Visiones Parisinas II

Se presentan trabajos de tres integrantes del Taller de narrativa que el escritor sinaloense Miguel Tapia, imparte en la Maison du Mexique, en París, Francia.

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Felipe Sánchez Reyes

MI CASA

Querida Pauline.

Espero que te encuentres bien de salud.

Respondo a la pregunta que hoy por la mañana me formulaste con acierto: “¿qué representa la casa para ti?”

Para mí representa tres elementos: uno, la casa es mi guerrero que me cubre de pies a cabeza de los peligros, es mi otro yo que me protege de los otros; dos, el contenido; y tres, mi madre que me abriga, me acaricia, me cura las heridas físicas o emocionales, alimenta y despierta mi creatividad.

Te explico cada parte: uno, mi guerrero protector. Para mí la casa es el momento de reposo del guerrero en la lucha o trabajo diario, y mi casa se convierte en mi círculo protector del exterior. Es un círculo mágico, como el del mundo sagrado, de la magia o de los templos, que nos aísla de los males y conflictos que nos circundan. La casa me protege y aísla de los otros para que analice mis conductas o problemas que me afectan.

Dos, su contenido. ¿Qué contiene mi casa, mi mundo, que me llena de placer? Mi casa posee luz y ventilación por cuyos ventanales grandes entra el sol todas las mañanas. Los rayos del sol abren la puerta sin tocar, se acercan a los pies de mi cama donde aún estoy somnoliento, me despiertan con sus caricias, me dan la bienvenida e iluminan mi vida, poco a poco se van alejando de la sala, retroceden y salen por el ventanal a iluminar el mundo.

Enseguida me levanto, abro el ventanal por donde se filtra el viento, se acomoda, descansa en un rincón, se sienta en la silla y en silencio me acompaña a la mesa durante el desayuno. Luego, cuando se filtran los ruidos exteriores de vendedores ambulantes, las risas de niños y gritos de las vecinas, decide salirse porque también le molesta el ruido y grito inoportuno de los escandalosos.

Adentro poseo pequeñas plantas de ornato para retener a mi lado a la naturaleza verde, libros de literatura y ensayos para abrevar conocimientos, incentivar mi imaginación y creatividad, cuadernos y hojas recicladas, plumas y lápices para escribir y revisar con detenimiento, gomas para borrar después de la revisión consciente, y corregir mis textos; películas para conocer otros mundos y música tranquila y alegre para relajarme, según mi estado de ánimo; cuadros de pinturas que retratan la belleza femenina y la inocencia de los niños; computadora para escribir e impresora para editar y perfeccionar mis textos. Además, mi cámara fotográfica, porque cuando salgo a caminar, capto la belleza de lugares, personas o algo que sorprenda a mi vista por su novedad o belleza.

A eso se reduce mi casa que llevo, como caracol en la maleta frágil de mi memoria, al país que visite por corto o largo tiempo, como estos nueve meses en Paris, Pauline.

Tres, la madre. La casa representa el origen del mundo, la matriz, el vientre materno con su sonido suave y silencio que me relaja, el mundo interno y cálido que me cubre y alimenta física y emocional todos los días. Estar dentro de la casa me ayuda a conocerme, a definir mi personalidad, a conocer mis actitudes favorables y desfavorables, a resolver mis problemas emocionales, a concentrar mi energía positiva, a renovarme y fomentar mi creatividad. Es el mundo de la procreación humana y de la creación artística.

La casa, como recipiente o receptáculo, al recibirme me purifica y me despoja de la inmundicia de afuera, luego me abriga, me abraza, me da calidez que no siempre recibo del mundo exterior. La casa me conduce a otro mundo mágico, soñado, ficticio, que hallo después de traspasar la cortina de los labios vaginales que, como cuando nacemos, me acarician al entrar y se cierran herméticamente como ostra al salir: la puerta de mi casa.

Esta es mi casa, Pauline, el origen del mundo, la matriz, el vientre materno; su contenido es el mundo líquido que me nutre; y la puerta son los labios vaginales que amorosamente me acarician cuando entro y cuando salgo se cierran protectores, como la ostra del mar.

