Agradezco al CDC-África que me ofreció ánimos para escribir esta segunda parte.
El día que la Suprema Corte de Justicia de EUA declaró inconstitucionales las políticas arancelarias que Donald Trump había sustentado temerariamente en la International Emergency Economic Powers Act de 1977 para imponer tarifas a diestra y siniestra a los países del mundo, yo concluía el quinto ciclo de mi quimioterapia; esperanzadamente “el último”. Si bien supe de mi cáncer el día que esas tarifas iniciaban en abril de 2025, comienzo a sentir una luz al final del túnel coincidentemente cuando las tarifas reciben este fuerte revés. El anhelo de la curación está en firme y es positivo.
Por el lado atractivo, la sentencia del Tribunal Superior estadounidense no sólo pintó la raya ante la falta de constitucionalidad de esa manera maquinal de aplicar aranceles, algo que lamentablemente ya se instaló en el ADN presidencial. Como todos sabemos le vendrán otras formas de seguir esparciéndolos como regadero de maíz en la campiña. Pero más importante aún, la corte puso también en claro que los ministros se consideran —y lo son— un “poder independiente”.
En la cara negativa de la moneda, este eterno jugar a la esgrima transaccional — tarifas, amenazas militares, sentencias, mediáticas vencidas y tuits— será parte de nuestra compleja vida internacional. Con ello, vuelve a emerger esa sensación de que “el mal”, a como se vea, ya está sembrado, es inevitable y tiene un nombre: incertidumbre. Los inversionistas, los entusiastas, los comerciantes y la gente en general viven en una ola de desasosiego: el ambiente no es propicio para aventarse al ruedo y emprender cuando todo cambia al ritmo de las pulsiones, cuando las reglas del juego no son claras.
La incertidumbre, triste es decirlo, también es parte cardinal de las enfermedades cancerosas: incluso ante el sanar del paciente, ningún oncólogo serio usará palabas de alta certeza como “usted está curado”. Siempre evitará expresiones que aseguren al paciente una total exención del mal. Su voz se detiene y dice: “en remisión”. Los especialistas prefieren así, aludiendo a una temporalidad de hombros encogidos, explicar que “no existen elementos que evidencien la presencia de células malignas”, manera de aludir a una remisión total; o la “no existencia de síntomas relacionados”, para establecer una remisión parcial.
Aun así, lo más severo detrás de esto es aprender que, en el mundo oncológico, síntomas y causas están entremezclados y se confunden. Mi linfoma tipo B, no Hudgkin, aislado e inicialmente de células pequeñas, podría estar en mi pierna por sí mismo o ser —maldita la cosa— el mensajero de otro tejido enfermo de mayor gravedad, que se agazapa perverso en rincones oscuros del cuerpo. Doctores de España, México y Etiopía coincidían en ello: así que, una vez avistado el tumor, había que esperar, adentrado en un sargazo de incertidumbre. ¿Esperar a qué? A que el otro maligno posible salga de su escondite. Ese “otro” puede expresarse como otro linfoma o como muchos y erradicar el etiquetado de “aislado” que aún califica a mi inquilino. Y también había que esperar que el hígado no creciera, la médula no diera señales negativas de tejidos afectados…, que el hueso, la sangre, el corazón, los órganos respiratorios trabajen en normalidad, ajenos al cáncer. Esperar y volver a esperar, y que los estudios realizados a dos y cuatro meses del primer hallazgo de mi linfoma no mostraran manchas inesperadas, inquietantes, inciertas.
La psicología más íntima, frente al cáncer, juega un papel cimero. Hay que enfocar la forma en que cada enfermo conversa consigo mismo; algo básico para combatir esa incertidumbre y su correspondiente angustia. Tener cáncer es una invitación para escuchar ad nauseam, y repetirse también, esa frase que los deprimidos han de repudiar cada vez que se las esputan: “anímate, ya verás, estarás bien” (como si fuera tan fácil… y creo que todo espíritu melancólico habrá de rumiar ese concepto que alguna vez me compartió mi esposa en tono jocoso y que decía “que todos sean felices para que dejen en paz a los que no lo somos”).
Pero desde la trinchera del cáncer, de que hay que animarse, pues sí, hay que hacerlo. Todo estudio serio sobre estos males dice que la primera barrera para detenerlos está en la infantería local, botas en la tierra, también en el alma. Se trata de la fuerza del propio sistema inmune y los enemigos principales de una inmunidad sana y fuerte para resistir son el decaimiento, la depresión y la desesperanza que mutilan nuestra artillería defensiva.
