Yo, señor, he viajado por largos caminos cuyos senderos están tachonados de oscuridad y frío. He caminado por montañas tan altas que lamen a las nubes y sin embargo pueden ser escaladas de un brinco. Nadé un lago tan inmenso que al llegar a su orilla perdí la vista y casi muero de ahogo. Escarbé un túnel que me llevó a la tierra de los lestrigones, de los cernícalos y cinocéfalos, que por vida de Dios existen, pero se han escondido en las profundidades porque han descubierto el pudor y se temen entre sí. He volado, aunque no quieran creérmelo, pues cerca de Anatolia unos hombres me confiaron su secreto, aunque luego me han dado un golpe en la cabeza para que lo olvidara por completo.
Conozco, señor, lugares insospechados como las comarcas del Nuevo Mundo. Deje te cuento.
Era aún un muchacho cuando mi padre, que recién había heredado la Casa, me envió con un encargo para el Genovés. Le llevaba un Siddur bellamente empastado en piel de ternera, con letras doradas y cantos tachonados de filigranas. Yo que era aún niño, pensaba que era una broma que el Genovés, al servicio de Isabel y Fernando, Dios los hunda en el sheol, hiciera semejante pedido tan incongruente, pero aún era crío cuando se me enseñó que el prestigio de la Casa consiste en jamás preguntar de más ni curiosear de menos. Llegué pues al inmundo puerto de Moguer y me condujeron a su cámara.
—Ah, eres tú. Bien venido seas. Me alegra que tu padre sea tan eficiente como puntual.
Yo no le respondí. No solo porque su pronunciación era inaudible sino por el profundo respeto que me causaba su figura. Era un hombre maduro, con evidentes signos de cansancio moral, pero que estaba a punto de lograr su más grande anhelo. Solo pensar en sus afanes me llevó a imaginar que si él fuera nuestro comisionista, la Casa sería muchísimo más prestigiosa.
El Genovés me agradeció mucho, creo que de más. Luego pasó a darme la talega del pago y a recomendarme secrecía. Almirante, le respondí, usted no tiene por qué decir eso, sabemos que hay un secreto profesional.
El hombre me sonrió y alabó que a mi corta edad fuera tan formal y claro. Iba a salir de su cámara cuando comenzó a soltar la lengua.
—¿Sabes que voy a la conquista de una verdadera infamia?
—¿Perdón?
—Sí. Todos creen que sé perfectamente lo que quiero. Pero lo que no saben es que no sé dónde se encuentra lo que quiero, y si lo que no quiero encontrar pueda aparecer.
No le entendía. Se acercó mucho a mí, tanto que temí que quisiera tomarme por algún grumete efebo. Olía a vino arranciado y tenía los ojos más grises que he visto en mi vida, la bruma del océano estaba grabada en ellos.
—Tengo miedo –me dijo.
—Yo también –me sinceré.
—Dicen que tu Casa es la mejor del negocio. Que pueden encontrar los más sublimes tesoros que se puedan imaginar. ¿Es cierto que tus ancestros fueron los que robaron el cuerpo de San Marcos, para los venecianos?
Asentí con la cabeza. La gloria de la Casa nunca se presume, esa es la otra lección que te dan desde que estás en el vientre de tu madre.
—Vas a venir conmigo entonces.
Hizo un chasquido y un fornido moro me atrapó con sus manazas. Me encerraron en un calabozo y no supe nada más. Señor, ya te he dicho que yo he visto cinocéfalos, que aprendí a volar, que pude nadar por todas las islas fabulosas. Si piensas por qué no usé de esos prodigios para salvarme te mentiría. Pasé tanto tiempo en las sombras que supuse que había muerto. Solamente el levísimo murmullo del Siddur, recitado en un extraño lenguaje ladino me mantenía atado a las dudas. ¿Este movimiento, es señal de la vida o es un castigo por los pecados de mis mayores?, me decía a cada instante. Era muy niño, Señor, muy niño. Volvía a oír algunas partes del Siddur, que conocía por los agentes de mi padre que están repartidos en un radio que abarca de Damasco a Alejandría. Creo que el murmullo me confortaba.
Al cabo de mucho tiempo el Genovés vino por mí.
–Tú me eres necesario ahora mismo.
Me mostró de golpe una barra llena de luces y cuya agua era mucho más bella y transparente que la que hay en las islas de Corfú. Me mostró un cesto lleno de frutas tan raras que jamás las había visto, ni siquiera en las confidencias que los agentes de allende Anatolia hacían a mi padre, en el más estricto secreto diplomático. Era un niño pero sentí que ese era mi momento. Porque has de saber, Señor, que todos los que hemos dirigido la Casa, y los que están destinados a continuar su engrandecimiento, hemos tenido una revelación de las oportunidades, de los espacios y objetos que nos muestran el camino de nuestra época. Mi abuelo, al ver ciertos manuscritos, supuso que le resultaría la vía para incrementar el prestigio de la Casa y no se equivocó. Hizo una pequeña fortuna al vendérselos al ahora reconocido Lorenzo Valla; sin modestia, creo que él puso un enorme basamento para que comenzara la resurrección de los antiguos. De modo que, antes de caer presa de pánico me hice con la situación.
—¿Qué necesitas de mí, gran Almirante? –le dije con aplomo.
—Dime niño. ¿Acaso esta es la costa de Cipango?
—No lo sé. ¿Quién lo sabría?
—Pensé que tu Casa ha llegado hasta donde los demás no pueden.
—Lo hemos hecho, sin duda. ¿Qué es lo que quieres que haga?
—Encuentra el más grande tesoro de esta Tierra.
—No es oro –le dije con la certeza que llevo en mi sangre. Era un niño Señor, pero ya era el designio de mi estirpe.
—No importa. Tú descubre lo que tengas que hacer.
—Te resultará muy caro Almirante. Las compensaciones pueden llegar al cabo de siglos.
—El padre de mi padre, el patriarca de mi pueblo, nos enseñó que la paciencia es la mayor virtud que el hombre puede tener. La fe permite milagros, niño. El gran Abraham fue padre hasta anciano, ¿por qué no he de tener mi compensación? El tiempo no me importa.
—Necesitaré hombres, un bote.
—Necesitas mi bendición.
El Genovés me lanzó unas frases de la Torah. En la Casa no hay distingos por razones tan erróneas como las creencias de los hombres. No me sorprendió que el Almirante profesara en silencio la fe de Israel. El mismo moro de las manazas me arrojó por la borda. Al mismo tiempo hizo un gesto con la mano y un marino castellano comenzó a gritar como demente:
—¡Tierra a la vista!, ¡Tierra a la vista! [ C ]

MARIO ALBERTO SERRANO AVELAR. Escritor, historiador y cronista. Autor de varios libros, el más reciente “Amecameca” (FOEM, 2020). Ha ganado diversos premios por su trabajo literario, de los que destaca el “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Cultura del Estado de México en la categoría de novela (2017) y el Premio Internacional “Ana María Aguero Melnyczuk a la Investigación” (Buenos Aires, 2020). Parte de su trabajo literario ha sido publicado en México, Estados Unidos, Venezuela y Argentina.
