A fines del siglo XIX, la República Francesa decidió obsequiar a Estados Unidos una gigantesca escultura que representaba a la libertad para sellar la amistad centenaria entre ambas naciones. Dicha estatua, de 46 metros, es hoy el símbolo más conspicuo de Estados Unidos y la manifestación más indeleble de la hermandad entre los dos países.
Así, a lo largo de la historia, un pueblo va dejando en otro huellas, a veces profundas y duraderas, y en otras ocasiones apenas perceptibles. Unas las conciben los poderes políticos, pero las más de las veces estas huellas las dejan migrantes a su paso sin proponérselo. Lo que ha sobrevivido del Imperio romano en la mitad de Europa y alrededor del Mediterráneo son templos, teatros y circos, mosaicos y caminos. De él ha quedado también el gusto por el vino y el aceite de oliva, y hasta una manera de impartir justicia, basado en el ius romanum.
En la era de la globalización todos los pueblos están presentes en todos lados, aunque no es igual la permanente e ineludible presencia mexicana en California o Texas que, digamos, la de Nepal en Europa.
Un embajador mexicano, tan pronto llega a otro país, por instinto busca a su alrededor la huella de su gente y de su cultura. Una de sus funciones es hacerla crecer, que se conozcan, que brillen y se multipliquen sus tradiciones, sus artistas y sus productos. Por ello, desde enero de 2023 emprendí la tarea de recorrer Portugal y anotar los rastros y los variados rostros de la mexicanidad en tierra lusitana. Esta es, estimado lector, la historia de un viajero en el interior de la aventura que hizo, tal como advirtió José Saramago en el prólogo de su Viaje a Portugal: una historia de paciencia, de sorpresas, pero también de algunas frustraciones y muchas emociones.
1) La Avenida México en Lisboa y la misteriosa desaparición de la plaza de mismo nombre
Los topónimos son las presencias extranjeras más evidentes: basta con buscar una palabra en un mapa. De esta forma, encontramos una avenida que lleva el nombre de la capital mexicana en la zona céntrica de Lisboa. En 1932, dos años después de establecido el primer consulado portugués en suelo mexicano, un decreto del municipio nombraba la Avenida México en el barrio nuevo de São João de Deus. A semejanza de lo que sucede en la Colonia Juárez de la Ciudad de México, las calles vecinas honran a otras ciudades ilustres: Madrid, París, Río de Janeiro. A diferencia del barrio porfiriano y afrancesado de México, el de São João de Deus es Art Déco.
La avenida es curva, ancha y elegante, flanqueada por el Instituto Nacional de Estadística y por amplias villas de arquitectura geométrica. No es larga –tiene unos escasos doscientos metros– pero en su centro la recorre un camellón que bordean altos y frondosos árboles. Debajo de estos, un objeto rojo de lejos asemeja a un frijol de colorín abierto. Es una escultura de metal de dos metros de largo por uno de alto, sobre una base rectangular negra, una especie de S recostada y pixeleada.
En una esquina de la base, una modesta placa oxidada explica:

No está ahí consignado, pero se trata de una escultura de Sebastián, célebre artista mexicano presente en el mundo a través de esculturas mucho más grandes que ésta. El embajador de México en Lisboa, en 1991, era el jurista Carlos del Río Rodríguez. Seguramente en algún archivo permanecen guardadas las imágenes de la solemne develación de la escultura en presencia del alcalde del momento, en una fecha tan simbólica como el 16 de septiembre.
Termina la corta Avenida México en la Plaza de Londres, donde se encuentra un restaurante icónico de la ciudad: la Pastelaria Mexicana, fundada en 1946, como orgullosamente señala el rótulo. El nombre Mexicana, en azul, recuerda a la tipografía de los Juegos Olímpicos Mexicanos de 1968, ya que cada letra contiene tres trazos paralelos que son luces de neón. En el establecimiento se encuentra una obra catalogada de interés cultural por el Gobierno portugués, dos paneles de azulejo llamados Sol mexicano, del célebre artista plástico Querubim Lapa.
En este momento el lector se preguntará: ¿hay alguna coincidencia de nombre con la avenida cercana? Descubrí que, de 1932 a 1948, la plaza era “vulgarmente” (lo que significa, en portugués, “comúnmente”) conocida como Plaza de México. Un edicto de la ciudad se decidió por el nombre de Londres en 1948. ¿Qué sucedió? Transcribo un interesante comentario, sobre el restaurante: “Todo esto con vista privilegiada a la amplia plaza de nombre londinense, que se iba a llamar Plaza de México – de ahí el nombre Mexicana–, y que después no lo fue por razones diplomáticas hoy difíciles de clarificar. Por suerte, el negocio no cambió también su nombre, pues sería hoy La Londinense, y difícilmente tendríamos el magnífico sol mexicano de Querubim Lapa, en lo que hoy es el comedor. Solo por este panel vale la pena la visita”.
