Era tarde ya, en alguna hora de la madrugada. Regresábamos de Querétaro, de llevar a uno de nuestros nietos. No era la primera vez.
Transcurrida la media noche, eran escasos los transeúntes en la calle, gente que regresaba tardíamente de las Posadas y otras celebraciones de fin de semana.
Habíamos dejado atrás el puente del Periférico para internarnos en la Avenida de los
Constituyentes. Nos sorprendieron la quietud y un silencio inusuales. A esa hora y en ese sitio no es común y durante un mes de diciembre, menos aún.
El reporte oficial señala que el coche apareció montado en la acera, con el motor en marcha, con varias abolladuras y un fuerte golpe frontal. Pero no se explican cómo, pues no existe ninguna evidencia contra qué pudo haber sido el impacto.
Los paramédicos declararon que “La señora, de unos sesenta y siete años, estaba tendida junto al camellón, sin zapatos e inconsciente. El varón se hallaba sentado al borde de la acera sangrando de la cabeza, con la mano izquierda sobre su vientre”.
El médico y el militar se entreven en la penumbra. No hay sorpresas en la vida, usted lo sabe, Coronel, dice el doctor. Lo que nos sorprende es precisamente lo que confirma el sentido de la vida. ¿No es la Providencia quien mueve nuestros días? Mangino -un hombre de casi dos metros de altura, vestido de civil- escucha y toma notas a discreción en su reluciente celular. Un leve tremor anuncia la proximidad del alba.
Cada cosa tiene su nombre, usted lo sabe tan bien como yo, dice el doctor, mirando el bulto de Mangino. Ya no estoy en edad de jugar con esos asuntos, Coronel. A mi edad las novedades importan menos que lo que uno cree verdadero.
Nada sé más allá de lo que le he referido, repite el doctor. No puedo agregar más a lo ya dicho. Le aseguro a usted que ignoro qué era aquello.
Las nubes acumuladas aceleran el paso cuando el firmamento descubre su semblante añil, unos segundos apenas.
La oscuridad abre las puertas a extrañas posibilidades, comenta el doctor.
Es cierto lo anotado en ese informe… Comprobado por las autoridades correspondientes. No detectaron residuos de alcohol ni de otras sustancias, ni en mi sangre ni en la de mi esposa.
Mientras ajusta dos almohadas en la espalda del doctor, la enfermera de turno recuerda al Coronel la instrucción del médico. Mangino asiente con un movimiento de cabeza, frente a la mirada insistente de la enfermera.
Acabaré pronto, responde el Coronel con suavidad.
No hay testigos, ni testimonios, tampoco daños materiales o evidencias de lo ocurrido, ninguna señal en la calle o en el vecindario, doctor. Pero su coche quedó inservible, usted recibió varios golpes, y su esposa se halla en estado de coma . . .
Nos interesa mucho su versión, a mis superiores y a mí. Dígame qué ocurrió realmente. ¿Cómo lo explica? ¿qué fue lo que usted vio? Le doy mi palabra, nada de esto se sabrá, todo quedará entre nosotros. No poca importancia tiene para el futuro de la institución a la que sirvo, lo que usted me informe . . .
Usted es hombre de ciencia y no cree en extravagancias o en hechos no humanos.
Parece cosa de adictos, había declarado el enviado de la Aseguradora, y poco más tarde se vio obligado a retractarse, a pedir disculpas y a reconocer formalmente la responsabilidad con el asegurado.
Un periodista que habita en el vecindario tuvo el cuidado de averiguar. Al menos una muchacha en silla de ruedas y un viejo pensionado afirman haber visto o escuchado algo. No más.
Hay otro testigo, lo sabe el Coronel, quien se debate entre la vida y la muerte.
Al salir del cuarto la enfermera unos momentos, Mangino se acerca al lecho del médico, extrae una cartera del bolsillo y de ella una identificación. Vea usted, doctor, no soy policía, ni pertenezco a ninguna corporación judicial . . .
¿Cómo convencer a este varón de que le he contado la verdad?, discurre el médico, concentrado, como si buscara algo en la memoria.
Escuchamos un rumor, un rumor sordo y uniforme. Fue mi esposa quien primero lo advirtió. Vimos luego la luz amarillenta, pálida, colarse por las hendijas.
¿Qué es eso? Preguntó Rita, entornando los ojos, parecía flotar sobre el pavimento y se dirigía hacia nosotros.
Lo sentíamos avanzar. A mayor cercanía de aquello, más intenso era el bamboleo de nuestro automóvil.
Un temor reverente me impulsó a detenerme.
De que la calle se hallaba desolada, de que el nuestro era el único automóvil que transitaba por la avenida en aquellos momentos, hasta ese momento tuve conciencia
Tampoco advertí ninguna otra alma, alguna silueta humana, algún trasnochado, un ebrio noctámbulo, a nadie.
Hice rugir el motor, persuadido de que, de no actuar, nos traería consecuencias lastimosas.
Me ajusté los anteojos y aflojé la bufanda. Escudriñé la calma antecesora, impulsado por temores recónditos. Hundí el acelerador automáticamente, con la vista puesta en aquello.
Aseguré el volante con firmeza, pedí a Rita sujetarse y arranqué.
Rita cerró los ojos doblándose en el asiento y apoyó los brazos en el tablero. Los dos hundimos el cuerpo instintivamente. Todo ocurrió en cosa de segundos.
El impacto fue aparatoso y ahogó el grito de Rita. Los dos escuchamos el estruendo. El golpe seco y potente sacudió el coche con violencia y apagó el motor… Quedamos aturdidos, y con todo, no reparé yo en otra cosa más que en socorrer a mi esposa. Hasta la sangre galopando en mis oídos llegaban susurrantes sus palabras clamando auxilio.
Recuerdo borrosamente mi automóvil montado en el camellón, arrojando vapor por la ranura del cofre. El golpe provocó una laguna en mi memoria. Creo.
Con esfuerzo logré salir y di un rodeo. Rita se hallaba en el asiento trasero. ¿Cómo fue a dar allí? Abrí la puerta y repetí su nombre mientras la impulsaba a salir.
Un automóvil blanco se detuvo mientras yo la tendía en un lunar de césped contiguo a la acera. Una voz preguntó si nos hallábamos bien. Recuerdo haberle pedido que llamara a una ambulancia, y no recuerdo más.
La luz de los arbotantes se iba opacando juntamente con el resplandor.
Cuando tuve conciencia asumí que me hallaba bien. Pregunté qué lugar era aquel y dónde se hallaba mi esposa… Rita continuaba inconsciente en la sala de cuidados intensivos.
Cuando la enfermera volvió a salir del cuarto, Mangino se apresuró a entornar las cortinillas y aseguró con llave la puerta. Se acercó lentamente hasta mi cama, con una sonrisa contenida y la almohada firme en sus manos, lista para la sofocación. [ C ]

Guanajuato, Mexico, 1952. Diplomático en retiro desde 2016. Es autor de los libros Guerra privada (Verbum, 2007); Los pasos del cielo, Ediciones del Ermitaño, 2008); Paisaje oriental, Editorial Delgado, 2012); Las horas situadas (Monte Ávila Editores, 2015). Ha traducido cuentos de Raymond Carver, John Cheever, W. Somerset Maugham y Guy de Maupassant. Fue colaborador de La Jornada Semanal y actualmente participa en la revista ADE (Asociación de Escritores Diplomáticos).
