(Traducción de Leandro Arellano)
El Editor -del British Weekly-, de modo insidioso, tendió una trampa a sus corresponsales. El asunto parecía ingenuo, pero en realidad calaba hondo. No es sino hasta después de cierta consideración y miramiento cuando el escritor despierta para hallarse envuelto en algo relativo a una autobiografía, o peor aún, en un capítulo de la vida de ese infante, de ese hermoso hermano que todos alguna vez tuvimos, y a quien hemos perdido y guardado duelo: el hombre que debimos haber sido, el hombre que esperábamos ser. Mas una vez empeñada la palabra (incluso a un editor), de ser posible, debe mantenerse. Si con sensatez algunas veces no digo nada, y otras, por fragilidad, digo demasiado, la culpa debe atribuirse a quien me tendió la trampa.
Los libros con mayor influencia, los de peso decisivo, son los de ficción. No atan al lector a un dogma que más tarde descubrirá ser inexacto. No le enseñan una lección que más adelante debe desaprender. Repiten, ajustan y esclarecen las lecciones de la vida. Nos liberan de nosotros mismos. Nos obligan a tratar con otros y nos muestran la trama de la experiencia. No como la podemos ver por nosotros mismos, sino con una alteración considerable: el atroz, el devorador ego nuestro, por una ocasión, ha sido derrotado. Desde luego, deben ser razonablemente fieles a la comedia humana, y cada obra que lo es, contribuye a instruirnos. Mas el camino de nuestra formación responde mejor a aquellos poemas y romances en donde se respira una atmósfera generosa de pensamiento y prevalecen personajes bondadosos y nobles. En ese orden, Shakespeare ha sido el más valioso. Pocas amistades han ejercido sobre mí una influencia tan poderosa como Hamlet o Rosalinda. Este personaje, bienamado ya en la lectura, tuve la fortuna de verlo, en una hora memorable según creo, representado por la señora Scott Siddons. Nada me ha emocionado, complacido y renovado tanto, ni se ha agotado su influjo. El breve discurso de Kent sobre el moribundo Rey Lear me influyó profundamente y fue materia de mis reflexiones por largo tiempo. Tan honda, tan generosa me pareció su significación, como abrumadora su fuerza expresiva. Acaso mi mejor y más entrañable amigo luego de Shakespeare, sea D´Artagnan, el viejo D´Artagnan del Vizconde de Bragelonne. No conozco otro espíritu más humano ni, a su manera, más exquisito. Lamentaría enterarme de algún engolado que no pueda aprender del Capitán de los Mosqueteros. Por último, debo citar El progreso del peregrino, un libro rebosante de bellas y valiosas emociones.
De obras de arte poco se puede decir. Su influencia es profunda y silenciosa, como la de la naturaleza. Moldean por contacto. Las bebemos como agua y nos mejoran, pero no sabemos cómo. Es en libros más específicamente didácticos donde podemos observar su efecto y distinguir, sopesar y comparar. Un libro que ha tenido gran influencia en mí arribó temprano a mis manos y se mantiene en primera línea, bien que su influencia se reveló más tarde y sigue creciendo. Es un libro del que no se libra uno con facilidad: los Ensayos de Montaigne. Esa visión sobria y cordial de la existencia es un inmenso agasajo para cualquiera en todo momento. En esas páginas afables hallarán un caudal de heroísmo y sabiduría, todo de antiguo linaje. Mantendrán vibrantes sus “buenas costumbres” y sus acaloradas ortodoxias (y si poseen talento para la lectura), advertirán que no sin razón y (de nuevo, si poseen talento para la lectura) acabarán por caer en cuenta de que ese honorable varón era un refinado personaje, y mantenía una visión de la vida de muchos modos varias veces más noble que la suya o la de sus contemporáneos.
En orden de tiempo, el libro que me influyó luego fue el Nuevo Testamento, especialmente el Evangelio según San Mateo. Creo que sorprendería y conmovería a cualquiera que pudiese hacer un esfuerzo de imaginación y leerlo de nuevo como un libro y no como parte de la Biblia. Cada quien podrá ver esas verdades que gentilmente se supone que sabemos y todos rehuimos hacer. Pero sobre ese asunto quizás sea mejor guardar silencio.