Mi psicología, la que no acabo de descubrir nunca y menos ahora enfrentando este linfoma, dicta confesar que, hasta en esto, soy beisbolero: “¿qué es lo importante?” me pregunto. “La próxima pichada”, respondo. Si tengo plena conciencia de cuál es el siguiente paso en mi tratamiento y conozco mi papel en ello, tengo puerta abierta hacia el arrojo y el contento. La psique se me eleva. Por el contrario, la duda personal o de los doctores me carcome y debilita.
La historia de la medicina africana, llena de paradojas, pero a fin de cuentas atronadora en eso de lograr avances enormes en tiempos récord que en otras latitudes y épocas implicaron largos periodos, siguió siendo, durante mi espera, una fuente de ese buen ánimo para enfrentar mi propio caso. ¿Acaso no fue en África, en 1923, donde Bayer introdujo la suramina, bajo el nombre aún vigente de Germanin? Fue un remedio con rasgos de milagro, milagro estridente, grande; eficaz para esa “enfermedad del sueño” que afectaba sobre todo al este del continente. Las infecciones, en su etapa avanzada, literalmente tumbaban a la gente envuelta en insuperable somnolencia durante el día (en la noche, el insomnio enloquecía a los afectados). La confusión y la mala coordinación que sufrían los llevaba a las depresiones más profundas y, desde ahí, en espiral hacia el infierno. Eliminada la amenaza de la enfermedad del sueño, cierta renovada pasión invadió a los europeos y algunos africanos. Coincide con los reacomodos de los llamados “locos años veinte” que también tuvieron su expresión africana, muchas veces reprobable, colonialista, cruel: fue la terminación del protectorado británico en Egipto, la aprobación de la administración británica de Tanganica, antes alemana; fin del poder de Francia y Reino Unido sobre el Kamerun y Togolandia, también sobre Ruanda-Urundi, esta última otorgada finalmente a Bélgica.
¿Acaso la medicina africana no fue también sinónimo del desarrollo de anti-venenos? Un ofidiofóbico como yo —es el nombre que describe a quienes desarrollamos miedo irracional a las serpientes— se emociona con la anécdota. Fue una contribución africana crucial, y a partir de 1894 todo país donde abundan los reptiles que se arrastran horrendos y cobran vidas por su picadura —Brasil, Australia, Costa Rica, Sudáfrica y México— comenzaron a fabricar localmente sus antídotos, con más éxito que nunca y sobre la base de procesos iniciados en África.
Mi periodo de espera y estudios, con excepción de un susto, no arrojó nada preocupante. Nada se encontró en el hígado, el corazón, la médula, los huesos (revisados por dentro por una técnica de barrena diminuta que hace pensar en un intrusivo sacacorchos y un mesero torpe que lo usa, no por ello menos ruidoso y perceptible, y que impone el agradecimiento por la existencia de acuciosas anestesias locales). Los pulmones, los riñones, el sistema linfático en general también se declararon libres de células malignas, sin relación alguna con el linfoma que paulatinamente crecía en mi pierna.
El susto fue porque el TAC, Tomografía Axial Computarizada, muy amigable, y el PET-TAC que añade una Tomografía por Emisión de Positrones y que te pone por un ratito en las calles como espécimen radioactivo, mostraron algo misterioso: aparecía una raya dibujada como con fino estilógrafo en mi pleura. Mi padre murió de mesotelioma pleural —terrible cosa—; así que había materia para la consternación. Un radiólogo mexicano se encargó de revisar cuidadosamente el hallazgo con ecografía y descubrir que era “trivial”. Cuando le dije el motivo de mi preocupación y le confesé lo que aparecía en mi historia familiar, respondió sin quitarse audífonos que ese tipo de cáncer, el mesotelioma, es “muy ruidoso” y mi pequeña raya no llegaba ni a un suspiro. Suspiré aliviado.
Otra enfermedad que hay que recordar en África, por el éxito en su eliminación, es la fiebre amarilla. Max Theiler fue el gran virólogo sudafricano de origen suizo que desarrolló la vacuna 17D que contiene virus vivos atenuados contra esa enfermedad. Su trabajo le mereció no solo estar en las listas como el primer Premio Nobel africano, otorgado en 1951, sino ser el único en la historia merecedor de tal reconocimiento mundial por el desarrollo de una vacuna contra virus. Más aún, se distingue por haber logrado “la madre de las vacunas”; la que todavía se usa después de casi 90 años, la que es más segura, la que con una sola dosis garantiza protección de por vida y la que alcanza inmunidad efectiva en más del 95 % de los vacunados. Nada de ello se hubiera logrado sin los datos epidemiológicos y los trabajos africanos, cruciales para cruzar el desafío científico abordado por el equipo de Theiler.
