John Cheever
Traducción y nota de Leandro Arellano
John Cheever: es uno de los mayores cuentistas de Estados Unidos, su vida cubrió buena parte del siglo veinte. Su vinculación con la revista The New Yorker y la ciudad de Nueva York se han convertido en leyenda. Expulsado -que tantas reminiscencias del pasado acarrea- fue su primera publicación, en 1930, cuando el escritor tenía 17 años.
In memoriam, Carmen Moreno Toscano
No ocurrió de repente. Demandó un largo tiempo. Primero tuve una escaramuza con el Departamento de inglés y luego con los demás Departamentos. Algo había qué hacer, pronto. Los primeros indicios fueron gentilezas de parte del Director, quien no era agradable con nadie, a menos que se tratara de una estrella del fútbol, no hubiese pagado la colegiatura o estuviese en vías de ser expulsado. Así me enteré.
Me llamó a su oficina de sillas labradas y dispuestas en semicírculo, así como de cortinas bordadas pendientes de ventanas vacías. Todo a su alrededor eran fotografías de gente becada en Harvard. Me pidió tomar asiento.
Bien Charles, dijo, algunos maestros comentan que no estás obteniendo buenas calificaciones.
Sí, dije, es cierto. No me importaban las calificaciones.
Pero, Charles, me dijo, sabes que la norma en esta escuela es muy alta y tenemos que deshacernos de estudiantes cuyo trabajo se torna insatisfactorio. Le dije que también eso sabía y luego él dijo muchas cosas sobre las tradiciones, los olmos y la magnífica herencia militar de nuestro fundador de West Point.
Afuera de su oficina estaba hermoso. Mantenía la ventana medio abierta y se podía observar el descenso del césped hacia el camino, tras de árboles y arbustos. Las rojizas cortinas eran demasiado pesadas para que el viento las moviera, pero algunos papeles rodaron sobre su escritorio. De rato me levanté y salí. El se volvió y comenzó a trabajar de nuevo. Yo me dirigí a mi siguiente clase.
El día siguiente fue un día muy brillante y los brazos de los duraznos lucían colmados frente al firmamento seco. Podía escuchar gente que hablaba y el sonido de un fonógrafo. Los sonidos provenían del vergel de duraznos y atravesaban el cuarto. Me hallaba en cama y pensaba en cualquier cantidad de cosas. Mis sueños habían sido densos. Recuerdo dos colinas convergentes, algunos manzanos secos y una huevera azul rota. Es todo lo que podía recordar.
Me puse los pantalones, un suéter ligero y me dirigí a la escuela. Mis manos temblaban sobre el volante. Así me temblaba todo.
A través de la nubosidad de los árboles podía ver yo la prominencia de la nueva torre. Sería una hermosa torre nueva y costaría una buena suma de dinero. Algunos pensaron en comprar nuevos libros para la biblioteca en vez de construir una torre, pero nadie vería aquellos libros. Mas la gente podría ver la torre a cinco millas de distancia, cuando hubieran caído las hojas de los árboles. Eso ocurriría en otoño.
Cuando entré al edificio la secretaria del Director se hallaba de pie en el corredor. Era una de esas personas agradables con bucles castaños surcando su cabeza redonda. Sonrió: colegí que debía saberlo.
El Coronel
Cada mañana subíamos a la capilla negra. El enérgico director estaba allí. A veces traía a un miembro de la facultad, a veces a un desconocido.
El presentaba al desconocido, cuyo discurso era siempre el mismo. En primavera la vida es como un juego de béisbol, en otoño como uno de fútbol. Eso era lo que decían siempre.
El hall es húmedo y horrible, con claraboyas que resuenan con la lluvia. Los asientos son duros y uno debe tener un devocionario en el regazo. El devocionario se resbala a veces y resulta embarazoso.
El Día de los Caídos invitan al mejor orador. Traen a un Alcalde o al Gobernador, a veces al segundo del Gobernador. Hay una muy pequeña diferencia.
El Gobernador nos hablará del magnífico país que tenemos. Nos pedirá estar vigilantes de la amenaza Roja. Querrá decirnos que los malditos extranjeros debieron haberse largado a sus casas hace mucho tiempo. Que debieron quedarse en sus malditos países si no les gusta el nuestro. Pero no se atrevía a esto.
Si tienen a un Alcalde, el discurso será más largo. El nos dirá que nuestro país es hermoso y joven y fuerte. Que la Guerra acabó, pero si hay otra, debemos pelear. Nos señalara que la guerra es un rasgo masculino que llevó a la civilización a su actual condición. Luego iría a ayudar a las valientes mujeres a colocar lilas en las tumbas. Y les diría lo mismo.
