Hypatia ausente

Para Concesa, mi querida madre viajera

Habibi, tenga usted una buena mañana – dijo el hombre que llevaba una túnica blanca y le hizo una reverencia invitándola pasar a su local rodeado de palmeras datileras. La habían llamado así en varios lugares que visitaron como una muestra de respeto y la dulzura que prodigaba por su edad.  La anciana sonrió y se sentó en torno a una mesa junto con sus cuatro nietos. A simple vista, los manjares no eran desconocidos para ellos. Los habían probado en los restaurantes árabes que había en su ciudad, pero en nada se asemejaba a los exquisitos sabores del desierto sahariano. Primero probaron el pan pita con babaganoush y luego el hummus lo acompañaron con shawarma de cordero. Esa mañana soleada no parecía ser típica del invierno egipcio, sino del más cálido verano de su ciudad rodeada de tres volcanes. Bebieron varios jugos de guayaba y mango y el infaltable asir asab.

Afuera los esperaba el guía. Se llamaba Alí. Un joven egipcio que apenas rondaba los veintiséis años. Hace tres años había concluido sus estudios de turismo y ahora trabajaba para una agencia de viajes donde ellos tomaron su servicio para el último día que permanecerían en Egipto. Ese sábado no lo vieron probar alimento alguno ni siquiera algo de agua. Mientras la familia comía su merienda matutina, él se retiraba a una habitación especial para sus oraciones. Era el tiempo del Ramadán. Alí lo vivía en profundidad. No perdió la sonrisa en todo el tiempo que duró el traslado desde El Cairo hasta Alejandría. No solo hablaba el español a la perfección, sino que se emocionaba al hablarlo y contar la historia de su país, el de los jeroglíficos, las pirámides, los faraones, las momias y toda esa fascinante cultura de la vida más allá de la muerte. En su explicación mientras se desplazaban hacia el norte, no dejaba de hacer alusiones a las antiguas culturas latinoamericanas, que las conocía tanto como su propia cultura.  Si algún día iría a Perú visitaría a su amigo limeño que vivía frente al mar miraflorino y sin duda también iría al Cusco. Lo había conocido en uno de los tantos viajes al inicio de su carrera como guía. El gerente de la agencia siempre lo recomendaba de manera especial diciendo que Alí era el mejor guía y sobre todo que una buena persona. La familia lo comprobó ese día entero que compartió con él. Alí, no solo era una buena persona, Alí era una de las pocas personas con las que uno se topa algunas veces en la vida y nunca la olvida. Había luz en sus ojos, alegría en su voz, ganas inmensas de vivir, por eso el Ramadán lo vivía en toda su plenitud.

Alí no había nacido en El Cairo, la ciudad de los semáforos ausentes, sino en el campo, en medio del valle del Nilo. Ahí vivía con su esposa, sus padres y hermanos, las personas que más amaba en el mundo. No sorprendió a nadie escucharlo decir que la mejor profesión del mundo era la de ser mamá. Gracias a las mamás somos lo que somos- lo dijo mirando con toda su ternura a la anciana, que ya había superado los ochenta años y que lo escuchaba atentamente. Sus nietos pensaron en sus respectivas madres, que encarecidamente les habían encargado que cuidaran mucho a la abuela. La menor la abrazó fuerte y le dijo que era el viaje más bonito que había hecho con ella. La niña aún llevaba el turbante de lino que sus padres le compraron unos días antes cuando visitaron las pirámides.

Alí tenía el pelo corto casi al ras. Contó que había hecho el servicio militar y había aprendido muchas cosas entre ellas que su deber fuera del cuartel debía ser cuidar al resto de personas como si fueran su propia familia. Todos los varones estaban obligados a hacerlo, excepto quienes fueran hijos únicos. Quizá por eso decían que no se cometían muchos delitos en su país. En efecto, los días en Egipto fueron días tranquilos, no había la sensación que algo malo iría a suceder.  Ni siquiera la noche que fueron al mercado Khan El Khalili a comprar souvenirs en pleno centro caótico de El Cairo. Esa también fue toda una experiencia nocturna inolvidable. Vieron lámparas mágicas como de las que salía el mismísimo Aladino. Vieron niños con pestañas largas que hacían piruetas asombrosas para que compren sus recuerdos. Mujeres envueltas en sus túnicas, otras con su burka negra completa. Una de ellas dijo a las hijas de la anciana “hiyab, hiyab”, tocándose la cabeza. Ellas no hicieron caso y continuaron luciendo sus largas y onduladas cabelleras. El bullir de la gente del comercio era babélico. Quizá por eso el escritor Naguib Mahfouz, Premio Nobel de Literatura, en el pasado iba ahí a beber un café para inspirarse y poner en orden al caos incesante de las palabras. Había muchos turistas de todas partes que salían con bolsas llenas entre sus manos. Varios latinoamericanos con camisetas deportivas de sus propios países llevaban pequeñas pirámides, imágenes de faraones y gatos egipcios, o papiros con motivos diversos que cruzarían el Atlántico.

Al llegar a Alejandría se respiraba otro aire. El mar los recibía agitando sus aguas por el viento. Se dirigieron al lugar donde se encontraba el Faro, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Alí les explicó que siglos y siglos de historia antigua yacían bajo el agua debido a portentosos terremotos acaecidos también en tiempos lejanos. El Faro de Alejandría fue construido durante el reinado de Ptolomeo en el siglo III a.C. Superaba los cien metros. Ahora quedaban solo ruinas, pero también un proyecto para reconstruirlo. Lo que sí lograron reconstruir y recrear fue la famosa Biblioteca de Alejandría, gracias al apoyo de la Unión Europea. Ese monumento en el pasado también fue construido durante el reinado ptolomeico. Las guerras fueron el principal motivo para su paulatina destrucción a lo largo del tiempo. Incendios con millones de papiros destruidos por el fuego, cenizas y saberes milenarios consumidos. Alí no mencionó en ningún momento a Hypatia, la antigua filósofa y matemática de Alejandría, por eso la nieta preguntó por ella. Hypatia es una leyenda, le respondió sonriendo. Nadie del grupo quiso contradecirle, ya que se encontraba muy concentrado en llevar del brazo a la anciana para mostrarle los distintos ambientes del recinto. Recorrieron en silencio la biblioteca Alexandrina por un buen rato. Se podía ver muchas mujeres leyendo e investigando. Algunas llevaban su hiyab y otras lucían muy modernas. Eran las herederas de Hypatia.  Al terminar el recorrido fueron a un restaurante marino y se saciaron con el falafel y pescado del Mediterráneo. Alí se retiró nuevamente para sus oraciones antes que iniciaron el retorno a la capital egipcia.

Ya en El Cairo y unas horas antes de la partida, se enteraron que en ciertos aeropuertos de medio oriente varios vuelos habían sido cancelados por los ataques que habían sufrido varias ciudades persas el último día de febrero. Su vuelo estaba programado casi a la medianoche. Sin embargo, la numerosa familia salió sin problemas rumbo a Madrid. Desde la ventanilla del avión vieron El Cairo iluminado. La anciana recordó a Alí, el iluminado. “Hasta luego, habibi, le dijo, eres como mi hijo. La paz esté contigo y los tuyos”. Pensó que un día se volverían a encontrar en el mundo de la liviandad de las almas donde los antiguos egipcios aspiraban llegar y donde seguro su esposo la estaba esperando desde hace seis años. A medida que sobrevolaban el norte de África y surcaban el Mediterráneo su nieta no le soltó la mano hasta el amanecer. [ C ]