Uno
Recién releí esa soberbia novela de 1934, Trópico de Cáncer, de Henry Miller. Con gran sorpresa me encontré igual de emocionado y sacudido que cuando la leí por vez primera en una edición muy rústica, sobada y llena de subrayados. Incluso creo que con todos los anatemas que ahora tendría, por lo políticamente incorrecto (en cuestiones de género, machismo, misoginia, homofobia y otros ismos que penden sobre el acto creativo cada día con más rigor) la novela aún puede y debe tener sus lectores contemporáneos.
De modo que empezaré diciendo que Trópico de Cáncer, y en sí, la obra completa de Miller, incluyendo sus cartas, ensayos, libros de viajes y puede que hasta sus malogradas acuarelas, es una enorme Idea en progresión. Inclasificable como su temática, a un tiempo es narración, autobiografía, ensueño, ensayo y denuncia; además tiene un espíritu vitalista que abarca y cierra como tenazas a la condición humana, desde el sexo hasta la autorreflexión.
Si existe un solo hilo narrativo en Trópico de Cáncer es el Fluir. “El héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad… el tiempo no va a cambiar” dice al inicio. Lo único contingente es el ser humano. Por eso su actitud para con los demás es absolutamente real y demoledora. En las relecturas que he hecho de Miller, nunca lo encuentro envejecido, sino siempre nihilista y vitalista; un sensualista que exprime la última gota de la vida dándose el lujo de desdeñar los contextos, las necesidades, el deber ser, la madurez, todo eso que nos apremia y moldea. No en balde cita y declara su empatía hacia Whitman, “el Hombre”. Ambos escritores norteamericanos se cantan a sí mismos, desprecian al Otro pero no de forma egoísta sino, simplemente, porque no creen en las leyes sociales más burdas: las de dependencia, chantaje, falsa diplomacia, servilismo y adulación.
Dos
Mi primera lectura de Miller la hice muy joven y me sacudió profundamente, tanto por su vitalismo e ideas del desapego como por el tiempo en que las había formulado. Desde esa primera vez entendí que su propuesta estética y ética no es fácil, y que un lenguaje tan denodado tampoco esconde rapidez e ingenuidad. Afirmarse a costa del esquema de valores es sacudirse, volver a empezar de nuevo desde cero si en verdad aspira a entender el Fluir y luego, dejar que el Tiempo haga lo suyo. Yo no sé de cierto cuántas lecturas budistas e hinduistas metió Miller en su cabeza; en Una pesadilla con aire acondicionado en todo caso, resulta entrañable saber de qué manera lo impactó conocer la obra del Swami Vivekananda (1863-1902), lo cierto es que su obra se verá llena de esa referencia profunda al fluir, al tiempo, al desapego, incluso, me atrevo a pensar, a una particular interpretación del Bhagavad-gītā que voltea la ética occidental: el buddhi-yoga o “sendero de la iluminación”: cumplir el deber sin interés y con desapego, sin importar el alcance del mismo deber.
Tres
Miller como Heráclito no concibe que el Ser sea en sí mismo. El Ser no es estático, está en la eterna contradicción de ser y no ser al mismo tiempo, en el devenir perfecto de un fluir incesante. Fluye entonces aquel Miller que escribe sobre Miller, aunque a veces lo llame Joe. No hay nomenclaturas, no valen los pronombres. Una simple mención basta para captar a ese Ser errático que deambula por el Paris de hace un siglo demostrando que la miseria y la gloria son dos caras de la misma moneda.
Arremete contra todo, porque el Fluir no concibe naciones o identidades sino quizá una pertenencia a sí mismo. Miller destroza a las ciudades, reniega de ideales preconcebidos; Nueva York “te hace sentir insignificante”, Paris es un paraíso y una antesala del infierno, los alumnos de Dijón no son materia de transformación sino un hato de desgraciados alienados y subyugados para que no piensen; su tiempo social como conceptualiza Norbert Elias a las mediciones humanas, es un fiasco total y un absurdo, los tiempos modernos apestan; de cualquier modo “en el meridiano del tiempo no hay injusticia: sólo hay la poesía del movimiento que crea la ilusión de la verdad y el drama”.
Simplemente Ser. ¿Qué importa la pobreza?, ¿de qué sirven las vejaciones, el vivir por vivir, el estar hambriento, el desahogo en el sexo?, a final de cuentas el protagonista es y punto. Comprende que para ser no necesita que suceda nada, no tiene que esperar nada, no hay que recordar en absoluto. Con un vitalismo digno del mejor Thoreau, Miller dice: “tomé la determinación de no aferrarme a nada, de no esperar nada, de vivir en adelante como un animal…”. Es esa decisión la que forma su ethos, el de ser consciente del Movimiento y por él de ser absoluto dueño de sí mismo, que es la forma más complicada de la libertad.
Si los jóvenes Beats al leer a este profeta exaltado hace casi ochenta años se sintieron desgarrados y eufóricos, ¿aún podrá conseguir tal efecto en esta época?
Cuatro
Todos estos puntos pueden ser interpretados de distintas maneras, por supuesto. Para los censores de Miller y los parisinos que aún vivían bajo la sombra de la belle époque, su narrativa es corrosiva y destructora, una absoluta perversión que no tiene empacho alguno en decir todo: “Cuando un hombre está ardiendo de pasión, quiere ver las cosas; quiere verlo todo, verlas orinar incluso. Y aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia… Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y sensual, se entregaba al trabajo con todo su corazón y con toda su alma. Era una puta de los pies a la cabeza… ¡y esa era su virtud!”. Miller no reivindica nada. No hay un amor fraterno por la humanidad o por la cultura, pero tampoco odio, quizá un escape, o una posición del crítico corrosivo pero con gran inteligencia y sentido del humor.
