Octavio Paz y la Revolución islámica

Irán representa un desafío para las relaciones internacionales desde hace algún tiempo. A partir del ascenso del ayatolá Ruholá M. Jomeini en 1979 este país ha sido cuestionado por su modelo político y en los últimos años ha afrontado ataques armados desde el exterior contra dirigentes, figuras políticas e instalaciones estratégicas a fin de contener su influencia regional, inducir una transformación interna y minar su potencial militar nuclear.

Los acontecimientos recientes, obligan a comprender mejor esta república islámica para confirmar que el mundo en la actualidad trasciende la tradicional lógica del equilibrio de poder regional -evitando que un país sea el hegemónico en Medio Oriente- y que más bien estamos en una confrontación de identidades, narrativas y percepciones cuyo objetivo final aparente es lograr una legitimad ideológica que garantice un nuevo modelo político que sea reconocido por la mayoría de los actores internacionales.

No hay duda de que el conflicto se alimenta de visiones opuestas sobre un aparente orden regional, de la relevancia de la religión en la política y de la memoria histórica de agresiones mutuas. Desde esta perspectiva, una revisión del texto que Octavio Paz escribió sobre el régimen teocrático que emergió de la revolución islámica resulta pertinente tanto por lo que representa desde una perspectiva meta histórica como por su validez en el momento actual en el Medio Oriente, donde dos visiones políticas se enfrentan evidenciando como baluartes la democracia de tipo occidental y el islam en una de sus variantes.

1.

Al conmemorarse el centenario de su nacimiento, la Nueva Revista Arte y Cultura publicó el artículo Antonio R. Rubio Pio titulado “Octavio Paz e Irán: el valor de la meta historia”,[1] en el cual lo reconoce como un buen conocedor de la realidad de su tiempo y como un analista perspicaz de los acontecimientos políticos que vivió, pero destaca que esto no fue resultado de sus experiencias diplomáticas sino más bien de su universalidad para reflexionar dejando al margen la minucia del acontecimiento político.

Rubio Pio subraya que a Octavio Paz nunca le interesaron los detalles secundarios ya que prefería las esencias capaces de explicarlo todo. De ahí que el núcleo de su texto verse sobre un aspecto fundamental: afirmar que Paz trascendió cualquier acontecimiento político que atestiguó para centrarse en la meta historia o en la meta política.  Por eso, en diversas ocasiones, él se atrevió a decir que las facultades de ciencias políticas deberían estudiar más las tragedias de Esquilo y Shakespeare a fin de que los científicos sociales comprendieran el componente trágico de la política y traspasaran sus categorías empíricas de análisis.

Con este parteaguas, el texto referido plantea un acercamiento que conjuga el estudio de las ideologías políticas y su relación con los totalitarismos del siglo XX. Y es aquí donde emerge la relevancia del mesianismo político religioso que, desde la perspectiva de Paz, se manifestó en la república islámica de Irán con el ascenso al poder del ayatolá Jomeini en ese país en 1979.

2.

Existe un ensayo específico en el que Paz analiza la primera revolución islámica de la época moderna: “La rebelión de los particularismos”, incluido en la primera edición de Tiempo Nublado (1983). Aquí repasa sus planteamientos previos respecto a las diferencias entre revolución y revuelta y reitera su postura respecto a las revoluciones rusa y cubana. Pero lo fundamental es que plantea su asombro por el retorno de las creencias, las ideas y los movimientos que él suponía desaparecidos ante el fracaso de su práctica sustentada en estructuras opresivas y burocratizadas.

En el caso de Irán, le resultaba manifiesto que el mundo estaba ante una revuelta más que ante una revolución. Ello porque estábamos ante un acontecimiento que conllevaba disturbios y mudanzas violentas en un statu quo específico; inevitablemente se trataba de un cambio determinado por un regreso a los orígenes. Sólo como parangón, revolución para Paz conlleva el advenimiento de un mundo nuevo, algo que no ocurría precisamente en Irán en ese momento.

Lo que él vio fue la restauración de un pasado glorioso, hasta cierto punto mitificado, que se reivindicó a través de un nacionalismo religioso; en suma, desde su punto de vista, estábamos ante la emergencia de un particularismo que buscaba la asunción al poder político. Esta mezcla de planteamientos, empero, no implicaba un mero retorno al orden antiguo ya que se evidenciaba un cambio original (particular) que intentaba regresar a los orígenes de una cultura o civilización: el islamismo.[2]

Desde este constructo, la caída del Sha Mohammed Reza Pahlevi no sorprendió a Paz ya que había sucumbido por la fuerza de una fe (chiita), a la que él considera “una religión de combatientes y de mártires”. La caída del Sha era algo previsible ya que no logró hacer mella alguna en una teocracia militante sustentada en una ideología a prueba de cualquier revolución.

