Visiones Parisinas (IV)

EL ROCE DE TU PIEL

Felipe Sánchez Reyes

Cuando la falda de olán, se posó en la silla, sonrió y rozó su cuerpo, ella sintió que una lava ardiente la anegó. Entonces nació su deseo en la mirada y en el chasquido de la falda que, al sentarse, mostró el muslo esparcido en el asiento y jamás se libró de ella.

La mujer ensimismada caminaba hacia la casa de su amiga de la secundaria. Desde colegiala era poco agraciada, estudiosa, solitaria, rodeada de fracaso y frustración con los chicos que, al no satisfacerla, buscaba a la conocida que alegraba su vida. Y la otra destacaba por su dulzura, sensualidad, noviazgos y el poder mágico de transformar cuanto la rodeaba en regocijo.

La amargada, cuando coincidían y charlaban en la calle como esa ocasión, caminaba con labios y ojos delineados, siempre se lamentaba y quejaba con ella por la falta de una pareja que la prodigara de caricias y cariño. Su amiga sonriente con labios rojos y rubor en mejillas, blusa fiusha escotada y falda corta color perla, bolso, medias y zapatillas negras, que la apreciaba por su cercanía y amistad añeja, intentó con sus virtudes ayudarla y mejorarle el ánimo.

Miró en torno de ambas a un perro callejero blanco con manchas negras que las merodeaba en busca de alimento y amo. Se le acercó con ternura y palpó la cabeza con su mano. Mientras el otro meneaba la cola de alegría y se dejaba acariciar con el candor de su mano, ella invocó una oración mágica que, con un chasquido de dedos, lo transformó en el Apolo de piel marmórea, rizos rubios y mancha oscura en la mejilla izquierda, cual media luna menguante. Enseguida se lo ofreció como pareja, para que la siguiera fielmente y acompañara con la voz y música en su casa y en su vida. Ésta miró radiante a los ojos de miel, le agradeció el obsequio, pero, por la mancha en el rostro que a sus ojos le pareció repulsivo, lo rechazó.

Luego, para complacerla intentó otro regalo. En ese momento pasó a su lado una gata negra que las rodeó con las vueltas de su cola. Se le acercó sin temor al zarpazo. La tomó entre sus manos, la acunó en su regazo y, mientras le acariciaba la cabeza y el lomo con la misma mano izquierda, invocó otro conjuro que la transmutó en la negra Afrodita calipigia que colocó al lado de Apolo. La marchita contempló los brillantes labios seductores de la otra. Rechazó el segundo obsequio e insistió en que sus dos regalos no llenaban su pesar de vivir sola ni vacío emocional.

Entonces su amiga, antes sonriente, le preguntó molesta: -Si estas dos bellezas divinas no te resultan suficientes para llenar el vacío de tu vida, entonces ¿qué deseas de mí? Manifestó ya alterada, antes de enfurecerse y dejarla, como al perro y al gato, sola en la calle.

La otra respondió cabizbaja para ocultar su mirada delatora y deseo más profundo: -Ya que aún no has entendido mi verdadero deseo, te lo diré. Quiero un hermafrodita que, a una orden con mi mano, como si fuera la tuya, me acariciara y cumpliera los deseos de mi piel que brotaron desde que me ahogué en la miel de tus ojos y sentí el roce de tu muslo con el mío en el pupitre de la escuela. [₪]

DOS TEXTOS DE “VIVIR COMO METÁFORA (París 2026)

Denise Morales Cardozo.

1. Abanicarse

La vendedora de abanicos hace mover el aire, menea las faldas de las mujeres, provoca risas en los niños. Y a veces ventila pensamientos oscuros que algunos hombres llevan bajo sus sombreros de paja. Tal es la magia de los abanicos que ella vende en la plaza con su mesita plegable a la que acuden los más pequeños, los viejitos, las muchachas, buscando conocer las confesiones depositadas entre los pliegues de sus abanicos estampados. A cada uno le imprime su ingenio y la eficacia del abanico excede el mero beneficio de refrescarse. Allí estaba yo cruzando la plaza una tarde cuando me detuve a probar uno y otro de sus artilugios hechos a mano.

