Viktor Orbán joven ambicioso aprovechó su turno al micrófono para reclamar que los rusos se fueran de Hungría. Un acuerdo entre los distintos líderes políticos reunidos esa jornada en la Plaza de los Héroes sabían que el fin del régimen era inminente y con él, la partida de las tropas soviéticas; incluso ese era uno de los propósitos de Mikail Gorvachov, premier soviético, para aliviar las finanzas lastradas por el enorme gasto militar que implicaba el mantenimiento de una alianza que no pensaba hacer la guerra si no sólo amedrentar, como lo hizo el Pacto de Varsovia durante todo el largo período de Leonid Brezhnev. Pero para la historia política húngara y sobre todo para la epopeya que todo partido busca establecer, el reclamo de Orban se usó como muestra de que él era el autor último de la partida soviética.
Esta verdad a medias fue parte del mantra de Orbán y su partido Fidesz y ahora, en 2026, paradójicamente en una pesada carga al haberse convertido a los ojos de sus conciudadanos en el responsable de la deriva pro rusa que bloqueó la capacidad de acción unida de Europa y el apoyo de esta a Ucrania en su guerra contra la invasión de Rusia.
Hay dos vías evidentes de consolidación en el poder en la larga segunda gestión de Orbán de 2010 a la fecha –su primer periodo fue de 1998 al 2002 y como el mismo declarase, aprendió de la derrota-, el apropiamiento institucional y la corrupción. El primero es hoy una guía textual para el aspirante a autócrata e inicia con alcanzar el poder por la vía democrática con grandes y emocionantes discursos de cambio, aprovechar cualquier error de la oposición –incluyendo la denuncia pública de la corrupción de los oponentes, sin llegar a tribunales- y prometiendo resolver los problemas específicos que preocupan a los votantes. En 2010 eran los efectos económicos de la crisis financiera internacional y la enorme deuda que se tenía con el Fondo Monetario Internacional, ese “monstruo que se apropia de las economías nacionales”. Por cierto, a diferencia de otros países europeos como Grecia o Portugal, Orbán pagó la mayor parte de la deuda en poco tiempo y libró de medidas draconianas a su población. Lo que no anunció fue que usaría los fondos de retiro para tal fin y dejó en magras pensiones a los jubilados, desapareció buena parte del ahorro nacional y condenó a la inanición al sistema de salud, lo que por cierto es uno de los mayores reclamos en esta elección.
Controlar las elecciones
Lo siguiente fue aprovechar su mayoría parlamentaria para iniciar una serie de reformas que consolidasen su gestión, una de las lecciones aprendidas de su anterior derrota: los distritos electorales se modificaron para asegurar el triunfo de sus candidatos, se impusieron controles sobre la autoridad electoral que, en la práctica, depende del gobierno; su leal Sándor Pinter le ha acompañado como ministro del Interior en todos estos años, asegurando que los mecanismos de seguridad funcionen a la perfección y eso pudo haber incluido el control de los ciudadanos, como numerosos funcionarios empezaron a declarar públicamente en las últimas semanas de campaña. Revelaciones de acciones de corrupción, espionaje, ocultamiento de información, etcétera fueron narradas a las redes sociales en esos días y es un hecho que, cuando el arrepentimiento llega a los actores secundarios, los principales se quedan solos.
Controlar los medios y convertirlos en vehículos de propaganda
Al control del sistema electoral que asegurase una plena mayoría en las subsecuentes elecciones, siguió el de los medios. Además de los canales oficiales, pronto inició una estrategia de restricción de gasto publicitario lo que redujo el valor comercial de medios en televisión, radio, periódicos y revistas, las que en buena medida eran parte de conglomerados extranjeros que habían invertido en Hungría luego del fin de comunismo. Varios amigos de Orbán aparecieron como posibles compradores, con dinero oficial en préstamo para ello. En pocos años desapareció casi la totalidad de los medios independientes, y la prensa crítica encontró espacios en incipientes medios digitales. Pero la mayor parte de la prensa sólo se imprime en húngaro y se lee, escucha y ve en la Hungría rural mayormente votante de Fidesz. La proyección del mensaje gubernamental quedó así asegurado y con él un discurso de creciente aislamiento del país, que publicaba una perspectiva maximalista del papel de Orbán e incluso de la relevancia de Hungría en el escenario internacional, para satisfacción del discurso nacionalista que caracterizó a su gestión. Por ejemplo, la Hungarian International Press Association (HIPA), que es la asociación de corresponsales extranjeros, nunca fue atendida por las altas autoridades, ni fue considerada para entrevistas por parte de los miembros del gabinete.