Un Día de los Caídos no pudieron tener ni Gobernador ni Alcalde. Había un Coronel en el mismo poblado, quien participó en la guerra y tenía el pecho inflamado de tantas medallas. Le propusieron ser el orador. Por supuesto que le gustaría hacerlo, dijo.
Era un coronel menudo con una nariz suave, asentada tranquilamente en su cara. Estaba nervioso y daba vueltas al anillo matrimonial en un dedo. Cuando fue presentado observó al auditorio sentado en aquellos asientos incómodos. En el silencio, la caída de los devocionarios borbotaba como secuela de la fuerte lluvia.
Hablaba rápido y suavemente. Habló de la guerra y lo que le tocó ver. Luego se detuvo. Se detuvo y observó a los muchachos. Ellos observaban sus botas. Pensaba en los cuartos vacíos de otros edificios. Pensaba en los rectángulos de escritorios vacíos. Pensaba en las cortinas del escenario y las cuatro sillas Windsor detrás de él. Luego comenzó a hablar de nuevo.
Habló tan rápido como podía. Dijo que la guerra no era buena. Dijo que no debería haber nunca otra guerra. Que él mismo debería detenerla si podía. Lo juró. Contemplaba las caras jóvenes. Todas estaban muy limpias. Las rodillas de los jóvenes estaban cruzadas y sus suaves pantalones resbalaban con holgura. Volvió a pensar en los escritorios vacíos y comenzó a gimotear.
La gente permanecía inmóvil. Algunos estuvieron a punto de romper a reír. Todos estaban serios cuando sonó la hora. Era tiempo de otra clase.
La gente comenzó a hablar del coronel después del almuerzo. Se cuidaban la espalda. Temían que los escuchara.
Tomó a la escuela varias semanas que todo eso acabara. Nadie dijo nada, pero el coronel no volvió a ser invitado. Si no podían contar con un Gobernador o un Alcalde podían convocar a alguien más que un coronel. Se asegurarían de ello.
Margaret Courtwright
Margaret Courtwright era muy agradable. Un poco calva, tiraba su cabello hacia la frente. Decían que era la mejor maestra de inglés en esta parte del país, y cuando los muchachos volvían de Harvard le agradecían sus enseñanzas. No le gustaba Edgard Guest, pero sí Carl Sandburg. No parecía entender la similitud. Cuando le dije que la gente se mofaba de Galsworthy dijo ella que solían reír de Wordsworth. No concebía que la gente aún se mofara de Wordsworth. Eso era lo que la hacía tan agradable.
Había llegado del oeste hacía mucho tiempo. Tantos años había ejercido el magisterio que la gente ya no pensaba en su edad. Luego de ver veintisiete representaciones del Hamlet y de haberlo enseñado por dieciséis años, se convirtió casi en una inmortal. Su versión era la aceptada en los documentos del consejo escolar. Eso ayudaba mucho a todos. Nadie tuvo que recurrir a una nueva.
Cuando me invitó a tomar el té, me acomodé en un sillón con uvas talladas en el respaldo y moví y removí mis brazos con la caja de té. Una ocasión le leí uno de mis dramas. Me dijo que era magnifico porque no lo entendió y porque tomó dos horas su lectura. Cuando acabé, dijo: “Sabes que esa cosa tuya me atrapó. De veras que me conmovió. Me parece bien que te guste escribir. Tuve una vez un alumno japonés que le gustaba escribir. Era un muchacho bastante agradable, hasta un verano que visitó Provincetown. Cuando regresó no decía nada que no expresara en completas abstracciones. Curioso . . . abstracciones completas. No me agradaba eso, le dije que era absurdo y traté de introducirlo de nuevo con Galsworthy, pero supongo que había llegado demasiado lejos ya. A poco se fue, a Nueva York y después a París. Era lamentable. Un otoño en Provincetown lo arruinó. Sus calificaciones decayeron . . . abandonó las clases para aprender música . . . “.
Entonces ella se dirigió a la cocina y volvió con una bandeja de tartas. Los pasteles estaban crujientes y cubiertos con una capa blanca que los hacía brillar ante la falta de sol. Vi el relleno rojo estallar las delgadas conchas y manchar los triángulos de damasco reluciente. Las tartas estaban sabrosas. Me las comí casi todas.
Ella temía que yo siguiera el camino de su estudiante japonés. Desconfiaba de todo el que discrepara con Heine, de Shakespeare, y de Croce, sobre la expresión.