Entre miradas curiosas de animalitos y paseantes movidos por el frescor de mis abanicadas, elegí comprar uno dibujado con manchitas de tinta sobre tiernas miradas. “Un rostro entre champiñones negros y moteados” dijo la mujer entreviendo el movimiento del abanico en mis manos; “una línea cortante pone fin a un territorio y otra te pone a salvo; un caballito te ofrece su espalda, un río serpentea entre unos ojos expectantes. ¡Nostalgia!” declara la mujer.

El aire comenzó a oler a salitre, a dulce de coco y frutas salvajes. La mujer vio todo clarito y sudaba y bebía agua buscando el modo de calmar lo que la nostalgia arrastra. Puse el dinero en sus manos sin dar tiempo a que acabase de narrar. Caminé sin dilación, estremecida buscaba entender lo que el abanico contaba. Crucé la plaza y lo llevé a casa. Llegamos. Callado, taciturno, sin un solo murmullo, el abanico en mi mano se abre como un agujero por el que el viento del destierro pasa.

2. L’amour est un oiseau sauvage

Una mujer fue hallada dentro de una serpiente, informaron los diarios de Sumatra. Si dijesen que hallaron una serpiente dentro del cuerpo de una mujer, la noticia no resultaría tan desproporcionada. Nuestro imaginario colectivo funda la idea del error y la virtud en ese mítico acontecimiento, en el que una mujer muerde el fruto del deseo inducida por una serpiente. Ni siquiera supimos que era su deseo de conocimiento.

La noticia de la pitón que se tragó el cuerpo entero de una mujer causa estupefacción, pero también seducción, casi placer, apetencia. Durante varios días su familia la buscó inútilmente hasta que su hermana, Carmen, avistó un reptil enorme y abultado en la floresta. Avisó al marido de la desaparecida y éste llamó a los bomberos que trasladaron el anfibio hasta la sala del laboratorio donde lo abrieron. Con la minuciosidad de una comadrona realizaron la faena. La neonata era hermosa, pero estaba muerta.

Carmen preparó a su hermana para el entierro siguiendo un ritual que ambas hacían de pequeñas. Adornó con plumas su cabello, cubrió la mitad de su rostro con un abanico español que su hermana amaba con celo, y su cuerpo tallado con la forma de la serpiente, lo ungió de esencias de naranjos y yerbabuena. Antes de que la gente entrara a verla, apretó el botón del DVD y todos escucharon lo que nadie nunca oyó en aquella lejana aldea de Indonesia… L’amour est un oiseau rebelle que nul ne peut apprivoiser…*. El perfume de la muerta se propagó por toda la aldea y cada vez fueron más los que vinieron a verla. Decían que se sentían movidos por el deseo de conocer y conocerla. Llegaban y quedaban extáticos al escuchar la música con los ojos puestos sobre los abiertos ojos de la muerta.

El marido de la hermana de Carmen trabaja en un criadero de serpientes y dejó en libertad a una pitón la noche que su mujer le confesó que tenía un pretendiente, y la había obsequiado con un abanico español de los que usan las cantantes de operetas. [₪]

* El amor es un pájaro salvaje que nadie puede domesticar. (Ópera Carmen de G. Bizet)

COLIGE, VIRGO, ROSAS

María del Carmen Pérez Fernández

Bombay empezó antes de Bombay, cuando el avión procedente de Nueva Delhi descendió bajo una capa de nubes y aparecieron, detrás de la ventanilla, miles de luces apretadas unas contra otras. Desde arriba no había templos ni avenidas, ni pobreza ni riqueza, solo una ciudad encendida junto al mar, inmensa y amarilla, como si alguien hubiera volcado un puñado de brasas sobre la tierra. Al abrirse las puertas del aeropuerto llegó primero el calor, después el ruido y, finalmente, el olor: cardamomo, gasolina, humedad, sudor, jazmín, polvo. Era un olor denso, casi masticable, que se pegaba al pelo y a la ropa.  Durante los primeros minutos tuve la absurda sensación de que Bombay no podía respirarse: había que beberla.

