Elogio de la poesía

Para mi amada Laura laurel

Uno

Mi pueblo, otras veces enunciado en este espacio se llama Tepetlixpa. Me agrada que esté emplazado sobre las laderas de un cerro porque de esa manera, la vista y esencia del mismo pueblo, circunstancia indefinible que los antiguos llamaban “alma del lugar”, se posan en la distancia.

Comprendo y acepto el reto de escribir desde un rincón como este, lejos de las ciudades grandes, más lejos aún del mundo, pero además de mis propios motivos, con mi trabajo creativo deseo convertir a Tepetlixpa en un lugar universal.

Para convencerme a mí, más que a los posibles lectores de este texto, siempre he creído que la poesía constituyó mi rito de paso para entrar al mundo. La poesía me permitió conectar con la realidad y mi propio centro, igualmente me convenció de que podía escribir sobre cualquier tema y si quería, ubicarlos en mi propio pueblo o región.

No estoy seguro por qué fue la poesía. Igual pudo ser un ensayo, la filosofía, música o una borrachera. Solo se necesita el detonante adecuado, pero no quisiera romantizar mucho al respecto. Cuando sucedió lo que aquí relato, hará unos veinte años, tenía la costumbre de leer encaramado en las bardas del atrio y como por casualidad ese día llevaba Anábasis de Saint-John Perse. Lo que sucedió, si en verdad se puede traducir, fue el traslado de la fuerza expresiva de los versículos al paisaje circundante. Con esa poesía, el atrio, su magia, sus piedras y musgos, lo que en cuatrocientos años se ha adherido al conjunto arquitectónico de la parroquia, se desdobló hacia afuera.

No sé los mecanismos ni su certeza, es muy probable que sean imposturas, pero estoy dispuesto a apostar que la poesía permite casi cualquier transformación. No invento el hilo negro. Esa es su mayor virtud y magia, el nombrar que vale por crear, clasificar y transformar los ámbitos de una mirada que antes solo veía casas y árboles y sombras.

Dos

Leer a Perse pudo ser una simple casualidad, pero en ese momento el zafio panorama de casas grises y laderas empedradas se mostró transformado. Imaginación o invención poética, la parroquia de pronto cambió de lugar; ya no estaba en una lomita frente al Popocatépetl sino en la punta de una enorme bahía, un océano perfecto creado a base de nubes, colores e imaginación. El lugar donde estaba sentado con mis poemarios dejaba de ser un patio de piedras volcánicas para comenzar su trasmutación a jardín, playa, lo que fuera.

A partir de ese momento todo fue sucumbiendo a la transformación. Las casas emergían en esta enorme chinampa de tierra que flota sobre los montes. Abajo surgió un mar imaginario lleno de brumas y olas que lamían la tierra llenándola de aromas, incitando a que fuera surcado de inmediato; más océano sin barcos, tan solo un mar de brumas naranjas con calma sepulcral.

A Tepetlixpa, pueblo serrano enclavado en la parte árida de la región de los volcanes, le vendría bien tener mar y sólo la poesía lo permite. Solo por ella sigue humedeciéndose, adquiriendo pulpa y consistencia de auténtico villorrio marino alejado de los muelles, con una vista magnífica sobre el horizonte.

El mar, pensé ese día y sigo creyéndolo, desde luego sería abierto y furioso, no habría oportunidad de ir a nadar en familia; sería el último pueblo continental, una frontera entre la naturaleza y las obras de los hombres. Por las tardes, el cielo se fusionaría con el mar naranja, estallando en colores violetas y dorados que treparían las lomas y se perderían en la penumbra de los templos. Sensación más hermosa y profunda no podría caber entonces en un altiplano reseco y de piedra donde un loco ve al cielo. Por eso me demoraba mucho para cerrar los poemarios.

Tres

Pensar que hay un mar aledaño al pueblo, una conversión del horizonte en bruma, la transfiguración de lomeríos en islas, cayos y protuberancias es, disculpen la arrogancia, poesía. Se puede decir, por supuesto, que fue simplemente una descripción más o menos ensoñadora. Puedo reconocer asimismo que se trató de un ejercicio visual durante la segunda mitad del año, cuando la coloración que adquieren las nubes permite una reificación de lo celeste con sus tonalidades. Pero igual vuelvo a apostar que fue la poesía. La bruma que deja el ritmo de la Odisea, las iridiscencias exquisitas de Dolores Castro, la inimitable observación que Yolanda Oreamuno, la matriarca de la literatura costarricense, hizo de nuestros pueblos bajo el volcán: “esa tierra parda del alto valle, que conserva la huella de haber sido lamida, en edades lejanas, por algo suave y tembloroso como el mar”.

Esperaría que los poetas me ayuden a argumentar que efectivamente, la poesía reconvierte al espacio, no este sino todos, con la urgencia de una palabra que ha sido concebida sabiamente con paciencia y amor. Es, en concreto, su magia y su más alto don. “La poesía ayuda a la gente a maravillarse”, nos recuerda Alberto Blanco.

Cuatro

Se pueden decir muchas cosas de la poesía y mi intención no es agregar una página más sino insistir que surge en el exacto instante cuando devela la realidad del mundo, cuando permite ver las formas que se han escondido en lo que frente a nosotros parece ser la única verdad.

Bajo esa idea entiendo a la poesía más allá del mero ejercicio de palabras sino como el recogimiento absoluto que permite la empatía, el conocimiento en suma de la propia existencia. Como Alberto Careiro enuncia en El guardador de rebaños: “ser poeta no es una ambición mía / es mi manera de estar solo”, pues la poesía no se debe a artificios sino a un momento de exaltación que sobreviene maravillosamente después de una observación y recogimiento extenuantes.

El momento en el que surge la poesía es una epifanía y una exaltación no solo del autor como del género humano en conjunto. Ahí tenemos, ejemplar como nunca, el testimonio de Fernando Pessoa, quien llegó a asegurar que exactamente el 8 de marzo de 1914 comenzó a escribir de pie y en un tirón, los poemas que forman El guardador de rebaños, “y escribí treinta y tantos poemas uno tras otro, en una especie de éxtasis que no podría definir. Fue el día triunfal de mi vida, y nunca volveré a tener otro igual”.

Pessoa testimonia esa exaltación que se consigue al dejar de elucubrar y comenzar a percibir, a encarnar el lenguaje del univereso; pero no es asunto de ser ejemplar sino de vivir profundamente el oficio del poeta, ese individuo que toma las palabras como materia prima cuando las existencias en sus diversas manifestaciones trascienden el estatuto de cosas y se vuelven promesas y paisajes admirables; cuando todo se transforma y erige en un nuevo reino, en una manifestación del ser que hasta entonces ignorábamos que podía existir al alcance de la mano.

Cuando recogido en la calma de la parroquia, dispuesto a creer en mares imposibles, resuella la espuma y se siente la brisa cargada de sal.

Todo eso no es un acto de magia o una inconcebible lógica del sueño y la proyección, sino una invitación: todo se puede ver con un nuevo cristal, porque se ve, se cree y ama en eso. “El mundo no se hizo para pensar en él / (pensar es estar enfermo de los ojos) / sino para mirar hacia él y estar de acuerdo”.

Sin haber leído entonces a Pessoa esa disposición a dejar de pensar y comenzar a creer, me permitió seguir viendo a mi pueblo y su realidad poética. Mar de piedra, mar de tierra, ondas de agua que han sido petrificadas y adheridas a los montes; que ya peinan otras cabelleras ondulantes. Que se aman, porque “Amar es la eterna inocencia / y la única inocencia es no pensar…” [ C ]