– ¿Tú si te acuerdas del 85 ? ¿Dónde te encontrabas esa mañana y qué fue lo que sentiste? Así comenzaste tu charla la tarde de ayer en el café. Pero como no lo recordaba ni lo había estructurado en mi memoria, llegué a casa con esa idea en mente, me instalé en la silla del escritorio y rememoré cada minuto de aquel suceso que ahora te cuento.
Esa mañana del jueves llegué en la pesera de la Avenida Pantitlán a la calle Miguel Lebrija que conecta con Hangares a las 6.40 a. m. Me bajé con otros pasajeros adormilados, subí el puente de madera y llegué hasta el portón principal del Colegio. Me introduje, firmé mi tarjetón donde anoté el tema que trataría ese día con mis tres grupos y me dirigí a la Sala de Literatura.
Allí, mientras esperaba a que dieran las siete de la mañana, llegaron mis compañeros: Alma Rosa y Rosaura, Rommy, Ricardo y Maurilio. Comentamos incidentes del día anterior, nos salimos juntos, atravesamos el patio y, al llegar al primer edificio, el C, nos separamos: tres se siguieron al B y A, y tres caminamos hacia el primero. Alma se quedó en el aula del primer piso, Rommy en el segundo y yo en el tercero de la misma torre. Me dirigí al último salón del pasillo, que se encontraba justo entre la jardinera del C y B, la biblioteca del plantel y el canal entubado de la avenida Río Churubusco.
Cuando abrí la puerta del salón, recién aseado por Pastor, lo saludé, también a mis alumnos puntuales. Miré el reloj: eran las 7. 10’ a. m. Me introduje y detrás de mí la algarabía de las y los alumnos del grupo que corrieron a ocupar su mesabanco preferido. Me instalé en el escritorio, cerca del ventanal que estaba frente a la jardinera con su árbol elevado y al edificio de enfrente, el B, donde circulaba el griterío de otros alumnos. Coloqué mi mochila en la silla, saqué mi cuaderno y anoté en el pizarrón la actividad de escritura que realizarían, mientras ingresaban los que llegaron tarde. ¡Te mentiría, si te dijera que borre de mi memoria esa mañana que aún guardo en mis pupilas y mi mente! Mañana que se volvió traumática para el alumnado y la sociedad capitalina.
Como a ti también te dio clases el maestro Poncelis, recordarás que él nos impulsó a dar clases de literatura en la Prepa, CCH y Bachilleres. Sí lo acuerdas, ¿verdad? Entonces te sigo contando. El plantel de Bachilleres abrió sus puertas en septiembre de 1978 y mi horario docente era de 7 a 11 a. m., después marchaba al CCH, donde impartía Latín por la tarde y donde nos conocimos. En ese primer año recibimos a alumnas y alumnos de nuevo ingreso que trabajaban por la tarde en empresas que les requerían el certificado de bachillerato para obtener su ascenso.
Aún estaban terminando de construir la Dirección del plantel 10 “Aeropuerto” y carecía de biblioteca, estacionamiento, canchas deportivas, y dominaba la inseguridad con los jóvenes drogadictos y maleantes de la zona. El mismo año se realizó la excavación y ampliación de la línea 1 del metro, de Zaragoza a Pantitlán, que más tarde conectaría con la línea 5 y correría de Pantitlán a la Raza -se inauguró en 1982- y al Politécnico.
Durante la excavación del metro Pantitlán, los ingenieros hallaron a cien pasos de la escuela los restos de mamut, peces y aves. Al enterarse la maestra antropóloga, Ángeles, que impartía la materia de Ciencias Sociales en el plantel, pidió permiso al ingeniero responsable de la obra y descendió con maestros y alumnos a visitar ese antiguo santuario. Claro, algunos, después de escuchar la explicación del hallazgo arqueológico, tomaron fotos de las piezas.
Pero dejemos la parte histórica porque ya te impacientaste y volvamos a aquel jueves y al salón de clases del edificio C. A las 7. 15 a.m. todos mis alumnos de primer semestre se encontraban sentados y realizando la actividad en sus cuadernos. De pronto, a los cuatro minutos de iniciada la clase, todos nos sentimos como muñecos manipulados: alguien superior a nosotros nos movía el piso, nos sacudía la cabeza de un lado a otro, nos mareaba con sus vueltas, como cuando te la agarran tus amigos, te la agitan y te dan a beber el “caballito” de tequila, así mismo nos pasó. Además, empujaba y hacía crujir la puerta y ventanas pequeñas. Algunas chicas empezaban a alterarse y a gritar, mientras las y los restantes mostraban rostro de pánico, pero nadie intentaba salir del aula. Todos permanecimos allí, como si un dios griego dominara nuestra voluntad. Supongo que también tú te enfrentaste a una situación parecida en la escuela donde impartías clase por la mañana ¿o no?