Un día me llamó a su antiséptica oficina y se refirió a Joyce. Sabes Charles, dijo, esta realidad del sexo puede ser tan absurda como la hipercrítica atención en esos asuntos. Tú sabes eso, ¿no? Claro que sí. Luego salió del cuarto. Tenía tobillos firmes y vestía una banda dorada con granos de diamante en el anillo de su dedo. Parecía incapaz de llevar el peso de los pliegues entre su ropa. Su falda iba retorcida, muy larga por el frente y recortada en un costado. Siempre una cosa u otra.
Cuando abandoné la escuela, no le gustó. Temía que me acercara a Provincetown. Me deseó buena suerte mientras movía un sello de agua de un lado a otro de su escritorio. Después volvió a la enseñanza de Hamlet.
A finales de febrero Laura Driscoll fue despedida del empleo por haber dicho a sus estudiantes de historia, que Sacco y Vanzetti eran inocentes. En su despedida, el Director dijo a la audiencia que lamentaba que ella se fuera y lo hizo de modo convincente. Entonces Laura se puso de pie, dijo al Director que era un maldito mentiroso y con el abanico extendido llamó a la escuela un basurero donde cada uno tomaba su rutina.
La señorita Courtwright se hallaba sentada y sabía que era cierto. No le importaba mucho. El profesor Rogers y su movimiento antifeminista le molestó un poco también. Pero sabía que por muy largo tiempo había enseñado en esa escuela y ningún movimiento la iba a desplazar de su trabajo así de fácil – ¿qué tal todos los muchachos que ella había colado a Harvard y los dieciséis años de estudios de Hamlet?
Laura Driscoll
Las clases de historia están siempre muertas. Consecuencia lógica de que la historia es materia muerta. No se trata de la muerte de una fruta, de un puñado de textiles, ni la muerte de la luz. Es una muerte diferente. No tiene la cualidad intemporal de la muerte. Esta muerta como la coreografía de la ópera. Se halla sobre un lienzo roto y con pintura pálida y diluida y las luces muy brillantes. Muerta como agua vieja en una bañera de plástico.
Estudiaremos historia antigua este año, dirá la maestra a los estudiantes. Sí, la historia antigua será nuestra materia.
Desde luego, esta clase no es para menores. Confío en que la disciplina sea disciplina de gente joven bien nacida. No debemos perder el tiempo en el cuidado de niños. No. Sólo debemos dedicar nuestro tiempo a la historia antigua.
Ahora, sobre las preguntas. Las responderé si son importantes. Si no las considero importantes no las responderé; el año es corto y debemos cubrir mucho terreno en poco tiempo. Eso significa que si cooperamos, participamos y no hacemos demasiadas preguntas, podremos cubrir la materia y tener tiempo suficiente para al final del año hacer una revisión.
Acaso les interese saber que un alto porcentaje de esta clase fueron aprobados el año pasado y me gustaría que aumentara el número este año. Nada más consideren, jóvenes, ¿no sería magnífico que un elevado número -un número mayor que el del año pasado- aprobara? ¿No sería magnífico? Bueno pues no hay razón para que no lo hagamos, si todos cooperamos, participamos y no planteamos muchas preguntas.
Recuerden que yo tengo doce personas de quien ocuparme y que ustedes tienen solo una. Si cada uno de ustedes tiene el cuidado de hacer su trabajo en sus carpetas, me ahorrarán una serie de problemas. El tiempo y el trabajo decidirán si ingresas a la universidad o no, y yo quiero que todos ingresen.
Si cada uno se ocupa de sus propios deberes, haciendo lo que se les asigna, y haciéndolo bien, todos estaremos bien. Son un brillante grupo de jóvenes y quiero que todos aprueben. Deseo que ingresen a la universidad sin ningún problema.
Sobre los libros ahora.
Ignoro cuánto tiempo las clases de historia han sido así. Una u otra vez supongo que la historia estuvo viva. Eso fue antes de que muriera su horrible muerte salpicada de moscas, inmóvil y fría.
Todos parecen saber que la historia está muerta. Nadie se alarma. Alumnos y maestros aman la historia muerta. No les gusta viva. Cuando Laura Driscoll atrajo la historia hasta el salón, retorciéndose y oliendo a algo amargo, corrieron a Laura y estrangularon la historia. Fue algo desastroso, demasiado turbulento.
En historia, el intelecto se aplica a la especulación mecánica sobre un siglo o sus antecedentes probables. La memoria se carga de fechas y nombres muertos. Cuando comienza a aplicar el intelecto al pensamiento de la época o al desarrollo emocional de sus habitantes, se vuelve peligroso. Laura Driscoll era terriblemente peligrosa. Razón por la cual Laura nunca fue buena maestra de historia.