Llega el turno de Hojas de yerba (Leaves of Grass) de Whitman, un libro de especial utilidad, un libro que volvió de revés el mundo para mí, lanzó al espacio mil telarañas de afectada y ética ilusión, y habiendo sacudido mi altar de mentiras me volvió atrás, a la base sólida de las virtudes valerosas y antiguas. Pero, de nuevo, es un libro sólo para aquellos que poseen el don de saber leer. Seré franco: creo que sucede con todos los libros, excepto los de ficción. El hombre promedio vive y debe vivir de modo convencional, las cargas de pólvora de la verdad son más propensas a perturbar que a vigorizar su credo. Se lamenta de la blasfemia y la indecencia, y se escuda con el idolillo de medias verdades y convencionalismos parciales que constituyen la divinidad de nuestro tiempo, o bien es atraído por lo nuevo y olvida lo antiguo y se transforma él mismo en un hombre indecente y blasfemo. Una verdad nueva sólo es complemento de la antigua; la verdad cruda es requerida sólo para expandir, no para destruir nuestras no pocas veces elegantes y cívicas convenciones. Quien no sepa juzgar, que se atenga mejor a la ficción, a las novelas, los cuentos y a los periódicos, poco daño le producirán; y de las novelas y cuentos incluso algún provecho obtendrá.
Poco después de descubrir a Whitman caí bajo la influencia de Herbert Spencer. No existe un rabino más persuasivo y, mejores, pocos. Cuánto de su vasta estructura resistirá el rigor del tiempo, cuánto es barro y cuánto cobre, sería curioso investigarlo. Pero sus palabras, si bien áridas, son valiosas y honestas. Prevalece en sus páginas un espíritu de regocijo asaz abstracto, inserto como un símbolo algebraico, alegre, con todo. El lector hallará allí un capit-mortuum de fervor, con pocos atractivos, pero muchas de sus esencias. Estas dos cualidades hacen de él un escritor íntegro y su vigor intelectual un autor tonificante. No sería superior a un sabueso si olvidara mi gratitud a Herbert Spencer.
La vida de Goethe, de Lewes, tuvo enorme importancia para mí cuando cayó a mis manos. Una extraña instancia de parcialidad del bien y del mal del hombre. No conozco a nadie a quien admire menos que a Goethe. Me parece el verdadero epítome de los pecados del genio cuando abre las puertas de la vida privada lastimando gratuitamente a sus amigos, con esa ofensa cumbre que es el Werther; y en su propio carácter, un Napoleón de pluma y tinta, consciente de los derechos y deberes de los talentos superiores, como el inquisidor español lo estaba de los deberes y derechos de su despacho. Cuántas lecciones contiene la refinada devoción a su arte y en su honesta y provechosa amistad con Schiller. La biografía, generalmente tan falsa de suyo, por una vez realiza aquí un trabajo de ficción y nos recuerda el enredado tejido de la naturaleza humana, y cómo grandes faltas y brillantes virtudes cohabitan y perseveran en el mismo carácter. La historia sirve bien para este efecto, pero en los originales y no en las páginas del propagandista, quien debe, por la naturaleza de su oficio, hacernos sentir las diferencias de época en vez de la esencial identidad humana.
Marcial es un poeta de mala reputación y da al hombre motivos para releer su obra sin apasionamiento, así como hallar en este bromista consumado, pasajes graves de un caballero amable, sabio y respetuoso. Supongo que debe ser habitual al leerlo, omitir estos versos gratos. Nunca supe de ellos, al menos hasta que los descubrí yo mismo. Y esta inclinación es una entre mil cosas que contribuyeron a construir nuestra distorsionada e histérica concepción del gran Imperio Romano.
Lo cual nos lleva de manera natural a un muy ilustre libro: las Meditaciones de Marco Aurelio. La desapasionada gravedad, el olvido de sí mismo, la ternura expresados allí y practicados a gran escala en vida del escritor, hacen de él un libro excepcional. Nadie puede leerlo sin quedar conmovido. No obstante, escasa o raramente apela a los sentimientos -esas movedizas, esas partes menudas no confiables del hombre. Su intención es más honda, su lección más profunda. Una vez que se ha leído, se lleva con uno la memoria del hombre. Parece como si hubiéramos estrechado una mano leal, contemplado unos ojos decididos y concertado una amistad. Se ha establecido un nuevo vínculo con la vida y de cultivo de la virtud.
Wordsworth debería ser el siguiente. Todos hemos sido influenciados por Wordsworth, aunque es difícil precisar cómo. Una cierta inocencia, una áspera, austera alegría, la visión de las estrellas, el silencio que se halla en las colinas solitarias, el frío estremecimiento de la madrugada, impregnan su obra y le confieren un atractivo especial. No se aprende ninguna lección y ni falta que hace -a Mill tampoco- coincidir con alguna de sus creencias. Así, el hechizo queda conjurado.
Tales son los mejores maestros: un dogma aprendido es sólo un nuevo error y el anterior era quizá más de lo mismo. Pero una comunicación espiritual es una posesión perpetua. Los mejores maestros se elevan con su enseñanza al plano del arte. Son ellos, y lo mejor de ellos, lo que trasmiten.