“¿Razones diplomáticas?”. El autor de estas líneas buscó a un amigo, el secretario general de la Alcaldía de Lisboa, y le preguntó cuáles fueron esas razones. No lo sabía, y no fueron encontradas. Pueden emitirse algunas conjeturas: sin duda alguna el Reino Unido era un país mucho más cercano a Portugal que México, en todos los sentidos. Un informe de los años ochenta de la Secretaría de Relaciones Exteriores resumía, en términos sobrios y diplomáticos, la situación política entre los dos países en los lejanos años cuarenta: “Hasta el 25 de abril de 1974, las relaciones a nivel oficial, basadas en la cortesía y el respeto mutuo, no alcanzaron nunca cordialidad”.
Quizás un urbanista encargado de la ampliación de Lisboa había considerado que la Plaza México era una continuación natural de la tan corta Avenida México. Sin embargo, quizá el poder político prefirió honrar a la capital inglesa más que a la lejana capital mexicana que, por lo visto, despertaba entonces solo una vaga cortesía.
2) La Virgen de Guadalupe, de ida y vuelta
En la provincia del Alentejo, más cercana a Badajoz (Extremadura) que a Lisboa, Évora sorprende por el número de monumentos históricos que merecen una visita sin apresuramientos. Por ello es conocida como ciudad museo, y fue declarada patrimonio mundial de la humanidad por la Unesco. Por si fuera poco, a 13 kilómetros al oeste, en la cima de una pequeña montaña cubierta de árboles, se encuentra un conjunto de 95 monolitos del Megalítico, uno de los más importantes de Europa. Para llegar a Cromeleque dos Almendres, uno pasa frente a una modesta parroquia que lleva el nombre de Guadalupe. Fue inevitable detenerse. La iglesia estaba cerrada –y lo estuvo las dos veces siguientes que pasé a visitarla– pero una placa explica que es “de estilo manierista con características rurales”, y que fue consagrada en 1608.
¿Pero de qué advocación mariana se trata? ¿De la Virgen de Guadalupe extremeña, aparecida en el siglo xiii a la orilla del río Guadalupejo, o de la mexicana, que data del siglo xvi? El doctor Juan Manuel Falcão, erudito a quien conocí al término de una tertulia literaria en la embajada de Italia, me dio la respuesta: durante la ocupación española de Portugal (1580 – 1640), los portugueses fueron autorizados a hacer negocios en la América española y a enrolarse en su ejército, y de esta manera algunos comerciantes y aventureros lograron hacer fortuna en la Nueva España y volvieron a tierra lusitana con oro e imágenes de la virgen morena mexicana. El culto a la virgen original, vinculado sobre todo a la protección del ganado, había prácticamente desaparecido en Portugal. Quedan algunos vestigios, por ejemplo, una Capela de Nossa Senhora de Guadalupe del siglo xiv en el Algarve, casi en la punta sudoccidental de Portugal.
Por el doctor Falcão supe que, al menos una docena de iglesias, parroquias y freguesías (unidad administrativa más pequeña que el municipio) llevaron como nombre, en ese particular momento histórico de Portugal, bajo la Casa de Austria y de la Contrarreforma, el de la Virgen mexicana. Hasta en las Islas Azores, cuna de numerosos emigrantes, encontré interesantes testimonios. En la isla de Santa Cruz da Graciosa, el capitán Domingos Pires da Covilhã volvió de América a mediados del siglo xvi y construyó una primera ermita para albergar la imagen de la Virgen traída de México. Esta ermita fue elevada a parroquia en 1602. Espero poder viajar algún día a ese remoto punto del Atlántico para verificar si subsiste el objeto de veneración, o si desapareció en algún terremoto.
La ermita de Nossa Senhora de Guadalupe de Serpa (Alentejo) alberga un exvoto de finales del siglo xix que relata el milagro siguiente: una mujer falleció al dar a luz, y su madre –la abuela del recién nacido– rogó a la Virgen de Guadalupe que le prestara socorro. Y ocurrió el milagro: pudo amamantar a la criatura. ¿Quién hubiera dicho que la virgen mexicana sería también la patrona de los casos desesperados?
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Terminada la investigación de toponimias, ¿se habían agotado los contenidos mexicanos de Portugal? Pensé que ya había yo recorrido todas las rutas y que no había ya nada más que descubrir. Entonces sucedió:
3) La sorpresa de la montaña
Tras un rostro amable, Portugal oculta una tierra dura, pedregosa, difícil para la agricultura. “Tierra sin sombra”, como reza un dicho popular, las polvosas llanuras del Alentejo se asemejan al altiplano mexicano algunos meses al año. Más al norte, las montañas que bordean el Douro, el lado portugués del Duero español, también son áridas y solo los olivos y las vides extraen de estas tierras casi yermas frutos que son hoy motivo de orgullo y de gran reputación para esta región.
