Soy gente de perros. La tradición dice que un catalán tiene perro; solo perro… y que lo adora y le platica cuitas como al compadre mientras el animal calla echado a sus pies. Sin embargo, esto de adoptar un felino flemático está de moda. La vida urbana de diminutos departamentos, que es lo de hoy, lo impone. Y la población registrada de gatos y sus respectivos efectos alérgicos en sus dueños, incluso en Barcelona, sube como la espuma.
A Etiopía llegue sin mascotas y sin hijos que abogaran por ellas.
En amhárico la palabra “aietoch” designa por igual a ratones, ratas, chinchillas, lirones y al horroroso “topo desnudo”, oriundo del Cuerno de África y que parece la media de una señora gorda aventada, echa bolas bajo el buró; sólo que con dientes feroces. A mi llegada a estas tierras, la encargada de la casa, fina y con intensa mirada etíope, dijo que todo estaba “bien…, perfecto” —siempre muy optimista—. Pero mencionó el detalle menor de que habían visto “aietoch” (plural). Su voz nos llegó en su limitado inglés como “we´ve seen rats”. Sí…, las imaginamos ratas; grandotas, peludas, hediondas. El dios Pavor irrumpió en la sala.
Pronto se aclaró que ella se referiría a algún ratoncillo diminuto de los que trepan a las cocinas durante las lluvias. Pero el daño estaba hecho. Añadió igual que, en cierto momento pasado, cuando la hija de algún embajador predecesor en el puesto albergó un gato por una temporada, los roedores… pues ni sus luces. El olor a gato los ahuyenta. El doble daño estaba hecho: la semilla de adoptar un gato —y pronto— estaba sembrada.
Maya, una típica gata blanca abisinia (“White Abyssinian Cat”, como la nombra Google con elegancia) llegó por invitación. Vino en cesto, como en un cuento infantil, con los otros miembros de su camada para que la eligiéramos: la más tranquila, la más estilizada. Y lo era. Se dejaba cargar y ronroneaba coquetísima por horas en el regazo. Todo era felicidad, dirían los cursis.
Pero el regocijo no duraría. Uno par de meses después, salí a la carrerita dominguera para tratar de estar en forma y en el metro 550 de mi vuelta a la colonia, descubrí a un perrito maltés ladrando desaforadamente al borde de un coche. Los perros en Etiopía viven silvestres, generalmente en jaurías de hampones, montoneros de color sucio estándar, con formas y monstruosidades estándar y mañas estándar. Deambulan fodongos alrededor de las expuestas carnicerías que, por su impudicia y las vacas enteras en canal colgadas para deleite de las moscas, son uno de los símbolos más chocantes del paisaje urbano de Etiopía. Así que no es común topar con un maltesito bañado y con collar, ladrándole al coche del vecino. Pero no hice caso.
A la segunda vuelta, los ladridos del perro, ya guardado en casa, habían terminado. Su lugar lo ocupaba un ligerísimo chillido de sufrimiento. Eso sí me detuvo del jogging. Caí en la trampa. Rescaté otra “White Abyssinian Cat” de siete u ocho centímetros y sin pronóstico serio de supervivencia. No había una madre gata cercana, no había hermanitos… nada. Era hija del abandono. Y si yo hubiera llegado a casa con la historia en boca y sin la gatita en mano, creo que mi esposa hubiera tomado la decisión de ya divorciarme definitivamente por desalmado.
No lo soy, y la gatita diminuta sobrevivió bajo nuestro cuidado. Craso error. Salió adelante gracias a la leche Nido, la única que se encuentra con regularidad en estas tierras, y recibió el nombre de Edu, apelativo decidido por la colectividad etíope de la casa. Es el diminutivo de Edel que en amhárico significa “suerte”, “sino”, “designio divino”. Digamos que mi nueva gata se llama “la suertudita por menuda decisión del Altísimo”. A diferencia de la otra gata, Edu es terrible; tan huraña como mustia, movida al modo de la travesura demoniaca del Joker, también burlona como el gato de Cheshire, solo que de broza blanquísima y con manchas negras y de caramelo. Ojos bonitos, tan enormes como su hipocresía, que intentan que le perdones el jarrón roto, la tapicería rasgada, la indolencia al mascar la corbata, la zancadilla asesina en lo alto de la escalera. Lo que tiene Maya de Dr. Jeckyl, Edu lo tiene de Mr. Hyde.
