Inviernos del alma: Esenin y Pasternak

La lectura tiene sus momentos; hay tiempos para las novelas, tiempos para los poemas y también tiempos para los autores. No todos los libros nos alcanzan cuando los leemos por primera vez. En distintas etapas de la vida percibimos las obras de manera diferente: lo que en otro tiempo apenas rozó la superficie puede, años después, adquirir una gravedad inesperada. Va cambiando nuestra sensibilidad, evoluciona nuestra experiencia, se transforma el momento que atravesamos. A medida que cambian las preguntas que nos hacemos, cambia también la forma en que escuchamos una voz escrita. Un mismo poema puede acompañarnos durante años sin revelarse del todo y, de pronto, resonar con una intensidad nueva, como si encontrara en nosotros un terreno más dispuesto.

Eso me ocurrió recientemente con Serguéi Esenin, una de las voces más singulares de la poesía rusa del siglo XX.

Anoche, al escucharlo declamado por Anatoly Supruniuk y hoy, al leerlo y traducirlo, percibo con nitidez el abatimiento y el profundo desánimo que vivía Esenin en 1923. No es una tristeza pasajera; es un cansancio que atraviesa el alma. Se me aprieta el alma, pero no es llanto lo que asoma, sino una congoja más densa y callada. La lectura no me deja desánimo: deja la conciencia lúcida de un cansancio hondo, asumido sin dramatismo.

Ese cansancio no es únicamente físico ni moral. Es un estado interior que parece impregnarlo todo: un cansancio casi cósmico, como si la vida hubiese perdido su impulso primero y el mundo ya no respondiera con la misma intensidad. En el poema se advierte la conciencia de haber vivido con exceso —en el amor, en el vino, en la rebeldía— y, al mismo tiempo, la certeza de que nada de ello logra ya restituir plenitud. El antiguo ímpetu se apacigua; la furia juvenil pierde estridencia, pero no desaparece la inclinación reverente hacia los campos que marcaron su origen.

Hay en sus versos una serenidad amarga: la aceptación del paso del tiempo y del deterioro de aquello que alguna vez fue luminoso. El “heno dorado” que se vuelve ceniza no es solo una imagen del otoño, sino de la propia vida que pierde su fulgor. Ese tránsito del brillo a la ceniza resume el cansancio que recorre el poema: no el cansancio de una jornada, sino el de una existencia que se sabe gastada.

La potencia de sus palabras se impone siempre. La fuerza expresiva que lo caracterizaba no disminuye; se vuelve más concentrada. Incluso cuando habla desde el abatimiento, la voz conserva claridad. El cansancio no apaga la palabra: la depura. Esenin escribe desde un estado del alma exhausto, pero lúcido. El ánimo puede estar agotado; la expresión, no: en ello radica su fuerza.

Uno de los poemas donde esa sensación aparece con mayor claridad es «Nunca había estado tan cansado…».

De Esenin paso naturalmente a Pasternak. Ambos pertenecen al Siglo de Plata ruso, pero sus voces son distintas. Si en Esenin encontramos el cansancio de una vida vivida con intensidad, en Pasternak la reflexión surge de la contemplación. El invierno es una de las puertas de entrada a ese universo.

El invierno con nieve —ese frío sereno y sin viento— posee un significado que no puede explicarse del todo; solo puede vivirse. Para quienes conocieron de cerca los países del norte, y para los rusos en particular, la nieve no es solo un fenómeno: es un estado del alma. Por eso poetas, escritores, músicos y pintores han encontrado en ella una fuente inagotable de creación, porque hay algo en esa blancura silenciosa que parece unir los ciclos de la vida. Un fin de año sin nieve parece quedar incompleto. Entre el cierre de un ciclo y la llegada del siguiente, la nieve traza un límite blanco que es, al mismo tiempo, un comienzo.

Y para quienes tuvimos la fortuna de vivir en Rusia, ese comienzo blanco se volvió una espera íntima: aprendimos a recibir la nieve como un momento natural del año, una señal de que el tiempo avanzaba con su propio pulso. En mi memoria permanece —vivo, intacto— el sonido crujiente de los pasos sobre la nieve, ese leve crac que no es amenaza sino compañía, como si el suelo mismo respirara. Suelo viajar a Rusia en septiembre, cuando aún no cae la primera nevada, y por eso hacía tiempo que no caminaba por senderos blancos. Hasta que, hace dos años, en diciembre, en Calgary, ese sonido regresó como un relámpago suave: los sentidos se abrieron y comprendí cuánto había quedado grabado en mí ese andar sobre la nieve.