Espero haber respondido a tu pregunta, querida Pauline, que dio origen a esta carta. Recibe mis abrazos cariñosos.

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Denise Morales Cardozo

TRES TEXTOS DEL LIBRO Dos Vuelos en Exilio

Uno

Niños, animalitos y adultos coexisten dentro de este vientre materno que es la casa.  Se ensancha, crece y gesta con igual placidez los huevos del ganso, los cachorros del perro, la lagartija que duerme entre las hileras de las camas.

En su patio el árbol del pan dispensa frutos voluminosos y apiñados, como metáfora perfecta del hombre y la mujer abrazados a la promesa de tener tantos hijos como el cielo les mande. Uno tras otro los niños forman un collar de once sonrisas irrepetibles, reconocibles donde quiera que vayan. La ausencia de uno significa el quebranto de todos. Y el primero en marcharse fue el padre. Su ausencia dejó la casa llena de un amor tan claro como el agua de la lluvia recogida en un cántaro. Poco a poco, como en los cuentos, los niños se hicieron grandes y los matrimonios repoblaron la casa. Formaban un vecindario matriarcal donde padres e hijos giraban en torno la mujer que jamás dio un paso fuera de casa.  Cantando y arrullando recibía a cada recién nacido, lo envolvía en el aroma a madreselva que desprendía su abrazo.  Su cuerpo fue tomando la forma de los grandes árboles, su piel el tono de la tierra blanda. Con sus manos la vida forjó todo cuanto sobrevive a la temporalidad: los afectos, los oficios y las tradiciones que varias generaciones ejercen con la actitud de quien escribe una y otra vez un relato para poner a salvo del olvido la casa.

Dos

Reflejadas en el agua las casitas parecen mimetizar un cielo sereno, inalterable. Nada más frágil que la orilla de un río al pie de los cerros para fijar una casa. Cada año las familias son desalojadas para dar remiendo a lo que no lo tiene. Las endebles armazones de tierra y canutillos no dan soporte a una vivienda confiable. Al cabo de los meses regresarán con sus precarios enseres a ocupar sus remendadas viviendas. Y nuevamente, otra estación de lluvias, e indiferencia oficial, acabarán derribándolas.

En esos caseríos rurales la belleza no falta, los bucares florean, el maíz tiende hileras doradas sobre los campos, el café esparce su aroma hasta los lindes de tierras fronterizas donde ahora muchas de esas familias de sembradores buscan asilo huyendo  de la escasez y la desgracia. Ningún aguacero hubo jamás causado la miseria instaurada por la manada de bestias que se mantiene al mando.

Tres

Una mariposa me ronda desde hace días. Blanca. Del tamaño de una mano. Se posa en el papel, danza, desaparece. Como una idea que no acierto a transcribir.

Al cabo de las horas reaparece. Sus alas contienen el espacio de una carta, la cualidad de un verso que mora en la consciencia de una realidad que está presente y no alcanzo.

Mi instinto es capturar su imagen, corresponder a su oficio de mensajera alada. Unirme a su Aleteia.

La mariposa toca el filo de un cuchillo. Desafía el instante, dilata su brevedad para hacerme una morada. Lleva consigo las señas de un hogar santo. Domicilio de peregrinos, refugio de errantes. Mientras más cercana, más dilatado se torna su espacio. Ahora mismo la veo. Roza mis líneas, suelta un suspiro. Se avienta sin darme tiempo a llevarme en su viaje.

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Maxime Nordin

1. EL DANDY DE LOS VIENE-VIENE

Descubrí la nota en mi celular mientras el metro me arrastraba por los subsuelos parisinos. La Secretaría de Turismo del gobierno federal había reconocido a la colonia Americana como “barrio mágico”. El artículo subrayaba que era el primer barrio de Jalisco en obtener tal distinción.