En el verano de 2023, un grupo de diplomáticos fue invitado a escuchar un concierto en la pequeña iglesia de Sao Joao da Pesqueira, una aldea de la región del Douro, justo en la montaña aledaña al río, 150 kilómetros al este de Oporto. Olvidada por los circuitos turísticos, fuera de algunos edificios de la era barroca, el lugar parecía no presentar gran interés. El alcalde nos alcanzó al término del concierto y nos llevó a cenar a un restaurante en los linderos de la localidad. Casi me caigo de sorpresa al leer su nombre: “Cantiflas”. Sí, se trataba del nombre del cómico mexicano, cuyo retrato se multiplicaba en paredes, servilletas, manteles de papel y platos de cerámica. Hasta dos platillos llevan su nombre: una “posta especial Cantiflas” y “escalopes a Cantiflas”. “Aquí –reza el lema del restaurante– el Douro sabe bien!” Mi asombro era mayúsculo: ¿cómo había llegado nuestro ídolo nacional a un lugar tan remoto de un país lejano cuyo idioma no es el español?
“Mi padre –me explicó el dueño del restaurante– era un gran admirador de las películas de Cantinflas, y decidió poner el nombre del famoso actor a su negocio”. A la manera portuguesa, que es comerse al menos una letra de casi cada palabra castellana, terminó por llamarse “Cantiflas”. Comprobé, una vez más, la veracidad de aquella frase atribuida incluso al propio Cervantes y a Miguel de Unamuno que dice que el portugués “es un español son huesos”.
Comprendí en ese momento que no sería por lugares o monumentos, sino de personas y de momentos, en donde encontraría yo a México en el país lusitano. Y así fue, a través de biografías, de relaciones, en ocasiones íntimas, de admiraciones y hasta de pasiones. El paisaje se fue poblando de mexicanos, como Cantinflas, algunos con itinerarios insólitos. Comencé a jalar diversos hilos, algunos de ellos me llevaron a otros, y de esta trama comparto al lector un original tapiz.
4) Colosos de bronce vestidos de luces
Los primeros portugueses llegaron a lo que hoy es México con Hernán Cortés, nos explica el erudito Miguel León-Portilla. Y ¿quiénes habrán sido los primeros mexicanos en tocar tierra lusitana? Sin tener pruebas, arriesgo que no fueron mexicanos, sino mexicanas: jóvenes desposadas que llegaron a Portugal del brazo de militares, de aventureros y marineros, de comerciantes que se instalaron en ciudades o aldeas, y tuvieron descendencia luso-mexicana. Todavía hoy, doncellas de Veracruz, Mazatlán o Acapulco se embarcan, sin miedo, rumbo a Singapur o Vladivostok para no regresar.
De lo que sí tenemos certeza es que los primeros mexicanos en ganar celebridad en Portugal provenían de una estirpe singular de hombres: los matadores de toros. La tauromaquia, pasión ibérica, la heredamos los mexicanos de los conquistadores. En Portugal domina el rejoneo, o lidia a caballo; aún así, los toreros “de a pie”, que torean “a la española”, siempre han sido bien valorados. Antes, el toreo aglomeraba a la gente los domingos, y sus héroes eran admirados y adulados como lo son hoy los futbolistas.
¿Cuándo llegaron los mexicanos? El registro más antiguo data de 1889, año en que Ponciano Díaz maravilló a Lisboa con sus descomunales bigotes, su vestimenta charra y sus habilidades sin par a caballo y a pie. Un erudito de la historia del toreo narra que fue de los primeros rejoneadores en clavar dos banderillas de un golpe. En ese acto lo retrata Guadalupe Posada en un folleto taurino de la época. Este incluía décimas dedicadas al “Glorioso éxito de Ponciano Díaz y de sus valientes charros” en Europa, recordando que:
En la Plaza de Lisboa
tuvo gran aceptación,
y a París irá a las fiestas
de la Gran Exposición.
Después de Díaz, triunfaron los más grandes en las plazas portuguesas: Rodolfo Gaona, “El califa de León”; Fermín Espinoza, “Armillita”; Carlos Arruza; Gregorio García; Silverio Pérez, “El faraón de Texcoco”; Carlos Vera Muñoz, “Cañitas”; José González, “Carnicerito de México”; Luis Castro, “El soldado”, para mencionar solo algunos de la primera mitad del siglo xx. En el verano, cuando es tiempo de aguas en México, en las carteleras de Campo Pequeno, en Portugal, llegaron a figurar hasta dos mexicanos en una sola corrida, en los años treinta y cuarenta.
