Hay cien figuras humanas dispuestas en el tercer piso del edificio y algunas más guardadas en el sótano del museo. Yo soy el guardián de todas ellas.
Nunca antes se había visto algo así en Nueva Zelandia y dudo que vuelva a repetirse pronto. Se trata de una exposición internacional de figuras de cera que imagina cómo podría ser la humanidad dentro de cientos de años, con esculturas que representan escenas del futuro: ciudades levantadas sobre el mar, colonias en desiertos interminables, estaciones espaciales donde la gravedad apenas se siente. Aquí rara vez llegan montajes de este tipo; estamos muy alejados y traer algo así cuesta una fortuna. Tal vez por eso hay tanta gente esperando afuera desde temprano.
Desde la sala de vigilancia puedo verlo y escucharlo todo.
Las pantallas muestran cada rincón del recinto: pasillos, vitrinas, escaleras y la entrada donde el público se reúne antes de subir al tercer piso. Nadie presta demasiada atención a la habitación donde están los monitores. Es un lugar silencioso, lleno de imágenes que se mueven sin prisa.
A mí me conviene que sea así.
Desde aquí todo tiene sentido.
Las figuras del tercer nivel forman una composición serena. Cada una ocupa su lugar con una homogeneidad que se antoja perfecta. En una escena alguien lee; en otra, una pareja conversa; más allá, un hombre observa el horizonte como si esperara algo. Cambian los paisajes, cambian los trajes y los objetos sostenidos en las manos, pero los gestos son siempre los mismos. Los visitantes, en contraste, avanzan sin armonía, caminan en direcciones distintas, hablan al mismo tiempo y se detienen sin ningún orden frente a las escenas.
Siempre me ha parecido curioso cuánto esfuerzo hacen las personas para distinguirse unas de otras, pero basta con observarlas cuidadosamente para notar algo evidente, que debajo de esas fachadas todas se parecen más de lo que imaginan.
La exhibición plantea su propia lógica. Pese a los vestuarios futuristas y a los escenarios imaginarios, los rostros son uniformes. En el folleto lo explican como un símbolo de igualdad, algo sobre una humanidad futura menos dividida.
Tal vez.
Pero cuando miro esas caras con atención, yo veo otra verdad: que con el tiempo las particularidades se desgastan, los rasgos se mezclan y las expresiones se repiten. En el final todos terminamos pareciéndonos.
Hay cien figuras humanas en el tercer piso, pero uno de los espacios permanece vacío. El público no lo nota; sólo yo conozco cada detalle del inventario, sólo yo busco a quien sea digno de ese lugar.
Dicen que los escultores trabajaron con modelos reales para crear estas figuras, que las personas tuvieron que mantener la misma postura por horas mientras sus características eran copiadas con precisión. Luego vino la cera. Después vendrá el silencio. Los artistas fueron afortunados, yo también lo seré.
Desde las pantallas sigo a quienes llegan al museo: familias, estudiantes, turistas que se protegen del viento mientras hacen fila en la entrada. La mayoría pasa desapercibida; sin embargo, de vez en cuando alguien parece encajar.
—Todavía no puedo creer que estés aquí, Rita, vaya que la pelea con tu novio debió de haber estado fuerte —se escucha de pronto a través del sistema de audio.
—No fue sólo una pelea —responde Rita—, fue la última. Le dije que me iba y que no quería volver a verlo nunca más.
—¿Y se lo dijiste así nomás?
—Le mandé un mensaje de texto antes de subirme al avión.
—¡Qué bárbara! Entonces sabe que te fuiste.
—Sabe que me fui, sí, pero no tiene idea de dónde estoy. Y tampoco pienso decírselo.
—¿Y no te preocupa que intente buscarte?
—Que lo intente si quiere. Este lugar está demasiado lejos de todo. Además, sólo estaré aquí una semana y quiero disfrutarla.
—Pues a mí me alegra que hayas venido a visitarme. Ya necesitaba un poco de compañía.
—Y yo necesitaba desaparecer. Veo que este país es ideal para hacerlo, pero mejor entremos. Varios amigos me han hablado de esta exposición y tengo curiosidad por verla.
—A mí me parece inquietante —dice la otra voz—. Todas esas figuras quietas, con piel de cera, mirando a la nada.
—No exageres —ríe Rita—, son tan sólo estatuas.
—Quizás, pero algunas se sienten muy reales.
—Eso es lo fascinante. Es como si alguien hubiera detenido un momento de tu vida, conservándolo para siempre.
—En fin, será mejor que pasemos a recoger los boletos. Los reservé en línea, pero hay que ir a buscarlos a la ventanilla de recepción —añade la otra voz—. Déjame acomodarme la bufanda; estamos a dieciséis grados, pero con este viento se sienten como trece.
—¿Trece? —repite Rita—. Qué bien. Trece es mi número de la suerte. Lo ves, estoy segura de que hoy será un gran día.
Sonríe y, detrás de las pantallas, dos ojos sonríen con ella.

Sonora, 1976. Licenciada en Relaciones Internacionales por el ITESM y Maestra en Estudios Diplomáticos por el IMR. Experta Universitario en Planificación y Gestión de Proyectos de Cooperación al Desarrollo por la UNED de España. Realizó un Diplomado en Políticas Públicas con Perspectiva de Género en el COLMEX. Diplomática mexicana con rango de Consejera. Miembro del Consejo de Cooperación Económica del Pacífico-Capítulo México. Sus artículos y relatos literarios han sido publicados en Costa Rica, México y Nueva Zelandia.
