Desarrollo Social: de Copenhague a Doha

Sin demasiados aspavientos ni gran impacto en la opinión pública nacional e internacional se llevó a en Doha, Qatar, del 2 al 4 de noviembre pasado, la Segunda Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social. Como se recordará, en el año 1995 se había realizado la primera de estas cumbres [convocada igual que la segunda, por la Organización de Naciones Unidas (ONU)] en Copenhague, Dinamarca, misma que despertó un interés enorme ya que a sus diferentes sesiones acudieron más de 115 jefes de Estado y de gobierno, aparte de que estuvieron representados 180 países y se contó con la participación de 14 mil asistentes.

Ahí, cinco años antes del lanzamiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), los gobiernos que participaron, así como quienes representaron a Organizaciones No Gubernamentales y otras entidades, se comprometieron, mediante la Declaración de Copenhague, entre otras metas, a erradicar la pobreza en el mundo, fomentar la integración social, promover el empleo pleno y productivo, erradicar la desigualdad social y luchar en favor de la paz y la seguridad internacional.

Por ello, era lógico esperar que, en Qatar, 30 años después, el formato que la ONU implantó en torno a las discusiones plenarias fuera de una continuidad necesaria en la ejecución de políticas sociales. No es que en las tres décadas que pasaron entre una y otra conferencias hubiera un vacío de acciones. Por el contrario, se puede mencionar una cantidad importante de conferencias mundiales y regionales cuyo objetivo ha sido colaborar en la faena de llegar al desarrollo, es decir una vida digna en todos los aspectos que esta palabra supone, de la masa poblacional del mundo que carece de ella.

Pero era importante que desde la ONU se diera el mensaje de que los trabajos y los esfuerzos para avanzar al anhelado desarrollo tienen una vigencia permanente en tanto toda la población mundial no salga de la pobreza y goce de los requerimientos imprescindibles de esa vida digna. Lo anterior es aún más relevante, si se toma en cuenta que otros problemas como los conflictos armados que tienen lugar en diferentes partes del mundo acaparan la atención de políticos y público en general.

Así, la Segunda Conferencia Mundial sobre Desarrollo Social convocada por medio de la Resolución A/RES/78/261, tuvo como misión más destacada renovar los compromisos que surgieron hace 30 años y desde entonces están presentes en las discusiones de todos los foros multilaterales: acelerar el progreso social, erradicar la pobreza y construir sociedades más inclusivas, justas y sostenibles.

Hay en esta resolución un reconocimiento explícito a los avances logrados en el periodo que va de 1995 a 2025. No se puede ignorar que en diversos lugares del planeta es notaria una disminución de la pobreza, así como mayor acceso a la educación de niñas y niños, a los sistemas de salud pública, infraestructura y que el desempleo no tiene las mismas dimensiones, gracias a que, por diferentes iniciativas, las tasas de empleo formal han aumentado sensiblemente, insisto, en algunos lugares del planeta.

En Qatar, al igual que en Copenhague, se emitió una declaración final, en la que se manifestó como preocupación central la desigualdad. Este es el gran problema de nuestros tiempos, pues en él se concentran todos los demás problemas del subdesarrollo: las desigualdades crónicas entre las minorías ricas de la población que concentra la mayor parte de la riqueza mundial y la inmensa mayoría que recibe apenas una décima parte de esta riqueza; si le sumamos las desigualdades que surgen, paradójicamente, del mismo proceso de desarrollo en el que un sector de la población avanza a una velocidad mayor que otros, lo que significa que no siempre y no todos siguen el mismo camino ni la misma rapidez e intensidad en la superación de sus problemas sociales ancestrales, entonces el problema  reside en que parte de la humanidad puede avanzar gracias a los programas sociales, mientras otra se queda rezagada por la ausencia, ineficacia o ausencia de estos.