Respecto al tratamiento de mi linfoma, llegamos a mediados de septiembre del 2025 ya eliminada la posibilidad de otros males dentro de mi cuerpo que se habían buscado con denodado esfuerzo. Llamé a mi doctor en España para programar lo que, se esperaba, sería una serie de sesiones de radiación. Le transmití mi fuerte preocupación por la forma en que el tumor había crecido durante la espera: “ha alcanzado el tamaño de una pelota de beisbol”. Él dudó; desconocía ese deporte. Cuando pasé a definirlo como una naranja, se sorprendió. Un último PET-TAC tendría que ubicarnos ante esa nueva realidad. Su resultado fue, lamentablemente, duro. Con semejante tamaño, con algunos satélites que lo circundaban y con la presencia de una actividad celular inusitada (se refería a la forma en que el tumor estaba “fagocitando” glucosa en sus adentros), no podría ser atacado con radiación y esperar buenos resultados. Se requería una nueva biopsia.
Aquí radica el mayor contraste: lo que en Etiopía fue una biopsia ordenada y practicada en minutos, y… “levántate, a casa”, en España ameritó un día de estudios preminentemente cardiológicos; implicó una denodada depilación del muslo, una noche de estadía en habitación hospitalaria que, gracias a nuestra insistencia, no se extendió a dos. Ameritó anestesia completa y algunas ofertas conspiradoras de las enfermeras ofreciendo pastillas para que el trance fuera más pasable.
Por el alto riesgo de una linforragia, la biopsia no se realizó en la lesión principal —en el mentado tumor—, sino en ganglios adyacentes. Desde antes de realizarse el estudio, se me había advertido que, si la biopsia mostraba la presencia de células grandes, lo que era probable en un 90%, me pasarían a quimioterapia. Pero el patólogo no encontró tales células así que, con nuevas ilusiones positivas en ésta mi rueda de la fortuna anímica, regresábamos al etiquetado previo de tumor “tipo B, aislado, células pequeñas…”. Pero había que reducirlo.
Mi hematólogo sentía tener la solución en mano; y me pasó un cúmulo numeroso de pastillas de algo que se conoce como “cálquense” y que es un inhibidor de tirosina quinasa. Su ingesta rigurosa, una cada 12 horas, reduce células tumorales, especialmente las de los linfomas; los empequeñece o concentra. Este medicamento se utiliza comúnmente en el tratamiento de la leucemia linfocítica crónica.
Regresé a África con mi tratamiento y mi optimismo en alto. Fue entonces cuando comencé a tener primeros contactos con una de las instituciones más impresionantes que se han instalado en Addis Abeba, la cual coordina e impulsa todos los trabajos de epidemiología y respuesta contra enfermedades y emergencias sanitarias en un continente que detona desafíos por día: el CDC-Africa (Centro de Control de Enfermedades).
La idea de su creación fue propuesta por el gobierno de Etiopía en 2013, durante una cumbre especial sobre tuberculosis y VIH en Abuja, Nigeria. Tesfaye M. Bayleyegn, un doctor prolífico en estudios y libros (escribió entre otros Abatu Manew አባቱ ማነው que se puede traducir como “¿Quién es el Padre?” y donde se cuenta la historia del CDC), fue quien concibió ese proyecto médico pan-continental. La compartió con Frew Lemma, otra figura semi-heroica cuyo nombre resuena mucho entre el sector salud etíope y africano.
La epidemia de ébola en África Occidental en 2014, una crisis que obligaba igualmente a reforzar todo proyecto de coordinación y, sobre todo, a impulsar prevención, confirmó que crear el CDC era indispensable. Ese mal aceleró el desarrollo de la institución hasta ser hoy un bastión de eficacia y buenas prácticas, no siempre seguido con igual rigor por los gobiernos nacionales. Su impresionante edificio modernista, también elevando por cooperación china, asoma imperial sobre la zona sur de la capital etíope. Entre los archivos del CDC se encuentra el registro de una batalla feroz contra el ébola que, desde 1976, había permanecido hasta cierto punto limitado a aldeas remotas de Sudán y la República Democrática del Congo.
