La pequeña Teresa

Primer lugar

Concurso de Relatos sobre Diversidad, Equidad e Inclusión 2025

Ars Global Consultoría y Arsenal Ediciones

Nació en la casa de sus abuelos maternos, su madre la abandonó a los tres meses de nacida. Casi no lloraba, ya que parecía entender desde esa corta edad que su presencia era inoportuna. El primer inconveniente de la abuela fue alimentarla, debido a que la leche bronca de su hato era fuerte para tan tierno estomaguito. La mujer era una matrona rígida, viuda desde hacía años y de carácter agrio y poco hablar. Recordó que Rosa, una indígena que había trabajado como sirvienta en la casa, tenía fama de pasiega, así que la mandó a traer y esa noble mujer la hizo de nodriza a cambio de una módica suma en metálico, cinco gallinas y un litro de leche diario mientras duró su tarea de amamantar.

Después la nena quedó al cuidado de sus tías, que la mantenían en constante rotación, ya que, llegado el momento, se iban yendo una a una de la casa: primero se casó Mercedes, la mayor, quien la bañaba y peinaba, y con la que inició sus primeros pasos. Cuando la pequeña Teresa empezó a sentirla como su mamá, Mercedes se fue como debía ser: bien casada con el viudo Anselmo, veinte años mayor que ella, y que además de infaltable feligrés en la parroquia del pueblo, era dueño de un vasto rancho.

Después seguía Victoria, la madre de la pequeña Teresa, de la que nunca nadie más supo nada, así como ni ella misma sabía quién era el padre de la niña. La Vicki, como era conocida por todo el pueblo, huyó un día en que la bebé no se callaba por un cólico. En su huida decidió marcharse sólo con lo que traía puesto; eso, más un suéter de Mercedes y el alhajero familiar lleno, así como el dinero que su madre escondía en su ropero.

Tiempo después tocó turno a Isabel, que era impaciente con la infanta y la torturaba encerrándola con los gallos de pelea. El trato de esa tía fue cruel, así que cuando Isabel siguió los pasos de su hermana Vicki, nadie la extrañó, mucho menos la pequeña Teresa, quien sufrió de su personalidad agresiva y arrebatada. La diferencia entre Isabel y Vicki fue que la primera sí hizo maleta, no se robó nada de casa y se sabía con quién se había escapado: con uno de los equilibristas de un circo que acampaba cada temporada en el terreno que estaba detrás de la casa principal.

La pequeña Teresa quedó entonces a cargo de Lupe, quien era tierna y cariñosa con la niña, sin embargo, los mejores momentos de la vida son efímeros: esa tía voló para casarse con el Loco Rivera, un excéntrico pintor que llegaba al pueblo por temporadas para cambiar de aires de su mundo de glamur y galerías. Esa tía sintió aflicción por dejar a Tere, no obstante, se la aguantó y franca le dijo a la niña que la vida era así, llena de dolores y que para obtener lo que ansiara debía de soportarlos todos.

Así que Teresa quedó a cargo de Nelly, la menor de las hermanas. Para esa época la niña tuvo todo el tiempo para explorar su mundo, sin que nadie la molestara, excepto su abuela los domingos para ir a misa. Empezó investigando el terreno tras de la casa, que la vieja dejó de alquilar a las ferias desde la huida de Isabel. Ese amplio terreno estaba delimitado con filas de árboles frutales. Pasando la arboleda había un estanque grande en el que llegaban a descansar aves migratorias y donde Teresa aprendió el fenómeno de la metamorfosis experimentando con los batracios que ahí se transformaban.

Primero aprendió a atraparlos con su mano sana, la izquierda; ya que la derecha padecía del defecto por reducción de extremidad. Su abuela lo aducía a un castigo divino por la pecaminosa conducta de su hija, aunque en realidad la causa más probable fue la propensión de Victoria a tomar analgésicos, particularmente durante el embarazo.

La parte inferior de su brazo estaba disminuido y la mano derecha no existía, Teresa aprendió a valerse bien de su muñón y adquirió una habilidad extraordinaria con la izquierda. Cuando atrapaba renacuajos, lo hacía en sus diferentes estadios de crecimiento: con paticas; otros con largas colas; algunos más casi sin cola, etcétera. Lo que le inquietaba era ver sus barriguitas gordas y oscuras. Un día encontró una navaja de rasurar, y con pericia de cirujano le abría la panza a uno que otro renacuajo para comprobar que era limo lo que comían.

