La revista Eco, publicada durante 24 años por la librería Buchholz de Bogotá, es un claro ejemplo de que la diplomacia cultural puede intensificar y apoyar la creación de instrumentos de diálogo entre públicos muy distantes. En este caso, entre el campo cultural alemán y los lectores en español.
No tengo duda alguna en calificar a Eco. Revista de la cultura de Occidente (1960-1984), como la publicación periódica germanófila más importante que se haya editado en América Latina a lo largo del siglo XX, y la que con mayor intensidad y amplitud dio a conocer a los creadores más decisivos del campo cultural alemán de la II posguerra entre las lectoras y los lectores de nuestra lengua. No se trató de una de las tantas gacetas, semanarios, suplementos, diarios o boletines publicados en alemán con fines propagandísticos o publicitarios, que abundaron en Argentina, Brasil e incluso Chile, sino de una verdadera plataforma para la difusión de la crítica cultural y de las artes, el ensayo, la narrativa, la poesía y la varia invención provenientes de Alemania, Austria y Suiza, así como de la Bohemia germanófona, y que fue integrando paulatinamente a muy diversas y destacadas firmas de Europa central y Occidental. Hay un antes y un después de Eco, y nunca terminaremos de agradecer que su aparición haya contribuido al diálogo cultural entre continentes de una manera deslumbrante.
La revista nació en un lugar privilegiado: la librería y galería Buchholz, imponente torre de ocho pisos localizada en la Avenida Jiménez 8-40, de Bogotá, donde era posible comprar libros y publicaciones periódicas en español, alemán, francés, italiano, además de discos de música clásica. En el tercer piso se localizaba la galería, y era uno de los espacios culturales más importantes de la capital colombiana.

Su dueño fue uno de los empresarios alemanes asentados en Colombia más exitosos de todo el siglo XX: Karl Buchholz (1901-1992), librero, coleccionista, galerista y marchante de arte, con un pasado no libre de sospecha, pues desde 2013 se le viene señalando como uno de los posibles intermediarios para la adquisición forzada e ilícita del así llamado “arte degenerado” alemán de manos de sus propietarios legales. Las suspicacias se intensificaron, sobre todo, al revelarse su vínculo con Hildebrand Gürlitt, uno de los más connotados traficantes de arte clásico y moderno involucrado con el III Reich. De cualquier manera, es irrefutable que Buchholz tuvo que salir de Alemania en 1943. Como lo afirma una crónica publicada por el portal de periodismo de investigación www.connectas.org, “alegando ser un refugiado y con el argumento de que su abuela era judía, Buchholz huyó a Portugal, donde fundó la galería y librería New German Bookshop, en sociedad con el portugués Henrique Lehrfeld […] En ese local se vendían libros, pinturas y esculturas traídas de Alemania a precios muy altos. Según los reportes desclasificados, en Portugal el arte robado por los nazis se escondía principalmente en dos lugares: la embajada alemana en Lisboa, donde se construyó una enorme caja fuerte para ello, y la librería y galería de Buchholz y Lehrfeld, ubicada en el número 50 de la Avenida da Liberdade.”

Siete años más tarde, el librero recaló en Bogotá. Sin duda llegó con el capital suficiente, producto de sus años como comerciante de arte, para hacerse de un local tan espectacular como el del edificio Camacho, ubicado entre la Avenida antes mencionada y una vialidad peatonal. El establecimiento era algo completamente fuera de serie para una capital que comenzaba a entrar en la modernidad aún con cierta morosidad. Tener un foro así le cambió la vida a la élite intelectual, a la academia, al estudiantado y al medio artístico de Bogotá.