El ébola fue un enemigo latente, no avanzó mayormente durante cuatro décadas a pesar de ser un síndrome hemorrágico grave que lleva a la muerte a 8 de cada 10 afectados. De pronto atacó. Literalmente azotó África Occidental (Guinea, Sierra Leona y Liberia) convirtiéndose en una catástrofe sin precedentes. Invadió ciudades y brincó a otros países aterrando con esa etiqueta de malignidad que tuvieron la peste negra, la viruela, la gripe española o el propio Sida. 29,000 casos, 11,000 muertes en sus fatídicos meses invasivos. Parecía arrasar los sistemas de salud y las economías obligando a una movilización internacional inédita. Fue incluso necesaria una Misión de las Naciones Unidas para la Respuesta de Emergencia al Ébola que pudo coordinarse con CDC-Africa hasta el control de lo que parecía incontenible.
Esa epidemia impulsó iniciativas nuevas para el desarrollo de vacunas y terapias. Y, lo más importante, motivó investigaciones clínicas que revelaron su especial malignidad: recaídas graves tardías e imprevisibles aun en pacientes con niveles virales inicialmente indetectables. Ello redefinió fundamentalmente la comprensión de la historia natural de esa y otras enfermedades. Además, el ébola subrayó la importancia de establecer bases de datos de parasitología, virología y entomología definidas para el ADN africano, como lo fue la iniciativa BioStruct-Africa, establecida en 2017. Obligó, más aún, a valorar y desarrollar epidemiología molecular, con la secuenciación genómica rápida que permite el seguimiento en tiempo real de la evolución viral y las cadenas de transmisión en África, una aplicación que prefiguró innovaciones posteriores en la respuesta a pandemias. Hoy, el CDC-Africa puede presumir un laboratorio de secuenciación que impresiona al propio primer mundo.
Yo, por mi parte comencé a bajar en mi propio tiovivo personal cuando mi tumor evidentemente no cedía. Cuatro, cinco y seis semanas de cálquense y nada; quizá no aumentaba sus dimensiones como antes, pero definitivamente no se reducía y la piel a su alrededor pedía auxilio para contenerlo, a la par de sufrir un edema general de pierna que se empeñaba en darle cierta monstruosa fisonomía. Regresar a España con el fracaso, significó dudas sustantivas para los doctores: “¿qué clase de cáncer linfático de supuestas células pequeñas no reacciona ante el cálquense?” Tal pregunta añadía un voraz desasosiego para mí… pero coraje mayúsculo para mi esposa: “ya dejen de estar jugando, decídanse y actúen”, fue lo que dijo de manera menos diplomática.
Un linfoma de estas características no puede ser extirpado. Dos espeluznantes fantasmas inhiben tan solo la idea: podría provocar el esparcimiento de células cancerosas en el torrente sanguíneo, sin posibilidad de conocer dónde aterrizarían para una metástasis, o dejar al paciente con deficiencia circulatoria en su extremidad e irremediablemente cojo. Una doctora opinó que se requería una tercera biopsia; mi esposa enfurecía ante sus ojos dubitativos. Cuidando la situación, el hematólogo fue práctico y ordenó, bajo el axioma de que a veces todos los caminos llevan a Roma, pasar en caliente a la quimioterapia. Ese tendría que ser el tratamiento independientemente del resultado de una nueva biopsia. Sería lo recomendable ante un linfoma de células grandes, difuso, soberbio, necio, cabezudo.
Aun así, este especialista no dejó de ordenar un tipo diferente de biopsia, la BAG o “Biopsia de Aguja Gruesa”. Sus razones eran más bien académicas porque el primer ciclo de quimio se ordenó con velocidad y ya había comenzado. La aguja de un BAG, vista desde un camastro y con anestesia sólo local, sí se distingue por ser gruesa. Solo verla, sopesarla, imaginarla haciendo su trabajo minero, es lo que incomoda. Trabaja de manera similar a la técnica del core sampling que usa la geotecnia para obtener muestras en forma de cilindros inalterados o representativos de suelos a diferentes profundidades. Con eso hicieron múltiples punciones a mi abultado tumor. Finalmente, ahí, en esos cilindros con tejido, el patólogo pudo encontrar las famosas células grandes y confirmar que la quimioterapia, en cinco o seis ciclos, era indispensable. Estábamos de nueva cuenta en camino.