Barrio mágico…

No llevaba mucho de haberse instalado en el barrio. Notamos su aparición, al igual que casi toda la manzana, una mañana fresca, todavía oscura, cuando salimos rumbo al colegio. Estaba parado junto al puesto de café y tamales de la esquina de la Paz y Miguel de Cervantes. Él sostenía un vaso humeante, quizás de café, mientras fumaba. Observaba con atención el despertar del barrio, sus primeros movimientos y ruidos. Seguía minuciosamente con su mirada los primeros coches y peatones, el tímido ruido de los motores

Su figura contrastaba con la de los otros madrugadores. Tal vez la noche le añadía un toque de misterio a su presencia, pero había en él algo deliberadamente enigmático. Parecía tomar el pulso de la calle. Llevaba puesta una gabardina oscura, apenas corta para su estatura, un sombrero de tipo tirolés con una pluma en el costado y unos converse negros que desentonaban con el resto del atuendo. Un atuendo algo excéntrico para merodear por las esquinas de la ciudad.  Tenía algo de un personaje de un cuento de Poe, no recuerdo bien cual.

Durante todo el trayecto al colegio me pregunté qué hacía aquel ser atípico en nuestra cuadra. La respuesta llegó esa misma tarde, al volver a casa. Lo vimos desde el semáforo agitando un pañuelo vino tinto con movimientos precisos y enérgicos. Al doblar en la esquina de mi casa, sedirigió lentamente hacia nosotros.

-Madre, ¿buscan estacionamiento? – preguntó. Será para mi un placer encontrarles un lugar.

Respondimos, un poco sorprendidos:

Aquí vivimos, gracias.

A lo cual nos contestó con una gran sonrisa.

Pudimos, a plena luz del día, observarlo con mayor atención. Su apariencia era casi impecable. Su sombrero dejaba escapar unos mechones de pelo negro oscuro, llevaba amarrado al cuello un paliacate azul cielo que hacía relucir sus cachetes impecablemente afeitados. La gabardina había cedido su lugar a una camisa verde aceituna, abierta lo suficiente para insinuar un torso firme y casi aterciopelado. Desviaba el humo del cigarro hacia un costado y al sonreír asomaban dientes oscurecidos por el tabaco.

Para nosotros fue, desde ese día, el dandy. El dandy de los viene-viene.

Con el paso de los días nos enteramos de que se hacía llamar el chihuas, o como nos corregía José, el barrendero de enfrente, shhh-iguas, estirando la palabra como si se tratase de un título nobiliario.

El dandy se fue convirtiendo poco a poco en un miembro más de la cuadra, un rostro ya familiar. Nunca supimos donde pasaba las noches pero, cada mañana, se presentaba sin falta y de manera puntual a su esquina. Preparando el terreno para ofrecer sus servicios con una fórmula que repetía como un mantra:  « jovenazo, será para mí un placer … »

De cierta forma, su presencia impregnó la manzana de una forma de ligereza y de frescura. Había en su manera cuidadosa de expresarse y de tratar al cliente, un tipo de elegancia que quebraba la monotonía de lo cotidiano.

Los vecinos comenzaron a tratarlo con familiaridad, los comerciantes le confiaban los chismes de la cuadra. Poco a poco se fue haciendo de los usos y costumbres del vecindario.

—No importa que sea cochera, patrón. La señora Flora está de viaje.

—El doctor salió de emergencia; no regresará antes de las tres.

Parecía haber penetrado los secretos de cada portón, conocía con precisión y tal reloj, las entradas y salidas de los vecinos.

Al mostrar su habilidad, estacionando, lavando y encerando los coches, se había convertido en un rostro familiar para todos. Mostrando su talento y agilidad, hasta para arrastrarse por debajo de las tripas de los coches, para detectar alguna anomalía en el châssis.