No fue la primera maestra de historia que tuve. No será la última que tendré. Pero es la única maestra que he tenido que sentía la historia con emoción -o, si el estudiante resultaba muy obtuso, con perspectiva poética. Medía cinco pies y cuatro pulgadas, pelo castaño, las piernas combadas por montar a caballo. Todos los estudiantes pensaban que Laura era una maestra excelente.
Fue la única docente que se extasiaba impartiendo clase. Se detenía donde las pizarras y voceaba sus descubrimientos sobre la cultura egipcia. Ella hizo que los rugidos gargólicos de Chartres bajo la lluvia intensa presentaran un significado esgrimible. Enseñaba historia como un interminable flujo de eventos vistos bajo la distorsión de nuestra propia inmediatez. Enseñó historia en los amplios ritmos del drama de Hauptmann, en la melancolía estática de Egipto, sobre la arena inacabable. Enseñaba historia en la simetría ondulada de la cultura dórica. Enseñaba historia como en una hipótesis desde la que uno podía extraer la evaluación de nuestras propias vidas.
Era la única docente que comprendía que al provenir del oeste no era mayor cosa enseñar a estos estudiantes de Nueva Inglaterra.
Ignoro cuál es tu reacción al mar, dijo ella, porque yo provengo de una tierra donde no hay mar. Mis elementos son el campo, el sol, la cadencia plástica de las nubes y el cielo limpio. Tú fuiste traído por el mar. Tú has sido ejercitado en la cadencia del rompimiento de las olas y la fuerza del viento.
Mi visión emocional difiere de la tuya. No permitas que te imponga mi percepción del mundo.
Sin embargo, al Consejo universitario poco le importaba Chartres, mientras conocieras las fechas. Nada les importaba si la historia era vista desde el mar o desde las montañas. Laura gastó mucho tiempo en esa trivia y ninguno de sus estudiantes ingresó a Harvard. Ciertamente, muy pocos alumnos suyos ingresaron a Harvard, lo cual no hablaba bien de ella.
En tanto que los otros miembros de la facultad charlaban de las piernas de Hepplewhite y los adornos de Duncan Phyfe, Laura se postraba ante Shiva o la gloriosa compasión asexuada en su pálida policromía. Laura no pensaba mucho en Estados Unidos. Lo hacía patente y la facultad lo registraba. La facultad entera pensaba que Estados Unidos era hermoso. Les disgustaban quienes disentían.
Con todo, la consumación no tuvo lugar sino hasta fines de febrero. Hacía frío y el cielo estaba limpio y la nieve alta. Afuera de las ventanas se escuchaba el intenso crujir del hielo que se rompía. Fue hacia fines de febrero cuando Laura dijo que Sacco y Vancetti no merecían el trato que les daban.
Eso sublevó a todos. El Director se desconcertó.
La facultad se reunió.
Los padres escribieron cartas.
Laura Driscoll fue cesada.
La señorita Driscoll creyó necesario volver al oeste. En los pocos meses que la hemos tenido entre nosotros ha sido una decidida amiga de la academia, una mujer a quien todos admiramos y queremos y quien -estamos seguros- ama y admira la academia y los olmos como nosotros. Todos lamentamos que la señorita Driscoll se marche. . .
Entonces Laura se levantó, le dijo que era un maldito mentiroso, bajó de la plataforma y abandonó el edificio.
Nunca más nadie la vio. Por el modo que hablaban, nadie quería verla. Todo esto ocurrió a fines de febrero. En marzo la escuela se hallaba en paz de nuevo. El nuevo profesor de historia enseñaba fechas. Cada quien se fue olvidando de Laura Driscoll.
Era una muchacha agradable, dijo el Director, pero no estaba echa para enseñar historia. . . No, no nació para maestra de historia.
Cinco meses más tarde
La primavera de hace cinco meses es la más hermosa que he vivido. El año pasado no sabía nada de los árboles y del tupido florecimiento de los duraznos y los arroyos color de té que corren sobre las peñas marrones. Hace cinco meses era primavera y yo estaba en la escuela.
Se veían las ramas que comenzaban a reverdecer y las canchas de tenis se tornaban blancas y abrazadoras. El aire estaba vacío y denso y el viento tiraba las sombras en el camino. Todo esto lo sabía sólo desde el interior de los salones de clase.
Sabía de los árboles desde atrás del marco de las ventanas. Sabía de la lluvia sólo por el sonido que producía en el techo. Estaba cansado de ver la primavera entre redes y toldos que obstruía el sol espléndido y la fruta madura. Quería salir y ver la primavera. Quería sentir y saborear el aire y permanecer entre las sombras. Quizá es por eso que abandoné la escuela.