¿Qué admiraban los portugueses en estos mexicanos? El experto taurino Jaime Duarte de Almeida dedicó un libro a los toreros mexicanos a finales de los años cuarenta, Os Mexicanos em Portugal, obra aderezada con numerosas fotografías. Transcribo a continuación una muestra de su entusiasmo:
Estos ‘artistas de cara de bronce, mirada viva, perspicaz, y con pecho de acero’ ofrecían amor patrio, valentía desmedida; sensibilidad artística que los vuelve estilistas del toreo; generosidad que los hace jugar el todo por el todo para que el público se lleve siempre de la plaza la certeza de que, si no hicieron más, fue porque más no les fue posible. […] Aun cuando caen en la arena, en esa lucha de victoria tan dudosa, saben caer con garbo, recordando al magnífico Cuauhtemotzin –el hombre que personifica a México–’.
Estos “artistas de las arenas” dejaron sus nombres e improntas en revistas, carteles y una numerosa parafernalia coleccionada por los fanáticos de la tauromaquia, como el señor Marco Gomes, de la población de Alter do Chao, en la provincia de Ribatejo. Entre los miles de objetos y materiales impresos que llenan su casa y también la vecina, la cual compró y habilitó como museo, México está presente en cada rincón: trajes de luces, capotes, carteles, libros y fotografías. México es parte de la historia de la tauromaquia de Portugal.
Grandes toreros portugueses también triunfaron en México, como Manuel “Manolo” dos Santos, y Diamantino Viseu. El primero tomó la alternativa en 1947, siendo “Armillita” su padrino y Carlos Arruza su testigo. Deslumbró en la Plaza México en 1950: cortó orejas y rabos y se ganó el supremo trofeo, la Rosa Guadalupana de Oro.
Viseu, un año mayor, también triunfó en la plaza más grande del mundo. Dejó imágenes para la eternidad al estelarizar una cinta cinematográfica con la “Diosa del fado”, Amália Rodrigues, en 1958: Sangre torera. Años atrás, en 1949, dos Santos ya había protagonizado a un torero en la película Sol y toros. Tanto dos Santos como Viseu tuvieron esposas mexicanas. En 1947 Viseu se casó con Yolanda López, nieta del general chihuahuense Manuel Narciso López. En 1954 dos Santos se casó con la moreliana Gloria Elena Diez, a quien conoció en Sevilla.
Dos Santos se volvió un próspero empresario taurino, y compró una quinta antigua en la pequeña ciudad de Golegã, de donde era oriundo, que llamó como la madre de su esposa: Guadalupe. En febrero de 2025, don Manuel dos Santos hijo abrió al público un museo sobre la vida y la obra de su padre. Hay numerosos testimonios de México, como las imponentes cabezas de los toros Vanidoso, que casi lo mata al cortarle la arteria femoral de una cornada, y Lusitano, que lidió el día de su despedida de México, y por supuesto la Rosa Guadalupana.
Dos Santos y Viseu fueron amigos muchos años, y su presencia en un cartel bastaba para llenar las plazas. Un día, sin embargo, pelearon. Regresaré más adelante sobre el especial momento de su reconciliación. Las esposas mexicanas mantuvieron una gran amistad. Siempre orgullosas de sus raíces, cuando les ganaba la nostalgia, me contó Mario Coelho, nieto de Yolanda, estas dos mujeres de fuerte carácter se refugiaban en un bar de Lisboa y, acompañadas por un pianista, cantaban boleros mexicanos. Mario, siguiendo la tradición familiar, es torero “de a pie” y pasa temporadas en México.
No a todos los toreros les fue bien en Portugal. El “Carnicerito de México” tuvo un final trágico en la plaza de Vila Viçosa, una histórica población a 50 kilómetros de Badajoz. El 14 de septiembre de 1947, apenas unos cuántos días después de que cayera Manolete en la plaza de Linares, fue herido de gravedad por un toro en el interior de la pierna. Lo acompañaba la legendaria Conchita Cintrón, rejoneadora y matadora peruana. “¡Conchita, este me mató! ¡Este me mató!”, gritó. La hemorragia no pudo ser contenida en la humilde enfermería de Vila Viçosa, y falleció al día siguiente. Era el tercer torero mexicano que moría ante los ojos de Conchita.
Hoy el toreo a la española ya no interesa y una nueva generación de rejoneadores mexicanos prueba su suerte en las plazas de Portugal. He acompañado en diversas ocasiones a Emiliano Gamero, quien, con sus largos bigotes y vestimenta charra de otra época, es la reencarnación de su tocayo Zapata. Es el nuevo coloso de bronce que llena plazas y arrebata aplausos delirantes. Vi alborotadas muchachas levantar carteles desplegando su admiración por Emiliano, algo que no acontece con los otros.