El negocio tuvo tanto éxito que pronto tuvo otras sucursales: la primera en la calle 59 No. 13-13, a cargo de Albert Buchholz, el hijo mayor de “Don Carlos”; otra, en la carrera 7 no. 27-68, en el Centro internacional, justo frente al hotel Tequendama; y otra más, en la carrera 15 con calle 104 la cual cerró sus puertas en 1996. Era inevitable que la casa matriz de la Librería Buchcholz se impusiera como foro para la creación de un gusto nuevo, vigoroso y abierto a las nuevas tendencias del arte, el pensamiento y la acción cultural en Colombia.
En 1960, uno de los momentos más álgidos de la Guerra Fría, Karl Buchholz emprendió un proyecto inédito para él, pues nunca se había ocupado directamente de la producción de impresos, más allá de la elaboración de catálogos, carteles y programas de mano para sus exposiciones: la edición de una revista, con periodicidad pretendidamente mensual, que aspiró desde su primer número a ser un observatorio de fenómenos culturales. Tres fueron los iniciadores de tal aventura, que serviría como órgano de difusión del Instituto Cultural Colombo-Alemán de Bogotá: el aristócrata Hasso Freiherr von Maltzan; el físico-matemático Hans Herkrath (quien llegó a ser Decano de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional de Colombia) y Antonio de Zubiarre, eminente traductor del alemán, que traspuso al español a una innumerable cantidad de autores, de Heinrich von Kleist a Friedrich Georg Jünger, y quien fue el que propuso el título de la revista, pues la pensaba como el espacio donde tendría que resonar el eco de la época.
Ante tal propuesta, Buchholz hizo dos cosas. Primero, concentró a su alrededor a un núcleo de intelectuales y artistas formado por Rafael Carrillo, Ernesto Guhl, Danilo Cruz Vélez, Werner Reichenbaum, Wilhelm SIegler, Carlos Patiño Rosselli y Ernesto Volkening, entre otros. Y, segundo, argumentó que la revista, más que ser órgano del Instituto arriba citado, “debería abrirse al amplio horizonte dentro del cual Hispanoamérica se abrazara con Europa para afirmar la conciencia de su pertenencia al ambiente de lo europeo universal”, como evocó muchos años después Carlos B. Gutiérrez, filósofo colombiano que fuera durante varios decenios profesor de la Universidad Nacional de Los Andes.
No obstante, Buchholz operó una muy calculada gestión ante una de las entidades oficiales de la República Federal Alemana (RFA) que, por aquel entonces, aportaba recursos para la diplomacia pública y cultural de su país, Inter Nationes, fundada en 1952 para implementar la política cultural exterior como organización intermediaria central. Su objetivo era mejorar la reputación de la RFA en el extranjero después de la Segunda Guerra Mundial mediante el intercambio cultural y promover oportunidades educativas e informativas, firmemente enmarcadas en la política exterior germana. Vale decir, hacer de la multiplicación cultural un instrumento para generar imagen-país y poder suave.
Aunque el apoyo recibido por Eco desde Inter Nationes se limitó a la adquisición de ejemplares de la revista para las Embajadas alemanas en los países de lengua hispana, el hecho de haber recibido el beneplácito oficial de un organismo de esa magnitud le confirió a la publicación una enorme aceptabilidad en el medio cultural, diplomático y político nacional y le aseguró un canal de difusión que le dio visibilidad en toda América Latina. Eco apareció así como una fortísima competencia a otras revistas sudamericanas de perfil cultural con ambición de universalidad, en especial como alternativa a la revista porteña Sur.
A lo largo de sus 24 años de existencia, pues se publicó entre junio de 1960 y mayo de 1984, los redactores de Eco fueron Elsa Goerner (1960-1963), Hernando Valencia Goelkel (1963-1967), José María Castellet (1964), Nicolás Suescún (1967-1971), Ernesto Volkening (1971-1972) y Juan Gustavo Cobo Borda (1973-1984). No es posible condensar en un listado mínimo la nómina de colaboradores o firmas incluidas en los 272 números de la revista, pero sería una injusticia no consignar que las principales voces de las letras en alemán aparecieron traducidas muy profusamente en las páginas de esta maravillosa publicación: Franz Kafka, Georg Trakl, Elias Canetti, Karl Kraus, Robert Musil, Hermann Broch, Ilse Aichinger, Marlene Haushofer (ambas, mucho antes de que las conocieran en Europa occidental), Thomas y Golo Mann, Max Frisch, Martin Walser, Peter Weiss, Günter Kunert, Peter Härtling, Hans Magnus Enzensberger, Walter Benjamin, Heinrich Böll, Hans Mayer, Bertolt Brecht, Hanna Arendt, Hermann Hesse, Else Lasker-Schüler y un interminable etcétera. En muchos casos, estas autoras y autores se tradujeron por primera vez a nuestra lengua, antes que en Argentina, España o México.
Con el paso de los años, la revista fue abriéndose continuamente a las colaboraciones de autores hispanoamericanos y españoles. Por supuesto, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Rafael Gutiérrez Girardot, Roberto H. Moreno Durán, Carlos Rincón, Marta Traba, Guillermo Sucre, Helena Araujo, Alba Lucía Ángel, Marvel Moreno, Fernando Charry Lara y muchos más de los grandes autores colombianos fueron colaboradores habituales de sus páginas. De hecho, en Eco se publicó el primer adelanto de Cien años de soledad y ahí le dedicaron su primera reseña. Asimismo, García Márquez mandaba colaboraciones con bastante frecuencia.

Finalmente, debo apuntar que Eco tuvo una relación muy estrecha con México y su sociedad literaria, pues el último de sus redactores, Juan Gustavo Cobo Borda, mantuvo vínculos profundos con muchos de nosotros. Octavio Paz, Jaime García Terrés y José Emilio Pacheco fueron publicados con bastante frecuencia, pero también escritores de otras generaciones, de Sergio Pitol y Francisco Cervantes (muy amigo de Mutis) a Héctor Manjarrez, aparecían periódicamente en sus índices. Es tarea inaplazable realizar un trabajo de búsqueda, recopilación y digitalización de Eco, que a la fecha no se encuentra disponible en ningún repositorio digital del mundo, pues así podremos disfrutar de una de las revistas culturales más fecundas de la historia editorial latinoamericana, y la que más nos aportó para el conocimiento de las literaturas y el pensamiento de expresión alemana en el siglo XX.[ C ]

Escritor, editor, diplomático cultural, traductor, licenciado en periodismo. Ha publicado cuatro libros de crónicas y ensayos, en especial sobre literatura centroeuropea y literatura moderna y contemporánea de lengua alemana. Destaca su antología Carl Schmitt, teólogo de la política (FCE, 2001). Obtuvo el Premio Nacional de Ensayo “Abigael Bohórquez” (1999) y el Premio Nacional de Traducción del Ministerio de Educación, Arte y Cultura de la República de Austria (2009). Ha sido agregado cultural en las Embajadas de México en Hungría, Bulgaria y Croacia; en Uruguay, y en Austria, Eslovaquia y Eslovenia. Fue agregado cultural en la Embajada de México en Argentina entre 2021 y 2025.