Pasó, en cuestión de semanas, a lavar y encerar a gestionar las entradas y salidas del barrio. Había, parece ser, logrado imponerse mediante su encanto y su talento, como líder de los demás viene-viene de los rumbos. Ejercía su autoridad sobre los que llevaban tiempo peleándose las esquinas. Era el líder de la cuadrilla compuesta por el Famsa, nacho y el sope. El chihuas asignaba las esquinas, vigilaba y distribuía las tareas. Entre semana, la cuadrilla se encargaba de múltiples tareas, desde estacionar, lavar y encerar los coches, hasta acomodar espejos de los mismos. Al final del servicio, el cliente sorprendido por tanta cortesía, deslizaba un billete más generoso que de costumbre. Todos estos detalles, con el fin de hacer más placentera la experiencia de sus clientes.

Pero eran los domingos sus días de gala, sus días de faenas.

A eso de las 4 de la tarde, hora en que una parte de la sociedad tapatía se reunía en la Focaccia, restaurante italiano de medio pelo, pero con una gran barra de entradas incluidas en el precio, el dandy desplegaba sus mejores trucos. Esplendor de su estilo. Pelo engominado y peinado hacia atrás, camisa de manga corta color durazno abierta en el pecho y su inimitable sonrisa magnética. Todos estos detalles contribuían a su puesta en escena, plenamente consciente de su casi teatralidad. Sabía, el dandy, que cada gesto y detalle se verían reflejados en la propina.

Con su pañuelo en la mano, toreaba los coches que llegaban uno tras otro. Abría las puertas con solemnidad, ofrecía las manos de apoyo a las señoras y hasta en algunas ocasionas, recibía las llaves con un leve asentimiento que sellaba un pacto de profunda confianza. Había, en efecto, conquistado el privilegio de estacionar personalmente los coches de los comensales más asiduos o frecuentes. Esto último representaba para el dandy un signo inequívoco de su triunfo en la esquina.

Mientras tanto, bajo su estricta vigilancia, los demás miembros de la cuadrilla cuidaban, lavaban y hasta enceraban los coches de los clientes más queridos.

Una vez satisfechos, los comensales salían, la panza llena y el corazón generoso. El Dandy clausuraba la tarde de triunfo, persignándose con la faja de dinero y distribuyendo las ganancias a su cuadrilla. Había asegurado su supervivencia por al menos unos cuantos días más.

Y después, volvían las semanas habituales: oficinistas, licenciados y algunos comensales. La rutina, vigilar, apartar lugar y repetir el gesto. Pasaron meses y su estilo terminó por plegarse al paisaje de la cuadra, o tal vez fue la cuadra la que se plegó a su estilo.

Hasta que algo empezó a resquebrajarse. Primero desapareció el sombrero, las camisas llamativas dieron paso a sudaderas con lemas políticos, y su pañuelo desgastado por el sol y el uso se había decantado en un color marrón. El Dandy llegaba inquieto, casi agresivo, algo lo inquietaba. Se hablaba de rivalidades con otros viene-viene, de tensiones en la cuadrilla. Los ojos enrojecidos, fumaba cigarros con el humo cada vez más espeso.

Su presencia comenzó a hacerse intermitente. Un dia falto. Luego otro. Y un día más no regresó, como un mago después de su último truco.

La manzana volvió a su ritmo anterior, pero algo había cambiado.

Meses después, fue reemplazado por el sope como líder. Los rumores insinuaron que al chihuas, lo habían desaparecido los de la plaza, sin yo entender plenamente lo que eso significaba.

El artículo no mencionaba nada acerca del Dandy. De aquel hombre que, por un tiempo, le dio a nuestra cuadra una elegancia improbable y un aire de teatro bajo el sol de Guadalajara.

***

2. EL LIMPIADOR DE TUMBAS

Estaban terminando de cenar en aquel bistró del bulevar Saint-Germain, en el cual solían reunirse por lo menos una vez al mes. Eran tres amigos: uno de Veracruz, otro capitalino y otro de Jalisco. Tres amigos que lo único que tenían en común era el encontrarse en París. Los tres eran jóvenes y solteros. Les gustaba reunirse en ese bistró, Au vieux garçons, para platicar acerca de sus nuevos descubrimientos, aventuras y relaciones por la capital. Aprovechaban de vez en cuando para discutir sobre las novedades que les llegaban del otro lado del charco, la familia, las bodas y los chismes de la “polaca”. Ya pasadas algunas copas de brouilly, solían recordar los lejanos amoríos de la preparatoria, los platillos regionales o los futbolistas de su infancia ya retirados de las canchas.