5) Las últimas voluntades de Francisco Cervantes y de Antonio Sarabia
Cuenta Jorge Luis Borges que, al cumplir 22 años, visitó Portugal con la ilusión de conocer a sus “mayores”, a la “gente errante” de su sangre. Su bisabuelo Francisco, a comienzos del siglo xix, había abandonado su pueblo natal para fundar una familia muy lejos, en Buenos Aires. Con emoción, prosigue el escritor, abrió el directorio telefónico en Lisboa y dio con cinco páginas de Borges. Fue un momento amargo: era imposible llamar a cada uno de ellos y preguntar si recordaban a algún antepasado capitán que habría navegado a Brasil y luego a Río de la Plata. “El infinito o cero –concluyó con la conocida filosofía borgiana– es lo mismo”. El escritor argentino solo regresaría una vez a Lisboa, ciego y con 85 años a cuestas.
La falta de raíces lusitanas no fue obstáculo para que dos escritores mexicanos se sintieran portugueses: Francisco Cervantes y Antonio Sarabia. Poeta que no desdeñó la prosa el primero, novelista que incursionó en la poesía el segundo. Para ambos, Portugal fue morada y musa, vida y destino. También objeto de sus últimas voluntades. Ambos, indiferentes a la modernidad que les tocó vivir, fueron voces independientes de la literatura mexicana, excéntricas porque fuera de cánones, únicas y deslumbrantes.
El joven queretano Francisco Cervantes se enamoró de Portugal, de su historia, de sus poetas. El más venerado fue Fernando Pessoa, y su traducción de la “Oda Marítima” fue la primera al español. Llegaron a decir –sin duda un halago– que Cervantes era un heterónimo más del genio portugués. Pero su voz íntima era la de los juglares medievales, las leyendas de los cruzados y el hechizo de Lisboa:

Su gran lamento fue no haber vivido en Portugal más que por períodos cortos. Al morir, en enero de 2005, pidió que sus cenizas fueran esparcidas en el río Tajo, entre el Monumento a los Descubridores y la Torre de Belem.
El 7 de julio del mismo año, tras una vigilia frente al túmulo de Fernando Pessoa, en el Monasterio de los Jerónimos, como en la cinta E la nave va de Federico Fellini, un pequeño grupo de personalidades embarcó en la corbeta “Antonio Enes” para rendir un último tributo al poeta: algunos familiares, un vicealmirante, la presidenta del Instituto Camoes, la directora de la Casa Fernando Pessoa, y el embajador de México, Mauricio Toussaint.
El representante diplomático, con emoción, declamó que el poeta quiso formar parte de la sal del mar, de aquellas lágrimas de Portugal descritas por Pessoa, y leyó las coplas del que quiso volver a Lisboa, del propio Cervantes.
El recuerdo de ese luminoso día de verano se irá borrando conforme se apague la vida de cada uno de sus testigos, pero permanecerán algunos testimonios escritos, como el presente.
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El capitalino Antonio Sarabía (el apellido, lusitanismo en portugués, se pronunciaba con vocal tónica en la i) se fue a Europa a los 37 años y, escritor errante, alternaba residencia entre París, Guadalajara y Lisboa. Los últimos lustros de su vida transcurrieron en esta última ciudad, rodeado de amigos entrañables, intelectuales de talla, lusos y de otras nacionalidades, enamorados de Lisboa como él.
La magnífica creación literaria de Sarabia abrevó de numerosas fuentes y épocas culturales: Amarilis sumerge al lector en el Siglo de Oro español, a través de los últimos años de Lope de Vega; El retorno del paladín se sitúa en la Granada musulmana en lucha contra el reino de Castilla; El cielo a dentelladas reconstruye la Sevilla de la era del descubrimiento de América, a comienzos del siglo xvi; Troya al atardecer está ambientada en la Grecia clásica, dando nuevamente vida a Helena, París, Héctor y Aquiles. México no quedó fuera, con grandes novelas como Los convidados del volcán y No tienes perdón de Dios (obra póstuma).
Le encantaban las tertulias y solía acudir regularmente a Pistola y Corazón, restaurante-bar mexicano donde oficiaba Gonzalo, de espesos bigotes dignos de Pancho Villa, con su hermano. Sarabia compartía bromas y novedades literarias con sus amigos escritores, entre ellos Karla Suárez (Cuba), José Manuel Fajardo (España), Luis “Lucho” Sepúlveda (Chile), cuando este último pasaba por Lisboa, como antes intimaba con Antonio Tabucchi, autor del magnífico Sostiene Pereira.
Una noche a Sarabia se le ocurrió decir que, al morir, deseaba que la mitad de sus cenizas fueran esparcidas en el Tajo, y la otra mitad en el Corte Inglés, su tienda de predilección. Falleció repentinamente el 3 de junio de 2017, y sus hijos buscaron para él un espacio en el cementerio más bello de Portugal, el de Prazeres (Placeres), desde el cual se domina el Tajo. En ese momento de la historia intervino una pareja de portugueses ejemplares, el fino poeta Nuno Júdice y su esposa Manuela, en ese entonces secretaria general de la Casa de América Latina de Lisboa: ¿por qué no depositar sus cenizas en el sepulcro de los escritores portugueses? Si ya descansaba ahí un extranjero famoso, su amigo Tabucchi, ¿por qué no podría descansar él a su lado? Se apuraron los trámites, y se abrió la puerta del sepulcro. Con el consentimiento de la viuda de Tabucchi, se colocó entre las dos urnas un testimonio fotográfico de la amistad que los unió.