Por ejemplo, en tanto la brecha de género se reduce en ciertos espacios geográficos, en otro se mantiene o tiene retrocesos, por eso resulta inviable la frase o el eslogan que dice “llegamos todas” para sostener que una mujer que alcanza una posición de poder es acompañada por el resto de la población femenina del lugar en que sucedió el ascenso de esa mujer; al lado de nuevos empleos formales en los que está presente incluso la alta tecnología, persiste o aumenta el empleo informal; el nuevo mundo digital no ofrece oportunidades similares a toda la juventud del mundo; mientras unos acceden a todos los adelantos que brinda la revolución digital incluida la inteligencia artificial, otros no pueden contar siquiera con un aparato celular.

Ante tal situación, la Declaración de Qatar insiste en no disminuir las energías destinadas a conseguir que todo el género humano cuente con niveles de vida digna, por lo que apuesta al refuerzo y complementación de áreas como:

  1. la erradicación plena de la pobreza en una estrategia multidimensional que incluya la superación del hambre y la malnutrición, con énfasis en la generación de sistemas de protección social.
  2. El trabajo decente y la transformación económica, la creación de empleos formales a la par del abatimiento del trabajo informal, el desarrollo de nuevas habilidades y competencias, en especial las vinculadas a la inteligencia artificial y empleos sensibles al género.
  3. La integración social, mediante propuestas gubernamentales y políticas cuyo objetivo sea la construcción de sociedades inclusivas, en las que la discriminación, en cualquiera de sus formas, sea desterrada. En otras palabras, la sociedad debe fomentar la integración intergeneracional, de género, de las personas mayores, los pueblos indígenas y a las personas con alguna discapacidad.  Según el texto de la Declaración de Qatar lo que se espera de esas sociedades inclusivas es el empoderamiento de estos grupos a fin de sustraerlos de su marginación.
  4. Seguridad alimentaria y social a través de sistemas alimentarios fuertes y resilientes, lo mismo que sistemas de atención médica universal, que incluya la salud mental y, como estrategia que se desprende de la lección de la pandemia de COVID, la preparación frente a los peligros de la aparición de nuevas epidemias.
  5. Clima y resistencia al cambio climático de conformidad con lo que se establece en el Acuerdo de Paris (2015) y el Marco de Sendai (Japón, 2015), para prevenir desastres y reducir vidas y daños materiales y económicos producidos por las calamidades naturales.
  6. Igualdad de género; aunque en los últimos años se ha insistido mucho en la necesidad de lograr la reducción de las desigualdades que son características de las relaciones humanas entre géneros – laborales, sociales, educativas y otras- que desde siempre las caracterizan, hoy más que nunca es relevante lograr que se reduzca, por ejemplo, la carga de trabajos no remunerados y se intensifique la lucha en contra de las violencias y discriminación de las que son víctimas las mujeres.
  7. Financiación al desarrollo social. Este apartado es un seguimiento al compromiso de Sevilla, acordado en el marco de la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Financiación al Desarrollo, celebrada en esa ciudad española, puesto que se remite a sus supuestos de mayor trascendencia: cerrar las brechas de financiamiento social, ya que no es extraño que algunos conjuntos poblacionales reciban más que otros; reforma a la arquitectura financiera internacional; fortalecimiento de la cooperación fiscal; y cumplir con los objetivos de la ayuda oficial al desarrollo (AOD).

La Declaración de Qatar incluye un punto de sumo interés, que ya se esperaba hace tiempo pero que aún no se anunciaba, nos referimos a la fijación de un periodo de seguimiento a los puntos anteriores y un examen de alto nivel en 2031 por la Asamblea General de la ONU, labor que deberá ser asumida por las Comisiones Regionales, como la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), todos los organismos subsidiarios de la propia ONU, las instituciones financieras internacionales y nacionales  que puedan aportar a su pleno logro, así como las ONGs interesadas en estos temas.

En consecuencia, se está marcando el camino de lo que viene respecto no solo de los compromisos marcados en las reuniones internacionales de carácter social efectuadas recientemente, sino también para analizar lo que se va a establecer en sustitución, o alargamiento del plazo, de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Es importante resaltar que la Declaración de Qatar fue acompañada de una Resolución de la Asamblea General (A/RES/80/5) que hace suyos tanto los acuerdos tomados en la Segunda Cumbre sobre Desarrollo Social, como los que se formalizaron en 1995, en Copenhague. Asimismo, la Resolución establece un proceso de seguimiento de cinco años a partir de 2031 (retomando el plazo fijado en Qatar), mientras indica que corresponde a la Comisión de Desarrollo Social revisar el progreso de todos esos acuerdos.