Entumecidos por los vapores de la cena y aturdidos por el brouilly y el calvados, platicaban de todo: del mejor pan de muerto que se podía conseguir en París, de la tortuga de oro expuesta en el Museo de Orsay para la exposición temporal de Huysmans, de las películas en vogue. En fin, trataban de vivir de la manera más caprichosa la vida parisina.

Uno de los más alegres entre los tres amigos era Diego. Si bien era el más joven del grupo, sus largos años vividos en París le otorgaban un cierto prestigio, una especie de aura que lo envolvía cada vez que contaba alguna historia sobre lugares que los demás no habían visitado o sobre hechos históricos de la ciudad que ellos desconocían. Experiencia con la cual se deleitaba en cada encuentro, y que trataba de prolongar para el siguiente. Animado por el deseo de compartir aquel tesoro, sentía en esos momentos, casi siempre a la hora del calvados, la necesidad de asumir el papel de orador.

No aguardó, para entrar en materia, a que se lo pidieran; solo el tiempo suficiente para sacar una Gauloise de su caja y encenderla. Fumando su cigarro, con los codos sobre la mesa, entumecido por aquella deliciosa atmósfera de humo y vapores, en ese otoño parisino, se sentía como pez en el agua. Entre bocanada y bocanada, soltó:

—Hace un año, más o menos, me pasó una curiosa aventura.

Las otras dos bocas respondieron casi en sintonía:

—A ver.

—Como les decía —continuó—, fue más o menos por estas mismas fechas. Todavía salía con H. Ese día, salí de mi departamento por la tarde; había quedado de verme con ella en algún café cercano a la Gare Montparnasse. Las cosas ya se estaban poniendo un poco raras entre nosotros. La liga ya se había estirado demasiado. En fin, con la noción del tiempo un poco alterada, como suele suceder en esos momentos críticos, decidí, invitado por uno de esos últimos y caprichosos rayos de sol de otoño que penetran entre los árboles rojizos y se esparcen por París, llegar a los rumbos de la estación con un poco de antelación.

El tren de H., proveniente de Nantes, llegaría al andén número 2 a eso de las 5:22. Me quedaban, pues, un par de horas que matar. Habiendo ubicado un buen cafecito, L’Atlantique, y buscando posponer lo que ya parecía inevitable, decidí caminar un poco. Esa tarde hacía un sol delicioso y una atmósfera tibia; encendí un cigarro y me dejé ir, sin pensarlo, hacia las calles aledañas de la estación. Caminando sin rumbo ni propósito, me vino la idea de seguir hasta el cementerio de Montparnasse. Tal vez, invadido por el deseo de solicitar el consejo de algún buen sabio. Como mexicano, nunca he encontrado el sentido macabro de esos lugares.

Me adentré, pues, en el cementerio de Montparnasse. Como les decía, nunca me han disgustado los cementerios: esos lugares, de cierto modo, me relajan y me vuelven melancólico. Además, uno siempre termina topándose con algún buen conocido, de esos que ya no responden a los albures. Mi curiosidad por los cementerios nace también de que son ciudades que amontonan generaciones de parisinos en un espacio reducido, encapsulados para siempre.

El cementerio estaba prácticamente vacío, salvo por un grupo de turistas chinos. El ambiente otoñal, con su olor a humedad tibia, a hojas muertas y a sol agonizante, acentuaba esa melancolía. En comparación con los cementerios mexicanos, los de Michoacán o incluso el de Mezquitán, este no era precisamente alegre. Pero aún faltaba mucho para que yo me instalara definitivamente ahí. Todo olía a madera seca y a piedra fría. Nada comparable a mi cementerio de Mezquitán, donde el perfume de las flores cempasúchil se dispersa e impregna cada tumba durante esta temporada. Poco o nada tenían en común las tumbas de Tzintzuntzan, ornamentadas de flores, velas y antojitos para los difuntos.

