A la memoria de Rafa Montoya
Watashi, primera palabra que mi hijo Jonás, de seis años cumplidos, aprendió a decir en lo que él creía era portugués o que, más bien, reprodujo de oídas (“boa tarde”), al llegar a Brasilia. Detrás del amplio ventanal orientado al norte de nuestro Airbnb en el barrio de Asa Norte, se instalaba a media tarde y se ponía a saludar a los transeúntes que se ejercitaban o que simplemente pasaban por ahí.
Esa imagen queda adherida a la memoria como uno de los recuerdos primigenios tras nuestro arribo a la capital de Brasil.
La llegada a un nuevo destino siempre trae consigo ese aire de desorientación y asombro; de novedad, de primicias. Ver las cosas por primera vez es, quizá, hasta prodigioso, pues nos asemeja a niños. Ya lo dijo Louise Glück, “miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Eso sí, nos hace conscientes también de la fatalidad de la única primera vez: lo demás es recuerdo, por no decir que se torna en repetición, en rutina.
En la carrera que elegí, una de las alegrías y satisfacciones, que no son escasas, es que ese estado de novedad embriagadora es recurrente. Cada tres o cuatro años, hay que migrar de nuevo; apretujar media alma en un contenedor de acero, y mirar para delante. El tren de llegada es el mismo de la partida, como reza la canción de Milton Nascimento. El retorno a casa, a la patria original, no es necesariamente volver a Ítaca: se vuelve también —a la larga— un lugar de paso, al punto que uno se convierte en foráneo también en ese viejo sitio donde una vez se amó la vida.
Vengo de una familia que, durante mi infancia, se mudó más veces de las que puedo recordar. De ahí que tal vez estuviera ya incrustada en mi código genético esa búsqueda incesante, ese espíritu de aventura, de conquista de lo ignoto.
Hace unos pocos meses celebré 20 años de haber ingresado al Servicio Exterior Mexicano (SEM). Se puede decir que traspuse el ecuador de una carrera, que, como uno aprende relativamente temprano, más que meramente una carrera, es un estilo de vida.
En el espejo retrovisor del tiempo, los años se arremolinan unos contra otros; el recuerdo se vuelve brumoso; la memoria, caprichosa.
En aquella ya lejana y emotiva tarde en que les conté a mis padres que había conseguido entrar al servicio exterior, mi mamá se echó a llorar. En esa hazaña, que por supuesto también celebró conmigo, con meridiana claridad intuyó que el futuro nos depararía largos años mediados por tiempo y espacio. Con qué sabiduría entendió ella, y lo descifré yo después, que habría períodos dilatados en que nuestro único contacto se reduciría a pantallas, a mensajes con emojis, a llamadas entrecortadas.
Para mí no existe tal vez mejor analogía sobre el paso descomedido del tiempo en esta carrera-estilo-de-vida que la película Interestelar, de Christopher Nolan. En la trama, un astronauta parte en una misión al espacio, y le promete a su hija no demorar mucho en volver. Mientras que su periplo intergaláctico demora apenas un lapso relativamente breve, en la tierra transcurren varias décadas: su hija envejece y cuando nuestro héroe retorna por fin es sólo para encontrarse con ella, ahora una anciana de más de 80 años, en su lecho de muerte. Recientemente leí (¿dónde?) que envejecer es una continua negociación con lo que perdemos.
Hay quienes no corren con tanta suerte. Llegado el momento, somos conscientes de que tarde o temprano recibiremos la llamada fatídica, esa llamada, para avisarnos que es nuestro padre, que es nuestra madre; que corramos para alcanzarlos, para arrancarles ese último suspiro, para alcanzar a dar un último abrazo a esas únicas personas que nos recuerdan cuando éramos niños.
Parafraseando a Eric Hobsbawm, si bien es cierto que las comunicaciones y la tecnología siguen haciendo lo suyo para “achicar” el mundo y acercarnos; no es menos cierto que el mismo mundo se revela inconmensurable y los aviones, pesados y lerdos, cuando de atravesarlo con suma urgencia se trata.
En esta carrera-estilo-de-vida, se acostumbra uno a estar lejos y, en consecuencia, a estar ausente de celebraciones familiares: de llegadas y partidas; de matrimonios y separaciones, de alumbramientos y funerales.
En estos 20 años, el servicio exterior, o, si se prefiere, el destino, me ha conducido por cinco paraderos, además de México: Tucson, Arizona, en el sudoeste estadunidense; Santiago de Chile en el Cono Sur; Berlín, Alemania; Wellington, Nueva Zelandia (fin ¿o inicio? del mundo), y mi actual morada: Brasilia, extremo oriente de América Latina.
Mudarse es reinventarse, sin duda. No sólo es, muchas veces, aprender un idioma nuevo, es saber descifrar los códigos culturales; aprender, por ejemplo, cuánto tiempo se considera aceptable ver a alguien a los ojos, sin que se vuelva rudo o se malinterprete.
Toda historia de cada miembro del SEM es diferente, desde luego. Pues a cada cual nos toca una partida diferente de cartas y, además, recordando a Ortega y Gasset, uno es uno y sus circunstancias.
