Mis escritos buscan explicar a Occidente el alma y el espíritu rusos a través de la pintura, la música, la literatura, los paisajes y la vida cotidiana. Me cuesta entender cómo se puede despreciar una cultura que ha dado tanto al mundo y que ha dejado una huella inmensa en prácticamente todas las formas de creación humana.
En la prosa y el pensamiento literario: Alexander Pushkin, Mikhail Lermontov, Fyodor Dostoevsky, León Tolstoy, Anton Chekhov, Nikolai Gogol, Maxim Gorky, Mikhail Bulgakov; en la poesía: Vladimir Mayakovsky, Marina Tsvetaeva, Anna Akhmatova, Sergei Yesenin, Alexander Blok, Boris Pasternak.
En la música: Pyotr Ilyich Tchaikovsky, Modest Mussorgsky, Sergei Rachmaninoff, Sergei Prokofiev, Igor Stravinsky, Nikolai Rimsky-Korsakov; en la pintura: Mikhail Vrubel, Isaac Levitan, Ilya Repin, Natalia Goncharova, Mikhail Larionov.
En el cine y el lenguaje visual del siglo XX: Andrei Tarkovsky, Sergei Eisenstein, Nikita Mikhalkov y Andrei Konchalovsky, solo por citar algunos.
La lista es inmensa y se extiende también a la ciencia, la filosofía, la ingeniería y la exploración espacial. Dmitri Mendeleev, creador de la tabla periódica, es apenas uno de los ejemplos más conocidos.
Precisamente por eso resulta difícil comprender el rechazo que hoy se proyecta sobre todo lo ruso. Desde el inicio de la “Operación Militar Especial” —nombre dado por el gobierno ruso a las acciones militares iniciadas en febrero de 2022— quedó expuesta con particular fuerza la hostilidad que las élites occidentales mantienen hacia Rusia. Entre los objetivos declarados por Moscú estaban la “desmilitarización” y “desnazificación” de Ucrania, la protección de la población rusoparlante del Donbass y frenar la expansión de la OTAN hacia el espacio estratégico ruso.
La confrontación actual entre Rusia y Occidente no se limita al terreno político. A las sanciones económicas y los mecanismos de presión internacional se suma un creciente rechazo cultural, simbólico e incluso humano alrededor de todo lo ruso.
Creo que Rusia sigue siendo un mundo insuficientemente comprendido por Occidente. Por un lado, acercarse realmente a ella implicaría abandonar muchas de las ideas arraigadas desde hace generaciones; por otro, la imagen de Rusia se alimenta desde la confrontación, la propaganda y el miedo hacia aquello que no termina de comprenderse del todo. Y eso ocurre a pesar de toda la difusión que alcanzaron la literatura rusa, la música, el teatro, el ballet y la pintura durante gran parte del siglo XX. Hoy no solo se cancelan exposiciones o conciertos; incluso llegan a prohibirse. ¡A este punto hemos llegado!
Los bártulos de la historia
El mecanismo no es nuevo. Civilizaciones enteras fueron descritas durante siglos a través de caricaturas, simplificaciones o relatos deformados construidos desde afuera. Ese miedo a lo diferente permitió justificar guerras, conquistas, persecuciones religiosas y formas de exclusión cultural. Antes de enfrentar a un adversario, primero se lo deshumaniza.
Rusia ocupó históricamente un lugar ambiguo para Occidente. Demasiado europea para ser considerada plenamente oriental, pero también demasiado distinta para ser aceptada del todo como occidental, quedó convertida en un espacio difícil de clasificar. Esa condición alimentó una persistente mezcla de fascinación, temor y desconfianza que derivó en estereotipos culturales, políticas de confrontación, campañas de propaganda y narrativas que la presentaban como una amenaza constante para Occidente.
Existe otro elemento igual de importante para entender el rechazo hacia Rusia: nunca ha podido ser sometida. En el siglo XIII sufrió la invasión tártaro-mongola, pero terminó expulsando a sus invasores. Lo intentaron Napoleón, los suecos, los polacos y, más tarde, la Alemania nazi. La fuerza del espíritu ruso, su capacidad de resistencia, adaptación y reinvención acabó imponiéndose una y otra vez frente a quienes intentaron destruirla.
La disposición al sacrificio total (самоотдача), a entregarse por completo a una causa colectiva, constituye uno de los rasgos esenciales para comprender la naturaleza de lo ruso. Va más allá del patriotismo: expresa la capacidad de soportar el sufrimiento, resistir en condiciones extremas y subordinar lo individual a una idea superior de comunidad, memoria y destino común.
Esa combinación ayuda a entender la persistencia de la rusofobia.