Decidí entonces visitar a los sabios del lugar, empezando por mis compatriotas, preguntándome qué los había convencido, en su último deseo, de enterrarse para siempre en los subsuelos parisinos. Empecé por la tumba de Fuentes, el mausoleo de don Porfirio, luego pasé por las de Gainsbourg, Baudelaire y, por último, la de Cortázar, en la división 3 del cementerio. Esta última fue fácil de encontrar: un par de jóvenes con acento porteño murmuraban unos versos y depositaban un conejo de peluche. Cuando se marcharon, me acerqué dispuesto a recordar algún cuento o algún personaje de Cortázar.

Tratando de descifrar la escultura que dominaba su sepultura —una serie de círculos concéntricos sobre los que reposaba una figura sonriente—, me di cuenta de que me había quedado solo en el cementerio. Habiendo ya cumplido mi ciclo de mundanidades, decidí volver sobre mis pasos hacia la estación. Buscando algún ser vivo en este valle de muertos, comprendí que me había quedado completamente solo. Preso de un miedo súbito de permanecer acorralado, traté de divisar a lo lejos los banderines del grupo de turistas chinos. Nada. Decidí entonces encontrar la salida con el mapa del cementerio que había descargado en mi iPhone.

Me disponía a partir cuando vi, en la parte más abandonada del cementerio, a un hombrecito calvo. Su cráneo parecía atraer y reflejar los rayos de sol que penetraban ese refugio de paz. Vestía un traje gris desgastado que se confundía con el mármol de las tumbas. Aliviado por encontrar presencia humana, sentí la necesidad de hablarle, quizá para sacudirme del monólogo interior que llevaba rato arrastrando.

Me acerqué: estaba arrodillado frente a una lápida cubierta de musgo, limpiando minuciosamente los contornos de un nombre casi borrado por la lluvia y los años. El aire olía a tierra mojada y a piedra antigua.

—Buenas tardes, señor —le dije—. Parece que nos hemos quedado solos. ¿Podría indicarme la salida, por favor?

—¿Va usted también de salida? Si quiere, espéreme cinco minutos y yo mismo lo acompaño. Estoy por terminar de limpiar esta tumba.

—Lo que pasa es que tengo un poco de prisa, pero bueno, lo espero. Entre tantas allées y tantos árboles, uno se pierde. ¿Usted trabaja aquí?

Se mostró algo sorprendido, pero asintió mientras deslizaba sigilosamente el cepillo por los bordes de la tumba, cuidando de no pisarla. Armado con una espátula de aluminio en la mano izquierda y un aspersor en la derecha, el hombrecito —que bien merecía el apodo— no debía medir más de un metro setenta. El traje gris, aunque desgastado, le daba una silueta flaca pero atlética. De su piel curtida por el sol y su cabeza rasurada relucía un brillo metálico.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en el oficio? ¿Trabaja para el cementerio?

—Esta será mi quinta temporada ejerciendo el oficio en este cementerio. Como bien sabe, es la época más intensa del año: las familias vienen a asegurarse de que todo esté impecable, y aquí su servidor procura cumplir con ello. De las miles de tumbas que hay en Montparnasse, setenta y dos están bajo mi cuidado.

—Así que tiene ya tiempo en esto. Qué labor tan importante la suya.

—Es un periodo en que las oraciones, las flores y el silencio se mezclan mal con el polvo y la hiedra —dijo sonriendo—. Los encargos se acumulan justo antes del fin de semana de la celebración de los muertos. ¿Podría pasarme la escoba o el vinagre, por favor?

—Claro —le respondí, entregándoselos.

—¿Y qué es lo que más le gusta de su trabajo? —pregunté, intrigado.

El hombrecito sonrió con serenidad mientras frotaba suavemente la piedra:

—Mi mayor orgullo —dijo— es hacer brillar las tumbas que me confían. Nada me pesa más que ver cómo el paso del tiempo desfigura las lápidas. Hay mucho movimiento alrededor de los muertos cuando se trata de herencias, pero mucho menos después, cuando hay que mantener la tumba en buen estado.