Lo peor es que Edu se pelea…; y no con Maya. Sale y reta a zarpazos a las fieras cimarronas del vecindario que la superan en el tamaño, en las destrezas del arrabal y el filo de las uñas. Regresa echa un santo cristo. Y después se rasca masoquista las heridas ad nauseam para alcanzar nuestro lecho en grado de picadillo: el rostro de Rocky después de los leñazos con Apollo Creed. Igualmente se arranca el cono protector que le puso el veterinario. Usa y reúsa sus garras que le dejan el cuello como yute sanguinolento. Su estilo me hace suponer que sea gata casaca; 20 generaciones que la conectan, de seguro, con los héroes caudillos etíopes, los Menelik, los Yohannes y Tewodros. Su tata-tata-tata-tatarabuelo debió dormir entre la lanza y el escudo del mismo Kuestantinos Primero.
El cuadro es claro: dos gatas, una preocupación. No pretendo más descripción fuera de decir que poco a poco, la gata mala de ojos adorables que invocan el eterno perdón, está descomponiendo a la gata buena, refinada y altiva que prefiere pasar largos ratos en una suerte de farra vecinal conquistando —gran contraste— todos los amigos posibles del barrio. Algunos chismes dicen que ya ha ganado las camas principales en casas vecinas, patios, cenadores y altos balcones. Regresa para comer, para dormir, pero no en el 100% de los casos. Como diría mi madre, “cree que aquí es hotel”.
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Las gatas han sido clave para reencontrar en mi mente ciertos textos y cierta época. Me refiero en particular a dos libros de esos que les pasaste la vista antaño con la sensación de que te dejaron algunas luces muy brillantes y te perdiste la lógica real del camino: El animal que luego estoy si(gui)endo de 1997 es una de las últimas obras de Jaques Derrida y una joya filosófica detonada por la sensación que tiene el autor al ser descubierto desnudo; así, “en pelotas”, después del baño, por la mirada inquisitiva de su gato.
Pienso en esa mirada aguda y de inmediato en lo que quiso hacer Claudia Hernández del Valle-Arizpe titulando su novela Como gato mirando un pájaro. Los gatos tienen en los ojos el filo de una aguja larguísima para atravesar una vida entera con una estocada. ¿Mis gatos me han visto desnudo? Sí. ¿Y les he motivado algo? Nada. Voilà la différence, ou peut-être l’indifférence. Nada mejor ha ofrecido su abúlica mirada que una elocuentísima desidia. La frase clave de Derrida en esa obra es algo así como: “desnudos sin saberlo, los animales no estarían en realidad desnudos; no estarían desnudos porque están desnudos”. Me encanta la paradoja y, respecto de los gatos, pareciera que ellos la entienden antes y mejor que el propio filósofo francés.
La otra obra que encuentra ahora lugar obsesivo en mi mente es también de Derrida: El monolingüismo del otro (1996) que no habla de gatos, pero un poco de África. Es un ensayo biográfico y filosófico que descubre muchas entre sus ideas sobre el lenguaje, la cultura propia y ajena (que no son tales) y la identidad. Ahí es donde se encuentra la frase: “Yo no tengo más que una lengua y ésta no es mía. Mi propia lengua es una lengua que no puede serme asimilada”. Otra elocuente y lúcida paradoja.
A partir de su experiencia personal como judío-argelino que hablaba francés, Derrida reconoce que, por esa condición bastante exótica —o por lo menos diferenciada—, la langue française adquirida desde su primera educación no era realmente “su lengua de origen”. Así logra meter en cuestionamiento si alguien realmente es poseedor de su lengua. Una respuesta incipiente es que, pragmáticamente y para poder comunicarnos, hablamos siempre “la lengua del otro”. Así es, en un juego eterno, porque “el otro” tampoco es poseedor asimilado, a un nivel absoluto, de su lengua. Juego de espejos eterno y desestabilizador como los que le apasionan a este filósofo.