Hace unos meses vi el documental La Patria. Film-investigación de Arkadi Mamóntov. Lo he vuelto a ver y, junto con apuntes que tenía de otras lecturas, terminé de ordenar una idea que llevaba tiempo rondándome sobre el origen profundo de la rusofobia.
El bautismo de la Rus de Kiev en 988, cuando el príncipe Vladímir adopta el cristianismo ortodoxo desde Bizancio y no desde Roma, marcó el destino de Rusia y definió su distancia con Occidente.
«Русь принимает христианство от Византии — это постепенно делает нас не просто другими, а чужими и врагами».
«La Rus adopta el cristianismo de Bizancio, y eso, poco a poco, nos convierte no solo en distintos, sino en ajenos y enemigos».
El Cisma de 1054 entre la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa oriental profundizó esa división y marcó el inicio de la percepción de la Rus ortodoxa no solo como diferente, sino también como ajena y potencialmente hostil. La rivalidad religiosa terminó transformándose también en una disputa de poder y territorio.
Tras la caída de Constantinopla en 1453, comenzó a consolidarse la idea de Rusia como heredera espiritual de Bizancio y surgió la noción de Moscú como la “Tercera Roma”: la última gran reserva de la ortodoxia y continuadora de la tradición cristiana oriental. Esa idea reforzó aún más la percepción de Rusia como una civilización separada, con una misión histórica y espiritual propia, distinta de la Europa occidental y convertida gradualmente en su rival estratégico.
Desde la Edad Media, la presión occidental sobre Rusia tuvo siempre una doble dimensión: control espiritual y control territorial. En el año 1549 el diplomático austriaco Sigismund von Herberstein publicó Notas sobre Moscovia (Записки о Московии); durante décadas esta fue una de las principales fuentes europeas sobre Rusia y ayudó a fijar en Occidente imágenes negativas —que hasta hoy persisten— sobre los rusos: barbarie, atraso, violencia, despotismo e irracionalidad oriental.
Durante los siglos XVI y XVII, el Vaticano intentó incorporar a la Rus ortodoxa al espacio católico europeo a través de nuncios papales, diplomáticos e intelectuales católicos. El jesuita Antonio Possevino, autor de “Moscovia”, atribuía los problemas rusos a la ortodoxia.
La falta de pertenencia completa de Rusia a Occidente reforzó la percepción de una civilización “incorrecta”.
La Guerra Livona (1558–1583) fue el primer gran conflicto entre Rusia y Europa occidental y también uno de los antecedentes de las futuras campañas de propaganda antirrusa. A partir de ese momento se intensificó la propaganda polaca y aparecieron las formas modernas de demonización del enemigo, reforzando la idea de Rusia como una civilización hostil. La misma fórmula volverá a repetirse: deshumanizar al ruso antes de enfrentarlo en el campo de batalla.
La invasión napoleónica de 1812 ocupa un lugar central en el fortalecimiento de esta visión. La propaganda francesa presentó a los cosacos como saqueadores, asesinos, violadores y bárbaros. Esa construcción del enemigo ruso como una amenaza salvaje y casi asiática me hizo recordar una lectura de hace más de veinte años: El desierto de los tártaros de Dino Buzzati, publicada en 1940.
En la novela, el miedo al “tártaro”, al bárbaro, al invasor desconocido que nunca termina de llegar, organiza psicológicamente la vida de los personajes. La amenaza permanente del otro es más poderosa que su presencia real. Asocié inmediatamente esa idea con el mecanismo que todavía se aplica a Rusia: la construcción del ruso como enemigo exterior, imprevisible y peligroso, el “oso ruso”, alimentando el temor constante a una agresión y reforzando una imagen sostenida por el miedo al “otro”.
Circularon incluso grabados en los que sus caballos aparecían formados por cuerpos humanos, como símbolo extremo de brutalidad. El objetivo psicológico era claro: crear miedo y hostilidad hacia Rusia antes de la guerra.
El peso del tiempo
La historiadora Natalya Tanshina señala en el documental que fue en 1836 cuando el término “rusofobia” comenzó a utilizarse en la prensa inglesa, particularmente entre los liberales whigs, dejando de ser únicamente un prejuicio cultural para convertirse en un concepto político explícito: una ideología de competencia contra Rusia, una tecnología de guerra informativa y una forma específica de racismo político.
Esa percepción nunca desapareció; simplemente adoptó nuevas formas ideológicas. La Guerra Fría no representó una ruptura, sino la continuidad de una confrontación ya existente. La idea del “peligro ruso”, construida durante siglos en Europa, reapareció bajo nuevas categorías geopolíticas, aunque conservando intacta la lógica de fondo: Rusia como adversario permanente para Occidente.