Mientras el árbol de la jardinera, al que jamás prestamos atención, de pronto se inclinaba a uno y otro lado, y estuvo a punto de romperse. En su dolor movía sus ramas largas de un edificio a otro y, como jamás había sucedido ni lo había demostrado, asediaba y rozaba furioso los cristales de la ventana. Sus ramas, como manos implorantes y amorosas, se acercaban cada vez más rápidas al cristal del ventanal, como el amante que intentara atraparla, besarla y retenerla entre sus brazos. Pero, una vez que estaba cerca de ella, alguien se lo impedía, le movía la jardinera y lo jalaba hasta el otro bloque.
Como tú habrías hecho, yo también, como ellos, me quedé pasmado y temeroso, sin saber qué hacer. Pues jamás había vivido una situación similar, ni sentido una ondulación que me arrebatara el piso de mis pies, ni jugara conmigo y con nosotros como muñecos de trapo. Sólo atiné a decirles que no se movieran de su lugar, que se alejaran del peligro de los cristales y que no intentaran salir despavoridos del salón.
Todos y todas obedecieron la orden. Primero sentimos un movimiento ondulatorio que nos impulsaba a un lado y otro, luego el sube y baja del piso y la oscilación circular. Después tú, yo y ellos supimos por la radio que el sismo duró minuto y medio, perro todos los presentes en el salón, lo sentimos como si hubiera durado media hora, como si regresáramos del más allá y hubiéramos renacido.
Pasado el miedo del reacomodo de la capa tectónica, todos nos quedamos atemorizados, encerrados y aislados, sin saber de los otros grupos del plantel, pero continuamos concentrados en la actividad escolar. Al cuarto para las nueve que concluí la clase -ya sabes que soy “matado”-, todos guardamos nuestros útiles, abrimos desconcertados la puerta y salimos al pasillo solitario.
Pero, tú, que has leído la Divina comedia y conoces su mundo espectral, ya te imaginarás lo que vimos en ese momento. Lo que vimos desde el tercer piso nos desconcertó: los pasillos estaban en silencio y sin alma, la escuela desierta, carente de vida adolescente, y respirábamos una atmósfera cargada de tensión. Descendimos las escaleras y, al llegar al patio, alguien del cuerpo directivo nos informó que todos los grupos abandonaron la escuela después del sismo. Desde ese momento, quedaron suspendidas las clases de esa y todas las escuelas de la ciudad, porque los ingenieros vendrían más tarde a evaluar los daños del inmueble.
Como ya lo supondrás, salí del plantel, recorrí atónito la calle, no sentía mis pies que me llevaban a abordar la pesera, tampoco cuando me bajé en la avenida Pantitlán y caminé hacia la casa de mis padres, pues me sentí como si mi alma se hubiera disociado de mi cuerpo. Cuando llegué, ellos estaban oyendo la radio que informaba que se habían caído muchos edificios de la ciudad; que el Hotel del Prado que albergaba la librería El Sótano se había desplomado, también el Hotel Regis ubicado en la avenida Juárez y esquina de Balderas, y otros hoteles aledaños: el área de la Alameda quedó devastada.
La zona más afectada se hallaba por la zona del edificio SCOP y la colonia Roma. Jacobo Zabludovsky transmitía la información en vivo, porque el viejo inmueble de Televisa se colapsó. La radio y la prensa informaban fugas de gas en la ciudad. Toda la población, a causa de las posibles réplicas del sismo, dejó de trabajar en las oficinas, salió a las avenidas transitadas, caminó angustiada por las calles, vio los escombros de los edificios derrumbados.
Se suspendió la luz eléctrica y los teléfonos hogareños. Desde ese momento la gente ya no depositó sus veinticinco centavos por tres minutos para comunicarse por teléfono público. Ahora podía hacer uso, de manera gratuita, de las casetas telefónicas -Telmex aún era propiedad del estado y no de Carlos Slim- para comunicarse con sus familiares y conocer su paradero.
Jamás te conté que entre mis padres y yo construimos cinco años antes nuestra casa que tenía una cisterna con gran capacidad de agua potable. Pues bien, cuando empezó el desabasto de agua en toda la ciudad, porque se había infectado -a partir de ese momento las empresas iniciaron la venta de agua embotellada-, nuestros vecinos acudieron en busca del preciado líquido vital con sus cubetas a casa de mis padres y mi mamá, solidaria con las causas justas, se los proporcionó.