El chiismo se convirtió paulatinamente en una creencia pasiva en la mayoría de la población, adquiriendo un papel activo en la vida política de Irán. El poder del clero chiita no se desvaneció con la ola de progreso que motivó Reza Pahlevi y sus países aliados, principalmente los Estados Unidos. En un contexto más amplio o supra ideológico, la “revuelta” iraní de 1979 exhibió un desdén por las peculiaridades históricas y culturales internas, lo cual motivo un error táctico de acercamiento, y con ello la transformación hacia el momento que perdura casi medio siglo después de su imposición.

Otro aspecto fundamental señalado por Paz fue que en el movimiento que derrocó al Sha Reza Pahlevi nunca se vislumbró alguna connotación o aproximación a una revolución liberal o marxista sustentada en algún determinismo histórico. En este movimiento participaron tanto grupos de clase media ilustrada como el partido Tudeh (comunista, en la clandestinidad), a los cuales la fracción religiosa traspasó para imponer su propio régimen. Al respecto Paz señala que los partidarios de Jomeini estaban unidos por una ideología tradicional, simple y poderosa identificada en esencia con la nación; ni liberales ni marxistas percibieron el empuje de la poderosa combinación nacionalismo-religión.

3.

La distancia temporal permite revalorar la lectura que hizo Paz del inicio del régimen aún vigente en Irán. Lo que él señala respecto al regreso de creencias, ideas y movimientos que consideraba desaparecidos de la superficie histórica, es relativo ya que en realidad nunca se desvanecieron y, con diversos matices, están presentes en diversas entidades nacionales del Medio Oriente y más allá.

En el caso del chiismo, que Paz define por su puritanismo, su intolerancia y por la institución de su guía espiritual (Imán), conviene remarcar su culto al martirio, manifiesto a través de una fe de vencidos y de mártires.[3] Además, es visible un clero organizado que actúa como custodio de las tradiciones religiosas y nacionales. En suma, sigue vigente una ideología tradicional, simple y poderosa sustentada en la religión, el nacionalismo y una fusión de lo militar y lo ideológico.

Algo también visible, después de casi medio siglo de su asunción al poder, es que los dirigentes iraníes no han concebido, ni en totalidad ni con matices, un nuevo proyecto que esté en armonía tanto con la evolución de su sociedad como con el momento actual del orbe y que al mismo tiempo siga siendo congruente con sus propias tradiciones.

Frente a la palestra internacional la fórmula originaria perdura: identificar un enemigo exterior y catalogarlo como amenaza. Esta estrategia ha sido fundamental para asegurar la unidad interior y el respaldo al líder religioso y político. El conflicto con Occidente o con otras visiones teocráticas ha funcionado como estrategia ideológica y como cruzada religiosa, sin embargo, si algo caracteriza al siglo XXI es la interdependencia sobre la diversidad ideológica. El momento actual es contrario a la triada religión-política-guerra y por ello reconocer una modernización política, económica y social, sin amenazas a valores religiosos y culturales, sería una forma de poner fin a un estado endémico de guerra.

Sobre todas las cosas hay un aspecto fundamental para comprender a Irán: trascender la imposibilidad de diálogo entre diferentes. La incapacidad para comprender lo que tanto Irán como los países occidentales refieren a través de sus planteamientos políticos, jurídicos o diplomáticos sigue vigente. Como dijera Paz, pareciera que el lenguaje de Irán es de otros siglos y el de Occidente es moderno. Hoy, más que nunca, es necesario aprender a oír el otro lenguaje, el lenguaje enterrado, que para algunos resulta arcaico, aunque su permanencia le provea modernidad. Aceptar ese lenguaje conlleva un redescubrimiento (resurrección le llama Paz) de una sabiduría (afluente de ideas) que se resisten a reconocer las democracias modernas, lo cual ha impedido la plena comprensión de quien siguen considerando adversario ideológico. [ C ]


[1] https://www.nuevarevista.net/octavio-paz-e-iran-el-valor-de-la-metahistoria/

[2] Zbigniew Brzezinnski se refirió al despertar político global de ese momento como un tiempo de particularismos, nacionalismos e individualismos.

[3] Conviene recordar que al interior de Irán se han desarrollado otros sistemas religiosos, entre ellos el sufismo, que es la contrapartida espiritual de chiismo con una amplia variedad de exponentes místicos.