El control mediático se coronó en 2021 cuando el conjunto de “dueños” de los medios entregaron graciosamente la gestión de estos a la Fundación Centroeuropea de Prensa y Medios (MTVA) con más 400 medios bajo su control, creada y gestionada por el gobierno. El único diario que mantenía la independencia era impreso en Eslovenia y trasladado por carretera cada madrugada, procurando eludir los controles policiales para poder ser distribuida en Budapest.
Si bien el número de medios independientes por vía digital aumentó, hay que destacar que las audiencias activas no usan más que la televisión abierta, la radio tradicional o los periódicos del puesto de la esquina. Por años la población húngara estuvo en gran medida aislada de las noticias verídicas.
Por supuesto, los contenidos mayoritarios eran las proezas deportivas, los nuevos estadios de futbol y la relevancia de la postura del gobierno en los asuntos internacionales. Al hospedar numerosas justas deportivas y reuniones de organismos privados, se aseguró la existencia de declaraciones laudatorias extranjeras que eran prontamente difundidas. En suma, una eficiente maquinaria de propaganda.
Controlar al Poder Judicial
Hungría tiene un sistema parlamentario, por lo que quien forma gobierno está al frente del Ejecutivo y del Legislativo. Si tiene una mayoría de dos tercios puede llevar adelante modificaciones constitucionales. Al asegurar mayorías en las elecciones, Orbán pudo proseguir su control reduciendo el número de curules y concentrando en una sola cámara al Poder Legislativo. Para impulsar sus mayorías estableció un sistema de mayoría simple por hasta 199 diputados, de los cuales 93 lo son por representación proporcional que se otorga al segundo más votado con ello aseguró que aun perdiendo algunos distritos podría tener más curules que la oposición.
Para el caso del Judicial todo fue más sencillo, con el Legislativo confirmando la nominación de jueces y sobre todo de la Corte Suprema, no hubo resistencia alguna a las instrucciones del Primer Ministro, los integrantes de esta se convirtieron en piezas reemplazables
Los integrantes del Tribunal Constitucional son elegidos por los miembros del Parlamento en mayoría de dos tercios, es decir, todos los jueces han sido elegidos por el partido Fidesz.
El 11 de marzo de 2013 el Parlamento aprobó una enmienda de 15 páginas a la Constitución en la cual invalidó todas las decisiones del Tribunal Constitucional anteriores a esa fecha y estableció condiciones que afectaron el equilibrio institucional, los principios de independencia institucional y entre otras cosas consolidó las elecciones libres, pero no justas ni equitativas.
Distribuir la riqueza…entre los cercanos
Controlar medios, dominar el Poder Legislativo, dictar la composición del Poder Judicial, fueron los pasos adecuados para hacer del gasto público la piñata a repartir entre sus allegados, empezando por sus vecinos y familiares. Así el antiguo plomero instalador de calefacciones, Lorinc Mészáros o István Tiborcz, yerno de Orbán el segundo y vecino el primero, son dos de las figuras más representativas del expolio de la riqueza nacional al haber concentrado innumerables contratos de obra pública, de operaciones inmobiliarias y concesiones para acceder a operaciones de gobierno. Más con ellos docenas de allegados manejaron bancos, medios de comunicación, construcción, en fin, en todo sector de la economía que produjese riqueza o que permitiese canalizar fondos de la Unión Europea.
Una de las operaciones más criticadas fue el contrato de renovación y ampliación de la central nuclear de Paks, construida en la era soviética y que produce el 40% de la energía eléctrica del país. Actualizada hace poco más de diez años para extender su vida útil, su ampliación también fue sido contratada con Rusia en un contrato más caro que con tecnologías más modernas de otros países y, por supuesto. Ese contrato y la continuidad de dependencia a los rusos es percibido como uno de los vínculos políticos y de corrupción más notorios de Víktor Orbán para con Vladimir Putin.
Construir lealtades, domésticas y externas
Llama la atención que durante el primer período presidencial de Donald Trump, este limitó lo más posible el contacto con el presidente húngaro, e incluso su embajador David B. Cornstein declaró varias veces la impresión de la Casa Blanca de la responsabilidad de Orbán en la invasión rusa al haber bloqueado el acceso de Ucrania a la OTAN. Pese a todos sus esfuerzos Viktor sólo logro un saludo de mano en un pasillo en Washington por parte de Trump; pero ese escenario cambió radicalmente en su segundo periodo presidencial en el que desde antes de tomar posesión ya Orbán había pasado por la aduana de Mar-a-Lago, cita obtenida por Szabolcs Takács, embajador de Hungría en Washington desde 2020; funcionario cuya carrera ha estado ligada a Fidesz y que pese a descalabros renació como embajador en Estados Unidos, un caso típico en el que Orbán se aseguraba de la plena lealtad contribuyendo a la caía de alguien para generosamente rescatarlo y proyectarlo. Una más de las lecciones del libro de texto de Víktor.