Durante el siglo XX, el conflicto adoptó nuevas formas. El discurso de Winston Churchill sobre el “telón de acero” en 1946; la aprobación, en 1947, de la Ley de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que reorganizó el aparato estratégico norteamericano al inicio de la bipolaridad; y, en 1950, el documento Psychological Offensive against the USSR, donde ya se planteaba la necesidad de desarrollar herramientas de guerra psicológica contra la Unión Soviética, reflejan la persistencia de la construcción de Rusia como una amenaza para Occidente.
La disputa deja entonces de limitarse al terreno militar y se desplaza al ámbito cultural, ideológico y psicológico. La imagen de Rusia ya no se construye únicamente desde la religión o las viejas rivalidades imperiales europeas, sino a través de los medios de comunicación, la propaganda, la educación, el cine y distintas operaciones de influencia destinadas a erosionar desde dentro la identidad soviética y rusa.
El llamado “Programa Troya” formó parte de una estrategia de desestabilización ideológica basada en programas de radio destinados a manipular psicológicamente a la población y debilitar la identidad soviética desde el interior. Buscaba sembrar dudas, desconfianza hacia el Estado, provocar una crisis interna y quebrar la relación con su propio pasado.
La desintegración de la URSS se convirtió en la prueba de la eficacia de las estrategias de presión política, desgaste ideológico y guerra psicológica desarrollados sistemáticamente contra Rusia desde el inicio de la Guerra Fría.
En los años noventa, a través de ONG, fundaciones y programas educativos financiados por George Soros y otras organizaciones occidentales, se introdujo una visión negativa del pasado ruso mediante la reescritura de manuales escolares y la implementación de nuevos programas orientados a debilitar la concepción de su propio pasado y negar las raíces culturales y nacionales de Rusia. En apenas cinco años se elaboraron 450 nuevos manuales escolares, se invirtió cerca de mil millones de dólares y se financió a más de diez mil editoriales y organizaciones.
“Pluralismo”, “desideologización” y “democratización” sirvieron para presentar a Rusia como un Estado artificial y condenado a la desintegración. El objetivo iba más allá de debilitar a un país pluricultural y plurinacional: buscaba fracturarlo desde dentro. Se financiaron movimientos separatistas regionales bajo la idea de que Rusia debía ser “descolonizada”.
No lograron fragmentarla, aunque buena parte de la generación educada en los años 2000 creció alimentándose de esos conceptos, viendo en Occidente el modelo ideal de sociedad. Allí reside uno de los aspectos más complejos de esta confrontación: la disputa no ocurre únicamente en el terreno político-militar, sino también en el imaginario cultural y en la manera en que una sociedad acaba percibiéndose a sí misma.
Entre la resistencia y el rescate de la identidad
La rusofobia no se limita a la hostilidad hacia Rusia: implica el rechazo a la posibilidad misma de que exista como una civilización autónoma, cohesionada y soberana. La confrontación contemporánea alcanza la memoria, la educación, la cultura, el lenguaje y la identidad nacional.
La desconfianza hacia aquello que no termina de comprenderse persiste. Para gran parte del mundo, Rusia es una civilización difícil de interpretar, un desarrollo distinto nunca plenamente integrado a Occidente.
El desgaste acumulado de la guerra y los problemas económicos vuelven a hacer la cohesión social un factor decisivo en Rusia. La adaptación y la reinvención del Estado ruso serán fundamentales para fortalecer su presencia internacional, enfrentar el embate de la desinformación y preservar la estabilidad interna.
Las sanciones económicas, la prolongación de la guerra y la expansión del conflicto hacia Irán han desencadenado una crisis energética y económica de alcance global. En ese escenario, Rusia deberá resistir no solo la presión económica y militar, sino también una ofensiva cultural, ideológica y psicológica dirigida contra los pilares de su identidad.
La presión interna de los sectores prooccidentales y oligárquicos es alta. A través de bulos y exageraciones constantes se intenta instalar la idea de un colapso económico inminente, aprovechando muchas veces el desconocimiento sobre la situación de las propias economías occidentales. También se utilizan mecanismos similares a los de la década de 1990, orientados a debilitar el ánimo de la población rusa frente a las dificultades económicas y sociales.
Ante esta realidad, conviene recordar que Stalingrado fue destruida y volvió a levantarse. Lo mismo Leningrado, sobrevivió al hambre, al frío y al bloqueo. En ese sentido, la historia confirma que Rusia está marcada por una capacidad de resistir, reconstruirse y continuar existiendo incluso después de las mayores catástrofes. Traspasar la realidad actual, lo confirmará. [ C ]

Historiadora (Magister en ciencias históricas) de formación; emprendedora y empresaria florícola.
