El misterioso hábito de Buenos Aires

El célebre escritor argentino Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) escribió dos obras que prefiguraron a El laberinto de la soledad: Radiografía de la Pampa y La cabeza de Goliat, publicados, respectivamente, en 1933 y 1940. Son muy atendibles y dan cuenta de numerosos aspectos de la argentinidad; o, mejor dicho, de las argentinidades. El segundo me parece ineludible para comprender la magnitud de la cultura porteña y su título me encanta. Hoy, cuatro años y dos meses después de haber asumido la agregaduría cultural de la Embajada de México en Buenos Aires, ese sintagma resuena en mi ánimo, pues toca despedirme de la adscripción.

La capital argentina y su área metropolitana son, efectivamente, el centro neurálgico de un país continente, como dicen los uruguayos para referirse a sus vecinos rioplatenses. En sí misma, la ciudad podría ser considerada como un país aparte dentro de otro, como sucede con la Provincia de Buenos Aires (PBA), aunque esa entidad federal se aprecia como tal sobre todo por su extensión. Basta decir que puede manejarse dentro de la PBA a lo largo de ocho horas seguidas sin salir de sus límites geográficos.

Buenos Aires capital es, sin duda, el testuz de un gigante, que por su arquitectura, su gastronomía, su composición demográfica  y racial predominante, el estilo de vida de sus clases medias y numerosas tradiciones de sus colectividades (como llaman a los enclaves de las nacionalidades históricas que constituyen su sociedad) es, asimismo, la matriz de la argentinidad más perceptible y de la que,  acaso, los porteños estén más orgullosos: la eurocompatibilidad.

Esto se ha analizado de muy diversas formas pero a quien esto escribe le interesa, sobre todo, explicar de manera muy sencilla que el crisol de los grupos nacionales europeos que colonizaron estas tierras formó una población “reflejo” o “espejo” de Europa. A diferencia de la mayor parte de las capitales latinoamericanas, y en contraste con  las provincias del norte y noroeste del país, Buenos Aires desarrolló una fortísima identidad sumando y mezclando códigos europeos que prescindieron por completo de elementos indígenas o indomestizos. Para encontrar un lugar en el que se reivindique el pasado aborigen –como se le llama aquí— con orgullo identitario, hay que viajar hasta Catamarca, Salta o Jujuy.

La eurocompatibilidad porteña ha menguado, por supuesto, con el paso del siglo XXI, tiempo de migraciones globales y de transformaciones urbanas radicales. Hoy en día, avenidas enteras de la ciudad sacrificaron sin remedio ni misericordia la magnífica arquitectura fin-de-siècle, Belle Époque o Art Decó, para suplantarla por edificios carentes ya no digamos de gusto, sino del mínimo sentido de consonancia con la época en que vivimos. Es una verdadera tragedia comprobar que la devastación arquitectónica de Buenos Aires, provocada por la inhumana avidez de los cárteles inmobiliarios,  destruye día a día, minuto a minuto el espíritu de eurocompatibilidad que distingue a muy buena parte de la urbe, incluyendo barrios entre los que, de repente, uno se encuentra con tesoros edilicios que deberían ser objetos de estudio para los arquitectos de cualquier parte del mundo. 

No obstante esta destrucción permanente, y aun comprobando la intensa “latinoamericanización” demográfica a la que se ha sometido en el curso del último cambio de siglo, debido a las olas migratorias de otros países de la región, Buenos Aires sigue conservando una Stimmung diferencial, enteramente disfrutable y estimulante. El tamaño de su agenda cultural lo expresa muy cabalmente: es dos veces y media más grande que la de la ciudad de México, es más heterogénea que la de Madrid, y compite hasta cierto punto con las de París y Berlín. Por razones obvias, no es posible seguir la imparable oferta de todos sus foros y espacios públicos, pero puede constatarse que a ese gigantismo en la producción y el consumo culturales corresponde una fuerza civilizatoria admirable, si bien puede objetarse que no todo lo que se produce tenga una calidad meritoria. Aun así, no dudaría en afirmar que el mejor cine latinoamericano de la actualidad en español es el argentino, nutrido por la enorme cantidad de intérpretes, productores, diseñadores de vestuario, ingenieros de iluminación y un largo etcétera de técnicos y especialistas provenientes de su descomunal actividad teatral (al menos 300 estrenos teatrales al año sólo en la capital), y que la cantidad de puntos de venta del libro, sobre todo las entrañables librerías porteñas de barrio, “curadas” con esmero y cariño por sus emprendedores, superan en número a las de toda la red librera de la República Mexicana. Aunque les reditúe financieramente muy poco a las escritoras y los escritores mexicanos, muchos de ellos buscan, hoy en día, publicar en editoriales argentinas de cualquier tamaño, porque saben que van a ver exhibidas sus obras en mucho más lugares que en nuestro país.

Estos cuatro años han sido una experiencia impagable en mi trayectoria como agregado cultural. En un “ecosistema” cultural como el descrito, insertarse es un desafío en muchas ocasiones irremontable, porque se trata de un sistema autosuficiente, y al que cuesta mucho tiempo entrar; en el orden de la cooperación internacional además, está orientado enfáticamente al diálogo con y a la exploración de tendencias provenientes de las metrópolis culturales europeas y de Estados Unidos. Sin embargo, desde fines de octubre de 2021 y hasta diciembre de este 2025, pudimos desarrollar, desde la sección cultural de la Embajada de México en Argentina, 90 acciones de impacto público. Por razones de pudor, espacio y lógica no me referiré a toda esta actividad (estas líneas no pretenden ser un informe de gestión), pero debo consignar que pudimos  presentar y difundir la imagen país de México en los espacios más emblemáticos de Buenos Aires, desde el Salón Dorado del Teatro Colón hasta el auditorio de la Biblioteca Nacional “Mariano Moreno”; desde el Centro Cultural Borges al ahora Palacio Domingo F. Sarmiento (antes Centro Cultural Kirchner); del MALBA a la Sala Leopoldo Lugones, del Complejo Teatral San Martín; y del Museo de la Casa Rosada al Museo Fernández Blanco, entre otros muchos espacios. El logro más importante, sin duda, fue convertir a la Fiesta de Día de Muertos mexicana, que celebramos durante cuatro años seguidos en el jardín de la Embajada, en una celebración popular de la ciudad: en nuestra Fiesta de 2025, logramos reunir a 40 mil asistentes en un fin de semana en la terraza del Centro Cultural Recoleta, un record sin precedentes en una celebración de este tipo. Nunca había participado en una actividad de tal capacidad de convocatoria en alguna de las tres Representaciones previas en las que había tenido la fortuna de trabajar para la S.R.E, antes de venir a Argentina. Ahora me despido de esta capital, habiendo contraído para siempre, como diría Jorge Luis Borges, “el misterioso hábito de Buenos Aires”.