Tenía yo que ver ese sepulcro con mis propios ojos. Y, ¿por qué no? vislumbrar por la puerta la urna de Sarabia y la fotografía de los amigos. Una mañana de invierno me dirigí al cementerio de Prazeres. En la entrada me dieron indicaciones para llegar a los sepulcros de los escritores ilustres. Encontré fácilmente el primero, donde yacen doce escritores, fallecidos entre 1883 y 1998. No se encuentran las glorias portentosas de las letras portuguesas, un Eça de Queiroz, un Antero de Quental, un Alexander Herculano, tampoco Fernando Pessoa. Con mi escaso conocimiento de las letras portuguesas, solo reconocí a la activista y poetisa Natalia Correia. Tuve que dar un par de vueltas para dar con un sepulcro de estilo neogótico que de frente dice “Jazigo da familia de G.S.G.” y a un costado, sobriamente con letras de oficina pública, se lee: “ESCRITORES PORTUGUESES ii”. Sin más. En ese sepulcro confiscado, no vi nombres por ningún lado, no entendí el por qué tanta discreción con la segunda ronda de escritores portugueses (y algunos no portugueses). Los reflejos de la puerta de vidrio me impidieron ver el interior. Desanimado, emprendí el camino de regreso, pero por si acaso pregunté en la entrada por qué no se nombraban esos escritores. Obtuve una respuesta administrativamente lógica: el poeta Nuno Júdice falleció en marzo de 2024 y había sido el último ingresado al sepulcro. Habían retirado la placa con los nombres para poder agregar el suyo. Todo devagarinho, como se dice en portugués, es decir despacito, sin prisas.
Regresaré algún día con la esperanza de que la placa, actualizada, haya regresado a su lugar, y pasaré un dedo sobre las letras que dirán:
ANTONIO SARABIA
N. 10-10-1944 F. 03.10.2017
Karla Suárez y José Manuel Fajardo me contaron la historia de su amistad con Sarabia, y generosos me enviaron la fotografía de los dos Antonios, uno italiano y otro mexicano, quienes compartieron su pasión por Portugal y hoy, comparten un placentero reposo eterno.
6) El triunfo de Cantinflas
Dicen que las jornadas de Cantinflas duraban más de 24 horas, tal era su energía. En su único viaje a Portugal, en septiembre de 1961, cada día valió por dos. Incansable, desde su llegada triunfal hasta su salida, participó en actos públicos, dio innumerables entrevistas, recibió docenas de cartas y de regalos, prodigó atenciones, sonrisas, autógrafos, y en un momento dado, ante incesantes preguntas de periodistas, fingió aventarse por una ventana – motivo de muchas risas y más fotografías.
Centenares de personas lo ovacionaron desde el momento en que bajaba las escalerillas del avión, y la policía tuvo dificultad en abrir paso al vehículo del embajador mexicano que lo llevó a su hotel. A pesar de la apretada seguridad, una muchacha aventurera logró llegar hasta su habitación una mañana. Comenta Platea, un semanario dedicado a la pantalla grande: “El cómico, delicadamente, la llevó al corredor”. Todos querían ver al artista mexicano, porque no solo el pueblo gusta de Cantinflas, anota la misma revista.
Portugal recibió con los brazos abiertos a Mario Moreno, elegantemente vestido y muchas veces serio, y a Cantinflas, el cómico que en Campo Pequeno, la plaza de toros de Lisboa, ofreció un espectáculo taurino que hizo reír hasta las lágrimas a miles de personas. Entre múltiples peripecias, leyó el periódico sostenido por los cuernos de un novillo, se recostó a su lado como tomando el sol, y hasta se le cayeron los pantalones al correr. El animal se prestó a todo, hasta a bailar al son de Marina, canción italiana entonces de moda. Cantinflas también mostró sus dones de torero, plantando dos banderillas con una sola mano. Ministros, embajadores, artistas, la gente importante estaba presente. Más tarde, fue en la residencia del embajador de México que Cantinflas, acompañado de Amália Rodrigues, “La Reina del Fado”, con quien el actor mexicano había entablado una gran amistad en México, logró que se reconciliaran los dos toreros más famosos de Portugal, ya referidos anteriormente: Manuel dos Santos y Diamantino Viseu. Los dos amigos portugueses más cercanos de Cantinflas, Amália y Manuel dos Santos, aparecen en innumerables fotografías a su lado a lo largo de su estancia portuguesa.