El monolingüismo del otro termina siendo una mirada incisiva sobre el sujeto colonial. Una mirada que me apasiona. Cuando recorro África, sus tensiones, sus complejidades, sus atavismos —incluso el denso diálogo que inunda sus reuniones—, ¿cuánto creo sentir que la lengua impuesta o no, la cultura propia y extranjera, la aspiración desarrollista importada o autogestiva nunca resultan, para los africanos, completamente suyas? Las discusiones contemporáneas sobre descolonización retoman frecuentemente el pensamiento de Derrida respecto de la enseñanza escolar, de las relaciones étnico-raciales y de la crítica a una constante reversión de los términos del colonialismo que terminan siendo nuevas formas de dominio colonial. Vista así, incluso esa necesidad de pertenencia, en el trasfondo del colonialismo, ha sido inmensamente violenta e inmensamente —cabe añadirlo con dolor— inevitable y neocolonial. Ha lastimado duramente, incluso “en el nivel epidérmico”, la identidad de negros e indígenas.
Derrida escribió textos muy específicos sobre Sudáfrica, el racismo, el apartheid y Nelson Mandela (incluso cuando este líder permanecía aun en prisión) que fueron clave en la reconstrucción, el perdón incondicional, la búsqueda de una justicia profunda y la cimentación de un análisis penetrante sobre el lenguaje usado para los procesos de la “Comisión para la Verdad y la Reconciliación” de ese país austral y del continente. Pero en El monolingüismo del otro, Derrida señaló una ruptura de nacimiento en lo africano, un desfase estructural con la tradición que, a él en lo personal, como africano siempre incompleto, le correspondería inevitablemente. Su identidad “inicial” (en su caso personal la identidad del argelino afrancesado) no era nunca inicial, sino representada.
Él vivió quizás un desfase con su tradición tácita que se podría haber expresado siendo bereber y judío, características en el baúl sombrío de las posibilidades y que le habrían sido arrancadas. Él fue desarraigo y, con él, toda África lo ha sido igualmente. Él fue inaccesibilidad a un origen y, por muy diversas razones, lo mismo le ha ocurrido a África. Él denomina este fenómeno como una suerte de “amnesia”, y la palabra importa mucho. Esa amnesia proviene de un “deseo de idioma”; un faltante que termina en un “modelo de identificación” que pretende desesperadamente ser estable —sin poder jamás serlo— para saciar un ego demandante en todas sus dimensiones: la lingüística, la cultural, la civilizacional…”. Añade asimismo que “ese monolingüismo del otro tiene, por cierto, el rostro y los rasgos amenazantes de la hegemonía colonial”. El colonizado, en su amnesia, tiende a desear, rechazar y reencontrar constantemente el idioma —y de paso la cultura— de la metrópolis colonizadora. Pocas explicaciones tan penetrantes sobre la realidad africana y las avasalladoras manifestaciones del neocolonialismo.
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Quiero regresar a mis gatos abisinios y a su rosto que tanto me hace pensar en las palabras que me afectan… y en África. A Maya y Edu las veo frecuentemente adormiladas pero omniscientes; siempre tan superiores física y moralmente: al borde de algo, del salto, del precipicio que generan las altísimas gavetas de la cocina; indiferentes y desentendidas del peligro. Asentadas en los límites, no viven la inquietud; duermen aceptadoras de su más salvaje esencia y, a la par, de su más doméstica adopción por propia voluntad. Hay un momento en que Derrida dice de su gato —y de paso de toda la especie gatuna— que deambula limítrofe entre el mayor salvajismo y la casa humana. Vayamos más alto aun:
Pareciera que Maya y Edu manejan sus opciones: son poseedoras de una indiferencia total que conecta los extremos. Son impasibles frente a unos amos que no pasan de ser simples “ferangis” (extranjeros) en la tierra del imperio abisinio; su imperio. Las imbuye esa amnesia de satisfacción arrogante. Más que adormiladas, yacen victoriosas. Derrida las acusaría de ser capaces de su “propia desestructuración patológica”. Yo las concibo gatas sobradas, erguidas en la gloria con toda la despreocupación del Ser Superior que se expresa, si así lo desea, en altivez divina (Maya) o sevicia infernal (Edu).