Fuera del aeropuerto, las bocinas se respondían unas a otras. Los rickshaws negros y amarillos se colaban por espacios que parecían no existir y las motos avanzaban entre coches, peatones y perros dormidos. Una mujer cruzó la carretera envuelta en un sari color azafrán; un niño vendía flores junto a un semáforo; alguien gritó algo que no entendí y otro hombre respondió riéndose. En medio de aquel movimiento, una vaca permanecía inmóvil junto a la carretera, indiferente al estrépito, como si conociera un secreto que todos los demás ignorábamos.

Y allí estaba Maitrey.

Nos abrazamos en mitad del tumulto. Maitrey enseñaba en una universidad de Texas y vivía al otro lado del océano, pero en Bombay era también otra persona: la hija que regresaba a casa, la niña que reconocía aquellas calles, la mujer que podía decir «aquí» sin necesidad de explicar dónde. La seguí hasta el coche y, durante el trayecto, apoyé la frente contra la ventanilla porque quería verlo todo. Ese había sido siempre mi defecto.  De niña abría los atlas y recorría los países con el índice. Había nombres que me parecían conjuros: India, Brasil, Perú, Japón. Imaginaba que algún día podría entrar en ellos y que, si conseguía conocer suficientes lugares, mi vida se volvería más grande. La niña viajera confundía todavía vivir con acumular mundo.

En casa de Maitrey me esperaban personas que nunca me habían visto y que, sin embargo, me recibieron como si mi llegada hubiese sido anunciada desde hacía mucho tiempo. Me ofrecieron comida antes de preguntarme si tenía hambre. Después llegó más comida, luego el té y finalmente los regalos. Recuerdo especialmente unas manos extendidas hacia mí y mi propia torpeza al recibir aquello que no había hecho nada para merecer. Di las gracias varias veces hasta que la palabra empezó a parecerme insuficiente. Hay lugares donde una aprende que la hospitalidad no consiste simplemente en abrir una puerta, sino en comportarse durante unas horas como si esa puerta siempre hubiera estado abierta. Mientras los escuchaba conversar y reír, pensé que quizá viajar servía también para eso:  para descubrir cuántas casas podían acogernos sin pertenecernos.

El viernes fuimos al templo Mumba Devi. Dejamos los zapatos a la entrada y el frío del mármol bajo mis pies fue lo primero que sentí. Después llegaron las campanas, las voces bajas y el humo del incienso elevándose lentamente hacia un techo que apenas distinguía.  Había mujeres con flores entre las manos, hombres que inclinaban la cabeza y niños que imitaban con seriedad los gestos de los adultos. Todo parecía hecho de colores: amarillo de cúrcuma, rojo de bermellón, oro, pétalos, telas. Afuera, Bombay continuaba rugiendo; dentro, el tiempo parecía adquirir otra consistencia.

Vi entonces a una muchacha depositar unas flores. No tendría más de diecisiete años. Las dejó con cuidado, juntó las manos y cerró los ojos. Entre los pétalos había una rosa. Fue entonces cuando regresaron a mí unas palabras aprendidas muchos años antes, cuando todavía creía que los clásicos hablaban únicamente de personas muertas: Collige, virgo, rosas. Recoge, muchacha, las rosas. Me las habían enseñado como una advertencia contra el tiempo: aprovecha la juventud, aprovecha la belleza, recoge hoy lo que mañana habrá desaparecido. Tempus fugit. El tiempo huye.