En la primavera estaba feliz de haber dejado la escuela. Afuera todo lucía elegante y salvaje y terrenal. Adentro todo iba lento y frío y hueco. Parecía penoso quedarse.
En corto tiempo la primavera se fue. Me dejaron afuera y la primavera se acabó. Yo no quería entrar de nuevo. No iría de nuevo, por nada. Lo lamentaba, pero lo lamentaba por el hecho de haberme ido. Lamentaba que el afuera y el adentro no pudieran abrirse el uno para el otro. Lamentaba que hubiera techos en los salones de clase y trusas en la entrepierna de los instructores para aislar sus contactos. No sentía haber dejado la escuela. Sentía haberlo hecho por las razones que lo hice.
Si me hubiese ido por motivos de trabajo o enfermedad, no hubiese sido tan malo. Irse porque estás irritado o frustrado es diferente. No es algo que hay qué hacer. Es malo para todos.
Desde luego no se trataba de una falla de la escuela. El Director y la institución hacían su trabajo, lo que les correspondía. Era una escuela preparatoria tratando de complacer a universidades. Una escuela que hacía lo que las universidades le solicitaban.
No era una falta de la escuela para nada. Era falta del sistema -un sistema no educativo- preuniversitario. Lo cual hacía inútiles las escuelas.
Como bachillerato la escuela era muy buena. En unos cinco años podían convertir la materia prima en material universitario. Podían vestirlos, alimentarlos y hacerlos declarar lo correcto cuando preguntaran las universidades. Era su deber.
No estaban preparados para educar a nadie. Eran miembros de un sistema preparatoriano de universidades. Nadie deseaba ser educado. No señor.
Presentaban las materias requeridas por las universidades. Matemáticas, inglés, historia, idiomas y música. Alguna vez habían tenido un departamento de arte, pero lo abandonaron. Tenemos bastante qué hacer, decía el Director, intentando que toda esta gente ingrese a la universidad, como para enseñarles arte. Sí, señor, ya tenemos bastante.
Por supuesto había reconocimiento y aprecio por la literatura, el arte y la música, pero no significaban gran cosa. Si eres joven, hay muy poco en Thackeray que sea paralelo a tu propio mundo. El Abbé Scaglia de Van Dyke y los ornatos de los cuartetos de Mozart no son para la atención de tus ojos y tus oídos. La literatura y el arte que mantienen una similitud con tu vida, desaparece. Alguna, incluso, es prohibida.
Nuestro país es el mejor país del mundo. Nadamos en prosperidad y nuestro Presidente es el mejor presidente del mundo. Tenemos manzanas más grandes, mejor algodón y máquinas más rápidas y bonitas. Esto nos hace el mejor país del mundo. El desempleo es un mito. La insatisfacción una fábula. En la preparatoria, Estados Unidos es hermoso. Es la gema del océano y es lamentable. Es lamentable porque la gente lo cree todo. Porque se vuelven indiferentes. Porque se casan y reproducen y votan, y no saben nada. Porque la prensa moderada mantiene la vista en el techo sin mirar el suelo sucio. Porque todo lo que conocen es esa prensa moderada.
Pero no diré más. No me hallo en un sitio en el que pueda hablar.
Ahora es agosto. Las orquídeas transpiran madurez. Los arroyuelos reverdecidos corren bajo las rocas. Hay musgo entre las piedras y no hay aire entre los sauces. Todos se preparan para volver al colegio. Yo no tengo uno al cual volver.
No lo lamento, pero no me alegra.
Es extraño ser tan joven y no tener adónde ir a las nueve de la mañana. Es lo que ha sido la educación. Buenos modales y puntillosidades perfumadas.
Pero no hay más. Es simetría con mi vida. Estoy perdido en ella. Por eso es que no estoy en un sitio desde el que pueda hablar.
Están lavando las ventanas del colegio. Los pisos retacados de cera fresca.
Pronto será el momento de la nieve y las sinfonías. Será el momento de Brahms y los grandes vendavales.
FIN
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Guanajuato, Mexico, 1952. Diplomático en retiro desde 2016. Es autor de los libros Guerra privada (Verbum, 2007); Los pasos del cielo, Ediciones del Ermitaño, 2008); Paisaje oriental, Editorial Delgado, 2012); Las horas situadas (Monte Ávila Editores, 2015). Ha traducido cuentos de Raymond Carver, John Cheever, W. Somerset Maugham y Guy de Maupassant. Fue colaborador de La Jornada Semanal y actualmente participa en la revista ADE (Asociación de Escritores Diplomáticos).
