Detrás del mostrador de una tienda de ropa, en este Tuxtla nuestro y mío, tantas veces negado y repudiado, y tantas amado con asombro, −perpetuamente amado como a la propia mujer, como a nuestra debilidad y nuestra fortaleza, nuestro defecto, nuestro error, nuestra salud y nuestra esperanza−, detrás del mostrados, me puse a aprender humildad y paciencia, y sentí que debía disciplinarme, y que la vida está antes y por encima de la poesía. Quiero decir que comprendí que no se debe vivir a la poeta sino a lo hombre. (Quizás éste sea el truco más sutil de la poesía para exprimir a los que estamos en sus manos).
Jaime Sabines (1926-1999)