Si la contingencia humana y la inexorabilidad del tiempo hacen insignificante cualquier situación o estado y el mundo de todas formas va a colapsar y seguramente colapsará por un exceso de humanidad, por la idolatría a la razón y al mero sensualismo, el valor de Miller es el del artista, el que se percata de que en el esquema de valores tan rígido que impone la cultura no hay la más remota posibilidad de transformación.
Pero acaso aún sobreviva la belleza, el arte, el yo espiritual, las categorías supremas del valor de la humanidad. Como varias veces me ha dicho Fidel Loredo, un agudo lector de la obra milleriana, el hombre no solo era un putañero, violento, borracho y vulgar, sino un hombre de aguda inteligencia y de una ternura sorprendente.
Pienso lo mismo después de releer su elogio al arte a través de una interpretación muy personal que hace de la obra de Matisse. “Incluso cuando el mundo va camino de su destrucción, hay un hombre que permanece en el centro, que queda fijo y anclado más sólidamente, más centrífugo, a medida que se acelera el proceso de disolución”. Esas son las barreras contra el nihilismo corrosivo y brutal que vieron externa y únicamente sus censores. No da su brazo a torcer contra el repudio al mundo, pero tampoco le da la espalda. Nadie diga que sin arte nos moriríamos de tanta verdad sin repasar la cita de Miller: “porque en este mundo, como en cualquier otro, la mayor parte de lo que ocurre es porquería e inmundicia, sórdido como un cubo de basura”. El Arte también forma parte del Fluir en tanto creación humana y por tanto es contradictorio, contingente y errático, es decir, el Arte no logra borrar la fealdad. ¿Pero qué sería del mundo sin la fealdad y lo sublime?
Cinco
¿Cuál es pues la “profesión de fe” de este escritor, nacido justamente en fechas como ésta, el 26 de diciembre de 1891? Me quedo corto: una extensa declaración inclasificable que va del antiamericanismo, la denuncia del decadentismo, renegar de las ideas para entrar pleno a la actividad, su empatía total con Walt Whitman (y su repudio a Goethe) hasta su concepto del Artista, un fragmento que por sí mismo valdría una interpretación a fondo y con la que iré cerrando esta lectura.
El artista es un forjador de la Palabra que consigue que las palabras exploten, desgarren y demuestren una realidad, subyacente o evidente, para mostrarla, gritarla y ponerla de narices frente a lo que el mundo le ha asignado. Para el Miller protagonista, el hombre está acorralado frente al mundo y será estrangulado a menos de que haga buen uso de las palabras: “las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo”. Las palabras detienen el devenir, alteran la lógica de lo inexorable.
Dar con el punto exacto de sus significados es el objetivo, no el ideal, porque las palabras tienen que destruir las ideas, penetrar en lo profundo del mundo y arrojarlo con toda violencia. Las palabras permiten la rebeldía, están por encima de “gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, tótems y tabúes existentes”. Las palabras sondean los misterios que la cultura ha soslayado a la prohibición por su incapacidad de explicarlos, y ¿qué mejor misterio que todo lo que envuelve a la obscenidad? Partes del cuerpo, actos naturales, genitales, perversiones, deseos, el cuerpo como objeto, el cuerpo como cosa, son imposibles de negar, atemporales, son parte de los misterios que la Palabra debe de mostrar. Miller lo ha intentado hasta el hastío, hasta demostrar que como todo misterio su ambivalencia es peligrosa y confunde, la satisfacción también ahoga. El artista entonces debe romper lo establecido, “derrocar los valores existentes, convertir el caos que lo rodea en un orden propio”, un orden que lo lleva hasta el extremo de sí mismo y de todos, porque el Artista es un inhumano, está fuera de los límites de la humanidad; ser humano le parece “algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por receptores morales y códigos, definidos por trivialidades e ismos”.
El verdadero artista, fase superior del ser humano, ha escalado una vía parecida a la de los místicos porque está lleno de negaciones en busca de una necesidad superior, “el monstruo que les roe las entrañas” los obliga a ir más allá; “impulsos desconocidos… convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción”, intentan asir a “un dios desconocido”.
Los artistas han renegado de todo, buscan todo, si consiguen algo es por lo menos un último alarido, una necedad absoluta que ya no es simple rebeldía. Han intentado frenar el Fluir de las cosas, que está por encima de la humanidad y del vitalismo, que va hacia el cosmos y absorbe toda idea panteísta; el artista entra en un vertiginoso movimiento, porque a fin de cuentas ha entendido que él también está fluyendo y se siente parte de eso. El gran deseo de Miller protagonista es el del Miller escritor y el de los que aspiren a esa totalidad: “el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento”. Por eso, nunca clasifiquen a Miller como obsceno ni vulgar sin haber comprendido su obra. Porque escribir el misterio, fascinante y hermoso a un tiempo del sexo, y describir con lujo de detalles a los participantes y asistentes no es morboso ni obsceno. “Más blasfema que el juramento, más horrible es la parálisis”. Y el gran escritor, el que ha superado lo vulgar porque ha rayado en su fluir un peldaño más alto de lo ordinario nos lo dice en breves palabras: “Más obscena que nada es la inercia”.

MARIO ALBERTO SERRANO AVELAR. Escritor, historiador y cronista. Autor de varios libros, el más reciente “Amecameca” (FOEM, 2020). Ha ganado diversos premios por su trabajo literario, de los que destaca el “Laura Méndez de Cuenca” de la Secretaría de Cultura del Estado de México en la categoría de novela (2017) y el Premio Internacional “Ana María Aguero Melnyczuk a la Investigación” (Buenos Aires, 2020). Parte de su trabajo literario ha sido publicado en México, Estados Unidos, Venezuela y Argentina.
