Borges y el río del Olvido

Álvaro Ángel Malmierca imagina a Borges frente al río Lete, despojándose poco a poco de su memoria y, con ella, de sí mismo. Un juego entre homenaje y ficción fantástica que transita el olvido, la memoria, la identidad y el misterioso desdoblamiento del yo.

Para Roberto Jones y Javier del Rey Morato

¿Será cierto que Borges,
ya rendido a la muerte,
llegó con su recato acostumbrado
hasta el borde del Lete
y, en el escueto cuenco de la mano, bebió del agua de aquel río,
y al punto se esfumó
como anhelaba
todo lo que hasta ayer
se acumulaba
en su mente
cansada y prodigiosa:
los sonetos,
las sagas laboriosas,
la cábala intrincada,
los bien fraguados laberintos,
la imagen
que guardaba de sí mismo,
de su rostro más joven y curioso,
aquel de antes
de que la noche lo cegara,
y se olvidó también
la vez primera
que escuchó en el aire,
sórdida y lastimera,
la serenata de cuchillos
de aquellos compadritos impiadosos
de Palermo,
su barrio,
con un río de barro
que acaso fuera el limo primigenio
con que amasó
y perpetró su obra;
de su padre,
su casa,
de su historia,
de su abuelita inglesa,
que recitaba a Shakespeare
con destreza
y, al tiempo, le inculcaba
aquella lengua
extraña y rebuscada
que ahora iba olvidando
y que habitaba en libros
perdidos para siempre
en su memoria,
y, a fuerza de olvidar,
iba olvidando
todos los nombres
y todas las historias:
volúmenes de arena,
enciclopedias,
atlas
que, a su manera,
le describían la tierra,
manuscritos
que hablaban de una guerra
y una ciudad lejana,
presa de las llamas,
como la antigua biblioteca
que ardió en Alejandría;
incunables perdidos,
viejos códices,
elegías,
pergaminos,
mamotretos,
ignotos palimpsestos,
las claves de un secreto,
el terrible relato del guerrero
que busca retornar a su isla amada,
el olor del café por la mañana,
Conrad,
y Dante,
y Chesterton,
y Homero,
y todos los poetas
que son y que se fueron,
la sombra de Cervantes,
el ideal de Berkeley,
la tozudez de un Schopenhauer,
ese ser en el mundo
definido por Heidegger,
la idea de Dios
que figuró Spinoza,
el mal humor de Nietzsche,
de Stevenson, la prosa
que ya sonaba hueca
sobre una esquina
rosa,
como el revés de un naipe,
y también olvidó el espejo roto
y el color amarillo,
que, aún remoto, nunca lo abandonó,
ni aun en su noche,
y hasta olvidó
a aquel Funes,
cual fantoche,
que recordaba cada cosa,
y la orilla oriental,
que era tan suya
que, siendo tan igual, era distinta,
y donde acaso
presentía
había sido una noche concebido,
en inspirado arranque lujurioso
de sus progenitores,
y olvidó el campo
y sus colores,
los gauchos,
el estío,
aquel que le inspiró tantos primores,
sus amigos,
el tango,
la milonga,
la flor
en una oreja,
esas puertas de reja
que ya no se abrirían a su paso,
ni aun en sueños,
y aún creyó oír
de Dédalo los ecos
antes de
hallar al minotauro
en un recodo del sendero,
y se olvidó también,
en cierto modo a contrapaso,
las ansias del amor
y los fracasos,
las etimologías,
sus rarezas,
las tardes de Ginebra,
la pereza
que a veces lo invadía,
cual rebeldía de poeta,
y se olvidó también
cada sendero bifurcado
que había en aquel jardín,
de aquella historia,
el ajedrez,
el juego y sus memorias,
el persa,
los arábigos poetas,
las rayas cadenciosas de los tigres,
las mil y una noches
interminables,
el tiempo y el espacio impenetrables
del universo
que ardía en su cabeza,
y sintió dispersarse su memoria
definitivamente
hacia el ocaso,
y alguien diría:
así acabó esta historia,
un alma más
vacía e inocente,
de nuevo,
que sigue su camino
indiferente,
igualada a otras almas
y a otras cosas.
Mas sucedió que, no lejos de allí,
en una esquina
algo difusa,
el Otro lo observaba silencioso,
y con cierto pavor embarazoso,
al final se sintió cual desgarrado
de aquel extraño ser
que hasta hacía poco
lo había habitado
y lo seguía a todos lados,
siendo su sombra y su cayado,
y siendo él mismo
en lo más hondo
de sus premuras cotidianas,
y cuando se quedó solo y confuso,
de pie sobre aquel páramo,
la soledad,
que es siempre artera,
lo sorprendió,
y ahí mismo
llegó de atrás
y le clavó el cuchillo,
cual si del fiero Iberra se tratara,
y así no tuvo más remedio,
malherido,
que regresar a Buenos Aires,
doliéndole el costado,
pero aún vivo,
porque era inconcebible
y hasta burdo
que Borges se muriera
de modo tan absurdo,
peleando
en una esquina de suburbio,
contra su propia soledad,
contra el olvido,
aun cuando fuera
en un suburbio del Averno,
y hoy vive en la ciudad,
joven y eterno,
y en todo el mundo es
inmortal en toda regla,
como no ansiaba ser,
y aunque haya vuelto a ver,
ya nada lo distrae
cuando, meditabundo,
recuerda todo,
pero todo,
todo,
incluso el rostro de Beatriz Viterbo.

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