Desde entonces, cada invierno despierta en mí esa misma sensación. Y este diciembre, al pisarla de nuevo, sentí otra vez ese estremecimiento blanco bajo los pies, como si pasado y presente se tocaran en un mismo crujido. La visión de los campos nevados, de las calles cubiertas, de los árboles arropados por la nieve formando figuras casi mágicas trae consigo quietud, calma, nostalgia, paz y sosiego entrelazados. Esa mezcla de emociones volvió a mí con fuerza mientras leía La vida de Klim Samguin, que empecé en octubre y que me llevó de regreso a la maravilla del invierno ruso: a su luz, a su silencio, a esas caminatas que tantas veces hice en mis años allá. Gorki lo expresó con precisión en una de las páginas más hermosas de la novela:

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“Был один из тех сказочных вечеров, когда русская зима с покоряющей, вельможной щедростью развертывает все свои холодные красоты. Иней на деревьях, снег искрился радужной пылью самоцветов, за лиловыми лысинками речки, оголённой ветром, на лугах лежал пышный парчовый покров, и на ним — синяя тишина, которую, казалось, ничто и никогда не поколеблет. Это чуткая тишина обнимала всё видимое, как бы ожидая, даже требуя, чтоб сказано было нечто особенно значительное.”

“Era uno de esos atardeceres de cuento en que el invierno ruso, con su noble magnificencia, despliega todas sus frías bellezas. La escarcha en los árboles, la nieve centelleaba con un polvo irisado de piedras preciosas; más allá, tras las calvas lilas del río, desnudas al viento, los prados yacían bajo un suntuoso manto de brocado, y sobre él —un silencio azul que parecía que nada, nunca, podría perturbar. Ese silencio atento lo abrazaba todo cuanto se veía, como si aguardara —o incluso exigiera— que se pronunciara algo particularmente significativo”.

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Esa evocación del invierno ruso me conduce siempre a la pintura. Ningún artista expresó la quietud nevada con tanta delicadeza como Isaak Levitán. En cuadros como Invierno en el bosque, la nieve no pesa ni domina: respira. Se posa sobre los troncos oscuros como un silencio vivo, se acumula en senderos que parecen invitar a seguirlos y convierte el bosque en un espacio donde el tiempo no avanza, sino que se escucha. Levitán fue uno de los grandes paisajistas rusos precisamente porque dominó como pocos la luz invernal y las finas capas de color en las sombras: ahí, donde el blanco no es un blanco sino una sucesión de matices —plateados, azulinos, rosados, grises perlados— que hacen vibrar el paisaje. En sus lienzos, la nieve no es un fondo uniforme, sino una paleta de gradaciones que revelan el pulso secreto del invierno. La luz —pálida, contenida, casi transparente— desvela el misterio que hay en esa blancura: una quietud que no inmoviliza, sino que despierta. En sus paisajes, basta un paso para que la nieve responda con su breve música: esa música que regresa cuando la memoria y el presente se tocan.

Gorki lo captó en palabras, Levitán en imágenes, y Pasternak —a su manera— lo convirtió en ritmo. Pero también la música rusa supo transformar la nieve en una partitura del alma. Pocas obras lo muestran con tanta potencia como Метель (La ventisca) de Gueorgui Svirídov. Inspirada en el relato homónimo de Pushkin, la obra convierte la ventisca en personaje: no es solo un fenómeno atmosférico, sino una fuerza que mueve destinos, confunde caminos y revela verdades ocultas. Svirídov tomó la prosa de Pushkin —esa nevada que es trama, atmósfera y símbolo— y la tradujo en sonido: cuerdas que giran como remolinos, metales que irrumpen como ráfagas, silencios que caen como copos. La ventisca empuja la historia, la extravía y a la vez la ilumina: como si el propio invierno ruso dictara el rumbo.

Y es ese recorrido por la palabra, la pintura y la música el que me conduce finalmente a Pasternak. Había escuchado varias interpretaciones musicales de su poema, cada una con un matiz propio. Esas versiones me devolvían una y otra vez a los versos, como si insistieran en que debía traducirlos. El poema fue escrito en 1957, en un momento particularmente complejo para él. La publicación de Doctor Zhivago en Occidente había provocado tensiones y cierta incertidumbre en torno a su situación literaria dentro del país. Un año después, en 1958, le otorgarían el Premio Nobel de Literatura, que oficialmente no pudo aceptar. Tres años más tarde, en 1960, murió. Tal vez por eso esta nevada suya es tan íntima, tan frágil y luminosa: parece escrita entre la inquietud de la época y el presentimiento de la despedida.

*Sviatki son los “días santos” rusos entre la Navidad ortodoxa (7 de enero) y la Epifanía (19 de enero), un periodo festivo con antiguas tradiciones y ritos populares.

Gorki, Levitán, Svirídov y Pasternak descubrieron en la nieve matices diferentes. Palabra, pintura, música y poesía terminan encontrándose en una misma sensación de belleza serena, memoria y tiempo. Esenin recorrió el camino de la experiencia vivida, las ilusiones perdidas y el cansancio que deja la vida al mirar hacia atrás. Tanto en sus versos como en la nevada de Pasternak aparece una misma conciencia del paso del tiempo. Quizá por eso regreso una y otra vez a ellas: porque continúan revelando nuevos matices y porque deseo compartir con el lector una parte de la maravilla que contienen. [ C ]