Nunca me perdonaría olvidar El egoísta. Es arte, bien que pertenezca puramente al arte didáctico. Y entre todas las novelas que he leído -y son miles- se mantiene en sitio destacado. He aquí al Nathan del moderno David. Es un libro que hace enrojecer el rostro de los hombres. La sátira, visión enfadada de las fallas humanas, no es gran arte. Podemos enfadarnos con nuestro vecino. Mas queremos que se nos muestren, no sus defectos, de los que estamos conscientes, sino sus méritos, sobre los que estamos ciegos. Que El egoísta es una sátira, es innegable, pero es una sátira de singular calidad, y nada dice de esa obvia partícula enclavada de principio a fin en el ojo ajeno. Eres tú la presa. Son estas tus propias fallas remolcadas hasta la luz del día y numeradas con prolongada complacencia, con cruel destreza y precisión. Un joven amigo del señor Meredith -hasta donde sé- acudió a él en agonía. “¡Qué lamentable!”, exclamó. “Willoughby soy yo”. “No mi querido amigo, dijo el autor, él es todos nosotros”. He leído cinco o seis veces El egoísta y me propongo leerlo de nuevo. Creo, como el joven amigo de la anécdota, que Willoughby es una exhibición poco varonil pero muy útil de mí mismo.
Sospecho que al terminar hallaré que he omitido no poco de lo que me influyó, pues ya veo que he olvidado a Thoreau, y a Hazlit, cuyo texto “El espíritu de las obligaciones” fue un hallazgo decisivo en mi vida. A Penn, cuyo librito de aforismos tuvo un efecto en mí, breve pero profundo. Y los Cuentos del viejo Japón, de Mitford, donde comprendí por vez primera la actitud propia de todo hombre racional respecto de las leyes de su país -un secreto hallado, y conservado, en las islas asiáticas. Que debo conmemorarlo, es más de lo se puede esperar de mí o desearlo el Editor.
Será conveniente ahora, luego de rondar alrededor de los libros instructivos, decir una o dos palabras sobre el lector perfectible. El talento para la lectura, como me ha dado por llamarle, no es común ni del todo comprendido. Consiste, en primer lugar, en una vasta capacidad intelectual -una gracia, debo llamarle- por la que el hombre alcanza a entender que no tiene siempre la razón, ni están equivocados aquellos con quienes difiere. Puede sostener dogmas, sostenerlos con pasión; y saber que otros los poseen sin entusiasmo, o de manera diferente, o no sostenerlos del todo. Si se tiene el don de la lectura, los otros dogmas serán muy útiles. Atenderán a la otra cara de las proposiciones y la otra cara de las virtudes. No requiere por ello cambiar su dogma, pero puede cambiar la interpretación de ese dogma y complementar y corregir sus deducciones a partir de él. Una verdad humana, que siempre es una gran mentira, oculta tanta vida como la que muestra. Son los hombres quienes poseen otra verdad o, como nos parece, acaso una mentira peligrosa, que puede ampliar nuestro restringido campo de conocimiento y despertar nuestras conciencias abotagadas. Algo que parece muy bueno, o que parece insolentemente falso o bastante peligroso, es el texto del lector. Si intenta ver su significado, qué verdad lo excusa, posee el don y dejémoslo leyendo. Si sólo está herido u ofendido o exclama por la locura del autor, mejor será que recurra a los periódicos. Nunca será lector.
Y aquí, con el mayor vigor ilustrativo y expuesta ya mi media verdad, incurro en el territorio contrario. Después de todo, no somos sino naves de muy poca carga. No todos los hombres pueden leer todos los libros. Sólo entre unos cuantos elegidos un hombre cualquiera hallará el alimento correspondiente. Y las lecciones más decisivas son también las más sabrosas y bien acogidas en nuestro entendimiento. Así lo aprende el escritor a hora temprana y se torna luego en su principal sostén. Y sigue adelante su marcha, imponiéndose. Está seguro de que buena parte de sus palabras son abiertamente falsas, muchas confusas, ofensivas no pocas, y de escasa utilidad las menos. Tiene la seguridad de que, en manos de un auténtico lector, sus palabras serán contempladas y sopesadas, y asimiladas sólo las que resulten convenientes. Y cuando caigan en manos de quien no pueda leer con talento, se perderán mudas e inarticuladas, se perderán en oídos sordos, preservando su secreto, como si no las hubiese escrito. [ C ]
* Título original BOOKS WHICH HAVE INFLUENCED ME, en Essays Literary and Critical, Tusitala Edition, Londres, 1924.

Guanajuato, Mexico, 1952. Diplomático en retiro desde 2016. Es autor de los libros Guerra privada (Verbum, 2007); Los pasos del cielo, Ediciones del Ermitaño, 2008); Paisaje oriental, Editorial Delgado, 2012); Las horas situadas (Monte Ávila Editores, 2015). Ha traducido cuentos de Raymond Carver, John Cheever, W. Somerset Maugham y Guy de Maupassant. Fue colaborador de La Jornada Semanal y actualmente participa en la revista ADE (Asociación de Escritores Diplomáticos).