Fascinado por su meticulosidad, le pregunté:

—¿Y cómo trabaja exactamente?

—Entre treinta y cuarenta y cinco minutos por tumba, dependiendo del tipo de piedra —respondió—. Primero hago una barrida imprescindible, luego un cepillado delicado con jabón negro, vinagre blanco y detergente a base de sodio. Lo más difícil es calcular las proporciones y diluir bien con agua, para que no queden manchas.

Señaló los pequeños tallos que brotaban entre las piedras:

—Estas hierbas las arranco a mano. Cumplo con la ley Labbé, que prohíbe el uso de productos químicos en espacios públicos. Y hay otra regla que para mí es fundamental: cuando uno trabaja con muertos, nunca debe poner el pie sobre una tumba. Es una cuestión de respeto —añadió, mientras se contorsionaba con agilidad de gimnasta para alcanzar un rincón—.

—¿Y alguna vez le han pedido algo fuera de lo común? —pregunté.

—Ah, sí… un día, por una razón misteriosa, un cliente me pidió que repintara una tumba de color rosa. Me negué, claro. Eso sin duda me habría traído problemas con los otros miembros de la familia. Un cementerio no es un parque de diversiones.

Guardó silencio unos segundos, pasó un paño húmedo por la piedra y añadió con voz serena:

—Es un lugar neutro, en medio del cual encuentro una gran paz, lejos de la agitación de la ciudad.

Bajó la voz, con un tono más íntimo:

—Pero mi trabajo no estaría completo si no me interesara por la historia de quienes descansan aquí. Una cosa son los familiares y otra los difuntos, con los que paso más tiempo. Soy curioso por naturaleza. Antes de ponerme manos a la obra, necesito saber quién fue la persona enterrada y cómo murió. Suelo preguntar a los familiares, y la mayoría se abre fácilmente.

Hizo una pausa, mirando la tumba frente a nosotros, con cierta gravedad:

—Pero mire, esta es la que menos información me ha dado. Nunca he visto a los familiares, pero cada año aparece una faja de billetes, y con eso considero que es mi deber mantenerla limpia. En la lápida sólo está grabada la letra H, y el año de nacimiento: 1985. Murió en 2005, a los veinte años, tras una caída accidental de un tren. Pobre chica.

—¿Y cómo sabe usted eso?

—Por el cura de Sainte-Marie, que suele acompañar las ceremonias de inhumación aquí. A él le tocó enterrarla.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Miré el reloj: eran las 5:22. Me despedí del hombrecito, que me indicó la salida hacia la calle Froidevaux, no sin antes dejarme una tarjeta con sus servicios.

Invadido de nuevo por la agitación de la ciudad y deseando convencerme de que estaba de vuelta entre los vivos, eché a correr con todo mi vuelo, sintiendo cada músculo de mis piernas, más vivo que nunca. Evitando a los peatones, llegué a la estación. Los primeros pasajeros del tren proveniente de Nantes ya descendían del primer vagón. Busqué entre la multitud el rostro familiar de H.  Pero nada.

Entre el último grupo de pasajeros del vagón 11, reconocí por fin esa cara que me era tan conocida, o más bien el recuerdo de ella. Ya no era la misma persona: era como si lo que habíamos sido se hubiera desvanecido, como un sueño al despertar.

Sin saber cómo reaccionar; metí las manos en los bolsillos y sentí algo extraño: un cartoncito. Lo saqué y recordé que era la tarjeta que me había dado el hombrecito del cementerio. Leí:

Desde 1985, C & M – Clean et Mo.

Limpiador de tumbas.

París y suburbios : 0771945664

***

3. LA SERPIENTE DE LAKAMHÁ                                                                     

Tuve que correr para alcanzar el último metro. Definitivamente, ese Serpent à Plume era un buen lugar. El jazz, los cócteles y las lindas sonrisas se combinaban a la perfección para asegurar una buena noche. Ya en mi depa, todavía un poco aturdido por la fiesta, las notas de jazz y el frío, que estaba de regreso en París, decidí prepararme un tecito caliente para prevenir cualquier resfriado que pudiera acechar.