Se subraya en esta Resolución que la Cumbre de Qatar se llevó a cabo en el 80 Aniversario de la ONU, ni el deber de impulsar al máximo el comportamiento de la Agenda 2030 y sus ODS. De la misma manera, se recuperan los principios y obligaciones aceptados durante otras reuniones internacionales, como el ya mencionado Acuerdo de Paris, la Declaración de Río de Janeiro sobre Desarrollo y Medio Ambiente de 1992, el Compromiso de Sevilla, la Agenda de Acción de Addis Abeba de 2015, aceptada en la Tercera Reunión Cumbre sobre Financiación al Desarrollo.

Por parte de América Latina, si bien hubo participaciones individuales, correspondió a la CEPAL presentar las propuestas regionales que se enfocaron en la emergencia de un nuevo pacto social que resalte como programas prioritarios el apoyo a las ciudades sostenibles, así como en la protección social de personas de la tercera edad. De igual manera, como paso previo a la Cumbre de Qatar la CEPAL organizó la Sexta Conferencia Regional sobre Desarrollo Social en América Latina, del 2 al 4 de septiembre en Brasilia. Los asuntos que en esta reunión se destacaron fueron los referentes a la desigualdad, las pensiones, la salud, la malnutrición, la protección social, la inclusión laboral y las políticas de cuidado a las personas de la tercera edad y la población infantil.

Por su parte el gobierno mexicano enfocó sus sugerencias de temáticas a discutir en la erradicación de la pobreza, el trabajo digno, la justicia social, la equidad de género y la digitalización de servicios muy tono con el avance de la tecnología.

No debe resultar sorpresivo que se insista una y otra vez en los mismos objetivos. Existen varios elementos que dificultan, y han dificultado, alcanzarlos y que incluso los hacen retroceder. Además de los que se mencionan con más frecuencia como el cambio climático, los desastres naturales, la pérdida de biodiversidad, la degradación ambiental, el desplazamiento forzado de personas, la crisis de refugiados, la desigualdad de género, la discriminación, etc. la resolución A/RES80/5 suma otros como las tensiones geopolíticas, los conflictos armados, las crisis económicas y la desigualdad entre países y dentro de ellos. A lo que debe añadirse, y no está en la Resolución, el populismo desbocado que sabotea las labores en favor del desarrollo, Un ejemplo claro lo dan las declaraciones recientes de un mandatario que aseguró in rubor que “la justicia social es una cuestión de ladrones”.

Tal escenario constituye, en efecto, un campo minado en el que los trabajos en favor del desarrollo social se enfrentan a obstáculos que parecen insalvables. Y, sin embargo, la política desde la ONU se traduce en la continua insistencia en mantener y aumentar los esfuerzos dirigidos a establecer de común acuerdo entre la comunidad internacional, un mundo mejor.

Por ello extraña el escaso impacto que, en la opinión pública internacional, ya no se diga en la nacional, tuvo la Segunda Conferencia Internacional sobre Desarrollo Social. Una explicación posible es que la gente haya oído demasiadas veces el mismo discurso y se esté volviendo indiferente ante temas que parecen no afectar sus intereses inmediatos, o que no sienten que las políticas elaboradas en función de los compromisos emanados de las reuniones internacionales sobre desarrollo social y puestas en marcha por los gobiernos nacionales hayan tenido un alcance parcial o no han sido, por las causas que sean, incluida la corrupción, correctamente aplicadas.

Si esto fuera verdad, es indispensable llevar a cabo autocríticas reales y establecer políticas de mayor profundidad a fin de que todos los sectores, en especial los que se suponen directamente beneficiados, entiendan la importancia de labores, acuerdos y compromisos favorables al desarrollo social, ya que es innegable que, al menos en parte, varios escenarios y situaciones han evolucionado para bien a partir de los 30 años que han pasado desde la Primera Reunión Internacional sobre Desarrollo Social, en Copenhague.