Continuaron los reporteros anunciando que había muchos muertos, fétidos, tirados en las calles, se formaron cercos sanitarios para que nadie se acercara a la zona del desastre. Ante la parálisis del presidente Miguel de la Madrid y del regente de la ciudad, la población civil se organizó y acudió a retirar los escombros, cadáveres y accidentados de los edificios caídos. Surgieron los “topos” con sus perros que se internaron entre los escombros, para sacar a personas y niños heridos o muertos.
Así vivimos en una ciudad colapsada y estuvimos, como tú lo recordarás porque impartías tu materia en el CCH -allí coincidimos ambos como docentes, aunque después nos dejaste y hallaste mejor futuro académico y económico en la UAM-, un mes sin clases, porque aún no existían las computadoras, internet ni las aulas virtuales que utilizamos en la pandemia del COVID 19.
Por los reportes diarios de la radio y la prensa nos enteramos que la ciudad de México era una ciudad devastada, ciudad de muertos y heridos, habitantes sin techo, enfermos mentales que deambulaban por las calles. Dominaba el sonido constante de sirenas de las ambulancias y de los bomberos, pues ellos, los verdaderos héroes, no tenían descanso.
Todo esto sucedió el jueves a las 7.19’ a. m. del 19 de septiembre de 1985 con un sismo que tuvo la magnitud de 8.1. A partir de ese terremoto, recordarás que las autoridades implementaron las medidas de seguridad que conocemos en todo el país: casas, departamentos y escuelas.
Ah, sí, no te impacientes que ya vuelvo al tema inconcluso. Olvidaba contarte en qué terminó ese romance. Bueno, el idilio del árbol y la ventana no prosperó, pues jamás volvieron a estar juntos como aquella vez, al contrario, cuarenta años más tarde, ya viejos y sin interés de ella por él, se separaron y alejaron definitivamente. El árbol refugió su amor frustrado en las aves que se posan por las tardes en sus altas ramas y las acaricia con sus hojas cuando están dormidas; y la ventana indiscreta cobijó el deseo de los amantes furtivos que aloja por las noches y que cierran el aula con llave para no ser interrumpidos en su pasión, mientras ella contempla a sus anchas los cuerpos juveniles extasiados.
Ahora recuerdo que en ese momento yo aún no me casaba, sino dos años más tarde, veinte años después abandoné esa escuela y continué en el CCH de la UNAM, donde nos convertimos en amigos inseparables. Actualmente mis compañeros de entonces en el colegio ya murieron, como Maurilio, tu compañero de la Facultad, o se jubilaron como Rommy, Ricardo, tu otro amigo escolar, Alma Rosa y su comadre Rosaura que tú conoces.
Hoy cumplimos cuarenta años de aquella tragedia que enlutó al país, que sirvió para que la sociedad civil se organizara y derrocara más tarde al régimen priísta corrupto. Si con Miguel de la Madrid entramos en la etapa neoliberal que explotó a la nación, con Andrés Manuel López Obrador y la sociedad cansada de la servidumbre y explotación cambiamos el rostro del país y entramos a una sociedad menos injusta ¿o no es así, mi querido Vicente?
¡Ahora que termino de contártelo y de volver a tu pregunta inicial de ayer en el café, me preguntas que ¿para qué te cuento todo esto? Para que tú ni yo ni la sociedad olvide ese momento fatal en nuestra ciudad que tanto adoramos tú y yo, cuando contemplamos los edificios majestuosos del centro histórico. [ C ]

Puebla, 1956. Ensayista, narrador y traductor. Licenciado en Letras Clásicas y Maestro en Literatura Iberoamericana (UNAM). Es coordinador de la Colección Bilingüe de Autores Grecolatinos, dirigida al Bachillerato de la UNAM y es profesor-investigador de la UNAM (CCH Azcapotzalco), donde imparte las materias de Griego y Taller de Lectura y Redacción. Su obra incluye: Poesía erótica: Safo, Teócrito y Catulo (UNAM-CCH, 2020), Teócrito: poemas de amor, desamor y otros mitos (UAM-A, 2019), Pétalos en el aula. La docencia, lecto-escritura y argumentación (UNAM-CCH, 2018), Totalmente desnuda. Vida de Nahui Olin (Conaculta-IVEC, 2013). Ha colaborado en las revistas, Tema y Variaciones de Literatura, Texto Crítico, Liminar, La digna Metáfora, CambiaVías, Eutopía y Poiética.