Maya y Edu pueden, si les place, elegir montarse en su estereotipo de gatos aludidos por sus amos (como si en algo pudiéramos realmente aludirlos). Aquí reitero la idea de que uno está obligado a hablar la lengua del otro. Yo las llamo equívocamente: “¡Maya, Edu! ¡Vengan!” “¡Maya, Edu, coman!”; no hay reacción. Ante su nombre, su respuesta es, a lo sumo, un tintineo imperceptible, redireccionando una de sus orejas que finge un temblor involuntario. El amo está muy por debajo de las mínimo escozor o exigua comezón.
Mil experimentos se han realizado confirmando que los gatos reconocen su nombre. Saben de su “yo” y del ser del “otro” que los alude; reconocen su identidad y su pertenencia hogareña, pero se hacen los desentendidos. Les vale. Al amo, ni el amor ni el desprecio. Además, los gatos conllevan también la malicia derridiana de negar la oralidad (recordemos eso tan retador en el pensamiento de Derrida que afirma que la filosofía —en especial la metafísica— ha trampeado siempre dándole posición de dominio, privilegio y preeminencia a lo oral sobre lo escrito).
Los gatos juegan con la oralidad desde arriba, nos exhiben tan insuficientes y hasta ridículos mientras les hablamos confiando en esa importancia suprema que los humanos le otorgamos a la voz. Las gatas en casa se hacen impermeables a mi oralidad, aun cuando se yerguen como “el otro” que define los términos de mi lenguaje, algo que en el trasfondo fascina… y duele. Por ello viven hiperbólicamente halagadas o hiperbólicamente insultadas:
A Edu la llamo “Eduviges Martínez López Pérez Gutiérrez y Rodríguez…”, sin que conecte en lo aparente. Su apatía parece contestar: “te faltó García Méndez Sánchez Gómez de la Corcuera, ¿y?” Ya luego le dejo venir la retahíla de mi inconmensurable inmundicia verbal: “cuatrera”, “guarra”, “pringosa”, “belcebú”, “leviatán”, “mentecata”, “caciquilla”, “crápula”, “demente”, “filibustera”, “saqueadora”, “narca”, “cleptómana”, “impúdica”, “condenada libertina”, “réprobo de los profundos infiernos”, “luzbel”, “insolente”, “caradura”, “depravada”… Varío según el tema o la ocasión. Le miento la madre con sonrisa angelical o con enfado; con dulzura o insistencia, con seducción melosa o encono sádico. Lo mismo da.
Es hermoso sentir que los gatos, así, se resisten totalmente de cualquier escrutinio epistemológico y en ello hacen mística e inabarcable su gloria. Por contraste, un perro es tan perro, adorable, apapachable, pero perro y animal, buscando su pelota, abajo, en los resquicios, en la tierra. Un gato es, al mismo tiempo, tanta animalidad e inesperada civilización: desde la tierra profunda hasta el cielo ignoto. Parece mantenerse en paralelo “arriba y abajo”, revirando apenas concesivo y de regreso, como si ya lo hubiera comprendido todo. Domina la alteridad. Es, por ello, mejor bicho para evidenciar al “otro”. Es mejor bicho constituido en “el otro que confronta al humano”. Es mejor bicho para nunca ser entendido a cabalidad. El gato se eleva así a las capas místicas que los egipcios le adjudicaron como mensajero de la diosa Baset, la de cabeza felina.