Teresa llegó a coleccionar múltiples renacuajos en sus cinco fases, hasta ranas adultas; todos colectados en una fila de frascos que mantenía cerca de la charca. En sus observaciones descubrió cómo mientras la cola se absorbía en el renacuajo, sus patas iban emergiendo. También observó que los que estaban en etapa branquial, no sobrevivían fuera del agua, en tanto que los que tenían ya paticas podían respirar en ambientes acuáticos y aéreos, mientras que las ranas adultas se ahogaban si estaban demasiado tiempo sumergidas bajo el agua.

La chiquilla era una autodidacta, pues no había quien le enseñara y no asistía a la escuela. La menor de las tías se la pasaba haciendo planes para casarse; en tanto la abuela atendía las faenas de la casa: apurar a los vaqueros; mandar a las sirvientas y todo el trajín para mantener en pie la cada vez más desvencijada casa, otrora envidia de las familias pudientes del pueblo. Ni la familia ni los sirvientes tenían tiempo para voltear a ver a Teresa, que no fuera para almorzar o llevarla al templo los domingos.

Producto de sus observaciones, la mozuela empezó a creer que, así como a los renacuajos les desaparecía la cola para aparecerles las patas, ella debía descubrir qué parte de su cuerpo debía desaparecer para que le creciera completamente su mano. Ella tenía un amplio lote de frascos con colecciones de anfibios, insectos, arácnidos, moluscos, miriápodos y reptiles; en tanto que a las crías de aves nunca las capturó, al contrario, con delicadeza las devolvía al nido del que habían caído o las alimentaba con gusanillos o pedacitos de lombrices que ella misma fileteaba con su filosa navaja.

A ninguno de sus ejemplares lastimaba, al contrario, descubrió que algunas especies no resistían el cautiverio, lo que le causó tristeza, pero su espíritu de investigación superaba cualquier dilema ético. Una vez al atrapar una lagartija, el bicho perdió su cola. Teresa vio con espanto que, al perderla, la extremidad se seguía moviendo. A ese ejemplar le dio trato especial: se llevó el frasco a su cuarto y lo mantenía a resguardo debajo de su cama, evitando que alguna entrometida de la casa lo descubriera. Con el paso de los días se sorprendió al ver que de a poco a la lagartija le crecía nuevamente su apéndice. Ese evento lo siguió detenidamente: alimentaba con cariño al lagarto, ponía su frasco al sol y lo mantenía aseado. Le prodigaba los cuidados especiales que ella hubiera querido tener.

La comunicación con su abuela y tía Nelly se daba en pocos momentos, a fuerza por ellas y con desgano de su parte: los almuerzos y los domingos de misa. Uno de tantos domingos, el sacerdote insistió a la abuela lo necesario que era para Teresa asistir a la escuela, ya que para su edad estaba atrasada para comenzar el catecismo, “Al paso que va, esa niña hará la primera comunión cuando se case… si es que no sale como su madre”, sentenció el cura.

Aunque a la abuela no le gustaba la idea, sentía que el padre ponía el dedo en la llaga: cada que miraba el incompleto brazo de la nieta sentía que era un recordatorio de los múltiples pecados de Victoria, otros tantos de Isabel, pero sobre todo la larga cauda de vergüenzas que le había hecho pasar su difunto marido. Decidió que el cura tenía razón y ordenó a Nelly que inscribiera a Teresa en la escuela.

Nelly acató a regañadientes, tan de mala manera que una vez que regresó de inscribir a la chamaca, en medio de regaños, jalones de cabello y pellizcos la amenazó: “Sí por cualquier motivo me llaman de la escuela, o haces algo que nos avergüence, te juro que te vas a arrepentir manca odiosa, esto que te hago es sólo una pequeña muestra de lo que te va a pasar si te atreves a desobedecerme”. Teresa estaba “acostumbrada” desde Isabel a las “didácticas” maneras que tenían en esa familia para decirle las cosas, así que aguantó en silencio y sólo asentía.