CDC-Africa expone ejemplos de muchas otras historias fascinantes y estrategias de limitación a enfermedades arbovirales (las que trae un agente como los mosquitos, las garrapatas, las pulgas o vinchucas): dengue, chikungunya, zika. Pero quizá el momento en el cual la decisión, la voluntad política y la coordinación entre instituciones africanas fueron especialmente ejemplares sea la respuesta a la pandemia mundial de COVID-19. El CDC alberga expedientes donde se cuenta, entre otras maravillosas historias, que en abril de 2020 su director, el camerunés Dr. John Nkengasong, condenó las declaraciones de dos científicos franceses, los profesores Jean-Paul Mira y Camille Locht, que sugerían que una posible vacuna contra la tuberculosis, aplicada ahora contra el coronavirus, se probara en África. Calificó la voz de sus colegas de “repugnante y racista”.
A partir de ahí, el continente africano demostró una respuesta distintiva y resiliente a la pandemia, con varios factores que contribuyeron a una trayectoria notablemente diferente en comparación con otras regiones del mundo. Los 47 países de la región africana miembros de la OMS registraron 9 y medio millones de casos confirmados de COVID-19 y más de 175,000 muertes para junio de 2023. Aprovecharon la experiencia previa con epidemias, en particular el brote de ébola, para activar respuestas rápidas. Establecieron grupos de trabajo de alto nivel continentales y nacionales para coordinar las estrategias y lanzaron en diciembre de 2020 una Alianza Africana de Respuesta a la Infodemia (AIRA) que, entre otras cosas, se dedicó exitosamente a combatir la desinformación en redes y a coordinar la verificación de datos en todo el continente.
Claro está que sus capacidades instaladas revelaron fuertes huecos vulnerables como una limitadísima capacidad para hacer pruebas, sistemas de vigilancia deficientes y recursos insuficientes para la distribución de vacunas, lo que volvió a poner de relieve la urgente necesidad de fortalecer su infraestructura de salud pública y la indispensable independencia en la fabricación de vacunas a nivel local. A como se mire, las incertidumbres africanas se pudieron paliar de nueva cuenta con resiliencia, coraje, trabajo e innovación en la salud pública mundial.
En mi cuerpo, la quimioterapia avanzó como lo hacen las quimioterapias: fastidiando todo y cortando por lo sano con el problema. Pero la sensación de milagro, cuando sientes en tu propia mano la reducción de un tumor, bien vale pasar por todas las penurias. En solo dos días, aquella naranja de células malignas paso a ser pelota de squash ponchada. Dos días. A partir de ahí la curva ha sido una asíntota orientándose a la erradicación total.
¿Qué le van a importan a uno las náuseas, la fuerte debilidad corporal, los dedos dormidos que aún hoy me hacen cometer tantos errores con el teclado? ¿Qué importa la sensación de sobrecarga de agentes extraños en cada milímetro del cuerpo, la vulnerabilidad inmunológica que te hace abrazar y hacer propio el más mínimo estornudo del vecino y convertirlo en fiebre? ¿Qué importan los momentos de ansiedad provocados por corticoides y otros medicamentos que inundan un organismo, hasta entonces tan ajeno a tanto fármaco? Nada. La sensación de curación invade y anima. La incertidumbre, si bien todos sabemos que está presente, comienza a ceder. El cuerpo se imagina sano y quiere seguir en la dirección que lo lleva a creer. Corre hacia esa creencia con la misma ceguera que caracteriza el enamoramiento.
La quimioterapia me ha hecho avanzar rápido; sobrepasa los malos pensamientos, ratos y dolores como piedras en un camino mal asfaltado donde un carro simplemente se atreve a correr convirtiendo todo bache en estela de polvo. Al andar por el sendero de este envenenamiento sanador, me ha dado por pensar en la recorrido africano en el tema de su salud pública tan lleno de escollos terribles y paradójicamente famoso por sus éxitos: queda tanto por hacer ahí para superar la famosa fiebre de Lassa que hoy es una amenaza emergente crítica en África Occidental. Al otro lado del continente, atormenta la fiebre del Valle del Rift devastadora enfermedad hemorrágica viral zoonótica transmitida por mosquitos, que nos habla de la enorme importancia de entender, en una misma ecuación, la salud animal y la humana, algo que CDC-Africa tiene muy claro. Lo mismo se aplica para el Mpox (viruela del simio) que pasó de enfermedad endémica zoonótica a amenaza global. Su primera víctima humana data de 1970 en la República Democrática del Congo y permaneció prácticamente confinada a África central y occidental. Pero el cese de las campañas de vacunación contra la viruela, sumada a la urbanización, la degradación ambiental, los viajes internacionales y las interacciones entre humanos y fauna silvestre ya la convirtieron en 2022 en Emergencia de Salud Pública de Importancia Internacional.