Envuelto en mis sábanas, con esa sensación de calor, de tibieza, me dejé lentamente acariciar por los brazos de Morfeo, sin pensar en las pocas horas de sueño que me esperaban antes del amanecer.

De repente, un ruido brusco y repetitivo me sacó del sueño profundo y reparador en el que me encontraba. Una tibia y pegajosa humedad comienza a recorrerme el cuerpo, estoy acostado junto a Daniel, bajo la sombra de un árbol monumental. Estamos solos, sumergidos en una selva densa y tropical, rodeados por un mar de árboles. Entre ellos, distingo algunos montículos de piedras blancas amontonadas, formando una especie de figura geométrica.

El ruido vuelve a aparecer, ahora más agudo e insistente. Reconozco al perturbador de nuestro sueño: es azul rey y se enrolla como una serpiente alrededor de la muñeca izquierda de Daniel.

Él se pone súbitamente de pie y me dice con un tono acelerado:

—¡Güey! Nos pasamos con la siesta. Ya son las 5. Nos han de estar esperando en la entrada. Pablo ahora sí nos va a multar. Después de lo de Holbox nos va a tocar limpiar todo el camión. Yo ya estoy hasta la madre de ser el encargado de la despensa; no quiero que encima me toque eso. ¡Hay que apurarle!

Mientras tratamos de encontrar el punto de encuentro, me doy cuenta que estamos perdidos en medio de la maleza en la cual los vestigios de la antigua ciudadela parecen todos iguales no hacen más que confundirnos.

Buscamos la entrada de la zona arqueológica, pero todo parece igual. No hay señales, no hay camino. Estamos rodeados, atrapados, asediados por un laberinto verde. Sumergidos en la selva, perdidos en su respiración húmeda. Un murmullo de agua corriendo, un olor a corteza, a vegetación mojada, a ruina viva, ese es el único telón de fondo.

Daniel se aleja. Escucho unos ruidos lejanos, mientras Daniel desaparece detrás del templo del sol. Son voces que parecen cantar un estribillo que no consigo descifrar. ¿De dónde provienen? No sé cuánto tiempo ha pasado desde que despertamos. He perdido la noción del tiempo, ¿cuánto tiempo habrá pasado desde que nos despertamos?

Una sensación extraña me toma de golpe. Mis piernas ya no me obedecen: están empantanadas, entumecidas, atrapadas en la alfombra verde que cubre las ruinas. ¿Se habrán ido sin mí? ¿Dónde está Daniel? Todo gira en movimientos circulares.

De pronto, un sonido insoportable, repetitivo, cada vez más fuerte. Unos pajaritos cantan a lo lejos pero no logro encontrarlos, me asomo a la copa de los árboles tupidos. Nada. De pronto, vislumbro a mi izquierda unas raíces gigantescas, que parecen haber brotado de un momento al otro, o ¿siempre estuvieron ahí? Las raíces, casi vivas, se entrelazan como serpientes de un marrón oscuro, algunas más largas y gruesas que otras, formando figuras inquietantes que parecen querer atraparme las piernas.

Y de pronto, un golpe metálico.

Estoy en casa. Mis piernas siguen enredadas, atrapadas en las sábanas. La almohada está empapada. Estoy sudando mientras un escalofrío me recorre la espalda. Los vidrios de la ventana están empañados.

Mientras pongo el agua a hervir y me pongo los pantalones, veo una gota descender por el ventanal al mismo tiempo que otro escalofrío me atraviesa. Me parece escuchar a lo lejos un ligero siseo que parece acercarse cada vez más. ¿Será el camión de riego? Asomo la cabeza por la ventana de la cocina, está lloviendo afuera, la lluvia acompaña los primeros ruidos del día.

 Qué calor hace aquí… Tengo la cabeza un poco aturdida. Más vale tomarme un Febrax antes de salir.

***