Pasión y aguante: la argentinidad hegemónica

Mi amigo Martín Hadis, uno de los escritores más interesantes de la Argentina actual, quien ha desarrollado una labor inigualable como investigador de aspectos ocultos de la biografía, la historia familiar y la trayectoria académica de Jorge Luis Borges en media docena de volúmenes, se empeña en educarme y me envía, por temporadas, libros que puedan nutrir mi conocimiento de su país. Es muy tenaz y leal, pues lleva más de tres años con esta costumbre tan agradecible. Lo más interesante de todo es que me ha enviado lo mismo antiguos álbumes fotográficos y ensayos escritos por comentócratas televisivos, que libros para niños, compilaciones de letras de canciones de rock, monumentales catálogos de artistas plásticos o, como lo hizo muy al principio de mi estancia en Buenos Aires, novelas gráficas, como El Eternauta, que en 2021 aún no estaba prevista para su adaptación a la pantalla chica, y era absolutamente desconocida para mí. 

Todos esos materiales se apilan sobre los reunidos por mis propias pulsiones y siguiendo mi propio instinto. Con ellos, paulatinamente o de manera fragmentaria, fui armando un mosaico de atisbos entre la fascinante pero indescifrable sustancia del alma argentina. Son más: se trata de piezas de un rompecabezas muy incompleto, pero que me ha permitido transitar mis días porteños y viajes por el interior de esta república con menos dudas y preguntas más precisas.

Imagínese la lectora y el lector un gran tablero donde estuviera colocada toda suerte de indicios de una investigación en proceso, tal y como aparecen convencionalmente en los thrillers fílmicos policiacos. Con la salvedad de que, mientras más avanza uno en la colección de evidencias, más remota parece la conclusión de la pesquisa. No hay manera de vislumbrar la resolución del enigma, puesto que ese mosaico de imágenes, todas esas pistas y rastros conjeturales no parecen tener un elemento unificador, a excepción de lo más evidente. Estamos frente a un mapa de grandes proclividades.

Eso son las argentinidades: pulsiones que parecieran carecer de un núcleo aglutinador; impulsos atomizados disparándose en todas direcciones, sin encontrar un centro que los cohesione.

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La argentinidad hegemónica es, por supuesto, la pasión futbolera. No hay ninguna otra que se le acerque en cuanto a su amplitud social de convocatoria ni a las energías desatadas en su ejercicio. En una circunstancia muy extraña, durante una de las primeras “Fechas FIFA” de 2025, el 21 de enero, la Selección Nacional de futbol de México vino a jugar al estadio Más Monumental del porteño barrio de Núñez vs. River Plate, partido que “El Vasco” Aguirre aprovechó para traer a un pelotón de jóvenes, la mayoría desconocidos (la única referencia para servidor era “El Memote”, centro delantero de los Pumas), con una obvia finalidad educativa. Vale decir, para que sintieran lo que es jugar en estadio lleno ante una fanaticada inmisericordemente hostil de principio a fin, pues a la hora de los himnos la grada –llena en su totalidad: más de 80 mil espectadores— le hizo saber a los verdes, con una silbatina unánime, que no eran nada bienvenidos. Cuando se dieron cuenta de que jugaban contra un tembloroso tropel experimental, los del “Muñeco” Gallardo fueron, ahí sí, hay que reconocerlo, piadosos, y en un desplante de humanitarismo se conformaron con meter sólo dos goles antes de los veinte minutos de juego, sobrellevando el resto del tiempo con serenidad y paciencia, para citar al clásico. Pero en la tribuna fue todo lo contrario. En ningún momento se detuvieron los canticos, el atronador tamborileo de las porras ni las reprimendas estentóreas al rival. Cada error mexicano era silbado, con la intención de humillar al adversario extranjero, como si se estuviera jugando un partido de vida o muerte. Elias Canetti hubiera tenido que redactar una segunda parte de Masa y Poder, o incluso reescribir ese famoso gran ensayo, si hubiera conocido el despliegue intimidatorio de los hinchas argentinos que, como se sabe, ha obligado a que los partidos de la liga profesional se jueguen sin asistentes de los equipos visitantes, para evitar actos de violencia. En el caso de River, incluso se ha sofisticado el control del ingreso de sus propios aficionados, pues el club concede la entrada sólo si hay un proceso de registro digitalizado previo, para que, al momento de ingresar al estadio, los adminículos de reconocimiento facial puedan identificar a provocadores, vándalos o indeseables.

Esta argentinidad es la de mayor peso global, sin duda, y es la de más valor identitario al interior de la sociedad. Como los propios ciudadanos del país sudamericano pudieron constatar después del Mundial de Qatar, es la que más prestigio internacional les otorga y la que le da mejores dividendos a la posesión de su pasaporte. Para nadie es un secreto que los jugadores argentinos de futbol, sobre todo aquellos en plena etapa de formación, pero ya señalados por sus facultades extraordinarias dentro del campo, tienen un valor de mercado infinitamente superior a los de sus contrapartes de otros países; para comenzar, de otros países de la región. El reciente caso del delantero Franco Mastantuono es ejemplar, sumamente ilustrativo: antes de cumplir 18 años fue vendido por River Plate al Real Madrid por 63,2 millones de Euros, convirtiéndose así en el objeto de la transferencia más cuantiosa de la historia del futbol argentino.

En mi “tablero de pistas” sobre las argentinidades se destaca la extrañísima colección de semblanzas Argentinos en Toluca. El futbol también es cultura, del veterano periodista mexiquense Guillermo Garduño Ramírez. Publicado en 2014 por la Universidad Autónoma del Estado de México, este volumen de 244 páginas, profusamente ilustrado e impreso en un buen papel couché, reúne 68 aproximaciones a otros tantos personajes, incluidos jugadores, directores técnicos, auxiliares y preparadores físicos. Es un anecdotario sin mayor ambición histórica o enciclopédica que la de documentar su materia de la manera más amena posible.

Y lo logra con creces. Porque por estas páginas desfilan figuras sumamente conocidas como, digamos, Hernán Cristante, multicampeón con Toluca como guardameta titular y quien llegó a ser también director técnico de la escuadra; los renombrados técnicos Américo Gallego, José Pekerman y Ricardo Lavolpe; o Juan Antonio Pizzi, el centro delantero que luego sería estelar en Barcelona y acabó naturalizándose español para jugar con la selección nacional ibérica.  Pero también aparecen antiguas referencias fantasmales, sobre todo las de jugadores cuyo paso por los Diablos Rojos fue imperceptible, incógnita o definitivamente olvidable, como la del portero Carlos Hugo Pini, quien se comió 7 goles del León en un partido oficial de la segunda vuelta de la temporada 1973-74.

Si algo confirma el libro de Garduño es que la argentinidad de mayor impacto en el imaginario popular mexicano es la que han dejado el legado de las grandes figuras del futbol profesional. Son quienes transmiten, de la manera más contundente posible, la vehemencia totalitaria de su patriotismo en la práctica de algo más religioso que deportivo. Como bien lo escribió el recordado cronista español Santiago Segurola en El País, al narrar la final de la Copa Intercontinental en Tokio del año 2000, Boca Juniors saltó al césped a ganarle al Real Madrid con una consigna de guerra muy concisa: “¡Nosotros somos argentinos y ustedes no!” Estoy citando de memoria, por supuesto, pero la victoria xeneize por dos a uno es prueba irrefutable de esa implacable pulsión nacionalista. [ C ]