Marcel Schwob y el periodismo literario de Francia

*Sin duda alguna, la obra de Marcel Schwob fue la más influyente de la literatura francesa del fin del siglo XIX entre los modernistas hispanoamericanos; en especial, para grandes patronos de nuestras letras, como Borges y Reyes. Las siguientes son notas preparatorias para el prólogo de una selección de artículos periodísticos de Schwob que traduje para su próxima publicación en México.

A Marcel Schwob (1867-1905), los contemporáneos lo reconocemos de inmediato como el creador de Vidas imaginarias, obra que  influyó de manera crucial a decenas de escritores en todas las lenguas, en especial a grandes prosistas de Iberoamérica, de Jorge Luis Borges a Roberto Bolaño, y que incluso está presente en la narrativa de autores mexicanos contemporáneos, como Álvaro Enrigue (cfr. su novela Vidas perpendiculares) o Javier García-Galiano (cfr. su compilación titulada Benito Souza, vendedor de muñecas y otros relatos) . La biografía fantástica, donde la erudición, la ironía y el símbolo se funden en la prosa poética, sigue siendo una forma habitual para aprender a desarrollar ficciones entre las mujeres y hombres de letras de nuestra lengua.

Sin embargo, la siempre fructífera heredad de Schwob como narrador nos hace olvidar que comenzó su trayectoria como filólogo, medievalista y sobre todo como un adelantado periodista cultural, capaz de unir la erudición más rigurosa con el pulso divulgador de la prensa cotidiana. Este fenómeno, lejos de ser un hecho aislado, constituyó la norma para la brillante generación de escritores del fin de siglo francés. El periódico no representaba únicamente un espacio para “calentar la mano”, “hacer oficio” o un reducto desde el cual procurarse el sustento económico. Se trataba del principal espacio de circulación intelectual y experimentación estética. Al igual que sus más notables contemporáneos, el jovencísimo Marcel entendió que el ejercicio del periodismo diario era una forma superior de transmisión cultural y el verdadero laboratorio de la prosa moderna.

El florecimiento del periodismo literario en la Francia del fin de siglo no puede entenderse sin el impacto de la “Ley sobre la Libertad de Prensa” del 29 de julio de 1881, hito jurídico que abolió la censura previa, las autorizaciones gubernamentales obligatorias y las fianzas económicas punitivas que asfixiaban a los editores independientes. Esa legislación desencadenó una inédita eclosión de diarios, revistas satíricas y gacetas culturales en todo el territorio francés. Las redacciones de periódicos emblemáticos como L’Écho de Paris, Le Temps y Gil Blas se convirtieron de la noche a la mañana en los verdaderos laboratorios de la modernidad estética, atrayendo a una brillante y ambiciosa generación de jóvenes talentos que buscaban un canal de difusión masivo e inmediato para sus propuestas artísticas. Lejos de limitarse a la simple cobertura de la actualidad política o social, este nuevo periodismo de masas ofreció a talentos como los de Marcel Schwob, Guy de Maupassant, Maurice Barrès y Anatole France un foro de experimentación formal y una fuente de ingresos regular. Al amparo de esta libertad republicana, la prensa se consolidó como la fragua donde se forjaron los movimientos más vanguardistas del periodo, desde el naturalismo clínico hasta las sutiles variantes del simbolismo.

Aunque ligeramente mayor que Schwob, Guy de Maupassant (1850-1893) representa el eslabón definitivo entre el realismo y el auge de la prensa de masas. Antes de consolidarse como el gran maestro del relato breve, Maupassant entregó cientos de colaboraciones a diarios como Le Gaulois y Gil Blas. El periodismo fue para él un campo de entrenamiento sociológico, pues usaba la prensa para registrar con ojo clínico las bajezas de la burocracia, la vida parisina y la hipocresía social. Muchos de sus cuentos más célebres aparecieron primero camuflados como crónicas, demostrando que los apremios editoriales fueron capaces de estimular una concisión estilística insuperable.