La cercanía con Trump se reflejó en las numerosas muestras de reconocimiento y apoyo que Estados Unidos y su gobierno dirigieron a Orbán. La responsabilidad señalada antes por su oposición a una Ucrania en la OTAN, quedó atrás y Hungría paso a ser un creciente obstáculo para la concertación europea y la iliberalidad de Orbán fue festejada y apreciada por Trump en numerosas ocasiones. Hasta que esa insolencia contribuyó a la reacción popular húngara de rechazo a Viktor, en gran medida el desconocimiento de la historia húngara y el papel de ocupación y control soviético sobre esa sociedad, hicieron dejar de lado la memoria de un sector de la sociedad para la cual Rusia no significa bienestar ni agradecimiento.
Planear un futuro venturoso, glorioso
La arrolladora victoria de Péter Magyar y su partido Tisza, (Respeto y Libertad) truncó el exitoso índice del libro de texto. En 2018 empezó a vislumbrarse la posibilidad de un retiro de Orbán de la política nacional, apostaba aparentemente a convertirse en un dirigente europeo y para ello buscó incrementar los escaños de su partido en el parlamente europeo a fin de ser “el fiel de la balanza” en la disputa entre las grandes familias partidistas de la Unión Europea y lograr así incrementar simbólicamente el valor de sus votos y proyectarse a una posición política destacada- presidente del Parlamento europeo o del Consejo ¿por qué no?
Ese interés incrementó la especulación de que Orbán buscaría pronto a un sucesor, situación que le permitió evaluar la lealtad de sus cercanos y entre más quietos estos permanecieron, mejor la apreciación de Viktor sobre ellos. Con lo que no contaba el mandatario húngaro es que no solo no lograría incrementar sus escaños, sino que, incluso, quedó por debajo del número anterior ante la movilización de partidos jóvenes y la inusual alianza de la extrema derecha con el centro húngaro. Una derrota relativa en la percepción europea pero que sirvió para impedir que el peso de Orbán en la política parlamentaria europea le hiciese indispensable.
¡Fuera máscaras!
A partir de ese momento, 2019, Viktor Orbán se concentró en la continuidad de su poder nacional. Aceleró la concentración de riqueza en su propia oligarquía, se convirtió en una evidente piedra en el zapato de la UE e incrementó su cercanía con Putin. La idea de ceder el poder a alguien y la obligatoriedad de rendir pleitesía y lealtad, hizo que su estructura política perdiese contacto con sus bases. Los nuevos ricos salieron de la discreción para mostrar su riqueza en forma de ostentación y en un país cuyo socialismo soviético hizo de casi todos, más o menos iguales en las limitaciones y hasta la pobreza, la sociedad de clases que el sistema político animó se hizo evidente luego de la pandemia. Una sociedad sin oportunidades para la mayoría, pero en contacto con países europeos que, surgidos al capitalismo al mismo tiempo que Hungría, han prosperado conservando una relativa igualdad de oportunidades y acceso a la riqueza, en tanto que en Hungría las posibilidades de éxito empezaron a quedar restringidas a la oligarquía de cercanos al poder. Y en abril de este año, a diferencia de las y los viejos ingleses del campo británico que egoístamente votaron por el Brexit, las y los campesinos y habitantes rurales de Hungría votaron por ellos, pero sobre todo por sus nietos y nietas que tendrán un futuro más promisorio frente a la marginalidad que prometía Fidesz.
El libro de texto de Viktor contemplaba la permanencia en el poder de él y de los suyos, por ahora eso ha quedado en el pasado y las lecciones finales corresponden justamente a “lo que no debe de hacer”. No ha sido el primero ni el último de los regímenes que no han sabido cerrar su ciclo y su derrota significa un alivio y una esperanza para Hungría, pero también una lección para las autocracias que quieren llegar al poder por la vía democrática para luego torcer instituciones y postulados en aras de un gobierno autoritario.
Grandes retos esperan al nuevo gobierno húngaro pero el apoyo popular, el hartazgo social y la lección aprendida para la Unión Europea es la de la unidad, transparencia y honestidad. Un libro de texto que, como tantos otros, no supo terminar a tiempo. [ C ]
*Fue embajador de México ante Hungría de 2017 a 2021.

Miembro del Servicio Exterior Mexicano. Ha estado adscrito en las embajadas de Israel y Bélgica, además ha sido jefe de cancillería en la Embajada de México en Reino Unido, titular del consulado de México en Guangzhou y Embajador en Hungría. En México estuvo comisionado en las secretarías de Desarrollo Social, de Gobernación y en la Presidencia de la República. Fue presidente de la Asociación del Servicio Exterior Mexicano (ASEM) de 2021 a 2025.