Era un 15 de septiembre. Nos juntaron a los 25 flamantes integrantes del servicio exterior. Nos sentaron en torno de una mesa larga, en cuya cabecera se colocaron las autoridades de la Cancillería, y, frente a éstas, dos peceras de vidrio. Una contenía pequeños pedazos de papel con las iniciales de nuestros apellidos; la otra, los nombres de las adscripciones o destinos que nos estaban reservados. La única regla: no se podía hacer intercambios. Uno a uno fuimos pasando, siguiendo el sorteo de las letras, para elegir el papel de 10 x 10cm que determinaría nuestro destino. “Tucson” decía el mío. Muchos años cargué en mi billetera el mentado papelito —después arrugado y amarillento— por si la gente a la que le contaba no me creía. Recuerdo que fui de los primeros en elegir su suerte.
Y pensar que ese instante marcó mi camino para siempre, que de haber elegido el papel de al lado, hubiera terminado en la India, en Sudáfrica o en Shanghái, y todo habría tomado un giro diferente. No habría encontrado a mi esposa, Deya, ni mis hijos existirían. En su lugar, otra esposa quizá, otros hijos alegrarían mis días; un mapa distinto habría tomado forma, otra sincronía.
En estos largos años se me ha vuelto una costumbre buscar conexiones, identificar patrones en los destinos, intentando con ello develar una posible trama, un sentido (¿o un llamado?) a ese caprichoso reparto de cartas: trazando rutas y superponiendo un país sobre otro en el mapamundi (por un tiempo, estábamos convencidos de que seguíamos la ruta sísmica); buscando armar palabras imposibles con las iniciales de las ciudades o de los países.
Me agradan sobre todo los nexos menos evidentes: por ejemplo, cuando nos mudamos de Nueva Zelandia a Brasil, más allá de la obviedad de que ambos están en el hemisferio sur (al igual que Chile), y que de hecho están casi en las antípodas el uno del otro, no parecía haber demasiados puntos de encuentro, hasta que reparé en sus banderas. Brasil y Nueva Zelandia no comparten el Océano Pacífico —como sí México, Chile y Nueva Zelandia—, pero comparten el cielo y el manto estelar, y más aun, el lugar prominente que ocupa la Cruz del Sur, por su importancia astronómica y para la cosmogonía de sus pueblos originarios.
La memoria, ese refugio de identidad, no se circunscribe, desde luego, a lo episódico o anecdótico. Uno recuerda con todos los sentidos: hace apenas unos días, de camino a la escuela, mi hija Bárbara mencionó que aún se acordaba del himno de Nueva Zelandia en te reo maorí. Lo busqué y se lo puse. Y sí, sorprendentemente ahí estaban almacenadas, esperando a ser invocadas, las palabras, la fonética enrevesada de esa lengua polinésica.
En mi cabeza se entremezclan los atardeceres rojo encendido en Santiago con la cordillera de Los Andes nevada de trasfondo, y la imagen del sol dorado y aún cálido cuando emprendía su descenso por las montañas Santa Catalina en Tucson. Recuerdo con todo el cuerpo mi primera nevada en Berlín, y sé que nunca seré capaz de borrar de mi memoria olfativa la primera visita al médico forense en el condado de Pima, cuando tuve que participar en las labores de reconocimiento del cadáver de un migrante transfronterizo.
Recuerdo las vistas de la bahía de Wellington al amanecer, el verdor vaporoso de sus helechos y el rumor incesante del viento; sus pájaros multicolores y sus variados cantos. Evoco el aroma de las marraquetas recién salidas del horno que inundaba las calles de nuestro barrio en Santiago; la tibia placidez de una cerveza de trigo bien fría en el biergarten de un verano berlinés.
Me asaltan, en las plazas nuevas y recorridas de las ciudades que temporariamente se vuelven mi hogar, los rostros de personas que poblaron otros tiempos, otras calles, otras ciudades y charcos.
La única regla del viaje es, según Anne Carson, no volver como te fuiste. Adivino esa mañana en que será mi turno volver de esta travesía, con la frente marchita, sí; con montañas a cuestas, también. Retornar al origen, a la infancia, al primer amor.
Llegado a la mitad de la ruta, me redescubro en este flujo constante, en este devenir en perpetuo movimiento y evolución. Heme aquí, empeñado aún en revelar los sentidos posibles de mi experiencia de viaje en esta carrera-estilo-de-vida; recomponiendo viejas tramas, evocando el pasado con la mirada hacia un futuro aún por nacer.[ C ]

ALEJANDRO RAMOS CARDOSO. Diplomático mexicano de carrera desde 2005. Actualmente es jefe de cancillería / encargado de negocios, a. i., en la Embajada de México en Brasil. Ha desempeñado diversos cargos tanto en la Secretaría de Relaciones Exteriores como en el exterior. Es egresado de la Licenciatura en Ciencia Política y Relaciones Internacionales por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y maestro en Periodismo Político por la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Tiene estudios de posgrado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), sede de Argentina, y realizó un intercambio académico en el Institut d’Etudes Politiques/Sciences-Po de Burdeos, Francia. Es asociado del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales (COMEXI).
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