Maya y Edu, desde su eterna y estudiada “no-respuesta” nos llaman a permanecer en jaque, con la mente abierta. Pero, sobre todo y si recuerdo bien las ideas tras El animal que luego estoy si(gui)endo de Derrida, llaman a aceptar un desasosiego, un reto, un descentramiento de nuestro poder. Mi madre las calificaría simplemente de “díscolas”, pero yo, hablando de poder y dominio en casa, prefiero recordar que el filósofo Jeremy Bentham tuvo un gato al que le fue otorgando títulos (títulos irónicos, pero ultimadamente elevadísimos) conforme el felino maduraba y ganaba espacios en casa: primero lo llamo John Langborn, luego Sir John Langborn, más tarde Reverendo John Langborn por los merecimientos eclesiásticos del gato como intermediario con Dios.
Bentham fue también la base para la creación de una ética animal, muy escasa en Occidente. Su preocupación se centró en que, para definir los derechos de los animales, debemos entender, antes que otra consideración, si pueden “sufrir” y cuáles serían sus niveles de sufrimiento. Este fue el basamento que le permitió a Peter Singer, el profesor australiano de bioética, construir el movimiento moderno de “liberación animal” donde los límites de la acción humana estarían determinados por la genuina medición del sufrimiento. Para Derrida, el tema va más allá, al punto de que nuestra propia capacidad de sufrir humanamente —una vez entendido que la vulnerabilidad fundamental es el rasgo compartido por todos los seres finitos y mortales— estará marcada, moldeada, profundizada, por nuestra manera de ver, entender y encontrar el espejo de los animales, sobre todo el de los gatos.
Ahora ha surgido una corriente de pensamiento que presume el apelativo de “estudios multiespecie”. Replantea las cosas dejando a un lado al ser humano para poner en el centro de la preocupación a todos —realmente todos— los seres vivos y su sistema interdependiente que sustenta La Vida. Bajo esa visión, los gatos pierden un tanto su postura diferenciada y única —lo que no me gusta—. Se elimina ese reinado en las escaleras del espacio divino egipcio, celta, budista y escandinavo. La invitación a pensar lo “multiespecie” es homogeneizante y deslava un tanto el sentido de superioridad evolutiva a través de una nueva pasión por lo vivo propio de todas las criaturas en la misma línea de salida. Obliga a reabrir nuevas vías de comprensión y de responsabilidad ética.
En fin: tengo dos gatas y una preocupación que, en tándem, me están enseñando mejor que nadie a meditar sobre los derroteros de mi trabajo actual: interactuar con ellas, verlas y ser visto (sólo si ellas quieren), conectar los más disímbolos puntos, los más altos y los más terrenos, como alimento diario para salir a la calle y, ante todo, evitar los estereotipos.
Estoy en África y concluyo que esta no es tierra de homogenización, no es tierra de fórmulas y modelos impuestos. No es tierra que pueda en absoluto negar o reprimir la efervescencia y el enorme valor cultural, multidimensional, de estas tierras. Y, por igual, no es tierra que posibilite reemprender fatuos intentos por una reversión irresponsable hacia un dudoso, soñado y unívoco “afrocentrismo”, visto como una especie de Europa de cabeza que no dejaría de ser profundamente ilusoria, quizá incluso perversa y disfuncional. Así fincaba su crítica al “afrocentrismo” acrítico el ghanés/estadounidense Kwame Anthyony Appiah, la voz más filosa sobre la africanidad moderna y, por cierto, hombre de gatos.
Esta no es tierra para suponer que existe lo más civilizado y los más salvaje sea cual sea la fórmula de parangón que se pretenda. No es tierra de fórmulas predeterminadas y de propuestas o soluciones que alguien impone como “origen” o como “destino”. No es tierra siguiera de denuncias fáciles donde se pueda acusar a unos de ser los culpables de la desdicha de los otros. Es tierra finalmente de una infinita sofisticación. Es tierra de gatos. [ C ]

Diplomático y novelista mexicano, especialista en literatura mexicana del siglo XX y actual Embajador de México en Etiopía y Observador Permanente ante la Unión Africana. Es licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro y doctor en Literatura por El Colegio de México y maestro en Estudios Diplomáticos.