Para ella fue intrascendente la noticia de que iría a la escuela. Meditó sobre qué sería asistir a otro lugar que no fuera a la iglesia, estar en la casa, el establo o sus apreciadas excursiones. La idea no le disgustó del todo, sin embargo, sabía que utilizar las mañanas para ir a un lugar desconocido era limitar su tiempo en sus zoológicas investigaciones. Aceptó resignada la orden, pues ella se manejaba con la docilidad de una oveja.

Cuando Teresa asistió a la escuela, la expectativa se derrumbó desde el recibimiento: las burlas de chiquillas y alumnos hicieron mella en su ánimo. Los motes fueron diversos: “Manca”, “Pirata”, “Manita de cangrejo”; además de una serie de comentarios sobre su madre que nunca había oído, pues en casa Victoria era tema vedado. En algún momento comprendió que las descalificaciones no eran sólo hacia ella, sino contra toda su familia.

Pero si la entrada al colegio había sido un trago amargo, la hora de la salida fue un martirio: alumnas y niños le apretaron el muñón, le pintaron dedos con plumones y lo más doloroso fue cuando los mozalbetes más grandes la picaron con los compases y apagaron fósforos en su disminuido brazo. La burla fue intensa y sádica, así como copiosas las lágrimas en su rostro: “Vaya que sí sientes”, se burlaba uno de los más viles. Ella se zafó golpeando a unos y pateando a otras y corrió sin pensar en sus pertenencias ni en las amenazas de su tía Nelly; mientras corría aún alcanzó a escuchar: “¡Deforme!”, “¡Por eso tu madre te abandonó, por fenómeno!”, “¡Por eso y porque era bien puta!”

La mozuela corrió veloz rumbo a casa de su abuela. No pensaba refugiarse en ella, iba directo a buscar sus implementos de investigación. Al llegar, se dirigió a donde escondía el frasco dónde estaba la pequeña Teresa, pues así había nombrado a su lagartija. Acongojada, se acercó el pomo a la cara para contarle dolorosamente su experiencia, las lágrimas corrían incontenibles por sus mejillas y un caudal de mocos escurría por su nariz, en tanto su muñón estaba adolorido por las torturas.

Cuando miró detenidamente a su tocaya, se percató maravillada de que la cola le había crecido por completo. Sabía por sus observaciones que, tanto en los renacuajos como en las lagartijas, los apéndices podían crecer y desaparecer o volver a salir para consolidar la figura completa del animal o convertirse en otro. Tomo entonces su navaja de afeitar, a la pequeña Teresa, un frasco grande y se dirigió al estanque. Al llegar se ocultó detrás de unos juncos. Miro la enorme charca y se sintió realmente en casa, se tranquilizó y se recostó en la grama mirando al cielo que tenía un azul profundo y una que otra nube con formas caprichosas que le parecían semejaban algunos de los animales de su colección.

Decidió hacer lo que venía pensando desde hacía algún tiempo: se desprendería de una parte de sí misma esperando a que creciera de esa manera su mano. Se incorporó, tomó la navaja y la dirigió con firmeza hacia la base de su oreja derecha, a un lado del pabellón. Sin dudarlo, hizo un corte rápido con esa pericia de cirujano que la caracterizaba. Quiso aullar de dolor, pero aguantó estoicamente la mutilación. Sintió un líquido tibio que escurría por su cuello y empapaba su hombro de un hermoso tono escarlata.

A pesar de lo adolorida, tomó su oreja y la acomodó dentro del frasco, lo cerró bien y lo puso momentáneamente en el suelo; agarró el frasco donde estaba el reptil, lo abrió y mientras tiraba la tapa le dibujo un adiós a su tocaya meneando tiernamente su muñón. Depositó ese frasco en el suelo y tomó entontes el que contenía su oreja, esperaba que se moviera como la cola de la lagartija, pero vio que no era así. No le importó, lo abrazó y caminó lentamente hacia el interior del estanque, estaba segura de que el día en que ella regresara estaría completa como el pequeño saurio. Mientras la chiquilla se sumergía en el agua, la pequeña Teresa salía corriendo a la libertad estrenando su cola nueva. [ C ]