De entre los archivos, a los que yo recomiendo que debiera recurrirse con mayor frecuencia para recuperar parte del acontecer del arte moderno mexicano, se encuentra el conformado por los catálogos de exposiciones temporales, junto con las imágenes y los textos que las significaron en décadas pasadas. Así, por ejemplo, en el año de 1961, se armó una muestra retrospectiva a propósito del 70 aniversario de vida de Carlos Mérida en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México.
En el breve ensayo publicado con ese propósito, se leen las opiniones del no menos valorado escritor y crítico Paul Westheim, para quien Mérida ya desde entonces se había convertido en un protagonista inconfundible de la renovación de la plástica nativa.
Vale la pena citar aquí algunas consideraciones sobre el sentido de la creación de este artista y que permitieron perfilarlo de buena manera:
“Esos poemas que son los cuadros de Carlos Mérida están estructurados con gran rigor. El conjunto, dispuesto por un espíritu contemplativo y metódico, que aborrece el azar, da la impresión del equilibrio perfecto. Los detalles solo existen gracias a la relación de las formas entre sí y gracias y el espacio”.
La mirada del ensayista se aproxima cada vez más a una especie de núcleo generador que impulsó el transcurrir de sus obras: “Las superficies de Mérida, señala, se despliegan a un ritmo homogéneo. En la mayoría de los casos, también el colorido, que con el tiempo se simplifica – quisiéramos decir se “arquitectoniza” – cada vez más. En las obras de los últimos años dominan cuatro colores: un rojo apagado, amarillo, negro y blanco. “pintura de dos tonos”—como se expresa él –, matizada por contrastes de texturas. Las siluetas están nítidamente delimitadas, el dibujo se destaca con fuerza sobre el color sin matizar el fondo”.
Aclaro algunos puntos: Esa superficie que se “arqutectoniza” terminó por coincidir o por encontrar su sentido más pleno en las obras de integración plástica que realizó en edificios, monumentos y unidades habitacionales por encargo de diferentes arquitectos. También, vale la pena destacar del vocabulario analítico de Westheim, muy de época, su echar mano de: superficies, colores y tonos, dibujo, texturas y otras acepciones pictóricas más.
Señala pues el ensayista: “Un modo de crear tan estrictamente atenido a la bidimensionalidad, una pintura para la cual la superficie no solo es fondo, sino – igual que la forma, igual que el color – un elemento funcional, forzosamente había de llevar a Mérida al mural”.
“Hay dos factores, añade, que predestinan a Carlos Mérida para el mural: el carácter emotivo de su arte poético-simbólico, y la específica estructura de sus cuadros. Un edificio, un cuerpo constructivo, es una masa arquitectónicamente organizada, las paredes son superficies, son planos. La pintura de Mérida, de acusada bidimensionalidad, de rigurosa disciplina arquitectónica, señala el camino a una unidad formal que abarque la arquitectura y la pintura. Un camino hacia la auténtica integración plástica”.
Deliberadamente he omitido aquí las muchas alusiones de Westheim a esa carga, que, según él, gravitó poderosamente en su obra: las culturas precolombinas, especialmente su herencia maya. Pero sería materia de un ensayo futuro más amplio y, quizá, farragoso, sobre una visión compartida y común en aquellos años: la continuidad del pasado a través de rupturas y restauraciones en el arte mexicano ( Margarita Nelken, Justino Fernández, Alfonso de Neuvillate, Luis Cardoza y Aragón, et al); la reapropiación de una voluntad de creación que traspasa los tiempos y edades del arte, cuyo principal portavoz fue Octavio Paz, que reiteró en numerosos escritos, finalmente reunidos en los dos tomos de Los Privilegios de la Vista que forman parte de sus obras completas.
Importa aquí, por ahora, hacer notar la mirada dotada de una fina agudeza de Westheim para establecer una formalización de la obra de Mérida, que parece hoy – luego de más de sesenta años — tan sólida como inamovible. Prosigue: “Según lo comprueban sus obras recientes, la estructura cúbico-geométrica se ha convertido con el tiempo en factor decisivo – cada vez más decisivo – de su crear. Es, para un pintor de imaginación plástica, que no puede aprovechar los recursos expresivos del arte imitativo, el medio para desarrollar el gran ritmo, y con él la forma simbólica. Y es, no cabe duda, uno de los principales elementos del lenguaje formal de nuestra época; su eficacia la demuestra el arte llamado “abstracto” o “concreto”, que la utiliza al servicio de su afán de espiritualización”.
Finaliza Westheim con una línea un tanto sorprendente, pues sugiere que el cubismo geométrico que envuelve y hace ostensible la obra de Mérida, no necesariamente resulta de una reflexión plástica moderna: tampoco parece referirse a una tendencia que se manifestó en muchas direcciones; concluye que “el “cubismo “de Carlos Mérida es de hoy y de anteayer. También el recurre a ese lenguaje austero (refiere a las creaciones de los antiguos teotihuacanos). Para comprender y valorar sus obras, hay que partir de esta actitud artística suya”. En suma, creó y pintó, desde su actualidad y también desde un singular pasado estético, según podría decirse. [ C ]

Ciudad de México, 1959. Editor, crítico de arte y promotor cultural, concibe la novela como un gesto esencialmente narrativo, pero esto no lo separa ni del cuidado de situaciones y caracteres psicológicos ni de su manifestación visual.