Mario Moreno “Cantinflas” también viajó a Portugal para promover su última película, Pepe. En la sala de espectáculos Politeama, tras la proyección de la cinta, develó una placa que marcaría el evento. ¿Subsiste la placa? Quise confirmarlo. Las salas de cine poco a poco desaparecen por el mundo, y me imaginaba un edificio del centro de Lisboa cerrado, condenado a la demolición. Pues el Politeama, nacido en 1890 como teatro dramático, es hoy escenario de musicales, y su director, productor y exitoso escritor, Filipe La Féria, me recibió con mucho entusiasmo y me llevó al vestíbulo para mostrarme la placa. Esta se encuentra en el mismo lugar, hoy flanqueada por una dedicada a las 100 representaciones del espectáculo María Callas, y por otra que celebra Maldita cocaína, exitoso musical con el que se estrenó el Politeama después de una extensa remodelación, en 1993. El teatro mantiene todo su esplendor y el Sr. La Féria cuida con esmero los testimonios de su gloria pasada, de la cual Cantinflas ya forma parte.
También hubo una gala de beneficencia en el Casino de Estoril, en la que la alta sociedad lisboeta no podía faltar, protagonizada por Mario Moreno y por Amália Rodrigues, para la creación de un banco de ojos. En el casino Amália cantó y Mario Moreno, espectador, la aplaudió a rabiar y solo subió unos momentos al escenario invitado por ella, para dirigir unas palabras al público.
La última noche, Mario Moreno acudió a una cena en casa de Amália, a reventar de invitados y de algunos fotógrafos, gracias a quienes quedan recuerdos precisos de esa velada extraordinaria. De la mesa, guarnecida de los mejores mariscos locales, pasaron a la sala donde se formó una tertulia plena de música, anécdotas graciosas y mucha alegría, que se prolongó hasta las seis de la mañana. De casa de Amália el actor mexicano partió directamente al aeropuerto para volver a su país.
7) Amália también cantaba rancheras
Amália Rodrigues encarnaba a Portugal en el mundo, como Cantinflas a México. Ambos, artistas de talento innegable en sus respectivas artes, conquistaron por el mundo la condición de estrellas. Un rasgo más, y no menor, los unía: ambos reconocían con orgullo sus orígenes populares. Recuerda Amália en una entrevista que cuando fue a México por primera vez, a inicios de 1953, tenía la ilusión de conocer al cómico, pero no se atrevió a buscarlo. Fue él, el año siguiente, que en el famoso salón Tropicana le envió al camerino al final de un espectáculo un gran arreglo de flores con su tarjeta. Así inició una gran amistad que perduró hasta la muerte de Cantinflas, en 1993. Quizás se vieron una última vez en 1991, año de la última actuación de Amália en México, durante la primera Cumbre Iberoamericana de Guadalajara. Es así que Amália cantó por su país en un espectáculo dirigido a los jefes de Estados y de Gobierno de América Latina, España y Portugal. El productor Filipe La Féria me comunicó una confidencia de Amália, ya mayor, con quien tenía amistad: que Cantinflas “era bien aventado” y un día quiso seducirla y llevarla a la cama, pero que ella no se dejó.
Amália sedujo al público mexicano. Aprendió, en sus primeros viajes a México, algunas canciones rancheras, como Fallaste corazón; Por un amor; Grítenme piedras del campo; Gorrioncillo pecho amarillo. Con su luminoso timbre de voz y el acompañamiento metálico de la guitarra portuguesa, les daba una nueva vida a esas canciones, que dejaban de ser enteramente mexicanas. Llegó a quejarse de la insistencia con la que, en México, le pedían canción ranchera, cuando ella quería interpretar fados muy portugueses.
La morada lisboeta de Amália, hoy sede de la fundación que lleva su nombre, quedó tal como la ocupaba la cantante al morir, y está abierta al público. Increíblemente, todavía resuenan hoy por la casa las palabras y los silbidos del último loro gris africano que Amália amaestró, ya que estos pájaros pueden vivir hasta 90 años. Sigue donde siempre ha estado, en la cocina, y sigue llamando a gritos a su antigua dueña en todo momento: “¡Amália! Amália!” México está presente en la casa, pero de manera más discreta de lo que me imaginé cuando la visité. Por ejemplo, se expone una fotografía en la planta baja, donde ella aparece rodeada del Trío Calaveras. Es mi deseo que el personal de la fundación pudiera rescatar y destacar algunos de los recuerdos que Amália llevó de México, quizás alguno de los regalos de su generoso amigo Mario Moreno “Cantinflas”.
Las rancheras de Amália ya no se consiguen por ningún lado. Un proyecto en curso de la embajada mexicana en Lisboa busca rescatarlas con la ayuda de contrapartes portuguesas, y editar un pequeño libro que contextualice y acompañe las canciones mexicanas que ella cantó con tanta pasión, grabadas en un disco compacto. Será, sin duda, de gran interés para los amantes tanto de la música popular mexicana como del fado. Así, los dos países quedarán unidos a través de la música.