Por su parte, Anatole France (1844-1924) encarnó al crítico periodístico que se transforma en la conciencia moral de una nación. Durante años, firmó la prestigiosa sección de crítica literaria en Le Temps. Su aproximación al periodismo era la de un flâneur ilustrado. Ejerció la llamada “crítica impresionista”, fórmula que Schwob practicó también durante la década de 1890. France concebía la crónica como el relato de las aventuras de una mente refinada a través de las obras maestras. Esta labor en los periódicos cimentó su autoridad intelectual, ganándose la proyección pública y desarrollando el tono irónico que más tarde caracterizarían sus grandes novelas filosóficas y sátiras históricas. Finalmente, Maurice Barrès (1862-1923) representa la vertiente más política e ideológica del periodismo literario finisecular. Fundó revistas audaces como Les Taches d’encre y colaboró activamente en la prensa parisina, utilizando los artículos para desarrollar su teoría estética del “culto al yo” antes de volcarla en sus novelas. Mientras Schwob optaba por un cosmopolitismo ejemplar traduciendo y promoviendo a autores anglosajones, Barrès usó el periódico como un ariete nacionalista y un espacio de confrontación ideológica. Su prosa, nacida de la urgencia del debate político cotidiano, introdujo un lirismo individualista que influyó profundamente en las vanguardias posteriores.

En este contexto de efervescencia mediática y libertad editorial, la relación intelectual y epistolar entre Marcel Schwob y Anatole France emerge como testimonio de la rica diversidad ideológica y estética que convivía en las redacciones de la época. France, hombre de letras consolidado, irónico y escéptico que ejercía la “crítica impresionista” desde las prestigiosas columnas del diario Le Temps, representaba para los jóvenes de la década de 1890 el ideal clásico de claridad, tolerancia y erudición humanista. Por su parte, el joven Schwob, dotado de una omnisciencia extraordinaria y una sensibilidad única para el rescate de las figuras marginales de la historia, entabló con France un diálogo que transitó de la admiración mutua a la confrontación crítica. En sus intercambios de cartas y reseñas cruzadas, se evidencia cómo ambos creadores compartían un profundo desprecio por el fanatismo dogmático y una devoción inquebrantable por transformar el saber en una forma superior de narración viva. Para el autor de La cruzada de los niños, analizar la obra de France ofreció la oportunidad perfecta para reflexionar sobre la caridad y la sabiduría moral. A su vez, para France, las deslumbrantes biografías fantásticas de Schwob constituyeron un luminoso despliegue narrativo que amalgamaba de forma singular el rigor filológico con el lirismo más puro.

La correspondencia entre ambos autores, así como sus intervenciones públicas, ilustran, asimismo, las divergencias fundamentales que dividían las aguas de la escena cultural finisecular: la tensión entre el ideal clásico y la matriz estética del simbolismo. Mientras France se mantuvo fiel a una tradición racionalista de raigambre ilustrada, utilizando la reseña periodística para ordenar las genealogías literarias con estilo nítido y mesurado, Schwob abrazó un cosmopolitismo audaz y una atracción casi metafísica por el absurdo y la transgresión. En sus cartas, Marcel defendió la necesidad imperiosa de que la literatura francesa se abriera, como ya apunté antes, a las obras de autores de lengua inglesa como Robert Louis Stevenson u Oscar Wilde, advirtiendo que una cultura nacional se empobrece fatalmente cuando permanece encerrada en sí misma. France, aunque conmovido por la inagotable curiosidad filológica de su joven colega, observaba con distancia el pesimismo elegante y las búsquedas decadentistas de la nueva hornada de escritores. No obstante, esta discrepancia estética jamás derivó en una ruptura personal o en una crítica destructiva; por el contrario, su vínculo epistolar demuestra que el periodismo de fin de siglo funcionaba como un espacio de hospitalidad intelectual donde las sensibilidades más disímiles se enriquecían mutuamente a través del debate elevado y el respeto por el talento ajeno.

Estas dos trayectorias complementarias confirman el triunfo histórico de la generación híbrida de escritores-periodistas nacida bajo el signo de 1881. Tanto Schwob como France consiguieron liberar a la crítica literaria de la pesadez farragosa del ámbito puramente profesoral o académico. Sus artículos, crónicas, reseñas y retratos intelectuales demostraron de manera concluyente que la función de un escritor en un periódico de gran circulación no consistía en simplificar brutalmente las ideas complejas, sino en volver sensible y cercano aquello que parecía remoto o sepultado por los siglos. Al ennoblecer el ejercicio del periodismo cultural, estos autores nos dejaron un ejemplo imperecedero, donde la erudición más rigurosa y el refinamiento estilístico se funden para diluir  la frontera entre la escritura efímera y la alta literatura. Acercarnos a estos escritores resulta indispensable para comprender los orígenes de la prosa moderna y la vigencia de la literatura como el mapa de las correspondencias invisibles del mundo. [ C ]