Sin embargo, frente a aquella muchacha pensé que quizá llevábamos siglos interpretando mal las rosas. Recoger una flor no la salva. También en nuestras manos se puede marchitar.

Miré a Maitrey entre el humo del incienso y pensé que dentro de unos días volveríamos a separarnos. Texas, Europa, aeropuertos, husos horarios, mensajes enviados cuando para una era de noche y para la otra todavía no. Pensé en su familia y en aquella casa que me había recibido sin conocerme. Yo desaparecería pronto de sus habitaciones y ellos continuarían desayunando, discutiendo, abriendo las ventanas, celebrando cumpleaños.  Mi taza volvería al armario. Otra persona ocuparía alguna vez la silla en la que yo estaba sentada. Comprendí entonces que eso era lo verdaderamente insoportable y hermoso del tiempo: el mundo continúa. Avanza sin nosotros.

Salimos del templo cuando empezaba a anochecer y Bombay nos devolvió de golpe las bocinas, los vendedores, las motos, el calor, los monos, los elefantes y los tigres. Una moto pasó demasiado cerca y Maitrey me agarró del brazo. Nos miramos y nos echamos a reír.  Al otro lado de la calle, un hombre vendía flores: rosas, jazmines y caléndulas amontonadas en pequeños ramos. Durante un instante pensé en comprar una rosa. Incluso llevé la mano hacia el bolso, pero no lo hice. Seguimos caminando.

Mientras avanzábamos entre la multitud pensé en aquella niña que muchos años antes había recorrido un mapa con el dedo convencida de que el mundo la estaba esperando.  Quería conocer países, aprender idiomas, atravesar océanos y llenar la vida hasta los bordes. No sabía todavía que una vida no se llena de esa manera. Una vida se va dejando.  Un poco en cada estación, en cada aeropuerto, en una habitación donde dormimos durante tres noches, en una casa donde alguna vez fuimos felices, en la voz de alguien que dejamos de escuchar y en las personas que fuimos antes de convertirnos en quienes somos. Cada lugar conserva algo de nosotros. Por eso existen ciudades a las que resulta imposible regresar, incluso cuando compramos un billete de vuelta.

Aquella noche, antes de dormir, abrí la maleta y guardé uno por uno los regalos de la familia de Maitrey. Desde la calle subía todavía el sonido de las bocinas. Alguien conversaba bajo una ventana y el aire conservaba un olor lejano a comida, humedad e incienso. Bombay seguía despierta, indiferente a mi presencia y a mi futura ausencia.  Pensé de nuevo en la muchacha del templo, en sus manos juntas y en aquella rosa. Y comprendí entonces lo que nadie me había explicado cuando era niña: tempus fugit no significa solamente que el tiempo corre. Significa también que nosotros pasamos.

Las ciudades permanecen un poco más. Las casas permanecen un poco más. A veces incluso las personas que amamos permanecen un poco más. Nosotros pasamos, dejando pequeñas pruebas de nuestra existencia en lugares que seguirán existiendo sin nosotros:  una fotografía, una taza utilizada durante una cena, un recuerdo que alguien conservará durante unos años y que quizá un día tampoco recuerde.

Cerré la maleta. A la mañana siguiente habría otra calle, otra comida, otro lugar que mirar y, más adelante, otro aeropuerto. La niña viajera que había sido todavía quería verlo todo y comprendí que no tenía ninguna intención de hacerla desaparecer. Hay deseos que no deben curarse.

Antes de apagar la luz volví a pensar en la rosa que no había comprado. Durante años había entendido collige, virgo, rosas como una orden: recoge las rosas antes de que se marchiten, toma del mundo todo cuanto puedas antes de que el tiempo te lo arrebate. Pero aquella noche, en Bombay, comprendí que quizá nunca había sido necesario arrancarlas.

Quizás recoger las rosas consistía simplemente en estar presente para verlas florecer.[₪]