8) Las huellas mexicanas en Portugal, presente y futuro
Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo.
(Mercedes Sosa, Todo cambia, 1984)
Estimado lector, espero haber logrado captar tu interés con estas pequeñas viñetas sobre algunos lazos e historias que han unido a México y Portugal a lo largo del tiempo. Todo cambia… A Cantinflas las nuevas generaciones no lo reconocen y la música de Amália Rodrigues encontró refugio en la estación de radio… Amália. ¿Cuáles serán las nuevas huellas que los mexicanos dejarán en Portugal?
Lo mexicano ha comenzado a proliferar por el mundo de manera abigarrada y folclórica, a veces tristemente de mal gusto y hasta vulgar, a través de restaurantes, taquerías, birrierías y otras mezcalerías. Hace unos cien años Alfonso Reyes, siendo ministro plenipotenciario –en ese entonces así se designaba a los embajadores– podía jactarse de ofrecer en su residencia la única comida mexicana existente en las capitales donde sirvió (Río de Janeiro, Buenos Aires, París). Hoy, cada semana en algún lugar del mundo se abre una de estas nuevas embajadas culinarias mexicanas. Portugal no es la excepción, y ya en Lisboa no menos de una docena de restaurantes compiten por una clientela cada vez más exigente. Hasta en pequeños poblados de provincia uno va encontrando vitrinas con alguna interpretación local de lo mexicano, que auguran un lugar de comida mexicana unas veces más, otras veces menos auténtica.
Los muros de Lisboa también se van poblando de arte urbano internacional y han dado cabida a artistas de México. La embajada mexicana ya amplió su espacio de influencia cultural más allá de sus propios muros: del otro lado de la calle de Monsanto, durante la pandemia por COVID-19 la artista @sofiacastellanosart plasmó un mural de unos veinte metros de largo, de nombre La caravana de la vida. En 2024 y en 2025, el festival Juntas podemos + coordinado por jóvenes mexicanas y apoyado por la embajada, atrajo a numerosas mujeres artistas provenientes de más de veinte países, quienes han cubierto decenas de metros cuadrados de la capital portuguesa con poderosas imágenes y expresiones del poder de la mujer y un nuevo sentido de la feminidad.
Portugal sucumbe poco a poco ante la atracción de la catrina mexicana y del Día de Muertos. En 2025, para el carnaval, unos sesenta habitantes de Covilhã, población al pie de la montaña Serra da Estrela, decidieron maquillarse y vestirse de catrinas siguiendo modelos mexicanos, y con esa novedad se ganaron los aplausos del público. A finales de cada mes de octubre, escaparates de los centros comerciales – los nuevos templos paganos –se van vistiendo de los colores y atuendos ya no de Halloween, sino del mexicano Día de Muertos.
Podemos imaginar un cronista futuro de Lisboa describiendo un gran desfile de catrinas, alebrijes y otros seres imaginados en México, que cada primero de noviembre recorrerá la Avenida de la Libertad, de la rotonda del Marqués de Pombal a la Plaza del Rossio, rivalizando en público y en entusiasmo con las Fiestas Populares de Santo António.
La gran mudanza que se vive ahora es la llegada cada vez más numerosa de mexicanos al bello país lusitano: jóvenes nómadas digitales, familias enteras, inversionistas, pensionados, la mayoría atraídos por un clima benévolo, un pueblo cercano, distinto pero casi familiar, pacífico y encantador. Más empresas mexicanas tienen presencia aquí, qué mejor prueba que las camionetas de la panificadora Bimbo circulando por las carreteras del país, de Braganza a Lagos. Van surgiendo necesidades de lo nuestro, de lo auténtico, que poco a poco amplían nuestra huella. Supremo lujo, el chirriar de una tortillería ya se escucha en la zona de Marvila, en Lisboa, ese dulce sonido de nuestra infancia.
México está más presente que nunca en Portugal. [ C ]
Este texto es parte de un libro para conmemorar los160 años de relaciones diplomáticas entre México y Portugal de próxima aparición. Agradecemos al autor la primicia de su contenido.

Es miembro del servicio exterior mexicano desde 1987. Es embajador de México en Portugal y anteriormente ante la República de Corea, la República Popular Democrática de Corea y Mongolia (2017-2022). Fue Director General del Proyecto de Integración y Desarrollo de Mesoamérica en la AMEXCID, de la Secretaría de Relaciones Exteriores (2015-2017). Es internacionalista por el Colegio de México y realizó estudios en el Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos y en la École Nationale d’Administration (ENA). Ha publicado textos sobre temática internacional en revistas especializadas. En 2020 publicó la fábula política “La guerra de los nopales”, incluida en las revistas Acentos Review y en Angel City Review.