El panorama epidemiológico continúa cambiando, alerta sobre el hecho indefectible de que no hay reducto que pueda dejarse desatendido porque esa podría ser la fuente de una nueva tragedia. A estas enfermedades, acostumbradas a permanecer latentes, vinculadas al descuido y los abismos del subdesarrollo, se les clasifica como Enfermedades Tropicales Desatendidas (ETD). Nombres fascinantes y aterradores, que no recomiendo buscar en Google porque ofrecen experiencias rudas, propias para desarrollar picazón, me han comenzado a ser familiares: esquistosomiasis, geohelmintiasis, oncocercosis, filariasis linfática y tracoma son los motes elegantes de parásitos de pueden afectar a cientos de millones de africanos, impactando desproporcionadamente a los niños y a las poblaciones más pobres. Su mapeo entre 2014 y 2016 en 37 países africanos (90 % de los distritos de la región africana de la OMS) ha sido la guía de encomiables programas e investigaciones que hoy son la razón de una suerte importante de nuevas donaciones por parte de países que ven ahí resultados y canalizan dinero hacia el continente ahora que la cooperación internacional se halla tan mermada. Pero mejor aún, han sido la vía para establecer protocolos y estrategias de control comunitario efectivo, basado en autogestión, que toma en cuenta experiencia y prácticas locales que merecían desde hace mucho ser revalorizadas.
Para el 2024, 50 países africanos habían eliminado con éxito al menos una de esas ETDs, y 13 países habían erradicado al menos dos. Togo alcanzó el hito más ambicioso, eliminando cuatro ETDs. Ya casi no existe la dracunculosis, la tripanosomiasis africana humana, la filariasis linfática, la rabia, la leishmaniasis visceral y el pian.
Soy un optimista incorregible. Ataco la incertidumbre con un arma extraña: considero la acción misma orientada hacia objetivos claros como la base del éxito. Trato de no dar cabida a la duda y nunca caer en escoyos de indefinición aun cuando, por momentos, lo indicado sea una espera, una tardanza, un periodo de necesaria recuperación: pido enfáticamente que se sepa por cuánto tiempo es la pausa, que se conozcan sus razones. Por todo ello es que llamé a este texto: “Enfermar en África”. Escribo en el momento en que después de 5 ciclos de quimioterapia y a la mitad de un programa pesado de 18 o 20 sesiones de radiación, pero muy bien dibujado —digo dibujado porque hasta se tiene la práctica de tatuar unos puntos cardinales alrededor de la zona tumorosa para que la máquina de rayos ionizantes de alta energía atine bien en su función—. Todo ello sobre las esquirlas de un tumor que parece ese enemigo que cae y renace, se dobla y contrataca. Me recuerda al “flood” super-organismo alienígena parásito y virulento propio del videojuego Halo. Es lo que concibo más cercano al cáncer en ese mundo ficcional: nunca sabes bien a bien si ha quedado vencido en definitiva.
La magia para sanar es la persistencia. El músculo para lograrlo proviene de un maravilloso equipo de médicos. Ellos no piensan en países, diplomacia y geopolítica; piensan en curar y si se ponen nerviosos les caen encima los parientes, como mi esposa, y les dicen: “el que duda pierde, tome decisiones, doctor”. La esperanza se nutre justamente con el cobijo de los familiares y los amigos, de los que me escuchan. El videojuego asoma como gesta eterna porque eso del cáncer es, en cierto modo, el alocado rechazo de unas células a la misma muerte, la programación errática de reproducción que desarrollan empeñadas en vivir eternamente. Conlleva la sensación de lucha perpetua donde los aplastados reaparecen, pero frente a ellos, los logros se acumulan para dar nueva energía al paciente. Al final, el tumor, como en el videojuego, cede, desaparece, la incertidumbre acalla sus voces por un rato…, la fuerza del espíritu y la fe resurgen para aplacar esas voces cuantas veces sea necesario, una o mil veces. [ C ]

Diplomático y novelista mexicano, especialista en literatura mexicana del siglo XX y actual Embajador de México en Etiopía y Observador Permanente ante la Unión Africana. Es licenciado en Literatura Hispánica por la Universidad Nacional Autónoma de México, maestro y doctor en Literatura por El Colegio de México y maestro en Estudios Diplomáticos.
