –dijo-. Leer es escoger, pero para poder escoger hay que leer.
La “L” se quedó mirando al infinito y luego dijo de pronto:
-Sí supieras lo bonita que soy en árabe. Ni en el más bello escritorio benedictino he sido caligrafiada de esa manera. Y, además, figuro dos veces en el nombre de Dios, así que, imagínate…-y luego añadió de inmediato-: Lo que necesitaríamos hoy es a una personalidad como
Erasmo. Su biblioteca no contenía más que quinientos libros, pero reunía toda la sabiduría de la civilización antigua. Reunir, leer, ahí está otra vez. Una biblioteca leída. En 1518, cuando desde Roma se preparaba una nueva cruzada contra los turcos (es decir, contra el islam), Erasmo escribió una carta a Paul Volz, el abad del monasterio benedictino de Husgshofen (quien por cierto se convertiría más adelante al protestantismo), en la que le decía que habría que hacer leer a los turcos las obras de Ockham y Duns Escoto, para que comprendieran nuestro mundo. El pueblo de ese otro único libro. Y, fuera cual fuera su intención, Erasmo consideró que era bueno que los unos leyeran los libros de los otros, en plural.
La “L” se puso de pie y añadió:
-Tengo la impresión de que en los últimos quinientos años no han cambiado mucho las cosas. Pero debo irme, me necesitan por todas partes. A veces desearía ser una “X”.
Junto a la puerta se volvió una vez más hacia mí:
-D recuerdos de mi parte en Florencia. Si quieres verme de joven, en todo mi esplendor, vete a mirar allí.
Y la “ele” desapareció por el camino del jardín. Cuando creyó que no podía verla, se vistió rápidamente con una cursiva Windows 2000 y echó a correr como si emprendiera una maratón. [ C ]

Historiadora (Magister en ciencias históricas) de formación; emprendedora y empresaria florícola.
